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Aficiones ocultas


Ramón Díaz Eterovic
El crimen de escribir, Planeta 1998

 

Desperté cuando mi bus descendía del transbordador en el que había cruzado el Canal de Chacao junto a dos buses más y media docena de automóviles ocupados por turistas que obturaban con ansiedad sus cámaras fotográficas. A través de la ventanilla observé el verde intenso de los árboles chilotes y por un instante maldije mi costumbre de hacer promesas que me obligaban a dejar las calles de Santiago y la ruinosa tranquilidad del departamento que alquilo en las proximidades de la Estación Mapocho, y del que sólo salgo salir para ejercer mi maltrecho oficio de investigador privado.

Había pasado la noche anterior en Temuco, en la casa de Ricardo Reyes, cliente al que prometí averiguar el paradero de su hermano Claudio, un vendedor viajero del que hacía más de un mes no se sabía nada. Una carta y dos telegramas de Ricardo Reyes me hicieron viajar a Temuco, y sin más expectativas que algunas noches de frío, viajaba a Chiloé en busca de un extraño al que esperaba encontrar sin mayores complicaciones, para luego regresar a Santiago en el primer bus que tuviera a mi alcance.

"Claudio llamaba por teléfono a lo menos una vez a la semana", había dicho su hermano, al tiempo que me entregaba la foto de un hombre joven, moreno y de ojos grandes.

Al llegar a la ciudad de Castro, di una vuelta por su plaza rodeada de puestos en los que vendían artesanías en madera y chalecos de lana; entré a su añosa e imponente catedral de madera, y después busqué un bar donde beber unas copas de vino antes de subir al vehículo que me llevaría hasta Queilen, poblado del que tenía vagas referencias, aportadas por un escritor a quien solía encontrar en el City Bar, enhebrando ideas para sus novelas policiacas en las que, una vez publicadas, solía reconocerme con facilidad. Hice el viaje a Queilen en un destartalado bus que se puso en marcha sólo cuando estuvo sobrecargado con los bultos y equipajes de una treintena de pasajeros. Durante más de dos horas, avanzó penosamente por un camino de tierra, sinuoso y arisco como la montaña rusa de un parque de entretenciones. Los pasajeros se apretujaban en sus asientos y pasillo, y por momentos, la posibilidad de llegar a destino parecía tan remota como ganar dinero en el Derby sin apostar.

—Dos o tres días, nada más —dije a la mujer que me atendió en la primera pensión que encontré en Queilen. Era gorda y amable, y en pocos segundos reseñó las bondades de su hospedería, las que incluían un buen desayuno, almuerzo de tres platos y ducha diaria. Dejé mis cosas en la pieza que me asignó y salí a recorrer las dos o tres manzanas en las que se agrupaban las principales tiendas, almacenes y bares del pueblo. Lo demás era un cielo azul y la inmensidad del mar por el que navegaban los botes, rumbo a la Isla Tranqui o a Quellón. Junto a una rampa de cemento miré el movimiento de las chalupas, chatas y lanchones, y el ir y venir de sus pasajeros, provistos de paquetes con mercaderías, sacos de harina y una respetable cantidad de garrafas.

—Mucho garrafo. Chilotes compran mucho vino — escuché decir a mi lado a un gringo alto, con aspecto de tipo tranquilo pero, sin duda, con la fuerza suficiente como para torcer el cuello de quienquiera que lo sacara de sus casillas.
—Desconfío de los que no beben —respondí, al tiempo que encendía un cigarrillo.
—Peter London —agregó el gringo, extendiendo una mano que estreché temeroso de sufrir una fractura. Tenía una sonrisa breve, pero franca.
—Heredia. Me llamo Heredia —dije.
—Herredia, bien. Me gusta conversar con gente que llega al pueblo. Con chilotes no hay mucho que hablar. Así que, si ya vio bastantes botes, lo invito a beber un caño de vino.
—Una caña de vino.
—Eso. Un caño.

