En una noche completamente oscura del altiplano ecuatoriano, con las estrellas como testigos, Henri Michaux le imploró a un lector futuro, del próximo siglo, que no lo deje solo. Un gesto similar anuncia Raquel Jodorowsky, pero ella es más fatalista: “dentro de los próximos cien años quedarán sepultadas bajo explosiones atómicas mis obras”. Que su obra haya vuelto a publicarse en 2025 por la La esporádica editorial no solo contraviene la profecía de la mariposa tallada en fierro, sino también va a contracorriente del olvido literario en que estaba sumida. Como si Raquel fuese la pieza que le faltaba al cuadro mítico de la poesía chilena.

De ahí viene el título, donde ese destierro poético y existencial va unido a un posible desentierro. Porque a Raquel, poeta arqueóloga de profesión, siempre le obsesionaron los huesos: el esqueleto, los cadáveres, los dientes, la osamenta entera recorre vertebralmente sus 19 obras, reunidas aquí en esta antología, salvo uno: Cuentos para cerebros detenidos, inclasificable prosa poética a modo de fábula de ciencia ficción psicotrópica. Y sí, lo intento, porque es difícil abarcar el oceánico abanico y entramado de un libro que reúne no solo su poesía completa, sino también su obra pictórica.

Intentemos trazar una ruta a la velocidad de la luz, y con la lentitud de una araña en el desierto. “No me preguntes por los días. Pregúntame por las edades”, escribe Raquel, en los primeros fraseos de su primer libro publicado en Chile: Dimensión de los días (1950). Edades antes que días, capas antes que distancias, tiempo amplio del Juicio antes que el tiempo corto de la Rueda de la Fortuna, metáfora y metafísica antes que anécdota. Raquel se instala en el reverso de todo consejo y canon literario, como un riesgo asumido de tono purista e inclemente. En sus primeras líneas vemos los ecos de Pablo, Winétt y Carlos De Rokha, familia que la acogió en su adolescencia. Y quizás desde ahí vemos emanada esa otra línea oculta de la poesía chilena: desde Winétt de Rokha, pasando por Mahfud Massís hasta Malú Urriola o Pedro Montealegre. Una vertiente esotérica que llega a atiborrar en palabreo insumiso, quizás barroco metafísico, cojera del genio, o como le diría Ginsberg cuando la conoce: cómo ser perfectamente lírica y abstracta a la vez.
En sus primeros libros entra de lleno al rito funerario en los límites del réquiem, oda al suicidio, con las venas de la Mistral más oscura, escribe con el motivo del vagabundeo nocturno en la ciudad (¿Stella Díaz Varín?). Lo que al inicio es lamento, se torna en asombro en Aposento y época (1952): “abre los capullos de las larvas, verás / estoy ahí como un féretro nocturno”. Leer a Raquel es viajar con ella rememorando, entrelíneas, el testimonio y diario de su vida: sus primeros años en el desierto y en Santiago, luego su migración a Lima. Cada poema finaliza con su firma, en un año y ciudad distinta. Nada es literal, como diría Denise Levertov, la vida es el paréntesis de la poesía y no al revés. Acaso un posible viaje poético americano al modo de Diana Bellesi en Crucero Ecuatorial. Acaso esta poesía completa no es un modo de hacer autobiografía psíquica y nosotras sus gozosas víctimas.
“Cada día avanzo entre fotografías antiguas de guerra / entre diccionarios de poetas que no tienen el valor de equivocarse en una palabra”, escribe en ensentidoinverso (1962). Poco a poco Raquel revindica una alquimia del verso desprolija pero impetuosa, a contracara de cualquier dictamen de taller literario, de mentor o de academia. “Apenas soy un gusano con necesidades metafísicas que quiere amanecer pero le falta sol”. Y entre ese mar que parecería repetitivo, Raquel introduce claves herméticas, de oraciones budistas tibetanas, de la historia y mitología americana o referencias ocultistas: “aquí no hay besa-manos ni besa-pies / solamente besamos la calva de Gurdjieff”. Ya en Alnico y Kemita (1964), drama de ciencia ficción épica, similar al tono del Tránsito de fuego de Eunice Odio, Raquel se atreve con una imaginación futurista y cibernética que nacía en la época.
Raquel como una letrista del autorretrato: “soy la moderna profetisa / sobre el asfalto hirviente / de las capitales”. Raquel como una extraterrestre nacida por equivocación, como una testigo onírica de la vida en otros mundos, como una trabajadora sin sueldo por la reencarnación. Este libro es en cierto modo la fascinación secreta de ser encontrada como vestigio futuro en el cosmos, como colección sagrada de huesos. A Raquel la leemos como arqueología y astronomía a la vez: “¿Cuáles son las palabras necesarias cuando el pasado es idéntico al futuro?” Para ella, la Vía Láctea y las ruinas mayas son lo mismo. En las piedras que son seres vivos está escrito el futuro. La arqueología es la ciencia de los extraterrestres y los versos, sus naves espaciales.
Poesía del atiborramiento, henchida de símbolo, quedamos consternadas a la primera leída. Debajo de todo, como una gramática subterránea, algo se cuela como un soplo. Vamos de viaje del desierto, a la ciudad, al espacio exterior y las estrellas, y de vuelta, vamos con su voz a los primeros vestigios de civilizaciones antiguas, que curiosamente, son expertos observadores del cielo. Raquel de pequeña mirando las nebulosas en la noche congelada de Atacama. Raquel es toda ouróboros, bautizada por las Tambochas —hormigas amazónicas iniciadoras de los misterios—, y vayamos nosotras a saber, son silencios los que nos guían entre cada poema lleno de nervadura selvática. Raquel es una iniciación a la placentera inocencia de quien se atrevió a escribir la vida entera, sin descanso ni concesiones.

