En estos poemas reunidos en Portugal Blues [Editorial Bogavantes, 2026], libro del periodista y poeta, Ricardo Olave Montecinos —reconocido con la Beca de Creación Literaria 2025—, la escritura parece situarse en un umbral silencioso: ese punto en que la experiencia comienza a volverse lenguaje o se pierde irremediablemente. No hay aquí voluntad de cierre, sino de deriva: una conciencia que prefiere sostenerse en la intemperie antes que resolverla.
La voz que recorre estas páginas no afirma: tantea, se expone, se equivoca incluso. Así, cada imagen —una ciudad extranjera, una bicicleta en Anjos, una mesa solitaria en Lisboa— aparece atravesada por una subjetividad en tránsito, que no termina de habitar lo que nombra. “El muchacho que tomó una bicicleta en Anjos / En camino a Monsanto / Entenderá que incluso en los objetos maltrechos…”, escribe, como si el mundo —antes que ofrecer respuestas— devolviera señales dispersas, restos de sentido. Escribir, entonces, no fija: constata la fuga.

Hay en estos textos una melancolía sin énfasis, una extranjería persistente: el hablante está siempre levemente desplazado, incluso de sí mismo. Pero en esa distancia se cifra también una ética: no mentirse, no embellecer lo que duele, no convertir la experiencia en consuelo. “Yo escribo ante un sonido punzante / Que va y viene como tu recuerdo”, confiesa, dejando ver que la escritura no es refugio, sino una forma de exposición a aquello que insiste.
Más que un blues —aunque el título lo sugiera con justeza—, el libro funciona como un diario poético: la bitácora de un joven fascinado por la inmersión cultural, por el roce de lenguas, por la posibilidad de devenir otro. Portugal —Lisboa, Coimbra, Esmoriz— se despliega como un territorio de iniciación, pero también como una superficie de proyección donde el sujeto ensaya su propia transformación. A esos espacios se suman otros —Bratislava, Amurrio, Nicosia, Sevilla, Portlaoise— que configuran una geografía afectiva y lingüística: una Babel íntima donde el poeta se reconoce como migrante afortunado.
“Cuál es la palabra que usas para decir te amo / Cómo debo ordenar / El sujeto / El pronombre / El predicado”, se pregunta, revelando que el verdadero viaje no es geográfico, sino lingüístico. Salir de la lengua propia para intuir otras, para habitar otras formas de decir —y, por tanto, de ser—. En esa apertura, el poeta se inscribe, consciente o no, en una tradición que podríamos llamar lar-teillierana, pero desplazada: ya no el regreso al hogar, sino la pérdida de toda red de seguridad para asumirse como ciudadano de un mundo múltiple, inestable, irrepetible.
Hay también una conciencia generacional que asoma en estos poemas: el deseo de comunidad, de revolución íntima, de lenguaje compartido. “Si fuera por nosotros / Encabezamos una revolución / Hacia la lengua moderna / En que solo sonriamos / En busca de abrigo”. Pero esa aspiración no se formula desde la épica, sino desde la fragilidad: la de quienes saben que toda pertenencia es provisoria.
En ese sentido, el libro comprende que sobrevivir —al amor, al viaje, al tiempo— implica siempre una pérdida. “A veces imaginar es mejor que recordar”, dice el poeta, como quien ha entendido que la memoria no restituye, sino que transforma. Lo que queda no es una respuesta, sino una vibración: algo tenue que insiste, como un blues interminable.
El cierre del libro —o de esta experiencia— es también una escena mínima, casi doméstica, donde la despedida se vuelve escritura compartida: “Aún nos quedan horas para decirnos adiós / Cada uno escribirá un verso en esta hoja / Lo leeremos cuando termine la cena”. No hay dramatismo, sino aceptación: la casa debe desocuparse, el vino se ha acabado, quedan apenas “platos apilados / Una receta pegada al refrigerador”. La poesía, entonces, no detiene la partida, pero la acompaña; no evita la pérdida, pero la inscribe.
