José Serralvo*: El texto que me adjuntas es de una riqueza maravillosa y me sirve mucho para corregir / mejorar un par de puntos de mi biografía. Ha sido un honor estar en contacto contigo. Tu voz me ha acompañado sin cese a lo largo de este proyecto, en el que llevo ya muchos años embarcado. Jamás me imaginé que, además de escucharte de lejos, también tendría el privilegio de escucharte de cerca. Lo que he hecho con la biografía de Bolaño es, quizás, algo atrevido: más que una recopilación de hechos, he intentado tornar su vida en una obra literaria, guardando algo de su sentido del humor y algo de su irreverencia y, sobre todo, buenas dosis de amor (obsesión) por la literatura, como las que claramente embargaron al propio Roberto.
Jaime Quezada: Las paginitas en respuesta al cuestionario Bolaño van tal cual las escribí, sin relectura de corrección alguna. Apegadas al borboteo de la memoria, de la emoción y del sentir años y tiempos muchos. Espero que sean útiles para bien de tus afanes en estas memoriosas materias; aunque un poco extensas quizás, casi pecado de “lengua sobrada” o mejor, de “lengua suelta”.
JS: Cuando vivías en la calle Samuel ¿pagabas algún tipo de alquiler, o la familia de Bolaño te acogía gratis? (Es un detalle, pero me gustaría reflejarlo correctamente).
JQ: Quizás el adjetivo “gratis” aquí no es lo más correcto, pues yo viví mi buen tiempo de meses (1971-1972) en la generosa casa de la familia Bolaño-Ávalos, y a mi suelto antojo, como uno más de la familia: León, Victoria, Roberto, María Salomé, y yo (el forastero). Así que ni alquiler ni gratuidad, sino invitación a quedarme “todo el tiempo que quieras en nuestra casa”, como a manera de bienvenida me dijo Victoria, madre de Roberto, el día mismo que llegué a visitarla recién llegado a Ciudad de México (agosto, 1971).
Mi larga permanencia o estadía, tanto en el departamento de la Colonia Nápoles primero, como después en casa de la Colonia Guadalupe Tepeyac, fue realmente un compartir hogar en el vivir cotidiano de los días. Y sin otra recompensa que mi palabra “gracias” y mi siempre gratitud. Yo, que pensaba estar solo algunas semanas, me quedé semanas enteras de hospitalarios meses. En esos meses pude trabajar, leer, escribir, viajar por el territorio, publicar artículos en periódicos del DF, asistir a talleres de poesía en la UNAM, participar en conferencia y cursos, mantener relaciones sociales y literarias con poetas y escritores de reconocimiento universal (Octavio Paz, Juan Rulfo, Juan José Arreola) y, sobre todo, compartir con Roberto —el adolescente todavía Roberto, aunque ya era el jovencito atrevido y desfachatado— en el verse y reverse en oficios sin horario.
La casa de la calle Samuel, fue realmente “mi casa”, amparada por la virgencita de Guadalupe a pocas calles. Como si yo hubiese vivido siempre ahí, visitado, incluso, por amigos y amigas que llegaban a nuestros encuentros y tertulias literarias y familiares. Recuerdo al poeta salvadoreño Manuel Sorto, a la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo (que prefería llamarse Alicia, y personaje singularísimo en algunas obras de Bolaño), a los poetas mexicanos Julián Gómez y Orlando Guillén, a la bien querida y amada Diana Bellessi (poeta argentina, de Córdoba, que “vagó” conmigo esplendorosamente por las insurgentes avenidas del DF). Yo llegué a casa de la familia Bolaño con una tarjeta de saludo que una de mis hermanas mayores me había dado para Victoria Ávalos, colegas que fueron en un Instituto Comercial en la ciudad de Los Ángeles (Chile), donde vivió algunos años antes de trasladarse con familia y todo a México.
JS: ¿Crees que los padres de Bolaño se querían? Tú y otros han hablado de las constantes peleas, que al parecer llevaban años sucediéndose, incluso desde antes de la mudanza a México. Sé que lo que me digas sería especulación, pero me interesa mucho tu parecer. (Te hago estas preguntas para dar colorido a mi biografía, pero más allá de incluirte en la lista de agradecimientos, además de que ya apareces en la bibliografía, no citaría tus respuestas como tal, solo me interesa tu análisis para ver cómo enfocar la narración).
