Al leer el libro: El Rojo Caballo de la Juventud, Ed. La Victoria de las Letras,
(2026) del poeta y periodista, Rodolfo de los Reyes Recabarren, me he
encontrado con diversas voces en un mismo autor, lo que nos da cuenta que
estamos en presencia de un poeta que lleva años descifrando en su interior para
encontrar su poética, la que es diversa y múltiple en todas sus formas. Más que un
nuevo poemario, el libro puede leerse como una suerte de antología personal,
donde el autor reúne poemas escritos en distintos momentos de su trayectoria
literaria, configurando una autobiografía poética en la que convergen la memoria,
la ciudad, el patrimonio inmaterial histórico, la bohemia, el amor, la espiritualidad y
el desarraigo.

Con prólogo del poeta Bernardo González Koppman y epílogo de la poeta
Alejandra Moya Díaz, la obra despliega un amplio universo donde el Curicó de su
juventud y adolescencia se convierte en el gran eje articulador. Es el Curicó de
los bares antiguos, el cerro Condell, la Alameda, de comerciantes, mendigos,
artistas y personajes anónimos que conforman el verdadero patrimonio inmaterial
de la ciudad. Hay un rescate de aquello que el tiempo y la modernidad han ido
relegando al olvido, pero que en sus versos se retoma con fuerza, estando más
vigente que nunca.
Desde esa evocación del territorio, el poeta construye una ruta que recorre Curicó,
Santiago y localidades del Maule como Licantén, que están en la ruta de los
poetas del Mataquito.
Uno de los mayores aciertos del libro es la amplitud de sus registros. Conviven
con naturalidad la evocación histórica, la reflexión política, el erotismo, la
espiritualidad y la contemplación existencial. El mismo poeta que invoca a Dios
dialoga con las cantineras y los parroquianos. Recordando la represión de los
años de dictadura, también celebra el deseo, el vino y la noche. Lejos de constituir
una contradicción, esa convivencia entre lo sagrado y lo profano revela una
concepción profundamente humana del poeta que ciertamente nos cautiva en sus
letras y que como la buena poesía debe llamar al entusiasmo.
La bohemia ocupa un lugar central en esta obra, bares, cantinas, músicos,
pintores, prostitutas, travestis y viejos parroquianos forman parte de una
humanidad que el poeta rescata con afecto y dignidad. Son personajes que aquí
adquieren una dimensión simbólica, convirtiéndose en custodios de una memoria
colectiva.
La ciudad aparece como un espacio habido y recordado, pero también como una
metáfora de la identidad. Pasajes de imágenes en Santiago durante los años de
dictadura y posteriores años de universidad, encuentran su contrapunto en el
regreso constante al Curicó de los años noventa. Allí se atraviesa con la bohemia
provinciana no como protagonista, sino como observador de una constante
fantasía, propia de una personalidad ingenua que se resiste a quedar inmóvil de lo
que le impresiona y da curiosidad.
Todo aquello, permanece intacto y es sacudido por la historia en un espacio que
hoy se comparte en la memoria colectiva.
El libro también incorpora hitos generacionales que marcaron a quienes crecimos
en los años ochenta. El paso del cometa Halley, la música del grupo de rock
argentino Virus, las caminatas nocturnas, las referencias al pintor Mario González
Sepúlveda y a otros creadores del Maule transforman la experiencia personal en
un relato compartido por toda una generación. Del mismo modo, el homenaje al
músico Edgardo Tapia y el diálogo final con Pablo de Rokha revelan la voluntad de
inscribir esta obra dentro de una tradición cultural y poética que trasciende la
experiencia individual.
En varios momentos, la escritura de Rodolfo de los Reyes Recabarren, se
entrega a la poesía lárica chilena, sin embargo, su regreso al lugar de origen no
responde únicamente a la nostalgia. Curicó es, sobre todo, un espacio desde o el
cual el poeta intenta comprender el tiempo, la pérdida y la permanencia y la
memoria no inmoviliza; por el contrario, permite reconstruir identidad.
El poema final, dedicado a Pablo de Rokha, ofrece una síntesis del espíritu que
en el fondo es lo que atraviesa toda la obra. La desaparición del ramal ferroviario
del Mataquito, la aldea que persiste únicamente en el recuerdo y la evocación del
mundo campesino constituyen una elegía por un país que cambia sin detenerse a
mirar aquello que deja atrás. En ese gesto, el libro alcanza una dimensión
universal: la memoria de un territorio termina convirtiéndose en la memoria de
todos.
El Rojo Caballo de la Juventud confirma a Rodolfo de los Reyes Recabarren
como un poeta en el que su escritura transforma la experiencia personal en
patrimonio cultural, demostrando que la poesía puede preservar aquello que el
tiempo insiste en borrar. Esta obra es un acto de resistencia afectiva al
patrimonio del Maule y una celebración de esas vidas, lugares y voces que siguen
habitando en quienes somos parte de ese paisaje que viene desde los álgidos y
lúgubres años 80 hasta el silencio de estos días en que los ríos, los cerros y la
agricultura que persiste en los márgenes de Curicó, aun dan vida.