Sonreí y seguí al gringo con la obediencia del niño más aplicado del curso. Dejamos atrás la rampa y a poco andar llegamos a una cantina llamada Melinka, en cuyo interior había media docena de hombres que bebían, mientras conversaban o miraban un televisor del que salía la imagen de una platinada y esquelética cantante.
—No parece turisto —comentó London, una vez que nos sirvieron dos rebosantes cañas de vino tinto.
—No ando en plan de turismo. Busco a un hombre llamado Claudio Reyes. Vende reproducciones de cuadros y se supone que hace un mes viajó a Queilen. ¿Le dice algo ese nombre?
—Nada, señor Herredia.
—Heredia. Sólo Heredia.
—¿Herredia? ¿Heredia? ¡Herredia!
—Y usted, amigo, ¿a qué se dedica?
—Pesco, navego en bote, recorro alrededores. Un día llegué aquí, vi paisaje tranquilo y dije: voy a quedar tres meses. Ahora ya han pasado diez años. Tengo una rancha en la Isla Tranqui.
—A veces, sólo a veces, cuando la ciudad muerde con más rabia que de costumbre, pienso en hacer algo igual. Sin embargo, pasan los años y no me decido. Mi pesado trasero urbano me lo impide.
El gringo esbozó una sonrisa, y luego de beber un sorbo de vino, se puso de pie y caminó hasta el mesón donde se acodaba el patrón de la cantina. London le dijo un par de palabras y enseguida hizo una seña para que me acercara.
—Aquí, Galindo parece conocer su hombre —dijo el gringo.
Saludé al cantinero; un hombre bajo, rechoncho y de cabellos lacios.
—¿Busca a don Reyes? —preguntó. Su voz poseía el tono claro y cantarino de los chilotes.
—¿Lo conoce?
—Ve esos cuadros —dijo, indicando las reproducciones de escenas campestres que colgaban de las paredes de la cantina—Me las vendió Reyes.
—¿Lo ha visto últimamente?
—Para la Navidad. Andaba de cobranzas. Yo le debía unos pagos y lo extraño es que quedó en venir a cobrar y nunca lo hizo. Sepa Dios qué le fue a pasar. Parecía apurado. Habló de cobros que debía hacer, bebió una cerveza y nada más.
—Le dijo a quiénes pensaba visitar.
—Dio nombres, sí. La viuda Mansilla, Cárdenas, el de la carnicería La Estrella, el profesor Uribe y Millatureo, un empleado de la salmonera.
—¿Sabe dónde ubicarlos?
—Aquí todo es chico y se conoce. Le puedo dar las señas.
—Yo acompaño, Herredia—dijo London, indicando con una de sus manazas el horizonte azul y nuboso que se extendía más allá de las ventanas de la cantina.

Queilen poseía la tranquilidad de una tarjeta postal y por sus calles se veían tan pocas personas que por un instante extrañé el ajetreo cotidiano del paisaje santiaguino, en el que debía abrirme paso a codazos y empujones. La casa de la viuda Mansilla era pequeña y vieja. Sus exteriores estaban cubiertos con deslavadas tejuelas de alerce y en su interior, una cocina de fierro negro era el centro de las actividades domésticas. Dos o tres palabras de London favorecieron la bienvenida, y mientras me sentaba en un sofá de patas quejumbrosas, observé a la mujer, que sin dejar de atender sus labores, escuchó pacientemente. Era una anciana morena, encogida y de cabellos grises que anudaba sobre su nuca con un moño sedoso.

—Hace tantito tiempo que no anda por aquí —dijo cuando le pregunté por el vendedor—. Se lo tragó la tierra, o hizo fortuna en otra parte. Le compré un cuadro de nuestro Señor Jesucristo y la última cuota que le debía se la pagué antes de Navidad. Después no lo volví a ver. Si ustedes lo encuentran díganle que hay vecinas interesadas en sus cuadros.

Le di las gracias, y después de aceptar su invitación a comer unos chapaleles que acababa de preparar, seguí las zancadas de London en dirección a la carnicería de Juan Cárdenas, un chilote alto y gordo que nos recibió tras el mesón de su negocio, afanado en trozar una pierna de cordero.

