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EPÍLOGO
"EL ROJO CABALLO DE LA JUVENTUD" de Rodolfo De los Reyes Recabarren

Por Alejandra Moya Díaz


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Hay libros que no se dejan leer con facilidad. No porque se resistan, sino porque exigen otra disposición: una lectura más lenta, más íntima, casi corporal. El rojo caballo de la juventud es uno de ellos. Su materia no es lineal ni complaciente; es intensa y profundamente introspectiva: un bucle hacia adentro. La poesía de Rodolfo De los Reyes Recabarren se despliega como un territorio bucólico y a la vez intensamente político, es un bucle hacia adentro. 

Aquí la historia íntima se entrecruza con la historia país en una escritura que oscila entre odas, cantos y manifiestos existenciales. No es casual que el autor dialogue con la figura de Roque Dalton, emblema de la rebeldía y la crítica al poder en América Latina. Como en Dalton, en estos textos la poesía no se separa del amor, ni de la bohemia, ni del compromiso político: todo ocurre al mismo tiempo, en la misma respiración, tensionando constantemente la belleza con la ruina, la memoria con la pérdida.

La ciudad aparece como una cárcel y escenario:  un “territorio amurallado”, una geografía híbrida —“mitad África mitad América”— un espacio en el que el sujeto poético se desplaza entre la asfixia y la lucidez, el deseo, la precariedad y la memoria. En ese tránsito emerge una poesía erótica, madura, cargada de cuerpo y experiencia, que no idealiza, sino que encarna pues, cada cierto tramo, como un respiro necesario, emerge un destello: una imagen, una frase, una vibración. 

Cada ciertos pasajes, el libro entrega destellos de luz. Breves iluminaciones que irrumpen en medio de la intemperie: “mis zapatos, nada más pisan el cemento de la ciudad”, “me robaron el caudal poético de la noche”. En ese punto, cuando el hablante apenas logra afirmarse en el cemento de la ciudad, ahí, en esas fisuras, se revela una cuerda invisible que conecta al lector con la verdad íntima de la poesía. Hay en estas imágenes una cuerda invisible que nos conecta con una verdad íntima, una que no se explica, pero se reconoce: la poesía. 

El título del libro no es una metáfora decorativa, sino una clave de lectura: la juventud aparece como un caballo rojo, una fuerza desbordada que encarna tanto el deseo como la violencia, tanto la rebeldía como la caída. No hay aquí una visión idealizada de esa edad, sino su tránsito más crudo: una energía que atraviesa el cuerpo, la historia y el lenguaje, dejando marcas que el tiempo no logra borrar.

El libro no responde a una estructura tradicional, no es un libro ordenado en el sentido clásico: más bien se organiza como un flujo vital o acaso una hoja de ruta emocional, una deriva donde conviven lo arcaico y lo postmoderno en un glosario vital que envuelve lo larico y lo urbano, lo erótico y lo elegíaco. Es, en ese sentido, una hoja de ruta fragmentaria, un glosario emocional que recorre estaciones de la vida: la infancia, la juventud, la derrota, el deseo, la memoria. Tal vez por eso 1986 parece suspendido en la pupila de un hombre que envejece, condenado a la revolución de los bares, a esa épica menor de los sobrevivientes.

Y en ese tránsito aparece el Cometa Halley dentro de la sección “RESURRECCIÓN DE MARIPOSAS NEGRAS”, no solo como referencia astronómica, sino como símbolo del tiempo y su retorno. Un cuerpo celeste que pasa, que vuelve, pero nunca de la misma forma. Como la vida, como la juventud, como la memoria que para mí se vuelve un eje simbólico fuerte en el texto: la memoria juvenil de los 15 años, el contexto político de dictadura en Chile, el deseo sexual y amoroso, en fin, la sensación de acontecimientos históricos y personales simultáneos grabados por gubia en la piel del bardo. Sabemos que volverá en 2061, pero no sabemos dónde estaremos entonces. ¿Y este libro? ¿Dónde estará? ¿Quién lo leerá? Esa pregunta lo vuelve, desde ya, un objeto fuera del tiempo. Porque este es, en el fondo, un libro sin edad.

Un libro para quienes cargan —como dice uno de sus versos— “mil funerales en el cuerpo”.

Para héroes rotos, para sobrevivientes de la historia, para quienes aún buscan sentido en medio del ruido, la pérdida y la intemperie. En sus páginas, la muerte y la tragedia conviven con una lucidez que no renuncia a la belleza, ni siquiera en los momentos más oscuros.

Esa intensidad alcanza momentos de verdadero carácter manifiesto, donde la voz poética se vuelve invocación, súplica y declaración al mismo tiempo:

“Mujer, no me abandones
Señor, no me dejes solo
Ahora que muero en este silencio de monasterio
Ahora que mi carne ha sido desgarrada
Por esta espada que pende del cielo o del infierno
Gritos darán las flores
Cuando vean mi cadáver envuelto en sábanas
Ofrendado a la montaña
Donde mis versos se esparcieron como palomas silvestres”.

En estos versos se condensa una poética: la del cuerpo atravesado por la historia, la del deseo que persiste incluso en la muerte, la del lenguaje como último refugio y también como ofrenda. Aquí no hay distancia irónica ni resguardo: hay exposición total. Un cuerpo, una voz y una conciencia enfrentadas a su límite.

El libro es, en muchos sentidos, dionisíaco: desbordado, melancólico, vital. Su verbo lúcido atraviesa estaciones, escenas de bares, pueblos, amores fugaces y derrotas íntimas, como una procesión por estaciones, donde la infancia asoma inevitablemente, y donde la muerte y la memoria se vuelve una forma de resistencia cargada de una melancolía transcendente que conviven con la belleza y el deseo. 

No es casual que el autor invoque la tradición de Jorge Teillier, esa poesía de los lares donde el tiempo perdido no se recupera, pero se habita. Hay aquí también una herencia clara de la poesía de los lares: ese anhelo por lo perdido, por la aldea, por la infancia, por los ritmos lentos de una vida que ya no existe. Pero lejos de la mera nostalgia, el autor tensiona ese pasado con imágenes contemporáneas, con referencias culturales híbridas, con un lenguaje que cruza registros y tiempos.

Y, sin embargo, entre toda esa oscuridad, la ruina y el peso de la historia, persiste una figura que redime: la mujer. No como objeto, ideal abstracto, sino como símbolo, presencia concreta o territorio casi mineral. A veces aparece como un cuarzo mojado en el río, otras como un cuerpo que irrumpe en la memoria, pero siempre como una forma de resistencia frente al vacío. En ella, en el amor y en la posibilidad de encuentro —aunque sea fugaz—, se abre un espacio donde el dolor se suspende. Donde aún es posible decirlo todo, incluso en silencio.

Hay en este libro una conciencia aguda del tiempo: “el reloj es una horca”, se nos dice, recordándonos que toda existencia está atravesada por su finitud. Pero también por su insistencia. Porque si algo sostiene estos textos es una voluntad de permanencia: la escritura como forma de resistir al olvido.

Este libro no se cierra: reverbera. Como el paso de un cometa, deja una estela. Lo que permanece no es el acontecimiento, sino su huella. No es la juventud, sino su fulgor.

No es la certeza, sino la pregunta. Y es en esa pregunta —abierta, insistente— donde la poesía sigue respirando.

 

 


En la mesa de presentación:
Alejandra Moya, Rodolfo De los Reyes y Bernardo González Koppmann.
Curicó, 16 de junio 2026


 

 

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