«Toda palabra ha sido ocupada». Las palabras caen, se vacían, como si experimentaran el vértigo de una colonización, donde una fuerza, extraña y extremadamente violenta, las invadiera. Ellas, impotentes, hambrientas, en la imposibilidad de nombrar y sostener el mundo que habitaban. No hay más palabras. Ni siquiera «para nombrar este dolor», palabras mudas, palabras que ya no lo son, dolores que solo encuentran balbuceo, gemido, aullidos que desgarran el cielo mientras de él solo recibimos fuego.

En un intenso poema que no repta sino como fragmento, Mauricio Álvarez despliega lo que podríamos llamar, el apocalipsis de la lengua, momento en que esta revela ser nada y el mundo que ofrecía implosiona sin retorno. Las palabras se escuchan, pero no nombran, han sido «ocupadas», al punto que ya ningún dolor puede sostener. Así, entre el cuerpo doloroso y la palabra «(…) enferma de vacío», tan solo una metástasis que cubre «todos los incendios y todas las palabras».
Metástasis deviene experiencia de habitar un vacío, flotar como astronautas perdidos, engullendo un dolor imposible de mediar, de trabajar bajo la espesura de un mundo desaparecido, que ha sido enteramente «ocupado». Aquí las «lenguas caen muertas», fluyen sin vida por las quebradas de la época. Muertas porque ocupadas, muertas porque en uso, muertas porque ya no secretan deseo con el que nos apegábamos al mundo. La experiencia de un «tumor» que Álvarez atestigua en su diálogo con Alberto Caeiro, define la metástasis como ese apocalipsis de la lengua, su fin o, si se quiere, el momento en que se exhibe totalmente horadada, quebrada en mil pedazos, ininteligible para cualquier alfabeto e imposible, por tanto, de ofrecer un mínimo de sentido.
Al exponer la metástasis del lenguaje, Álvarez necesariamente debía encontrarse con Caeiro, heterónimo y maestro de Pessoa en el fructífero esfuerzo por refundar la literatura portuguesa. Si era verdad, según él, que solo la poesía podía dar cuenta de las cosas, entonces, solo un texto como este puede dar cuenta de la crudeza de los tiempos. Las disciplinas (matemáticas, ciencias, etc.) no saben donde viven porque no saben que ya estan muertas. Su obsesión por construir una lengua científica (desde la lógica aristotélica hasta la cibernética contemporánea) no es más que la sutura que impedirá revelar la metástasis. Porque la cuestión de fondo no trata de una secuencia histórica en la que, alguna vez, hubo una palabra viva que permitía sostener el mundo, sino más bien, que jamás la hubo y que la metástasis experiementada hoy no es más que el acontecimiento que revela que la relación entre cuerpo y lenguaje se juega más por una incoincidencia que por una sutura, más por un desvío que por una adecuación.
Nunca una palabra puede dar al dolor algo más que un consuelo –nunca una palabra puede dar al cuerpo lo que este merece. El lenguaje es metastático por tanto, más allá de las ficciones con las que la historia nos mide, más allá de los órdenes (divino, natural, humano o técnico), los dioses son simples potencias que los pueblos habitan para naufragar en la metástasis del lenguaje. Por eso Caeiro, por eso Álvarez sin ser Álvarez (donde hay yo hay dos y ahí hay muchos, etc), desubjetivándose en pedazos, puesto que es la nada lo que se revela donde ningún nombre se agarra, ningún significante se anuda.
Pero entonces, el poeta entiende que nada queda por escribir más que el silencio: «hay que desandar la civilización» exclama el poeta, como si fuera un Zaratustra que baja del monte a traer la buena nueva de que, en vez de arreglar los edificios, tapar los hoyos de las avenidas y rescatar a los marinos de las sirenas, en realidad, hay que volcarse, intensificar el momento apocalíptico y habitar el silencio.
En la vieja Al Andalus del siglo XII, el trabajo de Ibn ´Arabi se medía con ese silencio. Su gracia consistía precisamente en la capacidad de habitarlo antes que sucumbir a su vórtice. Cada místico se mide con la potencia del silencio. Es ella, el origen del lenguaje, como Dios lo es, del origen del mundo. En Álvarez, el silencio no es una simple nulificación de la representación, sino un hogar que nos espera, refugio para los tiempos de barbarie. Como tal, al igual que Ibn ´Arabi, el poeta se mide con el silencio para habitarlo. Álvarez entiende que este «volver» al silencio no es otra cosa que un «volver a empezar». Es en el silencio donde reside el inicio, es en ese no-lugar del lenguaje donde este puede morar.
En tiempos de analfabetismo generalizado, en cuanto nadie ya puede leer la época, Metástasis nos ofrece una orientación, la cartografía de los perdidos, el mapa que no tiene territorios. Stanley Kubrick comprendió ese silencio en la forma del monolito sin inscripción alguna que, misteriosamente, aparecía en medio del sistema solar. En realidad, el monolito era ese silencio que ofrece un lugar, inicio de toda existencia. El vacío que revela toda palabra ocupada, pero el porvenir al que ese vacío nos arroja. Lejos de cualquier clausura, Metástasis, poema que combina el diálogo de Caeiro con pasajes biográficos del autor, citas que citan, abalanzadas en una textura inusual donde prima la catástrofe, en realidad es la utopía, un poema que porta consigo la potencia de la esperanza, escritura que devuelve a los mortales la singularidad de habitar entre el mito y la historia, entre el pasado y el futuro.
Si la frenética aceleración de las tecnologías algorítmicas apunta a la destrucción del lenguaje, en la medida que operan como una nueva y eventual sutura, en la que la muerte, el misterio y su potencia se clausuran a favor de una inmediatez asesina, Álvarez ofrece una resistencia crucial al exhibir al lenguaje como un lugar y no un instrumento, como un hábitat, denso, frágil, rugoso, antes que una simple fórmula reproductible. Frente a la sutura cibernética que marca el genocidio de nuestra época, Metástasis nos ofrece un inicio en el que, gracias a la fisura inmanente al lenguaje, la vida de la palabra puede abrigar y un mundo se puede sostener. «Volvemos al silencio» para volver a hacer uso en común de la palabra, para volver a compartir los afectos en el instante en que la revolución en curso nos pretende separar o privar de tal experiencia. Justamente al revés de las lecturas habituales, digamos que el paraíso jamás estuvo antes del lenguaje, sino que fue parte de él siempre, en la potencia en el que este se apuntala. Contra esa potencia, contra ese lugar, se erige la cibernética, contra ese paraíso que no es más que un secreto juego entre máscaras, una tierra en común que no pretende nunca convertirse en territorio. En suma, Álvarez defiende el comunismo del lenguaje, como ese lugar de todos y nadie, a la vez, en el que solo el uso y no la ocupación, el juego y no el sacrificio ritman con las estrellas.
Marzo, 2026


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Imagen de la portada Stratification de la artista polaca Maess Anand
(Rotulador y bolígrafo sobre papel, 42 x 28 cm., 2014)
Fotografía de Mauricio Álvarez de Florencia Álvarez Galleguillos