JQ: ¡Vaya pregunta! Terreno este no solo especulativo, querido José; también de los llamados “secretos de familia”, es decir, “lavar la ropa en casa”. El amor sin duda los unió y el desamor, andando el tiempo, los separó (aunque siempre queda el amor: “al atardecer serás examinado en el amor”, dice Juan de la Cruz). En una de las páginas de mi librito-diario Bolaño antes de Bolaño (Catalonia, Santiago, 2007) hay una nota de Roberto dirigida a sus padres y que yo encontré sobre la mesa del comedor: “Ya no peleen más”. A confesión de parte, según el aforismo, relevo de página.
La verdad, y sin caer en esto de “lenguas sueltas” —como diría nuestra Gabriela Mistral—, me pareció desde un principio una relación conyugal bastante desavenida, mutuamente, entre marido y mujer; temperamentos, carácter, pensares, decires, muy desiguales. Rutina, en fin, que sin duda hacía mella y dolía en Roberto, refugiándose en la lectura y en el encerramiento. Le faltó ternura en su adolescencia, y quizás también todo eso fue moldeando ese carácter tan personalísimo. León y Victoria, cada uno en su molde, fueron generosísimos conmigo, aunque nunca supe yo interpretar sus malos gestos entre ellos. Tampoco eran mis intrusidades ni mis averiguaciones.
JS: ¿Sabes si Bolaño tuvo alguna pareja antes de su viaje a Chile? En teoría he leído que perdió la virginidad con una adolescente, pero no sé si tuvo pareja como adolescente o no. (Me he imaginado que quizás fue con una prostituta en el hotel Trébol, como he leído en uno de sus poemas, aunque uno nunca puede fiarse de los poemas de Bolaño, claro).
JQ: Roberto tiene 20 años y algo más cuando viene a Chile (septiembre 1973), dejando atrás la adolescencia. Yo lo conocí un par de años antes, y en esos años nunca lo vi “emparejado” o cercano a muchacha alguna, ni me habló tampoco nunca de pareja alguna, ni siquiera de la güerita (mexicanismo) del almacén de la esquina, a donde iba a comprar sus cigarrillos. Sí que día y noche, más noche que día, no salía de casa enfrascado en sus lecturas y escrituras, que ya estaba escribiendo una obra de teatro. Tampoco le conocí ni me habló de pareja o novia o pololita (chilenismo) durante el breve tiempo de residencia en mi casa aquí en Santiago de Chile.
Quizás su emparejamiento comenzó en España, cuando sale de México. O bien puede haber algo de verdad en ese poema del hotel Trébol, que no conozco, y tú citas, en un México posregreso de Chile. Aunque, y bien se sabes, Roberto disfraza hechos, historias y situaciones con nombres ciertos o imaginarios, siempre ocultando o dejando al desnudo alguna realidad o alguna invención. Pero eso de la prostituta tiene, sin embargo, su esplendor en un muchachito que va diciendo adiós a la adolescencia.

Jaime Quezada. Tepotzotlán, México, noviembre, 1971.
JS: Por breve o leve que sea ¿alguna anécdota o escena curiosa en tu tiempo de vivir en casa de Roberto y que nunca has contado?
JQ: Quizás, más bien por curiosidad, y que nadie más conoce, o al menos nadie más ha mencionado, salvo ahora en esta improvisada respuesta: las sesiones de espiritismo en casa de Roberto, calle Samuel 27 del DF. En verdad, aquello era muy ocasional, acaso un rato de "entretenimiento" de cuatro o cinco participantes alrededor de una mesa atraídos por señales venidas de no sé qué infra mundo. Ninguno era muy devoto de estas sesiones convocadoras de espíritus, salvo para Roberto (y más bien por curiosidades, novedades, misterios cabalísticos) y, en especial, para Manuel Sorto (poeta salvadoreño) que parecía tener cierta aura en el interpretar voces y palabras dictadas, según él, por el “espíritu” o por alguna “alma en pena”. Yo era bastante incrédulo, pero participaba atraído también por esos “rituales” o “llamados” sobrenaturales. No había güija ni tableta ni accesorio decorativo, solo una mesa y alrededor los convocados. La habitación semi oscura. Nadie hablaba, nadie levitaba. La sesión duraba más de media hora, al término de la cual todo volvía al conversar, a la quesadilla y a la cerveza.
