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Rubí Carreño | Autores |









Justicia Narrativa
Ficciones críticas de la literatura chilena

Fondo de Cultura Económica Chile, 2026, 88 págs.

Rubí Carreño

INTRODUCCIÓN:
FICCIONES CRÍTICAS


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Hace algunos años circuló profusamente un meme con un perro que tranquilamente tomaba una taza de café mientras todo ardía a su alrededor. Se enviaba por las redes sociales durante el estallido social chileno del 2019 o incluso algunos osados lo usaban de fondo de pantalla en las interminables reuniones por videoconferencias durante la pandemia. Compartía el primer lugar en las protestas humorísticas del tele-trabajo, en la que asentíamos silenciosos con la cámara prendida, sosteniendo imaginariamente un tazón que decía: “Esto debió ser una reunión”.

Marshall Berman señaló en su clásico libro Todo lo sólido se desvanece en el aire (pdf) y como también supimos en nuestra propia experiencia dictatorial, algo que es mucho más habitual en las generaciones de jóvenes del siglo XXI; el sentimiento de que todo lo conocido podría desaparecer, de modo que Debí tirar más fotos de Bad Bunny fue uno de los discos más comentados y escuchados a los días de su lanzamiento en enero del 2025. La nostalgia, no solo de los amores perdidos, sino de los bosques, de los paseos por la playa, ocupados ahora por enormes edificios tipo Cancún en las gélidas aguas del Pacífico Sur, de la vida barrial y hasta de la propia patria se habían sustituido por la creencia con fuerza de ley de que el antropoceno, es decir, la acción de los seres humanos en la era del capitalismo, habría echado las cartas hacia la extinción de las formas de vida como la conocemos. Así, solo nos quedaría permanecer impávidos, como en el famoso gift sobre los chilenos; ese que explicita en diversas versiones que no nos moveremos si es que las lámparas no se empiezan a caer y solo lo haremos para afirmar la televisión.

 

 

Para el terremoto del 2010, en que muchas casas y cosas se vinieron literalmente abajo, muchos de nosotros nos preguntábamos qué sentido tenía dedicarnos a la literatura si se necesitaba mucho más la gente que acarreara escombros, fuera médica o constructor. No les miento, sentí amargura: no había agua, las comunicaciones estaban cortadas y yo pensando qué gracia tiene vivir en un país a punto de desintegrarse cada tantos años. De pronto, escuché una cueca como si fuera una alucinación acústica, tal como lo leen u oyen. Una cueca con pandero y guitarra. Me acerqué a la plaza Camilo Mori, ex Plaza Constitución, y vi a dos mujeres jóvenes un poco despeinadas y llenas de tierra —como la mayoría de nosotros— haciendo la alegría más afinada y sabrosa que pueden imaginar en el contexto más angustiante. Lloré. De amor y pena. Así que me acerqué a la rueda de cantoras improvisada y me puse a aplaudir tac-tac, tac-tac, increíblemente feliz de poder cantar y bailar a mediodía, con otros y otras que también conocían las canciones. Al tercer pie ya estábamos pensando que había un país que atender a punta de olla común, organizaciones sindicales y de mujeres, otros también pudieron expresar su llanto en compañía de los demás y fueron consolados por los que ahí estábamos: como antes, como entonces, como desde el principio de los tiempos hasta el último día, si llega.

Así que quise ser tan efectiva con mi palabra como ellas. En el canto, la afinación no tiene que ver con un don natural o la técnica; tiene que ver con el deseo de querer que la nota brille como fue creada originalmente, sin importar qué. Decidí escribir el libro Av. Independencia: Arte, música e ideas de Chile disidente (Cuarto Propio, 2013) porque vi en esas dos jóvenes mujeres aquello que mueve al mundo de manera amable —no como en un terremoto o como en un incendio, o como en una crisis de inequidad social o climática—, si bien es cierto, un remezón de vez en cuando puede servir para sacudir a los espíritus acomodados. Se trata de la pulsión de vida, esa que late en todos nosotros y nos dice contra toda evidencia que las cosas van a andar bien si me sumo al calor genuino del sol. Los gatos van, precisamente, allí donde hay luz, placer, incluso amor, todo el día y, como en la parábola, alguien les da su sobrecito de alimento, o más.

Pero se podría pensar que no todo el mundo tiene el temple de ánimo para cantar desde su casa durante un toque de queda en una ciudad amenazada. Sin embargo, llama la atención que, si bien los noticiarios inundaban las pantallas con escenas de violencia, muerte y miedo durante el estallido chileno del 2019 o durante las cuarentenas del 2020, hayan sido los videos de cantantes improvisados desde los balcones o de instrumentistas detrás de un escudo de lata, más la enorme cantidad de performances —algunas tan extendidas como “Un violador en tu camino”, realizadas hasta hoy—, aquellos que más se difundieron en Chile y en el mundo. O incluso esas más improvisadas y populares, como las de los italianos bailando y cantando desde sus edificios una canción por todos conocida, como de viejos, quienes también abrieron la ventana para cantar y afirmar no solo que estaban vivos, sino muy contentos de estarlo, y apoyar con su propio cuerpo la idea de que una vida larga y feliz es posible, si es lo que se tiene en mente, aun cuando se hayan enfrentado no una, sino muchas catástrofes.

