El barrio donde yo nací estaba conformado
por ranchas, muchas de ellas con piso de
tierra, ventanas tapadas con plástico y las
calles... en realidad eran unos callejoncitos estrechos
donde el barro abundaba en invierno tanto como el
tierral en verano. Y nuestros juguetes eran un pedazo
de tabla, algún tarro y cualquier cosa que aparecía
tirada sobre el suelo. Claro que para nosotros cada
cosa nos parecía un juguete de verdad.
En una ocasión, cuando ya era adulta y todavía
soltera, conversando con unas amigas surgió la
inquietud de identificar el recuerdo más importante
que cada una guardaba de su infancia. En mi caso
recordaba diversas situaciones, algunas divertidas y
también otras serias, experimentadas en el campamento, pero sin ninguna duda mi recuerdo más
importante estaba relacionado con algo ocurrido en
otro lugar, parece extraño pero es así.
Era pequeña, pero dicho recuerdo es el que siempre
he conservado y del que nunca he querido hablar con
nadie.
Cada mañana salía según lo demandaba el hábito
heredado de la familia. Lo suyo era coger el canasto y
mirar fuera de la modesta mediagua del campamento.
De las condiciones climáticas dependía que saliera
únicamente con chaleco o llevar la parka, ya gastada
de tanto trajín.
A sus diez años había aprendido el arte del comercio
ambulante acompañando a su madre, también el
conocimiento de calles y avenidas para evitar
confusiones y un probable extravío, del que la madre
no aceptaba explicaciones.
—Si te pierdes y te atrasas verás lo que te va a pasar— era la sentencia, asimilada y sobre todo temida desde
que tuvo uso de razón.
Hacía semanas que había llegado el periodo de
vacaciones, llenando de alegría a los niños del campamento. Ella también lo celebraba, pues podría jugar
con sus amigas y amigos, dormir hasta más tarde y
vivir cada día sin aquellos deberes que la obligaban
por largo rato ante un cuaderno.
Su chaleco esta vez bastaría para transitar a la intemperie. Calzó sus zapatillas, cuya suela se desgastaba
más pronto de lo que hubiera querido y, canastillo en mano, salió a la calle.
Comenzó el recorrido por el sector de aquellas viviendas en las que habitualmente alguien le compraba alguna de sus naranjas. Luego avanzó más allá de
la pequeña plaza, donde se detenía al regreso para
descansar los pies, sin descuidar el canastillo dentro
del cual solían quedar unas tres o cuatro de la docena
de naranjas que tenía como misión vender. Claro,
cuando lograba que le fueran compradas más de la
mitad del total se sentía feliz, sabiendo que su madre
estaría conforme con el resultado. En un par de oportunidades había regresado con el canastillo vacío y
muchas monedas en el bolsillo de su chaleco. Eran las
ocasiones en que todo parecía hermoso.
Los innumerables periplos por diversos sectores de
la ciudad la habían dotado de suficiente destreza en
reconocer los lugares de mejores expectativas, como
el terminal de los minibuses, donde había varios señores que siempre esperaban sus naranjas, también
aquel recinto donde se construía un gran edificio, en
el que igualmente le compraban tres o cuatro unidades de su mercadería, mientras se extasiaba observando aquella enorme estructura de metal que parecía
oscilar cerca del cielo trasladando cargas que desconocía. Pero también debía caminar largas cuadras en
que todo resultaba estéril. Y observaba dentro del canastillo, contaba las naranjas, revisaba sus monedas y
suspiraba bajo el sol agotador del verano.
Así, durante uno de sus recorridos, con la carga
todavía completa, decidió virar hacia una calle por la
cual transitaban muy pocas personas. Observaba las
viviendas de colores hermosos, los jardines con sus
flores llamativas, así como las veredas y los árboles
imponentes, mientras avanzaba cambiando de mano
el canastillo, haciendo un breve alto para recuperar
energías y retomar el paso.