—Termino con la carne y los atiendo —dijo a modo de saludo.
—No hay prisa —le respondió el gringo—. Con mi amigo aquí, sólo queremos que diga si ha visto a Reyes, el de los cuadros.
—En Navidad sería la última vez. Pasó a cobrar unos veinte, se los pagué y se fue.
—Mala suerte —comentó London más tarde, cuando salíamos de la casa del profesor Uribe, quien tampoco supo dar pistas acerca del destino de Reyes—. Pero, aún tenemos otra carta.
—Millatureo. ¿Dónde lo podemos buscar?

La casa de Rubén Millatureo quedaba en el centro del pueblo, cerca de la casona de los bomberos y del correo. Golpeamos a su puerta sin obtener respuesta y luego London miró al interior, a través de unas ventanas que tenían el aspecto de dos ojos tristes. Lo imité, y en una de las paredes de la casa reconocí, colgados, una docena de cuadros similares a los que había mostrado Galindo en su cantina.
—No se encuentra en casa —concluyó el gringo—. Aún debe estar en la pesquera donde trabaja a cargo de la bodega. Podemos esperarlo o volver al Melinka.
—¿Sirven algo de comer, ahí?
—Un plato, puede ser. Sandwichs, siempre.

El Melinka estaba más animado que durante nuestra primera visita. La mayoría de sus mesas las ocupaban hombres que guardaron silencio en el momento que el gringo y yo entramos a la cantina. Luego, cuando caminamos hacia una mesa vacía, el murmullo de los clientes comenzó a crecer hasta convertirse en un ir y venir de frases y risas.
—Asado y papas —ofreció la muchacha que oficiaba de mesonera, al tiempo que me miraba de reojo, como si quisiera retener mi imagen para futuros recuerdos.
—Y dos caños de tinto— agregó London. Luego, sacó un Hilton de su campera de mezclilla.
—¿Es amigo del vendedor? —preguntó, mientras lo encendía.
—No. Me pagan por encontrarlo.
—Soy detective.
¡Shit! Policía.
—Detective privado. Busco gente o indago robos de poca monta.
—Me da mucho gusto conocer a un detective privado —dijo London, ofreciéndome una de sus manos, grande y amistosa.
—Igualmente —respondí, después de soportar tres segundos su apretón de mano.

Minutos más tarde, mientras arremetíamos con la carne, se acercó a la mesa el dueño de la cantina, y sin mediar invitación, ocupó una silla junto al gringo.
—Parece que por la noche tendremos agua —dijo indicando con una de sus manos las nubes que se acumulaban en un punto alejado del cielo.
—Poca —contestó el gringo.
—¿Y cómo les fue con don Reyes?
—Mal —dije—. La gente que nos dateó hace tiempo que no lo ve.
—Sólo nos falta hablar con Millatureo —agregó London.
—A ese no lo ven hasta la tarde. Carmelo me contó que lo vio salir temprano para Castro —dijo Galindo, al tiempo que llamaba con una seña a un hombre que bebía apoyado en el mesón de la cantina.

Carmelo, un tipo delgado y algo pálido, llegó a nuestro lado y se quedó de pie junto a Galindo.
—¿Tú viste salir en la mañana a Millatureo? —le preguntó Galindo.
—En el primer bus, tempranito —respondió Carmelo— Debe volver luego, en el viaje de las cuatro. Cuando lo vi, parecía ir muy apurado. Dijo algo de unas platas que iba a pagar en Castro. ¿Qué se yo? Uno no va a andar confesando a la gente. Además, con lo que andan diciendo de ese Millatureo.
—Tonteras —dijo Galindo—. Millatureo es tranquilo, no bebe ni se le conocen mujeres.
—¿Qué dicen de él? —pregunté, sólo para alargar la conversación.
—Que se acriminó con su padre, el pasado mes de septiembre —respondió Carmelo—. Don Isidro desapareció de la noche a la mañana, sin que nadie lo viera viajar ni nada. Millatureo dice que se fue a Punta Arenas, y que toditos los meses le escribe.
—Fue a ver a unos familiares en Punta Arenas —dijo Galindo—. Después que murió su finada mujer, el hombre estaba solo.
—Con su hijo —retrucó Carmelo—. Y harto que peleaban los dos. Yo creo que al Rubén se le pelaron los cables después que murió su madre, el año pasado. No ve que siempre fue apollerado. La finada hacía cualquier cosa con él.
—Estás más pelador que las viejas del pueblo, Carmelo —agregó Galindo—. Millatureo es buen hombre. Desde que se fue su padre ha arreglado la casa. Compró cosas nuevas, estufa, sillas, cuadros, loza. Lo que gana en la pesquera, lo invierte. Si es más bueno que el Niño Dios, no les digo.