Leer a Ricardo Olave Montecinos [Temuco, 1997] es entrar en ese territorio donde la poesía no promete redención, pero sí una forma de claridad íntima: intermitente, fragmentaria, necesaria. Una escritura que no retiene el mundo, pero deja constancia de su trayecto.
—En Portugal Blues se percibe una constante sensación de desplazamiento. ¿Es el viaje una experiencia vital o una estrategia poética en tu escritura?
—El viaje es parte de mi familia. Mis padres fueron migrantes en Argentina, mi hermana vive en Australia, por eso también decidí poder mirar por mi cuenta este mundo tan grande y tan mal hecho. Tengo un tío que decía que si uno vive 24 años en un lugar, uno puede vivir perfectamente otros 24 en otro país. Soy un poeta de frontera que viajó a otra frontera como es Portugal y su atlántico paisaje. Fue mi primera casa. Hay una inspiración profunda en la poesía situada que tanto exploró Lihn en libros que me marcaron como “A partir de Manhattan”. Recuerdo que durante mucho tiempo me acompañó en mi billetera una hoja sacada de un librito de LOM donde por un lado estaba "Nunca salí del horroroso Chile" y por el otro ”Voy por las calles de un Madrid secreto”. No obstante, me siento parte de lo que tú dices de la tradición lar-teillierana, y evoco uno de los versos del lautarino que dice “mi casa está en cualquier lugar del mundo”. He llegado a la conclusión tras esa primera experiencia como migrante que los seres humanos en esencia son iguales, compartimos los mismos problemas en diferentes contextos, tan solo cambian las palabras con las cuales decimos nuestras emociones. Los iraquíes, los paraguayos o los alemanes usan diferentes formas para expresar su amor o su rabia. Eso fue lo que intenté transmitir en la construcción de este poemario. Ahora que soy migrante a tiempo completo, sigo defendiendo esa afirmación.
—Tus poemas parecen resistirse a la afirmación categórica. ¿Desconfías de la certeza como materia poética?
—Es imposible no recordar al pesado de Armando Uribe gritando “en materia de poesía no hay conclusiones precisas”. Hace unos días, discutí con el pintor Carlos Zuñiga sobre esas certezas, y me decía que Uribe me ahorcaría si me tuviera al frente intentando encontrarlas. En esa misma entrevista, el poeta habla también del problema de pasar de escribir a publicar. Pienso en eso, ya que son cuatro años desde que se dan forma inicial a estos poemas, que reposan, y que comienzan a sentirse extraños, como si no fuesen de uno. Desconfío de la certeza cada vez que escribo, pero le doy la confianza al poeta de esos 25 años que tuvo el coraje de transformar en versos sus emociones, dio un orden al libro y dejó instrucciones para el futuro.
—Hay una economía del lenguaje muy marcada en tu escritura. ¿Es una decisión estética o una consecuencia natural de tu forma de mirar?
—Mi gran problema de toda la vida es hablar de más. He aprendido con el tiempo a callarme, siempre con tropiezos y arrepentimientos, y fue la poesía la cual me permitió encontrar que el silencio suena diferente. La decisión estética se va formando con la lectura, con la búsqueda, con compartir con otros artistas. A tu pregunta, creo que ha sido una consecuencia de intentar comprimir el mundo que he visto. Siempre pienso que soy poeta porque quería ser cineasta, y ante mi búsqueda de defender la imaginación, he tratado que los poemas puedan hacer viajar a otros. Esa idea de Eisestien es muy clara, y creo que el libro también puede verse o leerse como si fuera una película grabada en súper 8, donde los lectores estan en una sala de cine viendo los recuerdos de un muerto antes de entrar al inframundo, con retazos inconexos más cercanos a un sueño. De todas formas, también debo darle créditos a la dupla Riffo/Herrera en la edición, que me ayudaron a trabajar aún más la síntesis de los poemas.
—¿Qué lugar ocupa la memoria en estos textos: reconstrucción, pérdida o invención? La figura del “afuera” —ciudades, habitaciones, trayectos— aparece con insistencia. ¿Cómo dialoga ese espacio exterior con tu mundo interior?
