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ALLENDE, LA LECHE Y YO

Reinaldo Edmundo Marchant

 


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Salvador Allende fue un amigo que conocí, siendo un niño, en un masivo encuentro de campaña política que se realizó  en el Teatro de San Miguel, hacia  fines  de los años sesenta.

La noche anterior, mi madre me pidió que la esperara a la bajada del micro, en el paradero seis de Gran Avenida, frente de donde luciera la famosa efigie del guerrillero argentino Ernesto “Che” Guevara, a eso de las seis de la tarde.  A esa hora ella quedaba libre de su labor de empleada doméstica.

De ahí caminaríamos hasta el popular acontecimiento,  que movilizaría  a miles de adherentes. En el lugar, además,  se hallaban mis cuatro hermanos mayores. Lo que mi madre no sabía era que los viejos del barrio también habían invitado a un grupo de muchachos que jugábamos en el club de fútbol Unión Milán, nos pasaron  banderas, chapitas y afiches con la figura del candidato de la Unidad Popular. De modo que cuando  descendió del microbús, yo estaba agitando  un pequeño lienzo  y en la otra mano sostenía un  afiche con el rostro del “Chicho”. 

Al verme, se  alegró sobre manera. Me preguntó dónde  había conseguido esos materiales. Luego del explicoteo,   para no quedar mal, ella extrajo de su cartera un montón de panfletos que llamaban a votar  por el candidato del  pueblo: mi progenitora era una declarada allendista, abrazaba  sus sueños y proyectos sociales, y cuando se enteró que lo ejecutaron en La Moneda, abandonado por sus cobardes  aliados, dijo: “murió solo, igual que Cristo”.

En  aquel bullicioso y alegre acto, no me senté al lado de ella. Los  productores del evento,  tenían una ubicación cercana al escenario para toda una camada de adolescentes,  jóvenes,   dirigentes vecinales,  líderes de la legendaria Sala Chile y partidos políticos que apoyaban la aspiración política de  Salvador Allende.

Previo al discurso de él, se presentaron grupos musicales, luego hablaron dueñas de casas, trabajadores y representantes de sindicatos. Un muchacho de la rama juvenil del  Unión Milán, quien luego sería un destacado militante del MIR, hizo uso de la palabra ganando la admiración por su locuacidad y determinación revolucionaria.  Un dirigente del club, al oír con atención su decidido mensaje, aseguró: “si Ramoncito jugara como habla, sería Pelé…”. Nos matamos de la risa.

Hasta que al fin anunciaron la presencia del postulante a la Moneda, Salvador Allende.

Yo me levanté como resorte para verlo, a la vez, buscaba la cara de mi madre que, intuía, debía estar llena de complacencia.  La aglomeración era tal, que no la divisé. ¡Ahí está el compañero Allende!, dijo don Mario Álvarez,  encargado de las inferiores  donde jugábamos, y se rompía las manos aplaudiendo.

Salvador Allende se puso frente al micrófono, con una serenidad pasmosa y un halo de  prestancia a toda prueba. En el bolsillo pequeño de su chaqueta sobresalía un pañuelo color lila. Cuando comenzó su alocución, un silencio de respeto solemne cubrió al enorme teatro, que sólo era alterado cuando la multitud celebraba con vítores  sus simple pero profundos mensajes, que siempre tenían un destinario: los pobres.  El mejoramiento de vida de los pobres. La dignidad de los pobres. La justicia e igualdad que merecerían los pobres. Y, algo que llamó mi atención, ¡los niños! ¡El futuro de los niños!

Uno de los momentos estelares fue cuando anunció la creación del Ministerio de la Infancia. El teatro casi se vino abajo aplaudiendo esa noble creación, que una sanguinaria derecha política más adelante no permitiría que la convirtiera en Ley.

Cerca de la medianoche, cuando regresé a casa con mi madre,  hermanos y grupos de amigos, ella lucía feliz. Le generaba  satisfacción  constatar que en esa lucha sus hijos la acompañaban. Notaba en su cara la esperanza de un futuro promisorio.  Que se avecinaban épocas -si los sempiternos grupos económicos lo  permitían- luminosas con el doctor Allende en la Presidencia.

Cuando me extendí en la cama, pasé  largas horas cavilando  en esa experiencia única. Había aprendido muchas cosas.  Yo casi exclusivamente me dedicaba a jugar  fútbol. Los  avezados dirigentes del club me habían enseñado que asumiera esa aspiración como un  oficio hermoso aunque demasiado transitorio en la vida. Todo mi porvenir estaba colocado en esa posibilidad, propia de niños de condición humilde, que crecen prácticamente divirtiéndose en canchas de tierra. Esa vez, sin embargo, comprendí que la existencia era más amplia, diversa, con mil maneras conviviendo a su alrededor. ¡Vislumbré dolor y necesidades! Vi rostros rendidos. Abnegados. Con el tormento de sacrificios marcados en las frentes.  ¡En los ojos de esa multitud palpitaba el anhelo de desprenderse de aquella perpetua mendicidad!

