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Los lugares comunes de Pablo Gaete

Por Rodrigo Hidalgo

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Partamos por lo evidente. La fórmula que da título al libro de Gaete es una combinación que usamos normalmente de forma peyorativa, señalando menosprecio. Decimos que los discursos de tal ex presidente estaban plagados de lugares comunes, o que las canciones de tal cantante guatemalteco son una sarta de lugares comunes sobre el amor, para indicar que el mandatario no decía nada concreto quedándose en una cantinflesca retórica vacía, o que las líricas del baladista en cuestión, no aportan nada nuevo ni en forma ni en fondo al manido gran tema del amor romántico. Un lugar común es algo ya dicho, algo visto hasta el cansancio, algo que de tan visitado ha perdido valor. Como el “no eres tú, soy yo” en el quiebre de una relación. Algo ante lo que respondemos con un decepcionado “pfff”.

 

Pablo Gaete Villegas

El asunto es que algunas verdades verdaderas también son lugares comunes. Porque por cursi que suene, reivindicaremos siempre aquello de “lo esencial es invisible a los ojos” de El Principito. Ésa sí que es una frase re-contra-manida. Y ahí está, incombustible. Y es que el cliché, no por cliché es menos cierto.

Entonces, ¿por qué Gaete escoge ese título? ¿Es una forma de ponerse el parche antes de la herida, de prevenir al lector para que no espere grandes composiciones de figuras rebuscadas, referencias culteranas o barroquismos de diccionarios enciclopédicos? La respuesta está en la honestidad transparente de su poética, que se nos presenta en su evolución íntegra, de joven a maduro, articulado en 4 secciones notorias. Destaca desde el inicio, en la sección Ejercicios y Sentencias, el epígrafe parriano que ya adelanta la visión del vate (el que vaticina): “Mi poesía puede perfectamente no conducir a ninguna parte”. No hay falsa modestia, sino genuina humildad, cero glamour. Es una cuestión si se quiere civil, política: ética antes que estética.

Del mismo modo, en la segunda sección que se compone de poemas de amor, el epígrafe de Armando Uribe, es igualmente revelador: “Te amo y te odio. Dirás: cómo es posible. No sé. Yo te amo y te odio.” Dicho esto, anotamos aciertos en diversos poemas breves, semejantes a haikús, perlas o piedras preciosas, como por ejemplo un arte poética que podría bien ser la bandera del libro entero:


Oficio

El poeta
Ha de trabajar con el silencio.
De lo contrario morirá.

Atragantado con palabras.


Gaete buen lector sabe que el poema sin silencio no respira, ya lo dijo Gonzalo Rojas. Y esa sabiduría del relámpago, es notoria a cada rato:


Apocalipsis

La ventana se abrió
un bostezo
se tragó al mundo

Y el paisaje
estalló en mil colores.


Hay una tradición completa en la poesía chilena que apuesta por esta simplicidad, buscando en lo sencillo la verdad del poema genuino. Como en los versos que abren la sección final, Recinto Privado:


Edades

A los catorce años 
comencé a envejecer.

A los cuarenta y cinco
recién empiezo a caminar.

(Y tropiezo
como si tuviera tres.)


Gaete no teme ni imposta, y le dedica poemas a Tellier y a Neruda (oh cielos, ¿habrá un poeta en Chile que no le haya dedicado un poema a Tellier o a Neruda?), así como a una niña mapuche o a un cantor callejero. Ahí están sus lugares comunes, más claro echarle agua. Algo de eso es lo que plantea el prologuista, cuando señala que su lírica es “como si sus sentencias tuvieran un revés y un derecho”. And that´s poetry.




 

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