Gabrielle abandonó la ciudad. Decidió alejarse, distanciarse para siempre, y lo que pensaba hasta hoy parece resultar una equivocación, varias equivocaciones, una suma de errores, de percepciones alimentadas desde aquella ocasión ¿Cuántos años hace de ello?, en que nos vimos por primera vez…sin vernos, como lo mencionaríamos posteriormente, riéndonos.
—No logro concluir por qué evitamos hablarnos— afirmaba más tarde, cuando ya nuestros diálogos se conducían con la confianza que el tiempo entrega a estas relaciones y uno salta de un tema a otro sin previo aviso, sabiendo que cada uno comprenderá el sentido de incursionar en zonas inesperadas.
—Te vi y no pude dejar de mirarte— recuerdo haberle dicho, provocando aquella risa que luego resultaría cotidiana… que era la culminación de nuestros diálogos, de nuestros encuentros y de cada una de nuestras conversaciones, en las cuales jamás hubo espacio para alguna molestia, una respuesta punzante, ni una contra respuesta que pudiera tensionarnos.
—Claro, te miraba sin lograr despegar mis ojos de ti, de tu rostro, tu cabello y sobre todo —expuse sin el menor rodeo— de tus piernas apenas cubiertas por la falda.
Y ahora se marchaba de retorno a su país, a su familia, a la ciudad en que nació, a las calles que recorrió desde pequeña, cuando ni la más osada imaginación auguraba que dejaría la familia, la ciudad y sus calles, para viajar a lo más alejado del mundo, donde nos conoceríamos.
Había llegado una tarde al finalizar septiembre y la brisa desordenaba sus cabellos rubios, mientras la mirada azul parecía observarlo todo, entre constantes movimientos de sus parpados.
Sí. Eran sus piernas, la forma perfecta de sus pantorrillas y de sus muslos —como comprobaría posteriormente— una especie de todo poderoso imán visual que hacía trizas el menor afán de resistir. Claro, nada era comparable a la textura de su piel, a su suavidad de pétalos, que luego supe leer claramente: ese tipo de piel, pero sobre todo esa piel, demandaba ser recorrida y acariciada lentamente una vez ganada la entrega absoluta.
Luego fueron los horarios, su indomable afán de hacer esto y lo otro, sus iniciativas que sorprendieron tanto a autoridades de todo tipo como a los medios de prensa que progresivamente requerían sus noticias, opiniones y propuestas para la ciudad y sus habitantes. Y en medio de tal tráfago indetenible, supimos que había un tiempo únicamente para ambos, en el que no cabía espacio para otra preocupación que no fuéramos nosotros mismos. Así, cada atardecer —aunque hubo algunos días en que no alcanzábamos a reunirnos y mi ánimo se contrariaba— apenas dejábamos atrás horarios, trabajos, calles, tráfico vehicular para llegar a nuestro propio cielo, todo era abrazarnos interminablemente sin decirnos nada, sin articular palabra alguna, pues no era necesario.
Coincidimos en que resultaba necesario y grato inventar un ejercicio que haríamos en aquellas horas y días en que por una u otra causa no pudiéramos reunirnos. Y después de examinar un par de variables, acordamos escribirnos como si hubiera transcurrido mucho tiempo, años inclusive, en que no nos hubiéramos reunido. Era un ejercicio de simulación quizás provocativa. En él desafiaríamos una separación inexistente como preámbulo del siguiente encuentro. Ni siquiera resultaba necesario estar separados más allá de algunas horas para que —en un rapto de ansiedad— ejerciéramos la facultad de protagonizar un juego que no sabíamos definir.
Así, una tarde de sábado, horas antes de salir a recorrer la ciudad en el crepúsculo, pude leer su primer ejercicio, como ella lo bautizó. Allí no hablaba de mí, como creí y quería que ocurriera.
El declive
El declive de la rutina empujada por la audacia, aunque allá -muy lejos- una cierta distancia se resiste a la dimensión de cualquier control y augura el desmoronamiento de todo obstáculo.
Pese a ello me siento alejada, extraviada seguramente, obligándome al esfuerzo de regresar. Y creo hacerlo como si nada hubiera sucedido.
Así, cuando la ciudad deambula entre una y otra rotonda, en algún momento encontramos los magníficos lugares, condecorados con gran categoría al cruzar las coordenadas del viento, cual resplandor expandido desde los cerezos.