Comprobé que brotaba una gran expectativa de mejoramiento de condiciones  para el mayor segmento de la población: ¡al fin podía llegar al poder  por la vía pacífica  una autoridad que demostraba  conocer sus reales miserias y ambicionaba modificarlas en un acto de suprema humanidad!

Repasé, durante horas,  incansablemente la figura de aquel señor de lentes, médico de profesión, proveniente de una adinerada familia, que utilizando un lenguaje fluido, a ratos poético,  ofrecía su empeño superior  para crear un país igualitario, donde los que tenían la voracidad de las riquezas cesarán de explotar a seres  quebrantados  como…¡mi madre! 

En esa oportunidad  me hice amigo para siempre de Salvador Allende. Y esa fraternidad crecería el doble cuando, más adelante,  participé en la distribución del medio litro de leche que se otorgaría a cada niño de Chile.

En ese temprano período vital, llevaba una vida  simple.  Consagraba los  días a  practicar fútbol.  Estudiaba en una escuela  pública y desarrollaba  trabajitos esporádicos para conseguir unos pesos. Como la mayoría de los chicos de mi barrio, vendía helados en el cine San Miguel, lustraba zapatos en las paradas de microbuses de la Gran Avenida y era uno de esos tantos canillitas que ofrecían el diario de la tarde. Cuando el asunto andaba bien, le alcanzaba algún dinero a mi madre. O compraba algo de alimentación para nuestro  hogar. ¡Tenía una maravillosa infancia, donde el desarrollo de la sencillez era la enseñanza constante que recibíamos de parte de los mayores!

Cuando se confirmó el histórico triunfo de Salvador Allende, el movimiento popular, social y deportivo de la comuna de  San Miguel adquirió  una efervescencia extraordinaria que nunca se había experimentado. 

Un hecho especial  quedaría grabado a fuego,  para siempre,  en mi memoria: ¡ver  en las calles a la gente abrazándose y llorando de emoción por el histórico triunfo popular! Una de esas personas era mi madre. ¡Jamás vi repetida  esa imagen en Chile!

Brotaba en el país una esperada conquista  de justicia largamente esperada.  Posibilidades  de convivir en una democracia que tomara en cuenta y  pusiera los ojos en las eternas precariedades para subsistir que padecía el setenta por ciento de la población. 

La tradición indica que los gobiernos de turno dedican todo su capital en presentar logros pequeños pero mediáticos, ojalá de una poderosa casta  de élite, porque resuenan mucho más en los medios: ¡para ellos no es noticia sacar del estiércol a la clase desamparada!

¡Los pobres seguirán siendo la principal causa por la cual  vale la pena combatir de verdad! Salvador Allende quería, con ímpetu y honestidad, terminar con esta afrenta. Por esa razón me declaré soberanamente su amigo.

A partir de entonces, se propagaron las actividades sociales  y el compañerismo a lo largo del territorio nacional.  San Miguel, en ese momento   la comuna  más poblada y grande de Chile, reconocido bastión de lucha contra la oligarquía, que luego la dictadura dividió  en tres zonas para acabar con el “cáncer marxista”, se convirtió en un sólido estamento que defendía los propósitos esenciales de la Unidad Popular.

A su vez, la Sala Chile (sitio histórico que para el Golpe de Estado fue  allanada y utilizada para fusilamientos masivos), permanecía abierta todos los días de la semana.  Ahí se desarrollaron talleres culturales y de formación política. Además, los diversos gremios de trabajadores se reunían para cooperar activamente en ese proyecto único de la vida nacional. Se crearon en esta comuna  Asociaciones de Fútbol y nacieron más de cien clubes amateur. Abundaban las canchas deportivas, las agrupaciones musicales, los talentos literarios, las asociaciones teatrales y muchas disciplinas artísticas. 

Ese inolvidable año 1970 ofrecía al mundo dos perlas que surgen  cada cien años: la perfección absoluta de la Selección de Fútbol de Brasil, Campeón  del Mundo en México,  y el prohombre Salvador Allende, que abrazó la causa de los desvalidos hasta brindar su vida como pocos personajes en la historia universal. 

Así conocí las Primeras Cuarenta Medidas del Gobierno Popular, que contenía, entre otras grandes ideas,  educación y alimentación gratuita, entrega de libros y útiles,  y ese medio litro de leche diario a los estudiantes, que nunca olvidaría.

Cursaba el sexto año de preparatoria por  esa fecha. Era un alumno de notas  algo mediocres. No obstante, mis compañeros me eligieron para cumplir una tarea imperecedera: repartir cada mañana el  medio litro de leche caliente a los demás estudiantes. 

