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Gonzalo Rojas

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GONZALO ROJAS

El despertar del poeta

Puede parecer raro. Después de todo, a los 83 años nadie despierta. Pero en el caso de este poeta chileno se da un fenómeno inusual: le llueven homenajes, premios, becas y los editores no se cansan de lanzar libros que llevan su rúbrica. Él no se queda atrás y sigue escribiendo, viajando, arrimado a la poesía. Esta es su vida.

por Marcelo Simonetti

...........Patiperro. Enamorado. Demoroso. Quién diría que de niño algunas palabras se le enroscaban en la lengua. Pero él, que siempre fue hábil, aprendió a esquivarlas, a eludirlas con elegancia, y allí donde aparecía algún fonema duro, alguna palabra arisca, él la suplantaba por otra mansa y dulce. Cuando no, las emprendía a golpes contra sus compañeros y de un tris les borraba la carcajada burlona. Así avivó su imaginación, así pudo hablar de corrido y escribir, hace varias madrugadas, poemas como Perdí mi juventud en los burdeles o Quedeshím Quedeshóth. Ahora la luz del día entra por una ventana de su casa, allá en Chillán. El escritorio es un pequeño campo de batalla, con hojas a medio escribir y libros desparramados. Su cuerpo deambula bajo una camisa blanca, suspensores y gorra marinera que compró en un puerto de Grecia. Es que a Gonzalo Rojas poco le importan sus 83 años. Va y viene, de un lado a otro, como un saltimbanqui. Más todavía en estos últimos meses en los que sus libros salen como pan caliente. ¿Qué se ama cuando se ama? fue publicado los últimos días de diciembre, en Santiago; y las librerías de Madrid y alrededores recibieron con júbilo Metamorfosis de lo mismo, que el propio Rojas lanzó in situ hace algunas semanas. En México, publicaron una antología suya, y un libro de ensayos en torno a su obra, Rojas y el relámpago, acaba de emerger del horno.

Hoy sólo Parra está a su altura por estos lados y pocos, en Hispanoamérica, podrían ofrecer la colección de premios que adornó su figura en la década pasada: Reina Sofía (España, 1992), Nacional de Literatura (Chile, 1992), Octavio Paz (México, 1998), José Hernández (Argentina, 1999). Pero acá es como si no existiera, como si fuera un fantasma.

Apenas el teléfono da cuenta de su fama. Del otro lado del auricular emergen voces en italiano, en francés, gente del mundo que quiere saber de él. O que lo quiere saludar, porque este mes estuvo de santo. Como Jeanette, una escritora mexicana, que le ha encargado a Irma la mujer que gobierna las tareas domésticas en su casa que corte dos rosas, las ponga en un florero con agua y se las lleve al poeta. Todo eso vía telefónica. Desde la tierra de Rulfo.

La casa de Rojas es larga, verde y azul. Dice que hace algunos años decidió cambiar los colores grises que teñían su hogar. Le dijo a Hilda May, su mujer, que era tiempo de darle más vida a la casa.

Y ella me dijo, bueno, qué quieres hacer. ¿Te acuerdas de la muchacha de la que me enamoré cuando era un adolescente?, le pregunté. Bueno, quiero pintar la casa del color de sus ojos. Ella tenía un ojo verde y el otro azul explica.

Hilda May fue la mujer de su vida. La muerte se la llevó hace algunos años, pero ella permanece ahí, en forma de recuerdo, de retrato o fotografía. Fue alumna suya en los años en que él hacía clases en la Universidad de Concepción, en la década del cincuenta y luego volvieron a verse en París, cuando ella golpeó a su puerta para pedirle ayuda.

Hilda estaba terminando una tesis sobre los surrealistas y como yo le había enseñado algo de surrealismo en Concepción, pensó que podía echarle una mano. Pero, claro, esa no era la razón fundamental de su visita. Las mujeres son más agudas. Ellas eligen al hombre. Me di cuenta de que había un contacto hermoso y ahí surgió el encantamiento cuenta.

Gonzalo Rojas llega al mundo un 20 de diciembre de 1917. Llega oliendo las maderas de Lebu, el vaho de las minas del carbón, oyendo el zumbido del océano. Aquello funciona en él como un sello. Todo eso lo veo, lo registro, lo huelo, lo mismo en Pekín que en Nueva York o en cualquier párrafo del planeta por donde uno anda.

