Y la única razón fue que el dintel de la montaña aflojó su abrazo, mientras un coro de voces gritaba que un rey se quitó la vida porque nunca logró conocerla. Era el tiempo en que giraban a máxima velocidad los brillantes rayos en cada rueda de la bicicleta. También un trozo de luna encontró cobijo en el hueco de pan trozado por la mitad, próximo a las fauces de un pequeño lobo rasguñando las cornisas. Más tarde, la brigada cubrió el perfil de un sonámbulo que apretaba entre sus manos la enorme cortina de una iglesia pero -variables de la conducta, giro inesperado de alguna caravana tal vez- solamente se pudo observar la misma tela, color y pliegues, envolviendo tres manzanas de la ciudad desmoronándose hasta el hartazgo.
No, no era la confusión de los brindis, tampoco alguna alucinación gastada en el pensamiento, era apenas el volante del vehículo conducido con aires de extravagancia, con los tallos sujetando la llegada de la tarde, el interminable sacudón de la cesta camino a casa, era apenas el preámbulo de cuanto caminante descendiera del convoy buscándola, ansioso, anhelante en su declive de los pasos inútiles. Es el tiempo -decía- con sus minutos encumbrados sobre el alfeizar de la única ventana que lo conectaba a la realidad.
Mientras, allá lejos, ella miraba en silencio.