Fue en una de esas andaduras que en un ventanal,
diferente a todos los otros de la cuadra, algo le llamó
la atención. Un niño sobre una silla observaba la
escasa dinámica de la calle. Lo miró con curiosidad
reparando que él la observaba con una sonrisa. En ese
momento otro niño —varios años mayor y con lentes— salía de la vivienda.
—Cómprame una naranja.
Él sonrió. Luego de un momento sacó unas
monedas del bolsillo y compró.
—¿Una sola?
—Una no más, es para mi hermanito.
Ella observó nuevamente la ventana. El niño le
sonreía agitando una de sus manos.
Desde ese día, cada uno de sus recorridos incluyó
desplazarse frente a la casa del ventanal y su
antejardín de césped y flores.
En algunas ocasiones el hermano de lentes
compraba una o dos naranjas, mientras el niño
sonreía desde su silla tras los vidrios. Así la relación poco a poco pasó a convertirse en cotidiana y
amistosa. Y fue un par de semanas después de su
primera incursión que, de pronto, al llegar frente a la
casa encontró el ventanal vacío. Extrañada y sombría
mantuvo la mirada sin explicarse qué había ocurrido,
hasta que de pronto vio al niño de lentes aparecer por
la puerta cargando al pequeño en los brazos. En
silencio vio que lo acomodaba sobre el césped e
ingresaba a la vivienda para regresar con una
pequeña silla y una bolsa con juguetes. Al reconocerla
el pequeño sonrió y ella se acercó tímidamente.
Luego, sentada sobre el prado, miraba los juguetes
junto a él: un caballito que parecía galopar sobre su
base de metal, la figura de una locomotora que poco
después quedaba en el suelo, así como un par de
palitroques que agitaba en sus manos antes de
pasárselos a ella.
De pronto reparó en el canastillo y extendió su
mano diciendo naranja, naranja. Ella miró al hermano
mayor que limpiaba sus lentes y entregó una fruta al
niño. Calculaba que tendría unos cinco años, como su
primito que de vez en cuando llegaba junto a la tía a
visitarlos al campamento.
Jugaron por cerca de una hora hasta que ella recordó
que debía continuar con la venta cotidiana y se
despidió. El niño dejó de sonreír con la naranja entre
sus manos.
—Mañana, mañana.
—Sí, mañana vendré— respondió ella alejándose.
Aquella noche durmió a sobresaltos. La figura del
pequeño con la naranja en las manos se le aparecía
una y otra vez.
Al día siguiente salió con el canastillo más temprano
que lo habitual. Y sin cumplir con el recorrido
acostumbrado se apresuró hasta la casa del ventanal,
el niño y el pasto verde. Apenas llegó reconoció la
ancha sonrisa tras los vidrios y en pocos segundos el
hermano lo trajo para posarlo sobre suelo con sus
juguetes. Ambos compartieron alegría y gritos. De
pronto al niño se le resbaló la naranja que tenía en una
de sus manos, la que rodó sobre el césped hasta
detenerse junto a un arbusto. Ella corrió a traerla y,
luego de un momento, el canastillo estaba vacío
mientras las naranjas rodaban después de haber sido
lanzadas por ambos. Las risas se convirtieron en
carcajadas cuando ella —presurosa por traerlas de
vuelta— resbaló cayendo de bruces sobre el pasto. El
juego se repitió una y otra vez durante horas.
Nuevamente debió despedirse para salir presurosa
con el canastillo, después de haber llamado al
hermano.
—Tengo que ir a vender las naranjas— afirmó girando
la cabeza para ver al pequeño que ahora la miraba
triste.
No había entendido mucho lo explicado por el
hermano días antes. Pero tuvo claro que había nacido con algunas dificultades y que su condición era frágil,
lo que explicaba el impedimento para ponerse de pie
y dar algún paso. También escuchó que diariamente
debían darle unos medicamentos para evitar
dolencias de las cuales no entendió nada, excepto que
su cuerpo era muy débil y enfermaba con facilidad.