"POEMA PARA MI HERMANO"
Escribiendo poemas con restos de poemas secos
desde hace diez años no hago más que escribir
en un pueblito de indios
sumergida en ríos verdes que se descuelgan de sus bocas
hinchadas por la coca
de rodillas de hombros agachados de sombreros
viejos en la mano
Desde hace diez siglos unida al universo
por un punto de sol
entre miles de desconocidos que son mis hermanos
no hago más que escribir
tratando de encontrar mi familia de figuras ovaladas
gastadas en los polos de tanto recordarlas
Junto a perros que comen tumbas en la noche
he cuidado a mi niño creciendo en trajes chicos
En una cueva de los Andes
limpiando cartas jeroglíficas con la lengua
descubro la importancia de no haber tenido nunca éxito
y ser en silencio como un toro incógnito con nombre de mariposa
En esta tierra apolillada de estrellas
cuando pasen las moscas ardiendo sobre mi cadáver
de ojos deshabitados que se alquilan
Yo no diré nada
Yo no acuso
Yo no escribiré nunca los nombres
de los caracoles que devoran amantes en los parques
ni besaré las cruces sangrientas que aplastan una civilización
en nombre de Dios que es inocente
ni pediré a la iglesia me exonere
de impuestos a la inteligencia
En esta tierra de hombres demolidos
por arcabuces españoles que atravesaron
y bebieron el oro en el sexo de las princesas.
Yo con mi niño sueño
en una noche de plumas
con caballos guardados debajo de la almohada
que patean la mañana
Hace diez mil años
que estoy aquí
renunciando a mi infancia
tratando de amar los volcanes que se parecen
a mis senos cuando te llaman
Tragándome un paisaje de minerales radiantes
en montones de guano
Cada día que avanza me suicido
entre fotografías antiguas de la guerra
entre diccionarios de poetas que no tienen el valor
de equivocarse en una palabra
me termino y escribo y estoy lejos...
1960 - Lima.
* * *
HERMANA GANADORA.
Alejandro Jodorowsky
Con sus dos años de ventaja
Raquel me aplasta.
Cada sábado
por esa calle gris infinita
nuestro padre vuelve del banco.
Ella y yo lo acechamos
como caballos esperando el campanazo
para lanzarnos a galopar.
Asoma en la lejanía
el creador del mundo
el campeón milagroso
el caimán terrible
el domador de lunas.
Comienza entonces la carrera.
Raquel dando zancadas
yo cabeza adelante y piés detrás
tropezando
cayendo de rodillas.
Triunfal ella estira sus brazos hacia Jaime.
Él la sienta en su nuca.
con la mirada clavada en el cielo sin nubes.
Yo, perdedor,
con las rodillas sangrando,
los veo pasar.