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Zimbabwe, Poesía de Eduardo Padilla
El billar de Lucrecia, 2006

Somos libres y disparamos a discreción contra las letras

Rodrigo Castillo
Ciudad de México


Históricamente, la labor de la poesía ha sido elaborar su propia muerte; es decir, al negarla se tiene acceso inmediato a la tradición poética; un trabajo inscrito dentro del lenguaje poético también necesita de sus crímenes, y el asesinato, el auto-asesinato (llámese suicidio, antipoesía o como más guste), lo único que logra es dar vida, en cumplimiento de una actitud crítica e intelectual, al texto.

Ya acerca de las negaciones que dirigen la poesía moderna, Focault escribió que "Cada acto literario nuevo, sea el de Baudelaire, de Mallarmé, de los surrealistas, poco importa debido a que implican cuatro negaciones, cuatro rechazos, cuatro tentativas de asesinato: en primer lugar, rechazar la literatura de los demás; en segundo lugar, rehusar a los demás el derecho a hacer literatura; en tercer lugar, rechazarse a sí mismo, discutirse a sí mismo el derecho de hacer literatura; y finalmente, rehusar a ser o decir en el uso del lenguaje literario algo distinto del asesinato sistemático, realizado, de la literatura" (Lenguaje y literatura).

Al margen de las nuevas propuestas dentro de la literatura y de las formas de crearla, se ha dado en una especie híbrida cierto tipo de aniquilamiento, pero también, y esto resulta aún más extraño, cierta manera de voltear los ojos hacia quienes han sido y serán por siempre los mayores desahuciados de una tradición institucionalizada: aquellos que acceden a un canon creado por ellos mismos y Zimbabwe, de Eduardo Padilla, nos ha mostrado que el camino del lenguaje se bifurca y que, por esos senderos donde transita la poesía, ésta vuelve a unirse en uno sólo, en algo tan desconocido como la sustancia verbal.

Al leer Zimbabwe, la primera impresión que nos deja es la ilación de los versos/mapas que guían la estructura atonal de la voz del autor, y la extraña temática concienzudamente elaborada donde física, cine, matemáticas, psicología y geografía circundan los poemas sin olvidarse de algún dios y un manual zootécnico (que todo poemario reafirma).

Padilla abre el poemario con cinco preguntas que me recuerdan un ejercicio mental utilizado en psicología para dar con el culpable del asesinato del señor "x"; se pregunta un detective que investiga el caso:
¿quién pudo haber sido? el deshollinador, ¿con qué arma? un puñal, ¿cómo? por ausencia de la ama de llaves y por la espalda, ¿cuándo? un martes por la noche, ¿dónde? en la biblioteca del señor "x" sin existir rasgo alguno o huella de haber forzado la cerradura de su puerta.

Sin embargo, el motivo y la intención son otros, el autor nos dice en los versos del poema Norte lo que puede ser este libro:

Recibes la orden.
Para ser exacto, recibes la renovación de una vieja orden.

Se te recuerda que aún tienes un asesinato que llevar a cabo.
El problema es-
ha pasado tanto tiempo desde la primera expedición
que has olvidado por completo el rostro de tu objetivo.

Te encierras en el peñasco (región temporal
en la que se encuentra el oído interno)
y abres el portafolios,
buscando norte.

Imágenes a secas y un lenguaje coloquializado son las apuestas que se posan aquí y que simultáneamente dan cabida a Zenón de Elea, a un tiramocos neutrónico, a membranas electromagnéticas y a un repartidor de pizza con una excelente puntería colocando su anular en el timbre.

Lo sorprendente de Zimbabwe es su rareza por la que da cuenta desde la lengua ávida, aquella que se da en los pasillos de las facultades o en los mercados, los parámetros de limpieza y exactitud para decir las cosas en pocas palabras como se logra en los siguientes versos:

Si yo digo que un ave cae
lo digo sencillo
sin mayor aspiración
que realizar un ligero asentimiento.

El lector, en la búsqueda de encontrar cierto reflejo ante el texto, lo lleva a identificarse con un ritmo fluido en forma de escalera, en ese lugar tan común que es el ascenso y descenso del lenguaje en momentos de confusión, donde repta, se yergue y arroja en cada línea de este libro el artificio mutable del sonido; dueño de un fraseo anormal dentro de la joven poesía mexicana, Padilla sitúa el mundo verbal voluptuoso y volátil, despliega en la página bajo la sola consigna de un ritmo, me atrevo a llamar arcaico como los inicios monofónicos de comunicación entre los hombres, próximo a lo desconocido, pero no por ello ajeno a nuestro espejo diario.