La infancia dulce de Lebu está llena de ruidos, de imágenes. También de muerte, que lo acecha desde temprano. La muerte es como una niñita que camina al lado de uno, a la cual uno debiera amar y no temer, razona. No se da mucha cuenta de la partida de su padre. Apenas tiene cuatro años cuando Juan Antonio Rojas, minero del carbón, fallece.

Murió muy joven, el pobrecito. Bordeando los cuarenta años. Seguramente fue a causa de esas dolencias crueles que se contraen en el fondo de las minas.

Entonces la figura de la madre, Celia Pizarro, crece. Y nada, nada más; que me parió y me hizo/ hombre, al séptimo parto/ de su figura de marfil y de fuego/ en el rigor de la pobreza y la tristeza, escribe. Viven en Concepción, donde ella desparrama a sus hijos por distintos colegios a la caza de alguna beca. No hay dinero. Sobreviven dando pensión a los estudiantes. Rojas está ahí, en esa ciudad hirsuta, terca de clima, competitiva, húmeda de un liquen invisible, mediocre, en el papel de estudiante de un internado áspero, como el descrito por Quevedo.

Lee a Séneca, a Rimbaud, a Baudelaire. De vez en cuando debe subirse a una banca para declamar, a voz en cuello, alguna novela de Salgari o Julio Verne, quebrándole la mano a su tartamudez, mientras el resto de sus compañeros disfruta del almuerzo. Es un alma impenitente, que no sabe de amarras. Se va a Iquique arriba de un vapor. En Valparaíso, compra Retrato de un artista adolescente, de James Joyce, y se descubre a sí mismo en ese personaje de novela.

Su madre muere en 1940.

Transcribamos bien la escena de esa habitación: un catre adosado a la pared, la madre ahí inmóvil sobre la almohada, pareciendo mirar más allá de lo visible a cada uno de sus seis. Así les dijo siempre: Mis seis, como cuando eran niños. Un destello de lucidez de moribunda para llamar hacia sí a uno, uno entre todos, y decirle así muy bajito lo que seguramente estaba diciéndose a sí misma: Qué divertido es todo esto. Ese esto indescifrado como un juego oscuro, el juego oscuro de vivir apunta Rojas.

Rojas, enamorado

El poeta se enamora a temprana edad. Primero de aquella muchacha que pasaba corriendo por la playa y que lo miraba con un ojo turquesa y el otro azul. Jamás me atreví a confesarle mi amor. Pensando en ella y en otras, como ella, escribió Muchachas: Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas/ gustándolas, palpándolas, oyéndolas llorar,/ reír, dormir, vivir;/ fealdad y belleza devorándose, azote/ del planeta, una ráfaga/ de arcángel y de hiena/ que nos alumbra y enamora....

Busca una mujer en medio de lo que le ofrecen los burdeles, las aulas universitarias, las del liceo. En ese tiempo, no existía el sida ni mierda que se le pareciera. Sí habían unos sifilones asquerosos, pero era otra cosa. Había un encantamiento especial por ir a bailar y participar carnalmente con las putidoncellas.

Antiguas incursiones por la calle San Pablo lo llevan a pasar varias madrugadas en alguno de esos lenocinios.

Había ido a visitar a la muchacha de siempre, a eso de las tres de la mañana. Me acuerdo de que ella bailaba relindo. Cuando llego arriba, me encuentro con diez chiquillas que estaban arrodilladas, en penumbras, con unos velones encendidos. Me dio un pavor tremendo el saber que mi muchacha era el motivo del ritual: la estaban velando. No tuve miedo. Sí, pavor. Me di cuenta de la fugacidad de todo y ahí mismo escribí: (...) Perdí mi juventud en los burdeles/pero daría mi alma/ por besarte a la luz de los espejos/ de aquel salón, sepulcro de la carne/ el cigarro y el vino.

Pero la primera historia de amor, con mayúscula, la vivió Rojas cuando tenía veintitrés años. Se había hastiado de todo. ¿Qué tengo yo que estar haciendo aquí, se preguntó, y antes de responderse parte al norte, lejos de ese Santiago que siempre le incomodó está lejos de ser Buenos Aires, le falta mito, decía. Se fue con una mosca chica, de dieciocho años, llamada María Mackenzie. Y al poco tiempo, ambos, amarrados por el amor y el deseo, estaban compartiendo el día a día con doscientos mineros, sin electricidad, alumbrando sus noches con lámparas de carbono, a tres mil metros de altura, en un campamento conocido como El Orito.