Desde entonces cada día era dejar atrás las calles
polvorientas del campamento, continuar por la
avenida cercana hasta virar en la calle de la vivienda,
reunirse en el prado, hacer rodar las naranjas, alinear
los juguetes y disputar batallas interminables que los
hacían retorcerse de risa hasta quedar tendidos,
mientras ella lanzaba cada una de las frutas hasta sus
pies. Así, el patio se convirtió en el escenario donde
ambos convertían en realidad cuanto imaginaban.
En una oportunidad trasladó a duras penas al niño
hasta donde la superficie del césped declinaba,
dejándolo apoyado cuidadosamente para, desde unos
metros más arriba, enviar rodando cada una de las
naranjas hasta los pies de su amiguito. En esa ocasión
se convencían que era un incontrolable movimiento
sísmico el que provocaba un desastre. Así, el patio un
día fue también el océano sobre el que se desplazaba
el canastillo cual embarcación gigante luchando sobre
el oleaje, desafiando un ventarrón apabullante que en
un momento volcaba la nave, desparramando sobre
el oleaje verde juguetes y frutas. Fue la primera vez en
que un osito de género apareció en los juegos y desde
entonces para ella resultó irresistible abrazarlo y
entregarselo simulando un recién nacido.
—Más, más— decía él. Y ella volvía a cargar la nave
reiniciando la travesía hasta repetir el volcamiento y
las risotadas interminables.
Luego de un par de horas —preocupada— corría por
las calles tratando de vender la fruta, ahora machucada. Algunas veces conseguía lo justo para evitar la
reprimenda de la madre y, durante el resto del día,
rogaba que las horas transcurrieran prontas para
dormir, levantarse y repetir la carrera rumbo al jardín
de la felicidad.
—Naranja— dijo apenas la vio llegar. Y ella desgajó
una de las frutas compartiendo su cariño en cuclillas.
Después de un rato se encontraban en medio de un
acantilado que los obligaba a aferrase mutuamente
para avanzar hasta la cima de una montaña gigantesca, debiendo regresar lentamente hasta el valle, los
juguetes y el canastillo. Y en cuanto conseguían llegar
comenzaban una nueva aventura, previo a la cual le
entregaba el osito que ella acunaba balanceándolo
entre los brazos.
Días después los palitroques luchaban en una
cruenta batalla contra enemigos invisibles, atacándolos hasta sitiarlos después de lanzarles aquellos proyectiles redondos. Y se anotaban una victoria heroica
dirigidos por el niño, mientras ella hacía avanzar la
locomotora tripulada por palitroques, emitiendo su rugido y provocando pavor en el enemigo.
El patio también fue salón de fiesta, como en aquella
ocasión en que el osito de género bailaba celebrando
jubiloso.
—Naranja, naranja— dijo él. Entonces extrajo varias
desde el canastillo para incorporarlas al baile,
provocando en el pequeño una alegría inigualable.
Y fue en una de tales situaciones que —para
trasladarlo un poco más cerca de la casa— lo cogió con
ambos brazos, alzándolo y poniéndolo de pie. Por
alguna razón supo que lo siguiente quedaría grabado
para siempre en la memoria de sus afectos. De pie y
afirmado fuertemente de ella, el rostro del pequeño se
convirtió en expresión inenarrable de felicidad
mientras lo hacía dar uno, otro y otro pasito sobre el
prado.
En otra jornada de aventuras levantó el canastillo
asegurando que llegaba un avión cruzando la ciudad
y que sobrevolaba el patio, aumentando el ruido
mientras se acercaba a tierra. El niño levantaba la
mirada mientras la nave aérea se suspendía cerca del
suelo y —en cuanto quiso elevarse— desde su interior
cayeron los bultos redondos de color inconfundible,
uno de los cuales llegó a las manos de pequeño que lo
atrapó en medio de carcajadas.