Zimbabwe resulta de difícil clasificación: sea por su temática, por la multiplicidad de estructuras y forma de los poemas, por el ritmo que en momentos asciende y en otros desciende para mantener la vastedad de un espacio inconquistable, apenas vislumbrado en el instante de su plenitud fugaz; un libro en donde lo leído, lo visto y lo posible son el norte, la cartografía, la memoria y la bitácora de un acontecimiento usual que son usados como máscaras para trazar un retrato inmerso en la parte sur del continente africano.

Cada poema nos revela un artificio, porque poesía es, sobre todo, un artificio llevado hasta sus últimas consecuencias: la conciencia de sí y Padilla responde a esta expectativa en el discurso consciente porque se aleja de las formas tradicionales para enfrentar el problema del texto. También poesía es metadiscurso y Zimbabwe es abiertamente desconstructivo consigo mismo; por eso se ha dicho que la poesía hispanoamericana es cálculo, "conversación de difuntos, confrontación parricida, continuidad renovada, conciencia crítica, escala de tradición y sobre todo contradicción" dentro de sí misma". (Prístina y última piedra, Oráculo y Tensión, Lectura de la poesía hispanoamericana presente, Ernesto Lumbreras, Aldus, México, 1999.)

El espacio de la poesía de Padilla son los espacios que juegan con la hoja en blanco, íntimos y habitables como la memoria, y el registro poético en las páginas de este libro hace patente que lo heterodoxo y cierta desmesura de orden renieguen de lo "prestigiadamente poético"; pero lo que importa aquí, y vuelvo a señalarlo, es lo arriesgado con que el autor va construyendo una nueva sensibilidad ante el texto, una perspectiva que indudablemente echa los ojos hacia atrás, como una respuesta al tiempo lineal, por ello en el último poema de Zimbabwe se lee:

Si yo digo que un ave cae es porque aspiro a lo incorrecto.

…pero dudo del potencial de esta ave; este es un pájaro
que se resiste a caer de una forma que no sea llana y simple

Y sin dudarlo, el ave, sigue cayendo. Las palabras con alas fracturadas. Como el águila que las despliega para dar con su alimento: eso es precisamente Zimbabwe: una forma de caída y ascenso, una recuperación de lo prestigiado y lo sancionado con ganas en verdad de trascenderlo; un retorno a lo clásico sin ser portentosamente clásico, al contrario, queriendo ser moderno sin llegar tampoco a ello, porque la aguda inteligencia del autor, equilibra a la falaz profundidad del canon con ironía y con un dejo de humor que no pasa inadvertido como en los versos del poema W.D. es filmado en Churubusco peleando hasta la muerte contra la Hidra de Hiroshima:

primero fue el charal que media demasiado y luego
vino la idea de enemistarlo contra la hueva de Chapala
resultando así en el charal de Gargantúa contra la mancha
de la abulia voraz o la abulia es una mancha voraz
nunca estuve seguro pero sabía bien que de cualquier forma
el título era demasiado incluso considerándolo para película
de monstruos estilo Toho pero aún así lo estimaba como
el as bajo la manga el guión que me sacaría del estercolero
aunque al final nadie lo quiso mamá dice que estaba
y es verdad que existen ejemplos de cine de explotación
adelantado a su tiempo.

Lo que no brinda Eduardo Padilla es un proceso de pensamiento que parece forjarce mientras transcurre; es evidente el desfase entre el momento del "pienso en este instante" del poema y los momentos en que la secuencia de lo pensado fue elaborada, y esta es una de las virtudes (consciente o inconsciente) del autor, porque no es él quien dice "pienso en este instante", sino que es el lenguaje mismo el que se manifiesta, demostrándonos que mientras leemos, nuestro pensar y transcurrir del poema son uno solo.

Zimbabwe al ras de la rispidez en el lenguaje, de la enunciación del yo poético que transita por los poemas sin darse cuenta,

acaso se desploma / se sumerge / se hace bomba

y

si lo que buscan es pasera el bigotillo simétrico
a lo largo, ancho y profundo de un caracol que se expande o encoje
lean a los clásicos.


 
 

 

 

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(Zimbabwe, Poesía de Eduardo Padilla).
Por Rodrigo Castillo.