Esos mineros eran unos locos. Me de-cían, mire, amigo, cómo se ve el océano, los barcos. Y eran los carbonatos que entraban en combustión directa y, en la noche, se veían como luces de barco, pero qué iban a ser barcos si estábamos a ciento y tantos kilómetros de la costa recuerda el vate.

A los mineros de El Orito dice Rojas deberles esa capacidad mágica de ver el mundo. Se acuerda de cuando le decían que no cantara porque la cordillera estaba viva y, en una de esas, se enojaba, y lanzaba una lluvia, o algo peor, para aplacar el desafinado canto del poeta. Allí se queda un año y medio, hasta que los dueños de la mina le piden la libreta de matrimonio, que nunca tuvo, porque sólo se casaría tiempo más tarde, con otra mujer. Debe irse con la muchacha, que ya llevaba un crío suyo en el vientre Rodrigo Tomás, pero antes escriben un capítulo de antología.

Fue a ella a la que se le ocurrió. Un día me dice: Sería bueno enseñarles a leer a estos mineros que llegan sudados por las noches. Pero, ¿cómo lo hacemos si no hay silabarios y no somos maestros? Hagámonos los maestros. Pero cómo convencía yo a esos mineros díscolos, abrutados, sin luces... Me acuerdo haber comprado unas veinte botellas de pisco y así, tomando tragos, todos felices, yo les dije que les iba a enseñar a leer. Ellos se reían y me decían, ¿para qué vamos a aprender a leer? Entonces leí unas frases que aparecían en un libraco que yo había echado a la maleta antes de partir, Vidas, opiniones y sentencias. Leí frases de Thales de Mileto, de Anaximandro y de otros filósofos presocráticos. Ellos me tenían que decir cuál de esos era el bueno. Eligieron a Heráclito. Pusimos esas frases en unos cartones que mi muchacha había comprado en la pulpería y les hemos enseñado a leer en el silabario de Heráclito a los mineros del cobre.

Palos y palos

Rojas cruza puertas y umbrales de su larga casa. En cada rincón, en las paredes, hay rastros de su paso por el mundo, de sus amigos. Un retrato de César Vallejo, si Juan Antonio Rojas fue mi padre biológico, así también me engendró a escala imaginativa, ese gran poeta peruano; hay otros ilustres como Cortázar, Huidobro, la Mistral. Está fray Andresito, tallado en madera, y una milenaria virgen de la China, a la que le falta un brazo. Un póster invita a un recital poético, en España, y su nombre figura al lado de Ray Loriga: Eran puros chiquillos y entremedio de ellos, yo, con más de setenta años. Los ojos de Picasso, en blanco y negro. Una modelo de Man Ray besándose con otra chica. La cortina del baño llena de mujeres desnudas. Y la cama, la cama china.

Esta cama tiene 270 años. Imagínate cuánta gente ha parido y ha muerto en esta cama. Mira acá, mira ese palo y se agacha para espiar debajo del catre, ¿lo ves? Es para la fertilidad, si estos chinos eran maestros.

La cama tiene dos espejos. Uno en la cabecera y el otro a los pies. Ese mandarín hizo de todo en esta cama con espejos, con dos espejos/ hizo el amor, tuvo la arrogancia/ de creerse inmortal..., escribe en uno de sus poemas. Rojas retoza sobre las sábanas blancas igual que un bebé. Desde allí vuelve a hacer recuerdos. Y, por enésima vez, reitera que su primer libro, La miseria del hombre (1948), ha sido el libro más horrible que se ha publicado, porque la imprenta Roma, que lo editó, hasta ese día sólo imprimía programas de circo y afiches.

Tardará dieciséis años en sacar un segundo libro, Contra la muerte. Nunca tuve esa impaciencia por publicar, tampoco afán de éxito. Todo lo contrario, siempre me ha parecido una desmesura, cuenta. Bastan esos dos libros para que el poeta chileno se gane un espacio. En el Congreso de Escritores de La Habana, celebrado en 1968, Julio Cortázar lo presenta así: Estoy hablando de Gonzalo Rojas, que le devuelve a la poesía muchas cosas que le habían quitado.