Porque bueno, sabemos que la música es el bastión del espíritu, y que hasta el más ensimismado o alicaído susurra y hasta baila su dulce o agitado sonido. Pero ¿qué pasa con la literatura?, ¿con el trabajo crítico? ¿Podríamos ser una de las profesiones “indispensables”, según el criterio de las pasadas cuarentenas? Por suerte no, y así muchos pudieron al fin escribir más allá de las lógicas del paper que parecían y a algunos todavía parece, como tomarse una selfi con un incendio de fondo. Y quizás el ensayo universitario —es decir, ese que se desliza libremente por las páginas sin tropezar con la teoría, sino que la incorpora como un material más, e incluso la genera, porque la teoría es siempre semilla, nunca surco— no sea como una canción de Víctor Jara, dando valor por décadas a quienes defienden el derecho de vivir en paz al hacer suyo este verso simple y poderoso. Pero sí, quizás puede y debe otorgar lucidez, ojalá con belleza; eso es lo que hace la palabra literaria; hacer posible lo imposible, es decir, lo que la imaginación crea. Mostrar incluso lo que espanta y dar una salida reluciente a todo ello, al menos, en la última página.

Marshall Berman nos mostró algo que aún no aquilatamos en su análisis de Fausto. El “joven desarrollista” desea a través de la modernización traer luz a la humanidad. Sus intenciones son las mejores, y ya sabemos lo que se dice de ellas. Cree que si se detiene y desea que el tiempo no pase, para gozar el presente y sea, entonces, en suma, feliz, Mefistófeles acabará con él. La pandemia nos mostró que, efectivamente, detenernos y gozar la vida, no solo nos salvó muchas veces del contagio y de un desenlace apurado, sino que también restituyó las condiciones en el hábitat de infinidad de plantas y animales: desde pumas cordilleranos y colibríes hasta las ballenas que recuperaron su danza en el mar.

Para muchos, la felicidad y sobre todo la individual —como puede ser la escritura en una primera instancia— es asociada con el egoísmo o, incluso, con el neoliberalismo. Si te tomas con placer una taza de café, como el perro del meme con el que empezamos este ensayo, es que gozas de un privilegio ciego que no considera los supuestos sufrimientos del planeta o de otras personas; aun cuando hagas una compra responsable, el pecado sigue siendo el mismo: gozas.

No es el universal de felicidad capitalista o los gustos personales lo que define la felicidad. Es algo mucho más básico: querer estar vivos y disfrutarlo. Que corresponde, además, a una definición completamente olvidada de la subjetividad: Somos vida que pulsa vida.

Pero volvamos al paper, así en inglés, o al artículo académico. Es un género que presta una estructura a disciplinas, generalmente, no humanistas, otorgándoles un modelo simple que seguir y que todos conocemos, pues llevamos 25 años practicándolo. Sé la fecha porque participé en los primeros Mecesup del año 2000, que otorgaban dineros inconmensurables a los jóvenes y no tan jóvenes “Faustos desarrollistas” para fundar los doctorados de Chile; comprar libros; dar empleos; inventar planes de estudio y obtener becas para nuevos estudiantes. ¿Quién podría negarse a Mefístófeles que aparecía, no solo en terno y corbata, sino que ofreciendo las promesas de educación de calidad que constituyeron la agenda popular de este primer cuarto de siglo? Había una pequeña condición, eso sí, que no se vislumbró en el momento y que no pareció tan peligrosa. Había que escribir papers en revistas indexadas y esto daría puntos. Imaginamos que ganar en fichas en las salitreras era peor a que la nueva moneda académica fueran los artículos. Bueno, se pensó, nos dedicaríamos también a eso, ¿qué mal podría haber en ello, si al final, muchos queríamos escribir y publicar? Sin embargo, a poco andar, nos dimos cuenta de que esto implicaba que había que dejar de escribir libros, ensayos universitarios y, por supuesto, ignorar completamente las revistas independientes; las autoediciones; las publicaciones colectivas. Es decir, todo el delicado circuito cultural y de la crítica se fracturó desde el punto de vista estético, ideológico y también económico.