Recuerdo que cuando leí su texto el asombro me dominó. Pues no tenía el menor indicio de su habilidad escritural, así como de expresarse con la fluidez que ahora yo recién conocía. Y todo ello contribuyó –sin la menor duda- a afirmar nuestra relación, en la que habitualmente pasábamos del diálogo a los hechos, la que no era posible de concebir sin las cuotas de caricias y de estrecharnos cada vez con mayor intensidad, como si cada encuentro pudiera ser el último. Y ahora creo que en esos momentos sin decirnos nada – y sin saber por qué- debí haber percibido, imaginado tal vez, que las cosas no duran para siempre.
Pese a todo, y aunque era una verdad molesta, aceptamos que el lenguaje crea realidades, diseña mundos y nos presenta interrogantes. Pero, al menos en mí caso, no siempre permite vaticinar.
Un par de días después de su primer texto me propuse redactar el mío, concentrándome en teclear una noche, después de haber disfrutado un excelente película danesa.
Variada alucinación
No es el sincronizado diseño del placer emitido desde un escote, ni el rumor de hojas estremecidas al borde de unos muslos, como siempre ha sido contigo.
Pues, cuando alguna afirmación no era más que oropel envuelto entre los párpados, luego de colgar en el respaldo de la silla el gesto de apariencia cual traje envejecido, había que caminar hacia atrás desafiando el tiempo, las nubes, una curva en la calle y el café conversado algún día. Nada es igual después de ingresar al espacio irrepetible del otro. Nada es diferente en la coyuntura del pensamiento desplegado entre el borde del asiento y el brillo del calzado allí, a poca distancia del astrolabio agotado en el registro del mejor cambio de rumbo.
Al contrario de lo que imaginamos, esos breves textos fueron los únicos que intercambiamos. Y dado que prontamente el desafío de escribirnos quedó atrás, concluimos que no resultaba relevante. Sin embargo, una frase de ella, dicha a la pasada como sin mayor importancia, llamó mi atención.
—Cuando escribo me parece correr el riesgo de poner en evidencia cosas que no quiero que otros conozcan.
Con el paso de las horas y los días aquellas palabras quedaron atrás.
En las primeras semanas y meses, cual libreto poderoso, nos esperábamos como dueños del mundo, de las calles y del espacio existente entre nosotros. Instantes en que Gabrielle alcanzaba la categoría mayor de todos los sueños —como se lo dije reiteradamente— mientras ninguno de los esfuerzos ni de los impulsos resultaba suficiente para el regalo que fue su desnudez cada vez que nos buscábamos.
Eran las obligaciones —cual nubarrones que parecían interponerse entre ambos, a pesar del esfuerzo en reservarnos horas o al menos fragmentos de tiempo— las que fueron ocupándola cada vez más, hasta que en un momento nos encontramos conversando acerca de cómo seguirían las cosas, de qué ocurriría si un fin de semana debía encerrase en su departamento para avanzar en el trabajo, pues los días hábiles resultaban insuficientes.
Recuerdo que permanecimos en silencio y pasaron largos y tensos minutos en los cuales solamente se escuchó nuestra respiración. Hasta que me acerqué tomándola de una mano, mientras me esforzaba en contener la tristeza que crecía dentro de mí. Ella tuvo la serenidad y prestancia que me faltaban y sostuvo mi mano mientras acariciaba mi rostro.
Una mañana —como lo habíamos acordado— desayunamos en la terraza de un restaurant cercano a su departamento. Y sin saber por qué revisamos las palmas de nuestras manos, concluyendo que tendríamos una larga vida. Luego de ello caminamos abrazados por la avenida mejor arbolada de la ciudad, hasta que después de una hora ocupamos un declive del césped, para permanecer allí sin prestar atención a las obligaciones y sus horarios tiránicos, porque surgían nuevas conversaciones que disfrutamos placenteramente.
Eran los días mejores. Fue el periodo de la culminación de nuestra vida en común…y eso me asustó, pues toda culminación contiene el anuncio de una caída. Recuerdo muy claramente que me prometí esforzarme en impedir el menor atisbo de debilidad en nuestra relación, que pondría toda mi fuerza en ello y que nada ni nadie podría interponerse entre nosotros.
Una sorpresa se produjo cuando un mediodía señaló que debía acudir al psicólogo.
—¿Por qué?— pregunté.
—Después te explico.
Aquel hecho se repitió meses más tarde, pero cada vez que traté de indagar en ello siempre tuvo la habilidad para postergar alguna explicación. Hasta que el paso del tiempo dejó atrás toda inquietud.
Transcurrieron los meses con sus días hermosos. Y tanto sus avances profesionales como mis logros académicos ocupaban el lugar que les correspondía, sin permitirles que invadieran nuestro cielo.