Rojas, el exilio

Quiere a Chile, Rojas. Pero quiere más a los chilenos. Su hijo Gonzalo, quien nació del matrimonio con Hilda May, recuerda los días en que la familia vivió lejos del país: El papá siempre echó de menos Chile. No las empanadas ni el vino tinto. Él echaba de menos el ruido de las calles, la voz de la gente, el casero que le ofrecía duraznos, ir al mercado, los maestros chasquillas.

Tanto quiere a su país, Rojas, que, aún cuando podría vivir en cualquier lugar, sigue anclado a la calle El Roble, en Chillán.

Mucha gente dirá, ¿por qué este viejo de 83 años, que tiene su fama, su pequeña gloria, no se queda a vivir en Alemania o en España, donde tiene su premio Reina Sofía; por qué no en Estados Unidos, donde trabajó por espacio de veinte años? Lo que ocurre es que me gustan mucho estos parajes.

No es que haya conocido pocos lugares. Ya en 1959 viaja a China e incluso conversa de literatura con Mao Tsetung. Me maravilló esa China con menos de diez años de vida comunista. Era una sociedad muy entretenida. Muy parecida a la primera época de la revolución cubana. Después se pusieron aburridos, esquemáticos, muy sovietizados.

Volverá a China, varios años después, como consejero cultural del gobierno de Allende. Y más tarde recala en Cuba. El golpe de Estado lo sorprende en La Habana, a punto de asumir como embajador. Son años duros. Le quitan la nacionalidad y un decreto del 19 de octubre de 1973 lo expulsa de todas las universidades, por ser un peligro para la seguridad interna. Qué peligro iba a ser yo, replica Rojas, cuyo cuerpo no se eleva más allá del metro 67.

Se exilia en Alemania Democrática, donde le asignan una cátedra en la Universidad de Rostock. Su condición de Herr Professor le otorga uno de los mejores sueldos en la sociedad germana, pero la vida se le torna un infierno. Las autoridades se las arreglan para que él no haga una sola clase en ese año y los sectores más duros del exilio chileno lo consideran enemigo del pueblo.

En medio de esa depresión, escribe Domicilio en el Báltico: (...) Envejecer así, pasar aquí veinte años de cemento/ previo al otro, en este nicho/ prefabricado, barrer entonces/ la escalera cada semana, tirar la libertad/ a la basura en esos tarros/ grandes bajo la nieve....

Renacerá, de alguna manera, una vez que logra salir de esa Alemania. Ayudado por su amigo Octavio Paz y, bajo el artilugio de pasaportes adulterados, abandona el país junto a su familia. Vuelve a América Latina, a Venezuela exactamente. Un nuevo libro suyo aparece en librerías, Oscuro. La vida le vuelve a sonreír y por las noches sale a caminar con su hijo, una, dos horas, por el barrio de Folinas de Bellemonte, en Caracas, y le conversa de los griegos, de los romanos, de literatura, de política. Se siente en casa, aunque tardará algunos años antes de afincarse definitivamente en su Chillán de Chile. Los elogios llueven, las cátedras en universidades norteamericanas, los premios, los homenajes, la recompensa tardía que no servirá para tapar la muerte de su compañera de vida, Hilda May, en 1995.

Rojas camina sin grandes dificultades. No parece llevar encima los 83 años que confiesa. Mira una foto de Picasso coqueteando con una muchacha y dice que el tiempo es una cosa pequeña, insignificante, ¡mira a este hombre, si es un chiquillo!. A pesar de eso, él no se hace muchas ilusiones: A esta edad, uno no puede pensar en vivir diez años más. Pueden ser tres meses. Por eso he ido escribiendo desde hace tiempo unos cuadernos, deben ser más de cien, llenos de visiones, miradas, que van a constituir mi testamento. Casi todos los días anotó algo, en prosa. Esos cuadernos se los voy a dejar a mis hijos para que vean qué hacen con ellos.

Y Dios, Rojas. ¿Usted cree en Dios?

Yo creo en mi Dios y le hablo despacito. No hay que hablar fuerte con él. En mí funciona un juego medio místico. Cuando la gente lee mis poesías de amor, dice: ¡cómo va a ser místico, este señor, casi libertino! Bueno, místico concupiscente, si tú quieres. Además, creo que el encantamiento amoroso y hasta el acto sexual es sagrado. Nadie puede andar diciendo que se trata de una profanación, ¡profanación de qué! A mí la culpa no me funciona y no tengo la culpa de que no me funcione. ¿El pecado? Menos.

 

El Mercurio 27 enero 2001


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