Cabalgando entre la memoria y el deseo, entre la celebración y la caída, “El Rojo Caballo de la Juventud, obra de Rodolfo de Los Reyes, se instala desde su título y desde la ilustración de la portada, como una imagen intensa y poderosa que antecede la lectura y predispone al lector a ingresar en el universo poético que este propone.
El libro cuenta con un prólogo de Bernardo González Koppmann y un epílogo de Alejandra Moya Díaz y se encuentra estructurado en cuatro secciones: La juventud es un caballo rojo, Días sin novias, Los hijos de la juerga y Resurrección de mariposas negras.

En estas páginas se inscriben los signos de una generación y de una época atravesada por la sombra de la dictadura, la amistad, el amor, los excesos y la herida inevitable que deja el paso del tiempo.
Nos encontramos ante una escritura de fuerte impronta confesional, íntima y conmovedora. Los poemas levantan una mitología personal donde convergen la experiencia vivida y ciertos fantasmas que habitan la memoria.
Es en ese sentido que la escritura de Rodolfo de Los Reyes configura una suerte de cartografía interior, un mapa de entusiasmos y derrotas, donde el sujeto intenta comprender aquello que el tiempo ha desintegrado.
Cito:
Cometa Halley
Y todos esperábamos al Cometa Halley aquel año de tanta convulsión
Ese fenómeno interespacial que por milenios y milenios ronda al planeta
Como una abeja a un durazno
El verano agonizaba y los últimos besos furtivos recordaban una alameda exuberante,
donde la noche cobijaba la pasión de mis quince años
Así los ríos de sangre que corrían en este Chile del año decisivo
Donde muchos apostaban a defenestrar al tozudo tirano
Eran como arteria de una humanidad expectante y festiva ante tan magno
Acontecimiento donde los brujos, esotéricos y astrónomos daban explicaciones y predicciones...
Los versos revelan un afán por recuperar un ayer cargado de emociones y acontecimientos significativos, aunque también expresan la certeza de que aquello vivido no puede revivirse por completo, sino únicamente evocarse desde la memoria y la nostalgia.
Cito:
Carlos Díaz Loyola Regresa a Licantén
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . (extracto)
Las mariposas de la tarde no reconocen el silencio del rio
Y la primavera duda que los cerros se vistan de colores
Es la aldea la que suena en mi cabeza
Mientras leo los versos del macho anciano
La vida esconde siglos en cada taberna
Como un misterio de los abuelos que no conocí
Desapareció el glorioso ramal ferroviario
Dejando huérfanos a una procesión de campesinos del Mataquito…
A través de imágenes sugerentes, el hablante evoca una etapa que permanece viva en sus recuerdos. Su voz se manifiesta con intensidad y fuerza expresiva, recreando experiencias personales y colectivas y dotándolas de ritmo y sensibilidad.
Cito:
Pérdidas
. . . . . . ( extracto)
Por ese pubis de diosa se me fue la juventud
¿Entonces que puedo perder contigo
que insistes en lamerme la sombra y los huesos?
Se percibe una reflexión sobre el paso del tiempo, el erotismo y la entrega emocional que deja huellas profundas. intensificando la tensión entre la desmitificación del deseo y la vulnerabilidad del yo lírico.
En definitiva, Rodolfo de Los Reyes construye una poesía que hace del recuerdo una zona de resistencia y del lenguaje un lugar donde todavía es posible conjurar las pérdidas y celebrar, aunque sea fugazmente, la intensidad de haber vivido.
Así, la obra abre una puerta a una experiencia de lectura que cautiva desde el primer hasta el último verso e invita al lector a adentrarse en sus páginas para dejarse envolver por una poesía que permanece viva mucho después de haber sido leída.