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El Jardín Barroco

Sin pedirlo llegamos a estos jardines y luego no nos queremos ir
Roberto García de Mesa. Andesgraund (Chile), 2025, 52 páginas

Por Rodolfo Hlousek Astudillo


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A Mercedes Sandoval, mi compañera de viaje.


Toda estructura es permeable, es lo iniciado por Nietzsche y, lo ocurrido a las torres gemelas el 11 de septiembre, emitido por televisión y aún recordado en nuestras imágenes mentales. Hechos que tienen objetivos y estrategias diferentes convergen en la idea de la verdad o la moral. Luego regresaremos a estas ideas. 

 

 

Situándonos en El Jardín Barroco de Roberto García de Mesa (Tenerife, España, 1973) registra el instante de “Perder los ojos/ o el instante,/su emoción y su destino incierto.// Perder el lugar/ o perderme en él,/ en la inconsistencia de las tradiciones ocultas,/ en la inconsistencia de las tradiciones ocultas,/ en la orilla encendida por la luz de la noche” como reza el postfacio de éste su libro dieciséis editado por segunda vez para nuestro continente por la editorial Andesgraund y su colección Península. Nos referimos a García de Mesa un prolífico autor especializado en filología al igual que el filósofo instala la sospecha. Ciertamente en diferentes niveles, épocas y fines, convergen en el golpe a la estructura y, en segundo lugar, en la distopía que se deja leer entre versos la obra que nos convoca. 

Iniciemos por describir que el título y la portada no deja de extrañar por su relación de imagen y texto: un ser con un casco de astronauta caminando por nuestros jardines con un ramo rojo de flores, esta imagen desde diferentes ángulos se reitera en 52 páginas del libro.  René Silva Catalán como editor ha logrado consolidar un catálogo de excelente factura de circulación nacional, continental y hoy en el viejo continente con este título. 

Al desplazarnos por las páginas nos encontramos que el cuerpo poético no tiene títulos como se usa tradicionalmente, más bien hay guiños y persiste en su continuidad desde la cual se ve difusamente ejes de la obra: se inicia con un diálogo interno, citemos un fragmento de la página nueve:

En esta sombra de rostro se oculta la humanidad,
su presencia abstracta, barroca, política y moribunda.
En este impreciso espacio de combate,
en esta lluvia de pulsiones repetidas,
sobrevive el dolor que esconden todos los tiempos. (p. 9).

A ratos deviene en prosa, leamos:

Quizá puedan romperse todos los espejos en los que me he 
visto a lo largo de mi vida o se hayan roto desde hace tiempo.
Lo único que sé es que soy un fragmento de aquellos actos de
destrucción. (p. 10). 

Es un libro que problematiza la realidad: “La belleza que dice que piensas cambiar/ y que sigues siendo un explotador” (p. 19), se lee crítico ante ella, desde el cuerpo, desde la noche o el tiempo. 

A veces quisiera salir de los restos de este mal sueño
y encontrarme en uno muy distinto,
sin juicios, ni hipótesis,
sin lamentos, ni excusas.  (p. 10).

Luego regresa a la exterioridad y es cuando comienza a tensar la realidad y su aparente estructura, leamos:

Yo creo que si nos odiamos íntimamente, ya no podemos maldecir 
a nadie más. (p. 14).

*

Perder el lugar 
o perderme en él,
en la inconsistencia de las tradiciones ocultas,
en la orilla encendida por la luz de la noche.
Perderme en la respiración,
en una antología de instantes maltrechos, concéntricos,
en los lugares comunes del silencio. (p. 15)

En esta obra se lee la palabra ojo, silencio, belleza, laberinto, vacío, noche y esta parece ser el naufragio del autor, es decir, no encontrarse ciertamente, porque escribe desde la duda, desde el dolor y lo inasible, al enunciar, por ejemplo:

La noche es eso:
un momento de iniciación,
un momento de soliloquio,
un momento sobreactuado para aceptar la condición humana. (p.18).

Luego en versos vemos que trata el tema universal del amor, pero éste viene malsano, herido, amenazado entre laberintos mentales, desde el devenir, de ese “algo” que no logra revelar, pero que en desde su inicio es difícil encontrarse: “Dos que se cruzan, por un instante, creen desnudarse.// Quien se ve preso de algo se siente mitad de ese algo.” (p. 20).

Dos que se cruzan forman un teorema del porvenir.
Dos que se cruzan se interrogan mutuamente, en silencio, con
Un leve gesto.
Dos que son presos de algo interrumpen sus deducciones
porque, de repente, se ha hecho demasiado tarde para seguir
pensando en tonterías. (p. 20).

Otro tono extraído del libro es la soledad: “Todos guardamos celosamente el sentido trágico de la vida.” (p. 41). En esa emoción fuma la reflexión de la poesía: 

El acto poético más puro es el que te coloca en un lugar que no
has elegido.
El acto más revelador se produce cuando te encuentras frente a
ti mismo en lo que ves.
Esa imagen te hiere, te emancipa, te crea un íntimo dolor.
Esa imagen de ti mismo te estudia en silencio,
te interroga,
persigue un brote de calor que nazca de tus manos
y que suene a música de esferas. (p. 43). 

El Jardín Barroco es laberinto, soledad, acto o práctica de reflexión crítica, es diálogo, deseo, moral. Es un jardín barroco donde el autor invita a conocer el mundo y vivir la vida como lo modelable: “Porque el barro de la vida se esculpe con el dolor: el faso y el verdadero” (p. 16). Sobre este libro se pierde la línea argumental y eso permite abrir otros caminos de interpretación. No conforme con la moral, ni el valor universal de la verdad, Nietzsche, dudó incluso de la filología -ciencia con la que se educó- y optó por el naufragio del espíritu con las posibilidades de la poesía. Puede ser que todo finalmente sean barrotes ontológicos, cárceles o juegos mentales y usamos los espacios vacíos solo para decir que llegamos a estos jardines sin pedirlo y luego no nos queremos despedir.

Me dirás que lo has visto todo.
Me conducirás a los antiguos lugares, los que ya no existen.
Me sugerirás que hemos llegado.
Me explicarás cómo se escribe un poema.
Me amarás sin decir adiós.
Y me dictarás las canciones de la juventud.
Luego, lo olvidaré todo y seguiré viviendo. (p. 47).

En este tránsito sin embargo nos hacen beber de la verdad como si solo nos acostáramos un solo día y para siempre a la orilla de un solo río; la realidad es que siempre florecerá la vida y es lo único a defender: 

Un día prenderás las palabras más hermosas
y abandonaremos todas las llamas
que guardamos en la memoria.
Reconquistaremos el paraíso perdido 
y allí escucharemos el timbre de las hienas,
los gritos de nuestros enemigos  
empapados de maquillajes televisivos. (p. 50).  

 



 

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"El Jardín Barroco".
Sin pedirlo llegamos a estos jardines y luego no nos queremos ir.
Roberto García de Mesa. Andesgraund (Chile), 2025, 52 páginas.
Por Rodolfo Hlousek Astudillo.