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Mudas - Ay de mí - Rascacielos
NADA SE ESCURRE

Roberto Contreras


Así se llama la colección con que se inicia la editorial independiente Ripio Ediciones. Y lo hace, entre otras cosas, con el nombre del primer libro de Enrique Lihn, porque reúne nuevas escrituras de escasa circulación. El primero inédito, el segundo con un libro publicado y el último –aunque con varias publicaciones y autoediciones– nos sorprende esta vez con una obra mínima. Acaso otro requisito como criterio de edición: formas breves. Nos referimos, respectivamente, a Alejandra Fritz con Mudas, Enrique Winter con Rascacielos y a Héctor Hernández Montecinos con Ay de mí.

Antes de entrar a los libros, decir que son “plaquetas”, encuadernaciones manufacturadas, rústicas, manuables y que incluyen obras exclusivas para cada libro. Como explica uno de sus editores, Christian Aedo: “Además está el trabajo de tres artistas visuales, Adrián Gutiérrez, Alex Jamett y Pamela Fritz, quienes realizaron una interpretación o lectura de los trabajos, graficándola en cada una de las placas publicadas”.


Mudas de Fritz recoge una poética minimalista de lo cotidiano. Una mirada desgarrada y profunda, aunque sencilla en sus imágenes, de los intersticios rutinarios, escenas de una demolición familiar y, por extensión, también de la modernidad de este país: “(Chile) Una larga/ angosta herida/ al costado de Sud-américa”. Un mudar, que es cambiar, pero también silenciarse. Hacerse cargo de los residuos de la realidad, con la simpleza de quien husmea el polvo sobre los muebles. El vacío que es llenado con murmullos, sobre una desidia casi irrecuperable sin dejar pasar la luz natural: “El techo tiene otro color:/ cuando las arañas cambian de ropa/ dejan pijamas transparentes/ fantasmas/ que al tocarlos se rompen/ Desecho de pintura/ no es más que piel artificial y pálida/ que en el suelo se confunde con la mía”. Destacan las analogías del cuerpo con Matruschkas multiplicándose/ mutilándose, la descripciones de imaginarios viajes en Metro o sus escarceos con un Chile anémico, trizado, desencajado. Como el velo de una foto.


Ay de mí, es además del último libro de Héctor Hernández, su trabajo más pequeño y sintético. Valiéndose esta vez del recurso de la anáfora, sostiene al borde de la letanía un poema ginsbergiano que no pareciera agotarse. Mezcla de pie forzado, cable a tierra y naufragio polifónico, donde emerge un recuento desaforado de los hechos más personales, pasando por los últimos gritos de lo que va corrido del milenio. Revisión rokhiana, tartamudeo lisérgico, zapping insufrible y salvaje del país: “Ay de mí y de esa pasarela en la costanera que tanto me gustaba/ porque ahí te podía ver/ Ay de mí y de la vieja poeta que me ama y yo amo y acaba de morir la inmortalidad con ella/ Ay de mí por no volver a empezar una nueva vida que sea menos fatal que esta en un cementerio del futuro/ Ay de mí y de un ángel terrible llamado Hans Pozo brillando en las noches que aún no han llegado/ Ay de mí y de esos pobres soldados sudacas que lloran en televisión por volver a gringolandia/ Ay de mí y de todos los códigos penales que nos metemos en la raja”.     


Rascacielos de Winter es infrarrealismo. Poesía narrativa, cierto objetivismo y crudo realismo sucio instalando una poética mayor. Un libro universal armado con problemas locales. Los materiales que Winter presenta detrás de la armazón de concreto, traslucen su ternura, respeto y conocimiento de lo que cuenta. Se agradece la conciencia del riesgo, como también de la aventura, más allá si sólo fuera una epistemología textual. ¿Puede asaltar la duda? Sí. Mientras la llamada poesía joven no abandone el entretenido juego de espejos o de hallazgos en y por el lenguaje en que podría estar perdiendo el tiempo, costará mirar textos más importantes, más allá de su andamiaje. O en una analogía más cercana: dejar de hacer bellos juegos de piernas en “gimnasios burgueses”, antes que en pichangas a morir en los eriazos de tierra.

En Rascacielos todo es cancha. El sujeto enuncia y traslapa, cual ventrílocuo, lo que quiere decir y en qué registro. Y le resulta: “Con sus cumbias a todo chancho/ a todo chancho los domingos/ cuando no barre la basura/ que las tres cuatro tres bota/ antes de irse con su mina/ afuera de la micro adentro/ él cree que no sé no supe/ que al niño lo dejamos zeta/ después que repitió de curso”. Sobran los ejemplos.

Estamos frente a tres micropoéticas que agrandan el sentido de una nueva camada. Son excelentes libros de contrabando, por una nueva editorial que comienza a arrastrar toscas piedras desde el fondo. Por eso suena.

 

 

 

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