Las exigencias en torno a su gestión crecía y ella tanto como yo sabíamos que aquello resultaba inevitable, pero nos esforzábamos en cuidar lo que denominábamos nuestros tiempos, los de ambos, aquellos destinados a únicamente a nosotros, a nuestra condición de amantes que en cuanto estábamos juntos aventábamos lejos el mundo.
Cuando se cumplió un año de nuestra relación viajamos hasta la capital, pues ella debía entregar personalmente un informe de lo realizado desde que asumiera sus funciones en la institución a la cual pertenecía. Fuimos para cumplir con tal obligación un viernes y el fin de semana lo destinamos a distraernos, a conversar con su amiga Celeste que desempeñaba labores administrativas en la oficina central, con quien la unía una antigua amistad, generada en su país de origen. Celeste resultó muy entretenida y las conversaciones se transformaron en verdaderas sesiones de exégesis de la institución en la cual ambas trabajaban, matizando tales reflexiones con una serie de detalles sabrosos acerca de las características de tal o cual funcionario, de las aspiraciones amorosas de algunos y los pasos en falso de otros, todo ello en medio de carcajadas y comentarios audaces.
Sin embargo, días después de regresar, una tarde señaló que saldría a caminar y que prefería hacerlo sola. Ello me extrañó y no logré encontrar explicaciones.
Transcurridas un par de horas comencé a inquietarme. Llamé a su celular pero solamente respondió una grabación. Mi extrañeza se convirtió en desasosiego. Y cuando la preocupación bordeaba la angustia ella ingresó a la habitación con una amplia sonrisa.
Noté que tenía los ojos levemente irritados, pero no dije nada. Pues pronto todo era grato nuevamente.
Sin darnos cuenta transcurrieron los meses del que sería nuestro segundo año como pareja. Pero allá por el sexto o séptimo mes de aquel año notamos cierta declinación en nuestra vida en común, expresada en que lentamente la necesidad de vernos y estar juntos fue diluyéndose, hasta que durante un almuerzo, en el cual la conversación fue ganada por el silencio, ambos concluimos que las cosas ya no tenían la magia de antaño.
Finalizamos nuestra relación. Pero unos dos años después, una tarde en que regresaba del cine me sorprendió una llamada desde un número que no reconocí. Era ella que por alguna razón que no traté de precisar, me llamaba para contarme que regresaba a su país. Hablamos brevemente y luego de finalizar noté que dentro de mí asomó un matiz de nostalgia, aunque al mismo tiempo pensaba que dentro de unos años quizás, cuando nuestras vidas ya hubieran tomado sus rumbos propios, la llamaría para contarle algo, cualquier cosa, y para saber cómo estaba.
—Quizás alguna vez regrese por un tiempo— había afirmado en medio de una conversación casi olvidada.
Tras cuatro años de nuestro alejamiento su recuerdo quedó enredado en uno y otro recodo del olvido. La vida continuaba y mi cada día resultaba absorbente, otorgándome una solvencia y dinámica que resultaba grata y carente de sobresaltos en todos los terrenos, inclusive en mi vida afectiva, ahora presa de una relación que no pretendía grandes cosas.
Regresaba un mediodía desde la oficina y apenas ingresé al departamento el sonido del teléfono móvil me obligó a atender.
—Hola— dijo una voz femenina —soy Celeste ¿Te acuerdas de mí?
Tardé unos segundos en darme cuenta de quién se trataba, era la amiga de Gabrielle.
—Sí, me acuerdo.
—Mira, te llamo porque creo que debo comunicarte algo— señaló.
—De qué se trata— respondí.
—Se trata de Gabrielle— dijo, despertando interrogantes que no lograba precisar.
—Ah. Gabrielle.
—Ella murió hace algunos días en su país.
Pese a los años transcurridos, a las innumerables vivencias reunidas en los años posteriores a nuestra separación y al hecho de no haber vuelto a saber nada de ella durante años, la incredulidad surgió en ese momento.
—¿Hablas en serio?
—Es verdad.
—¿Qué ocurrió? ¿Alguna enfermedad? ¿Un accidente?
—Murió por mano propia.
No debía impresionarme pero fue como recibir un garrotazo.
—¿Se suicidó?
—Sí. Y creí que debías saberlo.
No recuerdo qué fue lo último que dijimos para finalizar la llamada. Luego me encontré sentado en un sillón con la mirada en el suelo y un cúmulo de recuerdos en mi mente.
Ahora quedaba claro que Gabrielle nunca regresaría, ni que jamás intercambiaríamos algún saludo distante e inoficioso. Y que el tiempo pasaría a ejercer sus poderes para aliviar, tal vez en semanas o meses, esta sensación inesperada que me obligaba a pensar en ella y en su forma de irse.
[Cuento incluído en “El Árbol de la Sabiduría”. 2024]