No solo la felicidad, sino que la relación entre subjetividad y escritura, el trabajo académico mismo, se convirtió en “sumar puntos”. Todo lo anterior se entendió como la modernización del sistema universitario de principios del siglo XXI. Es decir, dinero para despedir a los profesores mayores; bibliotecas; infraestructuras; agencias de acreditación de calidad; pero sin escritura, al menos esa que canta en un terremoto. De este modo, el primer mundo escribe ensayos universitarios y el sur, y sobre todo los jóvenes del sur, escriben papers.

En fin, mi militancia, mi activismo y quizás como se llame a la disidencia responsable en los próximos años, es y ha sido la escritura en mi propio lugar de trabajo, la academia. No he renunciado nunca al derecho a ser escribiendo y he hecho de esto una resistencia que se convirtió en biopoética: “En este concepto confluyen las dimensiones estéticas y políticas de la palabra literaria, es decir, las poéticas, con las prácticas surgidas en y alrededor del texto que permiten tanto la inserción como la supervivencia concreta en un campo cultural represivo.” (14, Carreño, 2013). Esta biopoética de la crítica y de su enseñanza abarca numerosos aspectos: las ediciones de libros de estudiantes en las que yo jamás participo como autora; la creación de una escuela de edición con los estudiantes de doctorado en la Revista Taller de letras que dirigí por casi quince años; las evaluaciones de cursos orientadas hacia el “extramuros”, es decir, que pudieran ser publicadas; incorporar a los equipos de investigación de mis proyectos a jóvenes investigadores que volvían a Chile y, por lo general, a disidencias; crear la Colección de Libros GIFID para estudiantes de pregrado. Todo esto pensado para que la escritura y la felicidad de publicar, sean la vía regia de inserción en un campo laboral a veces incierto. Es mucho mejor aprender a ser coautores que competidores.

Desde mi propia praxis como escritora e investigadora; mi biopoética ha sido que la escritura académica sea al mismo tiempo, escritura literaria; subvertir el género del “paper” a través de la creación de tres géneros: los ensayos universitarios en los que la teoría aporta y no es un peso; las ficciones críticas, en las que se incorporan elementos de la ficción para expresar una idea teórico-crítica y pueden tomar la forma de “chisme”; “cuento”, “guión”, o elaborar las mismas estrategias narrativas que las analizadas en la propuesta de lectura y las canciones, en las que el género lírico y musical entran en escena. Con esto he buscado hacer “justicia” a la literatura como forma de entender y de transformar la sociedad; de acompañar a los seres humanos en tiempos que no siempre son llevaderos por mucho que se “escrolee” la vida. Frente a las noticias falsas, las imágenes trucadas, y la violencia desatada; la ficción sigue siendo un remanso de agua para beber y lavarse la cara. Cuando se lee o escribe, es el yo el que aparece, y es esa mi acción política; que el “yo”, no solo el mío, no se pierda en un abstract, un powerpoint o un resumen de IA. Por supuesto, soy humanista vitalista en tiempos del antropoceno, también ecofeminista, no son posiciones contrapuestas. Escribir me hace desear vivir y que haya mundo el día de mañana para leer lo que se escribe y también, querer dejar el libro al lado, para caminar o nadar.

La crítica disiente, dice y siente, eso es parte de nuestra inteligencia natural (de más está decir que la IA hace estupendos papers); disentir es parte constitutiva del ser humano, tanto como su espíritu gregario. Solo que a nosotros se nos dio la posibilidad de dar una forma lúcida al descontento y convertirlo en verano.

No siempre hay que recurrir a Mefistófeles para lograr el conocimiento, el amor no solo enseña, también hace. A veces esperamos mucho tiempo por “abril lluvias mil” en el país, el mundo y en el propio corazón. Porque es muy difícil sentir que ya no se es una víctima si todavía se experimenta la violencia en todas sus versiones, desde tener o no tener árboles en el barrio; agua potable o en garrafa dimensionada por familia. Y sin embargo, la vida florece hasta en los lugares más inhóspitos, verdea ante toda imposibilidad. Es justicia narrativa, que no solo al final, todo, todo, todo saldrá bien.

 

 

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Rubí Carreño es escritora, investigadora y Profesora Titular de la Universidad Católica de Chile. Fue investigadora visitante del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge (2027) y profesora visitante distinguida en la Cátedra Edith Kreeger (2019). Obtuvo la Beca de investigación de los Amigos de la Biblioteca de la Universidad de Princeton en 2023 con su proyecto “The Diamela Eltit Archive as a Memory of Emancipation”. Fue autora intelectual e investigadora principal del Proyecto Anillo ATE220025 “Descolonizar y despatriarcar desde el Sur de Chile: género e investigación en la formación inicial docente”. Sus últimos libros son; Escrituras canoeras (Hueders, 2023), Savia nueva: crítica joven latinoamericana ed. (Cuarto Propio, 2025). Fue directora de la revista Taller de letras entre el 2010 y el 2024. Actualmente, prepara el libro Inteligencia Natural: subjetividad y escritura en tiempos de IA




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