Esperaba que las esquinas explicaran su distancia.
Lo cierto es que no hubo tiempo ni oportunidad de imaginar lo que ahora ocurría, lo que desde hacía meses se hubo de instalar sin que nada pudiera explicarlo.
Cada encuentro compensaba los días soportando aquellas reiteradas y tediosas jornadas en las cuales la energía y paciencia se tensaban hasta el hartazgo. Así, las horas en que estábamos juntos lo compensaban todo.
Y acá, en mi propia distancia insoportable, trato de comprender lo ocurrido. Aquellas ocasiones en que gradualmente se instaló el aire enrarecido, los silencios inexplicables, las miradas que se deslizaban para detenerse en puntos indefinidos, después de las innumerables ocasiones esperando en las cercanías de la placita de los niños -así la nombramos- para apenas encontrarnos huir hasta nuestro propio territorio, en el cual jamás ingresó el menor atisbo de preocupación. Allí solamente estaban permitidas –nos permitíamos- aquellas conversaciones entrecortadas entre una y la siguiente caricia, entre el primero y los demás abrazos, besándonos seguros que nada perturbaría nuestros impulsos.
¿En cuántas oportunidades nos encontramos ahí?
Era cada atardecer convenido previamente. Fueron tantos crepúsculos, decenas, cientos. Ahora, en cambio, llego hasta el lugar y luego de un rato debo regresar, rehacer el trayecto como si caminara hacia atrás, volviendo a cada momento la vista esperando que aparezca nuevamente, pero solamente logro percibir los niños subiendo la escalinata del resbalín algunos, corriendo hasta el laberinto de colores otros, sin que surja milagro alguno.
Cada mañana me convencía de que esta vez sí, este sería el día, por fin estaríamos nuevamente juntos para reírnos y hablar de todo aquello que surgiera en el diálogo -como decíamos. Comenzaríamos por contarnos cada una de las cosas hechas por uno y otro, una especie de bitácora que transmitiríamos a intervalos, mientras fuéramos avanzando hasta la entrada del pasillo rumbo al espacio sagrado de los dos.
Buscar el momento, observar el desplazamiento de los transeúntes cruzando la placita con los niños que irrumpen ansiosos disputando el columpio, pero sobretodo ingresando al laberinto que recorren con destreza. Seguir allí, reconociendo rostros de padres o madres, de hermanos mayores que gritan pretendiendo ordenar el caos de ropas ahora sucias y caritas transpiradas. Persistir intuyendo que allí no tenía nada que hacer, excepto aumentar la familiaridad con quienes solían ser los más recurrentes. El saludo a media voz, la curiosidad desde los rostros, ciertos comentarios murmurados apenas se alejaban unos metros, alguna mirada de reojo para comprobar que era el mismo de otros días, de ayer y anteayer, la semana anterior o unos meses atrás, cuya recurrencia parecía inexplicable, porque cada uno de los asistentes -adultos o niños- tenían razones para llegar hasta allí y luego retirarse, abandonando el lugar mítico en medio de reclamos que los pequeños reiteraban pues querían continuar allí, corriendo, subiendo, deslizándose, gritando, limpiando el vestuario o curando algún rasmillón.
Quizás había sido la llegada de los tiempos yuxtapuestos en nuestras obligaciones de trabajo, persistentes como las leyes domésticas que incluían compras en el supermercado, pagar cuentas, en fin, el cúmulo de matices de la vida cotidiana.
Desde luego que ella mantenía sus obligaciones profesionales. Atendía los requerimientos de cada empresa preocupada de mantener una exclusiva imagen visual, decisiva para atraer clientes. Ello le significaba horas de bosquejar para definir una y otra intervención al interior de un local y vitrinas.
Por mi parte, el deambular por los pasillos hasta llegar a la sala correspondiente, exponer ante los alumnos y responder sus consultas, de haber resultado grato durante años pasó a convertirse en una rutina plana despojada de toda motivación.
Los años de trabajo habían formateado mi disciplina que comenzaba temprano para llegar hasta la oficina, donde revisaba los diversos contenidos, redactaba un paper o completaba las preguntas para alguna evaluación. Igualmente debía dirigir un grupo de alumnas que avanzaban en su tesis, con reuniones que muchas veces se alargaban hasta producirme hastío e impaciencia pues debía encontrarme con ella.
Un hito especial en nuestra relación fue aquel viaje realizado al Caribe, donde disfrutamos playa, sol y momentos inigualables en la habitación del hotel. Desde entonces surgió la necesidad de estar juntos cada día, lo que conversamos detenidamente durante el viaje de regreso.
Habíamos comenzado una historia que nos marcaría para siempre, que habría de instalar esa cascada cromática que nos hizo conocernos y que demarcó un antes y un después. En aquellos lejanos días ninguna interrogante era permitida, pues decidimos que por razón alguna aceptaríamos la menor preocupación, así como dudas o tristezas jamás debían irrumpir entre nosotros.