—Naranja, naranja— decía, mientras el avión
reanudaba su vuelo hasta que, luego de dar un lento
rodeo, bajaba para aterrizar a sus pies, cerca de la
tapia de ligustrinas.
Un mediodía ella puso una de sus piernas dentro
del canastillo, acercó a su amiguito hasta que
igualmente pudo acomodarlo con uno de sus pies
dentro de lo que ahora se convertía en barco para
cruzar nuevamente el océano plácido, que los llevaba
mientras se abrazaban imaginando una embarcación
que se perdía en lontananza luciendo sus velas
blancas. Avanzaban afirmados de la nave y no había
ola alguna que amenazara volcarlos. Momentos
después una agradable calma los bendecía sobre una
playa de pétalos y, poniendo distancia de la orilla,
descansaron de la travesía deteniéndose en medio de
una alfombra de geranios.
En otra ocasión —después de esforzarse durante un
largo rato— logró instalarlo dentro del canastillo con
ambas manitos en el asa de mimbre. Fue entonces el
piloto de un enorme camión que se desplazaba
llevando una carga que lo obligaba a maniobrar,
acelerando y frenando ayudado por ella que imitaba
el ruido del vehículo, mientras ambos reían porque la
abrupta detención provocaba el desparramo de la
carga sobre el prado y el volcamiento que los unía
riéndose abrazados al osito.
La visita al paraíso de los juegos se había convertido
en su mayor alegría. Por ello cada día se apresuraba a
llegar hasta allí para recrear las aventuras de él, de
ella, de los juguetes, las naranjas y el osito.
Una mañana, poco antes de mediodía, llegó una vez
más hasta la vivienda. Extrañamente, el ventanal se
encontraba vacío. Se acercó y esperó. Después de un
rato se atrevió a tocar la puerta. No hubo respuesta.
Insistió, pero el silencio se mantuvo.
Cabizbaja y sin ser capaz de aventurar alguna
explicación regresó al campamento. Al día siguiente
concurrió de nuevo a la casa del jardín ahora vacío y
nuevamente encontró el ventanal abandonado. Esta
vez fue presa de una tristeza enorme y regresó
sollozando.
Al tercer día encontró al hermano de lentes que salía
de la casa.
—Está hospitalizado— explicó —ha estado en otras
ocasiones y después de algunos días lo dan de alta.
Cada uno de los días siguientes insistió y cada vez
debió regresar después de golpear infructuosamente
la puerta y mirar largo rato hacia los vidrios de la
ausencia.
Había transcurrido más de una semana cuando
despertó presa de tercianas. La mamá se preocupó al
verla empapada en transpiración. Debió permanecer
en cama durante varios días, hasta que superada la
fiebre pudo levantarse.
Con el primer impulso corrió hasta la casa de su
amiguito. Apenas llegó, ansiosa y expectante, se
encontró con el ventanal cubierto de cortinas. Esta vez
no intentó golpear la puerta y permaneció inmóvil
unos minutos. Se aprestaba a emprender el regreso
cuando de pronto salió de la casa el hermano mayor
que —con expresión sombría— traía algo en una de sus
manos.
Entonces ella se negó a aceptar que fuera verdad la
explicación de frases entrecortadas que escuchaba
como algo irreal.
Antes de marcharse me mostró el osito y reiteró que
te sea entregado.
—Repetía naranja, naranja, explicó con los lentes
empañados— y ahora es tuyo.
Durante largos años nos hemos divisado
esporádicamente con el hermano, pero nunca
volvimos a conversar, así como jamás regresé al jardín
de los juegos de aquel verano.
En algunas oportunidades mis hijos me han
preguntado por qué les niego el antiguo canastillo y
el juguete, los que por tanto tiempo me han
acompañado en el local.