I
Como una advertencia, el poema “Lo dijo Lihn” escrito por Sergio Sarmiento y que da comienzo a la antología publicada por Editorial Bogavantes en 2025, nos habla que el lenguaje está viciado, que parece no haber opción entre metáforas mal almacenadas y jovencitos de espíritu altruista inoculados con el virus del amor.
El hablante nos pregunta con un tono irónico, ¿cómo vamos a hacer entonces lo nuestro? A lo que nos responde: tendremos que ser el gusano. Esa imagen no es amable, pero devuelve al autor a una crítica a muchos de los textos que le tocó leer en talleres o revistas cuando comenzó a involucrarse en el mundo literario. Sarmiento comienza a explorar su pluma cuando Pinochet aún mantiene su dictadura y los primeros años de la transición a la democracia.
Para Sarmiento, conceptos como la verdad, la justicia, la esperanza, la libertad y otros sinónimos son palabras abstractas. “Formaban una belleza medio demagógica, medio etérea, que dejaba de lado la experiencia cotidiana y su materialidad, marcada por la instauración, mediante la vía violenta de un régimen basado en el consumo y la cultura de masas”, contesta por escrito desde Batuco, un pueblo que pasa desapercibido en la región Metropolitana.
En su poesía, ese desencanto por el Chile neoliberal que arma ferias del libro en centros comerciales está presente. El escritor ha hecho poemas con estos residuos no reciclables que se dispersan por comunas silenciosas, donde la basura se acumula sin un plan que las recicle o las esconda del ojo crítico, del proyecto estado-nación del que nos han obligado a participar.

En ese plan, la cultura parece ser un mero artículo de entretención, donde la poesía dejó de ser, en palabras de Sarmiento, ese “antiguo orgullo patrio”. Por eso surge a su juicio la figura del gusano. “Ese pequeño ser ecológico, reciclador, que toma el detritus, para usar una expresión lihneana, y lo transforma en una poesía tipo humus”, aferrándose a la materia en “descomposición, deconstrucción y resignificación”.
II
Sarmiento lleva décadas trabajando "a ras de piso, sin presupuesto, sin altavoces, sin universidad ni partido político detrás". Nació en los sesenta, creció en Conchalí, estudió en la USACH mientras la dictadura lo cercaba todo. Su padre, "desmesurado lector y lamentablemente también desmesurado bebedor", le dejó una biblioteca con Kafka, Faulkner, Baudelaire. A los trece años ya estaba en eso, y no paró más.
Es un hijo más del mundo popular, cuando los libros eran un objeto cercano que se compraba a un par de pesos en los quioscos. Con ayuda de sus amigos, editaron revistas como Esperpentia o El Mal Menor, que al igual que sus libros, aparecieron en tirajes “mínimos y autoproducidos” que los hicieron pasar desapercibidos.
Pero como ocurre con la poesía, acá importa la fraternidad y que los amigos escuchen sus poemas. Muchos compañeros de ruta han muerto, se han suicidado o fueron asesinados por los militares en dictadura. Se reunían en bares de Estación Central, en casas de amigos, leían sus textos, se criticaban sin piedad, escuchaban jazz y punk hasta el amanecer.
III
Esta antología es la primera publicación de su autoría cuyas páginas no ha tenido que diagramar, imprimir y encuadernar él mismo, tal como ha hecho con sus demás libros. Esa es la forma cómo se ha parado frente a la poesía y la literatura en Chile, al famoso “Hágalo Ud. mismo”.
No se trata de una estrategia de comunicaciones con logros medibles, pero le permite existir sin ser financiado por autoridades de turnos, una minera gringa o volverse amarillo sin traicionar sus principios.
“En todo caso, nunca he tenido la intención de aparecer en el “Artes y Letras” de El Mercurio”, responde, a tono como ocurre con muchos otros colegas. Si seguimos pensando en el gusano, Sergio Sarmiento no sueña con que le salgan alas. Basta y sobra con existir y escribir.
Ese animal invertebrado ha reunido una obra entretenida, rabiosa, como si fuera una aguja molestándote en un bus lleno de gente que te mantiene despierto. Desde “El fervoroso festín” (1999) hasta “Carne molida” (2024), los desechos de la sociedad de consumo son el ingrediente para armar el espejo de nuestras miserias más profundas.
El caso de “El refrigerador de Bernardita” (2006) es ejemplar: una señora sufre porque su electrodoméstico nuevo congela demasiado, y Sarmiento vio en esa queja ridícula, la metáfora de una sociedad en “un gran océano con gente a la deriva, todos luchando por trepar a un cómodo trozo del naufragio, ojalá con aire acondicionado, Netflix, un colchón King, internet 5G y, por supuesto, un piso flotante de buena calidad, que impida el hundimiento definitivo, el encuentro con las algas y el origen”.