Después de la segunda caña de vino perdí interés por los pelambres de los chilotes. Fui al baño de la cantina, y en un espejo pequeño y resquebrajado, observé mi rostro, al que le hacían falta una afeitada y unas buenas horas de sueño. Sentía frío y ganas de estar en Santiago, con un libro en las manos y el lomo albo de mi gato Simenon al alcance de mis caricias. Eso, y unos tangos era todo lo que necesitaba. Por segunda vez en el día maldije la promesa que había hecho de encontrar a Claudio Reyes, y antes de salir del baño, decidí que buscaría a Millatureo y luego entregaría mis aporreados huesos al colchón de mi cuarto en la pensión. Por la mañana, temprano, enviaría un telegrama a Temuco y abordaría el bus a Castro. Seguir en Queilen tenía tanto sentido como aprender de memoria la tabla del trece. El vendedor podía estar embaucando a la gente con sus pinturas colorinches, en cualquiera de las infinitas islas chilotas, o gastando sus ganancias en algún quilombo de Puerto Montt. Sí, estaba agotado, me dije, y al hacerlo recordé que el cansancio siempre me hacía pensar mal de la gente. Dejé de mirar mi rostro en el espejo y regresé al salón de la cantina, donde London, ya sin la compañía de los chilotes, acababa de pedir dos cañas más de vino.

Quince minutos antes de las cuatro salimos de la cantina. En la calle, chicoteaba un viento fresco y a lo lejos, unos botes navegaban en dirección al canal Queilen. Seguí los pasos de London hasta que llegamos frente a vina tienda de abarrotes, en cuya vitrina se amontonaban unos paquetes de yerba mate, confundidos entre botellas de licores de dudosa marca, cuelgas de cholgas ahumadas, latas de duraznos, velas, botas de goma, y un banderín del Colo-Colo.

—Compro encargos, paso a la oficina postal y después vamos donde Millatureo —dijo el gringo, mientras se agachaba para permitir el paso de su corpachón por la puerta abierta del almacén.

Fue en la oficina de correos cuando recordé que la curiosidad y el azar son dos elementos importantes en mi oficio de fisgón y metiche. Me acerqué a London que, junto a la ventanilla de atención, conversaba con el encargado, y después que el gringo me presentara como su amigo, sonreí al empleado y le pregunté por las cartas que recibía Millatureo desde Punta Arenas.

—¿Cartas? —se preguntó a sí mismo el hombre, al tiempo que reacomodaba sobre su cabeza el gorro de lana que la cubría—. No, señor. Millatureo no recibe cartas desde Punta Arenas, ni de ninguna otra parte. Queilen es chico y la cuenta de las cartas que llegan la llevo en la uña de los dedos.

—¿En qué piensa? —preguntó London cuando nos acercábamos por segunda vez en ese día hacia la casa de Millatureo.
—No lo sé. Supongo que en nada cuerdo— respondí, mientras recordaba los rumores sobre la muerte del padre de Millatureo. ¿Los carabineros locales hacían oídos sordos a esos rumores? ¿Era necesario una denuncia formal para investigar? Preguntas, demasiadas preguntas, me dije, y cuando quise buscar una respuesta, ya no hubo tiempo.

