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El narcisista maligno asesinó a una poeta

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Leí Fahrenheit 451, del gran Ray Bradbury muy chico y jamás he podido olvidar la realidad devastadora que mostraba: cuando se quema un libro, se destruye un mundo entero; pero cuando se mata al ser humano que lo lleva en la memoria, ese mundo muere para siempre.

La historia de los “guardianes” de los libros que se aprendían de memoria las obras que amaban, convirtiéndose en portadores vivos de la literatura me la relató mi padre y siempre me he preguntado como él pudo llegar a conocer esta historia. Hombre que no fue a la escuela, con un montón de hijos, con un trabajo enormemente precario nos brindaba estos momentos inolvidables en que nos iluminaba y sorprendía. Apenas pude me conseguí el libro y los leí deslumbrado.

Matar a los "guardianes" equivalía a incinerar para siempre esas páginas, esas voces, esa resistencia al olvido. El 7 de enero de 2026, en una calle de Minneapolis, a plena luz del día y ante una multitud de testigos, un agente de la ahora bautizada por la opinión pública como Nueva Gestapo ICE, disparó y mató a Renée Nicole Good, una madre de tres hijos, esposa, activista y poeta premiada, ejecución grabada, vista, y repetida millones de veces en las redes y medios de comunicación, sorprendentemente incluso en la televisión chilena siempre tan servil y obsecuente.

Ella no era una criminal, no tenía antecedentes más allá de una multa de tráfico, era una poeta que había ganado el premio de la Academia de Poetas Americanos en 2020 por su poema “On Learning to Dissect Fetal Pigs”, reproducido y traducido ahora en todos los idiomas, una voz que cantaba al amor, a la compasión, a la humanidad en medio de la crudeza y el horror que se ha apoderado de la "primera democracia del mundo". Renée describía su vida en redes como “poet and writer and wife and mom”, una existencia dedicada a criar, a escribir, a apoyar a sus vecinos, jugada, como todo poeta, en las causas que van en apoyo de los más débiles, los marginados, los olvidados de siempre; ella pagó con su vida la valentía de enfrentar con cara descubierta a los secuaces cobardemente encapuchados del narcisista maligno que quiere apoderarse del mundo.

Al matarla, no solo se apagó una vida: se silenciaron para siempre las poesías que nunca escribirá, y que ahora jamás leeremos. Las metáforas que bullían en su mente, los versos que habría dedicado a sus hijos —el de seis años que acababa de dejar en la escuela esa mañana—, las palabras que habrían consolado o desafiado al mundo, los versos que habrían ayudado a iluminar la oscuridad de estos tiempos.

Como en la novela de Bradbury, asesinar a esta guardiana de la palabra equivale a quemar un libro inconcluso, un legado que solo ella podía completar. La humanidad pierde no solo un ser humano, sino un pedazo irreemplazable de su alma creativa, acá todos perdemos, todos somos menos ahora.

Esta muerte no fue un accidente aislado: ocurrió en el contexto de operaciones masivas de deportación, violaciones de derechos transmitidos en vivo para todo el mundo, en un clima de violencia institucional donde se etiqueta de “terrorista doméstica” a una madre que apoyaba a sus vecinos. Es la expresión más cruda de un narcisismo maligno en el poder: un sistema que se cree infalible, que prioriza su imagen de control absoluto por encima de la vida, la empatía y la cultura. Un narcisismo analfabeto, que no practica ningún arte, que no tolera testigos, y que no soporta la poesía como acto de resistencia.

La quema de libros en Fahrenheit 451 era literal; hoy, en Minneapolis, fue metafórica y mortal, una advertencia que mana de las profundidades de una mente oscura, diabólica, inmoral y sin freno a sus ambiciones voraces de poder.

Matar a una poeta es atentar contra la memoria colectiva, contra la posibilidad de un mundo más humano. Renée Nicole Good ya no escribirá más, pero su ausencia grita y nos duele: cada verso no nacido es una herida abierta en nuestra humanidad.

Desdicha y deshonor eterno para sus asesinos y sus protectores.





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