Para realizar semejante cometido, docentes del establecimiento nos prepararon, enseñaron el procedimiento y el delicado sentido humano de aquel  cumplimiento solidario. Uno de ellos, el maestro de filosofía y educación cívica,  nos dijo que en cada jarra de alimento que entregábamos,  se compartían los sentimientos  más caros del Presidente Allende.

De modo que ese sería mi aporte en el inicio  del gobierno popular: luego del primer campanazo de recreo,  concedíamos junto a otros alumnos la porción de leche a toda la comunidad de  la escuela, que la aguardaban con ansia haciendo una correcta fila, en perfecto orden.  Unas señoras encargadas de la alimentación, nos ponían unos enormes recipientes llenos de  ese sustento, que íbamos sacando y pasando en su justa medida a los compañeros.

Cuando le narraba a mi madre la dinámica de esa experiencia, se ponía contenta, y me instaba a desarrollar un espíritu fraterno permanente, que se ocupara siempre “por las necesidades de los demás”.

Sin embargo, con el pasar de los agitados  meses, en lo sucesivo ella comenzó a expresar  su preocupación por el surgimiento de una extrema derecha violentista, avalada y financiada por poderosos grupos económicos, que abiertamente alimentaban la desestabilización  hacia el  gobierno escogido democráticamente. 

Igualmente, no le caía  en gracia  muchos dirigentes que aparecían constantemente al lado del mandatario en sus actividades y presentaciones. No creía en ellos porque suponía que reunían todas las características de  “Agentes de la CIA”. Discurría que no lo ayudaban ni, menos, lo defendían con la fuerza con que la oligarquía  chilena lo hacía por su intocable fortuna, “¡lo peor que puede ocurrir es que esos dirigentes estén sirviendo a los intereses de los yanquis para derrocar al régimen del doctor Allende!”, le oí decir en varias oportunidades.

Hasta que vino el Golpe de Estado. Un 11 de septiembre de 1973. El día más infausto de la historia de Chile.

Ese ominoso hecho  detuvo el tiempo, la vida, los sueños, ¡todo! Empezaba a carcomer la piel una larga pesadilla que se extendería por diecisiete años, perjudicando la vida libre y plena de varias generaciones. Aquella tarde, como solía hacerlo, esperé a mi madre en la esquina de Milán con la Gran Avenida.  Los aviones y helicópteros transitaban como culebras vivas por los cielos.

Con megáfonos en mano, uniformados que se movilizaban en vehículos de guerra, exigían  con autoritarismo y violencia verbal  que las personas  entraran a sus casas, mostrando con animadversión las sub ametralladoras.

No había locomoción ni medio de transporte alguno.  La clase trabajadora regresaba a sus hogares a pie, en silencio, cabizbajos.  A través de  la radio se comunicaban Bandos Militares y una veintena de prohibiciones para transitar por el territorio nacional.

El Palacio de Moneda ya había sido bombardeado e incendiado en un acto antipatriótico sin precedentes.

La gente se hallaba confundida. Amedrentada. Muchos preguntaban por sus seres queridos. Hasta que, hacia el atardecer, al fin,  divisé a mi madre. 

Venía exhausta y bañada de un  desconsuelo que se mezclaba con la frustración.  Esos sus ojos de color  trasuntaban  una  infinita melancolía imposible de borrar de mi memoria.

Nos abrazamos, en medio de la presurosa aglomeración que retornaba a sus hogares. Luego me preguntó por mis hermanos. Le conté que, junto a otros dirigentes, los dos mayores  habían pasado a la clandestinidad.  Era la recomendación que recibieron y que finalmente salvarían sus vidas. Avizoró que vendrían años terribles, “al Presidente Allende lo traicionó la derecha y  un montón de políticos “gallinas” cercanos a él”, insistió, con evidente malestar.

Señaló que era el principio de una tragedia que en ese momento inicial no se podía medir en su dimensión. Enseguida, comentó  un asunto que tampoco olvidaría, “¡me desilusionaron los curas que apoyaron el Golpe de Estado!”.  Le resultó duro señalar aquello: Rosita Marchant, mi  progenitora,  era una ferviente devota  de Jesús y de Jehová. Tenía pegada en la comisura de los labios sus maravillosas Enseñanzas.

Mientras caminamos a casa,  me consultó si había concurrido a la escuela por la mañana. Respondí afirmativamente.

-Llegué temprano como siempre y los militares nos mandaron de regreso a  casa… –expresé. Y redondeé, de forma natural-. No pude entregar la leche a los estudiantes…

Escuchó con sabiduría materna esa mi ingenua explicación.

Hecho esto, apuramos el paso.  Repicaban las balas, ¡bah, desde temprano se escuchan a la manera de detonaciones en distintos lugares! En mi cabeza  ahora de adolescente,  palpitaba  una gran preocupación: ¿cuándo volvería a entregar el medio litro de leche a los demás niños?


 

 

 

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(Cuento)
Reinaldo Edmundo Marchant