En la calle La Paz, frente a la casa de Millatureo, un carabinero impedía el paso de un grupo de vecinos hacia el interior de la vivienda. London y yo corrimos hasta llegar junto a los curiosos que se apretujaban, expectantes, a la espera de algo que debía ocurrir de un momento a otro.
—¿Qué pasa? — preguntó el gringo a un muchacho que trataba de abrirse paso para quedar cerca de la entrada a la casa.
—Encontraron muerta a la Gabriela —contestó el muchacho, con voz entrecortada, como si acabase de correr la maratón—. Dicen que anoche no llegó a la casa y que hoy, temprano, su hermano salió a buscarla. Preguntó en la línea de buses y averiguó que ayer Gabriela había regresado desde Castro en el bus de las cuatro de la tarde. Después, un conocido le contó que la había visto entrar a la casa de Millatureo.

Me acerqué al carabinero que custodiaba la entrada a la casa, y sin pensarlo dos veces, saqué de la chaqueta la credencial del Servicio de Investigaciones que años atrás había comprado en el Mercado Persa Bíobío. El uniformado la miró fugazmente y dio un paso atrás. Entré a un habitación amplia y fría, en cuyo interior cuatro hombres rodeaban la cama instalada en uno de sus rincones. Dos eran carabineros y los otros, un joven alto que sostenía un casco de bombero en la mano izquierda, y un hombre de aspecto robusto que contemplaba la escena con una tristeza que se había dibujado en su rostro como una cicatriz. Sobre la cama yacía el cuerpo semidesnudo de una mujer joven. La almohada en que se apoyaba su cabeza estaba cubierta por la sangre reseca que había salido de la profunda herida que tenía en el cuello. Entre sus pechos, a la altura del corazón y en el vientre mostraba las huellas de varias heridas que alguien le había provocado con un objeto filudo. —¿Usted quién es?—preguntó el carabinero que lucía unas jinetas de cabo en sus mangas.
Le mostré la credencial y el uniformado la observó con desconfianza.
—Usted no debe estar aquí— dijo
—¿Quién fue? —pregunté intentando ganar unos segundos para idear una salida a la situación en la que me encontraba.
—El desgraciado de Millatureo —gritó el hombre de la mirada triste.
—Gamboa, saque a este supuesto detective de la habitación —ordenó el cabo al otro uniformado.

Miré por última vez hacia donde se encontraba el cuerpo de la mujer y di unos pasos hacia la salida. En ese momento, desde la calle llegaron unos gritos de alerta, y al salir de la casa encontré a London que miraba hacia donde le indicaba una mujer. ¡Millatureo! oí gritar a alguien y, casi de inmediato los dos hombres que un momento antes estaban junto a la cama de la mujer asesinada salieron de la vivienda. Tomé a London de un brazo y lo impulsé a correr, siguiendo al grupo de vecinos que se lanzó en persecución de Millatureo, quien intentaba huir hacia los bosques que rodeaban el pueblo. Tardaron media hora en capturarlo, pero mucho antes que eso, renuncié a correr y bajo la mirada de reproche de London, busqué auxilio en una camioneta que se había unido a las carreras tras el presunto asesino. Eso y un poco de fortuna nos permitió llegar a tiempo para ver cómo los dos hombres que había visto salir de la casa atrapaban a Millatureo, que en vano había intentado un último esfuerzo para escapar. El bombero, al que oí que llamaban Roberto, agarró a Millatureo por la cintura y lo arrojó al suelo. Luego dejó que el otro hombre comenzara a golpearlo, una y otra vez, sin que el capturado opusiera resistencia. Cuando llegamos hasta donde estaban los tres hombres, uno de los uniformados intentaba contener al hombre que golpeaba a Millatureo.

—Es el hermano de la Gabriela —dijo el bombero al carabinero.
—Entonces, déjelo, Gamboa—ordenó el cabo de carabineros a su subordinado—. Que se saque la rabia.