Era todo alegría sublime y ensamblaje perfecto resumida en nuestra máxima qué bueno que nos encontramos, cual síntesis de aquella armonía perfecta.
¿Dónde nos habíamos conocido? ¿Bajo qué circunstancia?
Alguna vez habíamos coincidido en el pasillo de un supermercado, en otra ocasión compartimos un par de minutos esperando en un cajero automático y, sin darnos cuenta, comenzamos a saludarnos de pasada cada vez que nos cruzábamos en algún lugar.
Ella –lo supe más adelante- se dedicaba a la decoración de locales comerciales y viviendas. Le resultaba habitual por lo tanto, desplazarse en la zona de comercios para seleccionar objetos, siempre luchando para no repetir un ornamento.
-Resulta inevitable viajar a otras ciudades para asegurarme nuevas variables y mantener la exclusividad de mis decorados- explicó.
Hasta que una mañana estuvieron frente a una taza de café… desde la cual surgió la conversación y sus matices insinuantes.
Claro, cada uno supo de los traspiés y resiliencia del otro. Los conflictos familiares, errores y aciertos desde la adolescencia, las primeras pasiones, las segundas y terceras. En fin, lo que debía durar la conversación del café se extendió hasta que alguien miró el reloj y ¡pasó tan rápido la hora! Era el momento de retornar a casa para el almuerzo.
Fue así que los encuentros se convirtieron en lugares y momentos con vida propia, sin que nadie se preguntara por qué. La complacencia de aquellos ratos pasó a suplir toda carencia y luego de unos días sentimos que nos necesitábamos con ansiedad.
Durante días, semanas y meses medimos los tiempos entre un encuentro y el siguiente, y la premura se recogía cual espoleta que nunca logramos percibir. Todo resultaba perfecto, coherente, necesario y satisfactorio. Sentíamos estar ante un umbral cuyo horizonte no importaba.
Una tarde, luego de compartir otra hora íntima, decidimos que no había razón alguna para postergar la decisión de vivir juntos. Y luego de afrontar una y otra variable –como ocurre en estos casos- coincidimos en elegir un departamento que nos cobijaría.
Fueron meses y años de armonía muy cercanos a aquello denominado felicidad, pues nuestras ocupaciones profesionales fueron la única razón para permitirnos horas de separación, en ocasiones días completos que incluyeron algún viaje de ella pues debía traer materiales para su trabajo.
Esos eran días que calificamos de malditos, pues nos producían contrariedad y estados de ánimo negativos. Pero al reencontrarnos todo ello desparecía. Rápidamente recuperábamos nuestra dinámica liderada por la entrega mutua de afectos, instantes en los cuales no resultaba necesario decirnos nada.
Caminábamos cogidos de la mano para disfrutar de los jardines en nuestro barrio. Igualmente llegábamos hasta el restaurante del primer café compartido para retornar al departamento, escuchar música o hablar de incontables materias que luego de un momento eran reemplazadas por otras.
Qué diferente resultaba todo. Cuán distintos eran aquellos días en que nos alejábamos de la placita para ingresar al pasillo rumbo al cielo, a los silencios y nuestras ansias jadeantes, a las miradas cual prólogo cogidos de las manos, abrazándonos una y otra vez, o quizás atrapándonos en un solo abrazo que duraría para siempre.
Llegamos a reconocer cada pliegue de nuestra piel y de nuestro vestuario. Con los ojos cerrados adivinábamos cuál sería la próxima mirada, la siguiente pulsión, el posterior rincón acotado del deseo, la subsecuente entonación del gemido y los movimientos involuntarios de la culminación.
Fueron horas que parecieron minutos en encuentros reiterados que se coronaban desde nuestra ansiedad. Fue también el calendario de un tiempo inigualable, únicamente de nosotros.
Pero sin percatarnos alguna vez las miradas se desviaron, surgieron los silencios inexplicables y se instaló el aire enrarecido.
Un amigo afirmó que el tiempo todo lo puede, que había que armarse de paciencia. Y ello me enseñó a esperar, mientras su silueta desaparecía sin que pudiera impedirlo.
No podría explicar cuántos atardeceres caminé sin rumbo establecido…hasta llegar a las inmediaciones de la plaza de los niños inquietos. En varias oportunidades me detuve allí diciéndome que serían apenas unos minutos, que pronto continuaría el periplo sin rumbo hasta regresar para retomar la revisión de textos para la próxima clase u ocuparme de la corrección de aquellos trabajos acumulaos sobre el escritorio. Pero –ahora creo recordarlo- una mañana debí acudir a un especialista que recomendó varias semanas de descanso.
Sigo observando la disputa para alcanzar la cima del resbalín, los empujones en la contienda de los balancines, las miradas agresivas dentro del laberinto, sus risas indisimuladas ante mi vestuario desgastado, el rechazo generado desde mi rostro sin afeitar, los silencios ante cada tropezón y caída, el rictus consternado cada vez que trato de reiterar que estoy esperándola como cada tarde.
Mientras las esquinas dominan toda su ausencia.


Rubén González Lefno