Días después de una de las sesiones, Manuel Sorto, que preparaba su viaje a El Salvador, dijo que postergaba su regreso porque el "espíritu" le había advertido que no lo hiciera. (El Salvador estaba en esa época en cruenta guerra civil, militar y de guerrillas). Y se quedó un par de semanas cumpliendo la "señal". Y Roberto, a su vez, estaba todavía lejos, muy lejos, de vérselas con Monsieur Pain, uno de los personajes de La senda de los elefantes, aficionado a quiromancias y reencarnaciones.
JS: Sé que ha habido distintas versiones sobre si Bolaño estuvo en Santiago el día del golpe, pero entiendo de tus testimonios que sí estuvo. ¿Recuerdas cómo os enterasteis del golpe? ¿Ruidos en la calle? ¿Las noticias? ¿Fuiste tú quien se lo comunicó mientras él dormía, igual que tengo entendido que pasó con el anuncio del Nobel a Neruda cuando os llamaron por teléfono al piso de la calle Samuel y tú fuiste a despertarle?
JQ: Tal cual, y apegado a la verdad, sin fracciones ni ficciones. Es decir, yo despierto de mañana a Roberto, así como me despertaron apresuradamente a mí con una llamada telefónica aquella mañana del 11 de septiembre de 1973: “Jaime, escucha la radio, está hablando Allende…” (y cortan). Es Laura Antillano, amiga muy querida y escritora venezolana que me pone en alerta a las 8 a.m. Alcanzo escuchar en Radio Magallanes (la única todavía en el aire) las últimas palabras del presidente Allende. Me quedé temblando. Vuelvo a mi dormitorio sin decir palabra. Roberto, en el suyo, duerme. Estuvimos esa noche, como todas las últimas noches, conversando casi hasta la madrugada sobre la situación crítica del país y su inminente revuelta de fronda. Lo despierto: “Hay golpe militar, Roberto; habló Allende”. Roberto aún medio dormido, dice: “¡Cabrones!” Luego la TV lo dice todo: aviones de guerra Hawker Hunter bombardeando La Moneda (el Palacio Presidencial) y lectura de bandos amenazantes.
Nos quedamos en casa procurando no salir a la calle, Hay ruido de patrullas militares, sirenas de ambulancias, tableteo de metralletas...La cocina es nuestro refugio (entre café y café, y cigarrillo y cigarrillo en Roberto) siguiendo los acontecimientos, y atentos a la lectura de los bandos militares. Roberto no pareciera estar preocupado, más bien se siente inquieto de no salir a la calle, apenas al patio de la casa (calle La Blanca 0559, La Cisterna, Santiago). “Debo ir al sur”, dice, haciendo referencia a su interés de viajar a casa de familiares en Los Ángeles y Mulchén (como efectivamente irá algunos días después), ciudades chilenas a más de 500 kms. de Santiago. De repente el teléfono, cuyo sonido de timbre nos asusta. Es Victoria, la madre de Roberto, que llama desde Ciudad de México logrando vencer las incomunicaciones nacionales e internacionales. “Sí, soy yo, mamá, y estoy bien”, dice Roberto, esta vez con una voz temblorosa y casi de llanto.
Dos años antes, octubre de 1971 (calle Samuel 27, colonia Guadalupe Tepeyac, México DF), y con voz también temblorosa… pero de alegría y de emoción suma, despertaba yo muy temprano al dormido Roberto con la noticia de Estocolmo: el Premio Nobel de Literatura para el poeta chileno Pablo Neruda. ¡Las emociones, entones, de arriba y de abajo!
JS: ¿Podrías decirme algo más sobre vuestras tertulias en El Valle de Oro o vuestros días previos al golpe? ¿O sobre los días antes de que Bolaño regresase de Chile a México?
JQ: El Valle de Oro era (aunque todavía existe, y ya no es) un tradicional y acogedor café, fuente de soda, restaurante en plena avenida-alameda de Santiago, vecino a la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Esto de ser vecino de una prestigiosa Universidad le daba por cierto un aire de prestigio también, social y cultural; así su gastronomía y su bebedura. Lugar de encuentro principal de gentes del mundo social y cultural, escritores, poetas y en horas y tiempos de conversaciones sin apremio alguno. Roberto no estuvo ajeno a estas presencias y conversaciones, sobre todo con los integrantes del Taller de Escritores de la U. Católica, del cual yo formaba parte, y que después de sus sesiones nos trasladábamos al Valle de Oro. Allí estaba Roberto esperándome, siempre en su fumar y en su copa de granadina, relajado de un día ocioso o nada de ocioso de andar y de ver. Y todo esto en semanas previas al golpe militar.