Más tarde, mientras bebíamos en el Melinka, compartiendo una mesa rodeada por una veintena de hombres, fui completando las piezas de un puzzle que, primero por curiosidad, y luego por el asunto que me había llevado a Queilen, tenía el signo de aquellos crímenes donde el misterio es algo secundario, y los responsables son personas conocidas, con las que sus vecinos se encuentran a diario, comparten saludos y noticias, y de vez en cuando una que otra coincidencia. La primera confesión de Millatureo había sido clara. Conocía a María Gabriela Formantel Macías desde que eran niños y también sabía que la muchacha transportaba semanalmente el dinero correspondiente a los sueldos de la empresa donde trabajaba. Se lo había dicho ella, y también, como recordó uno de los presentes en la cantina, Millatureo se había encargado de confirmarlo con algunos colegas de María Gabriela. Por eso, esperó que ella regresara de Castro y al verla llegar la invitó a su casa. No era la primera vez que lo hacía, por lo que el convite no llamó la atención de la muchacha.

Tomaron once y luego, Millatureo, como lo hiciera en otras oportunidades, le hizo proposiciones amorosas que María Gabriela rechazó. De ahí al postrer acto irracional aparentemente hubo un paso, o al menos eso pensé mientras escuchaba los comentarios de los hombres y bebía una copa de vino tinto. Cuando al día siguiente fui informado de algunos otros detalles de su confesión, recordé lo que desde hace mucho tiempo sabía: lo difícil es matar por primera vez, después es sólo una rutina rabiosa.

—La golpeó con un hacha —recalcó uno de los hombres con los que compartíamos esas horas de bar—. Y después le enterró un desatornillador en el pecho. La mujer quedó sobre la cama y Rubencito la cubrió con una frazada y se fue a trabajar a la pesquera. Por la tarde, regresó a su casa y se la mandó al pecho, muertita y todo como estaba. Durmió con ella toda la noche y por la mañana, cuando se fue a Castro con la idea de gastar parte del dinero que traía la Gabriela, la dejó en la cama, como si nada, como si sólo durmiera. Para mí que se volvió loco, aunque oí decir que lo analizó el doctor y lo encontró sano de la cabeza.

—¿Quién se lo iba a imaginar? —se preguntó en voz alta, Galindo—. Parecía un buen hombre, y sólo tiene treinta y cinco años.
—Sí, ya lo dijo en la mañana —interrumpí—. Era más bueno que el Niño Dios.

Al otro día desperté con los golpes que London daba en la puerta de mi habitación. La noche anterior se había alargado hasta casi el amanecer y en mi vientre un fuego ácido deambulaba por mis entrañas augurándome una trabajosa recuperación hasta restablecer el orden de mis sentidos. Por un momento pensé que los golpes provenían de las pesadillas nocturnas pero, al reconocer el acento del gringo, asumí la realidad. Le grité que la puerta estaba abierta y London entró, dominando la habitación con sus zancadas.

—Buen día, Herredia —dijo el gringo, y luego de observar mi aspecto, agregó—. No tiene linda cara. Anoche bebió mucho vino.
—Ni lo recuerde. ¿Qué lo trae por aquí tan temprano?
—Ya pasó el mediodía, Herredia. Además, tengo algunas novedades que contarle.
—No me diga nada, London. El Rubencito confesó que mató a su padre.
—¿Cómo? ¿Ya lo sabe? ¿Quién vino con noticia?
—Nadie. Creo que lo soñé o lo intuí a partir de mí conversación con el empleado de la oficina postal.
—Anoche, Millatureo confesó que mató su padre en mes de septiembre. El viejo estaba mirando por ventana, Rubén se acercó por detrás y le enterró hacha en cuello. Cuando viejo se fue al suelo, lo remató con golpe en la espalda. Después fue a su trabajo y por la tarde, cuando regresó, enterró el cuerpo del anciano en la leñera. Los pacos van ahora a investigar si confesión es verdadera.
—Y si no me equivoco, tendrán otra sorpresa.
—¿A qué se refiere, Herredia?