El Chile en el universo de Sarmiento está lleno de rejas, alarmas, patrullajes, cámaras de seguridad, guardias de diversos colores, y operativos policiales a la hora del desayuno. “El único lugar que va quedando medianamente seguro es el dormitorio, aunque los psicólogos de la tele nos advierten que se trata de una fantasía, una ilusión”, difiere.
En ese Chile no solo no queda gente que lea poesía, tampoco personas con sensibilidad o razonamiento artístico. Solo importa el vil y sucio dinero, del que también se jactan de perder o ganar. “Desde ese lugar uno piensa y repiensa lo absurdo de escribir poesía, pero sigue haciéndolo”, afirma.
Aquí no hay espacio para figuras que se sacrifican por un sueño, no hay héroes. Menos en un lugar como Batuco, donde las necesidades del alma pueden pasar desapercibidas si el cambio climático sigue destruyendo los cerros. Si la poesía fuera parte de ese paisaje, sería esos espinos y algarrobos que intentan crecer en medio de las praderas incendiadas, que están ahí porque existen, porque es parte de la naturaleza.
“Lo mismo le ocurre a muchos de quienes escriben. Pezoa Véliz y Lihn lo hicieron prácticamente hasta morir, siguieron en lo suyo sin importarles que el cerro estuviese quemado”, analiza.
IV
Esa es, quizás, la imagen más precisa de su poesía: la del árbol que sigue dando fruto, aunque el cerro esté quemado. Y si la poesía fuera ese cerro, Sarmiento se da cuenta que en lugares como Batuco los eventos culturales pasan desapercibidos, pero llegan los libros, las bibliotecas reúnen a los autores locales.
Aquí, el poema “Poesía chilena” tiene palabras para todos los ilustres como Pezoa Véliz, "nuestro sol bajo tierra", que escribió hasta morir, o como Lihn, que "está bien muerto y nunca le tuvo miedo a la calva". El catálogo y ajuste de cuentas reduce a los colegas a imágenes grotescas o tiernas: Pedro Prado es "una momia con alas de tul", Magallanes Moure "un cisne demasiado cisne", o Huidobro "una falucha hundida en los cerros de Cartagena".
“Lo mismo ocurre con otros ochorrocientos que cantan, aúllan, agamitan, farfullan, en este tierral donde la poesía se ha vuelto un intraducible idioma extranjero”, termina el verso prosaico, sin que eso sea una falta de respeto, aclara. Es tratarlos como "pensamiento vivo, meterlos al ring, invitarlos a un par de rounds y a unas cervezas". No usarlos como busto de plaza de comuna pobre, virgencita de parroquia o héroe de cuico abajista.
V
La antología que ahora publica Bogavantes tiene una estructura extraña: cronológica, pero termina con poemas escritos entre 1987 y 1990, en plena dictadura. Son los textos de *La Candelaria*, un libro que nunca vio la luz porque crecía "como una ameba" y porque su nombre se parecía demasiado a La Tirana de Maquieira. Ahí está la violencia más cruda, sin la ironía de los libros posteriores. "La flor nacional", por ejemplo, donde un militar golpea a una mujer y el copihue se vuelve "del color de la sangre".
¿Por qué cerrar con el origen? La decisión fue de los editores, Luis Riffo, Marcela Vidal y Ricardo Herrera Alarcón, pero Sarmiento aceptó porque, al revisitarlos, le pareció que podían "aportar un matiz a la memoria de esos tiempos". Cincuenta años después del golpe, con la memoria en disputa, esos poemas salen a la luz como quien abre una puerta que había quedado sellada.
Por eso esta antología es un acontecimiento. No solo porque reúne veinticinco años de escritura, sino porque adentra a nuevos lectores a la experiencia de cruzar "un terreno de escombros reorganizados". La experiencia de compartir "la osadía del inútil".
Esa frase, que aparece en su libro *Mutante* (2003), la explica ahora como una ironía: "pone en tela de juicio la enorme importancia que el poder otorga a lo utilitario a costa de lo sensible, transformando a quienes escriben poesía en modelos estándar de perdedores". Y menciona a "Los inútiles", el grupo literario rancagüino, como parte de esa misma estirpe. Y ahora, con esta antología, ese desenrosque se vuelve visible. Para que otros también puedan verlo. Para que lo visible, finalmente, no se vuelva invisible.