Y no solo el Valle de Oro, otros sitios y lugares: Centro de Arte A, Casa de la Luna Azul, Taberna “Ramón López Velarde” de la Sociedad de Escritores, el activísimo y artístico casino internacional de la Unctad, eran lugares de encuentros vinculados a la bohemia, pero más que nada al arte, a la literatura, al teatro, a la música, a la poesía, al encuentro y a la política vigente en semanas de incertidumbres en un Chile Unidad Popular. Pero también estaba el Museo de Bellas Artes, la Biblioteca Nacional, la Editorial Estatal Quimantú, creada por el gobierno de Salvador Allende y que abrió la más amplia lectura a lo largo y a lo ancho del país.
“Aquí me gustaría trabajar… Jaime”, me dijo entusiasmado Roberto el día que lo llevé a la redacción de Quimantú, donde yo participaba en las literarias, ilustradas y artísticas colecciones de Nosotros los chilenos. Y, en verdad, su anhelo pudo haber sido cierto a no mediar los luctuosos sucesos de un 11 de septiembre que derrumbó los sueños y los destinos de un Chile copia feliz del Edén.
JS: Estrella distante, una de las primeras exitosas novelas de Bolaño, estuvo a punto de editarse en Chile. ¿Qué sabes de esta escaramuza editorial? Roberto testimonia en una carta que estaba interesado que se publicara en su país natal.
JQ: El episodio me lo conozco bien, pues fui parte directa de la “escaramuza”, al menos en su parte editorial chilena. Por aquellos años, 1993-1994, Roberto Bolaño, escritor, venía ya teniendo relativo éxito con sus publicaciones en España (Fragmentos de la Universidad Desconocida, La senda de los elefantes, La pista de hielo) pero desconocido para los suplementos culturales y literarios de los periódicos y de las editoriales nacionales. En octubre de 1995 Roberto me envió desde Blanes el manuscrito de Estrella distante con el encargo de ofrecerla “a cualquiera editorial que saque novelas y que pague”. Tan pronto la recibí, y después de leerla con curiosidad y motivación fervorosa, la llevé entusiasmado a Planeta Chile, donde yo tenía buenas relaciones con Carlos Orellana, su siempre atento y riguroso editor. Mientras tanto Roberto estaba muy pendiente y esperanzado de esta posible edición chilena. Sin embargo, Orellana, a pesar de esa su admirada mundología, la dejó dos, tres, seis meses prácticamente olvidada u oculta en alguno de los cajones de su ancho escritorio de editor (y allí debe estar todavía según pasen los años). En Blanes, Roberto, sin noticias de estos sures del mundo, ni de aprobaciones ni de rechazos de Planeta Chile, buscaba diligentemente otros nortes editoriales. A finales de marzo de 1996 me escribe: “He vendido Estrella distante, la publicará Anagrama, en Barcelona. Me hubiera gustado publicarla en Chile”.
Al enviarme el manuscrito Roberto tenía dos precisas razones: “la primera es que se trata de una novela demasiado chilena como para que interese en un lugar que no sea Chile; la segunda es porque en una de sus páginas apareces tú y creo que en justicia debes ser de los primeros en leerla. Me interesa mucho conocer tu opinión. Si te parece una mierda, dímelo. Yo creo que es lo mejor que he escrito, pero uno nunca sabe nada…”. Y bien sabemos que Estrella distante no era una “mierda”.
Marzo-abril, y 2026.
*José Serralvo (Jerez de la Frontera, España, 1984). Es escritor y jurista especializado en derecho internacional. Ha realizado misiones humanitarias en países como Colombia, Afganistán, Armenia o la República Democrática del Congo. Sus novelas, entre las cuales destaca El niño que se desnudó delante de una webcam, indagan en cuestiones contemporáneas. Además de su obra de ficción, colabora con regularidad en medios culturales y literarios, incluidas las revistas Jot Down y Mercurio. Actualmente vive en Ginebra. Su más reciente libro La sombra de los perros románticos, Editorial Navona, Barcelona, España, 2026 (distribuido en Chile por Editorial Catalonia) reconstruye con pulso narrativo y rigor documental la biografía de Roberto Bolaño.
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