Cuando llegamos a la casa de Millatureo, los carabineros, con la ayuda de tres bomberos, sacaban un bulto desde el interior del patio. Nos acercamos a uno de los uniformados y éste, aún con el asco reflejado en el rostro, contó que habían hallado los restos de Isidro Millatureo enterrados en la leñera, bajo un montón de trapos sucios y unas bolsas con ajos. Miré el bulto mientras era depositado en la parte posterior de una camioneta y con las pocas neuronas que habían recuperado su sobriedad, pensé en un cuento cuyo protagonista era Claudio Reyes Sandoval. Me acerqué al cabo de carabineros que dirigía la exhumación y en algo más de cinco minutos logré hacerle entender las razones de mi estadía en Queilen. Después le hablé del vendedor y de cierta intuición que deseaba verificar. El cabo me estudió un instante y sólo después de repensar mis palabras, llamó al carabinero que respondía al apellido de Gamboa y le ordenó volver a entrar en la leñera de Millatureo.

—No tiene nada de especial —le dije a London. Estábamos en su bote, bebiendo unas latas de cerveza—. Lo pensé al recordar los cuadros que Millatureo tenía colgados en su casa. Además, creo que tarde o temprano, él iba a confesar ese crimen, o tal vez contaba con que los pacos cavarían en toda la leñera. Lo mató en la época de Navidad, con la misma hacha que usó primero con su padre, y después con la muchacha. Total, ¿quién iba a preguntar por el vendedor de cuadros?

—Dicen que Millatureo está mucho tranquilo. Mañana o esta tarde, lo llevan a cárcel de Castro. ¿Sabe, Herredia, lo que dijo cuando le preguntaron por las tres muertes? "Para qué hacen tanto escándalo, si ya están muertos".
—Hablé por teléfono con el hermano de Reyes y le conté todo lo que pude averiguar. Al parecer, el vendedor le exigió un pago adelantado, discutieron y mientras Claudio Reyes revisaba unos papeles, Millatureo fue a la cocina, cogió el hacha y procedió del mismo modo como lo había hecho con su padre. El hermano viajará a recoger los restos. Pero yo no voy a estar para cuando eso ocurra. Me voy de Queilen en el bus de esta noche. Fue un error venir hasta acá. En un pueblo chico los crímenes carecen de misterio. Se resuelven solos.
—Nada de eso, Herredia. Nosotros vamos a navegar hasta Tranqui, en donde está mi casa. Comeremos jureles asados y mañana llevo en bote hasta Compu. Ahí puede tomar bus hacia Castro sin mayor dificultad.

Miré hacia el horizonte que indicaba el gringo y sólo vi el mar azul, liso y calmo como un espejo. Encendí un cigarrillo y me acomodé al medio del bote. London sonrió, dejó a un lado su cerveza y tiró del cordel que servía para poner en marcha el motor fuera de borda. El bote se desplazó suavemente sobre las olas y unas gaviotas nos miraron desde lo alto del cielo.

Una semana más tarde, en el bus que me llevaba hasta Castro, se seguía hablando de los crímenes del "Niño Dios". Confeso de sus asesinatos, el chilote permanecía detenido en la cárcel de Castro, acusado por sus tres homicidios y por el delito de inhumación ilegal de cadáveres. Su proceso estaba a cargo del magistrado Francisco del Campo, quien no descartaba la posibilidad de sentenciar pena de muerte para Rubén Millatureo Vargas. Los vecinos de varias islas ubicadas en los alrededores habían viajado a Queilen para recoger de primeras aguas los detalles de lo ocurrido. Algunos de los pobladores intentaron quemar la casa de Millatureo para espantar a los malos espíritus, y con no poco terror se hablaba de otras tres personas desaparecidas en el pueblo. Para la siguiente temporada veraniega se esperaba la llegada de muchos turistas y de curiosos que desearían conocer los territorios de Millatureo. Todo parecía normal entre la gente del pueblo, pero la tranquilidad ya no era la misma de antaño. Las olas del mar seguían en su ir y venir, y en el cementerio, dos nuevas cruces de madera aguardan las primeras lluvias del invierno.

Cerré los ojos y me dormí escuchando los comentarios de los pasajeros del bus. Santiago estaba lejos, y pese a que se lo había prometido a London, nunca más volvería a Queilen. O a lo menos eso pensaba en ese momento, porque no podía asegurar que lograra vencer mi maldita costumbre de cumplir las promesas, aunque ellas me obligaran a salir de Santiago.

 
 

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