—Portugal es el primer país donde viví. Antes había mochileado por Latinoamérica como músico, pero nunca me había tenido que internar en una cultura, aprender su lengua. Venía de un período difícil, había sobrevivido al COVID tras ser la primera generación de enfermos sin vacunas. Buscaba renacer, reencontrarme. Tras vivir de cerca la muerte, decidí que había que tomar las riendas de mi vida sin vergüenza o arrepentimiento. Yo sabía que quería ser poeta, pero era algo que tenía que descubrir con mis propias manos. Fue en Coimbra donde me tocó un período onírico, donde todas las cosas que soñaba llegaron a suceder. Era un jardinero entre flores, compartiendo en su mayoría con estudiantes universitarios bajo la beca Erasmus, que les permite irse de intercambio por un semestre. En sus ojos ví las mismas inquietudes antes de asumir las obligaciones de la adultez. Me preocupaba olvidarme de ese descubrimiento, aún sabiendo lo frágil de la memoria, lo fácil que es mezclar anécdotas, perder el contacto con personas que te escucharon.
Portugal Blues, más que buscar ser una verdad absoluta, es un objeto teletransportador ante el paso del tiempo. En tiempos donde la inteligencia artificial puede dibujar por nosotros, tenemos la gran tarea de imaginar, y ahí la memoria de lo vivido puede ser un refugio para días difíciles. Uno no puede vivir del pasado, pero eso no quiere decir que el pasado no nos permita mirarnos, refugiarnos. El manoseado concepto saudade, que resume la nostalgia, es real. Lo vi y lo sentí. Algo pasa en esta mezcla de ciudades, adoquines, azulejos que te hacen llorar, sobre todo el portugués, el cual a veces olvido, pero aún me entrega una libertad emocional que no he sentido hablando otros idiomas.
—En varios poemas hay una tensión entre experiencia y lenguaje. ¿Sientes que escribir es una forma de fijar lo vivido o de evidenciar su imposibilidad?
—Ruiz decía que ante dos opciones, uno tiene que abstenerse. Hay mucho de diario de viaje en este libro, algo que también hizo otro de mis escritores de cabecera, don R.L. Stevenson. Es cierto que es imposible contener lo vivido, que la torpeza de la juventud te hace sentirte indestructible, pero la escritura siempre es una forma de capturar, siempre será imperfecta. Lo importante es que cada cabeza con sus propias construcciones imaginativas en la noosfera puedan explorar. No hace falta viajar para conocer el mundo. José Lezama Lima es reflejo de ello. Hay gente que viaja y aún así no aprende nada. En mi caso, geográficamente pude haberme quedado en La Araucanía y encontrar la misma sabiduría en el mapudungun. Pero la escritura de frontera requiere saltar la muralla y mirar aunque exista riesgo. Y ese riesgo es adictivo.
—¿Qué influencias literarias o filosóficas reconoces en este libro, aunque sea de manera indirecta?
—El recorrido de ese año en Portugal se entrelazó con la lectura de autores fundamentales de la tradición portuguesa. Yo viajé desde Temuco con una copia del libro de desasosiego de Fernando Pessoa, a quien me encontraba en cada sitio que visitaba. Lisboa es una ciudad misteriosa, y sus heterónimos te persiguen. Él me presentó a otros poetas del modernismo o naturalismo como los finados Cesário Verde, Mário de Sá-Carneiro o Florbela Espanca, esta última que vacacionaba en Esmoriz, un pequeño pueblo entre Oporto y Aveiro donde pasé una temporada con mi esposa. En ese período tenía mucho más tiempo para leer y pude impregnarme de sus plumas. Por ejemplo, viví en Coimbra en la calle Bernardim Ribeiro, nombre de un poeta portugués bucólico del siglo XV a quien me atreví a traducir para entender mejor. También me acerqué a José Saramago y su “Viaje a Portugal”, recorriendo desde las islas de Madeira, el Algarve hasta el interior profundo, donde terminé en una residencia literaria traduciendo al poeta popular Antonio Aleixo junto a un magnífico grupo de traductores mucho más experimentados.
A esas influencias literarias se sumaron las atmósferas cinematográficas de Richard Linklater. Hay muchos amores fugaces que vi como ocurre en la trilogía “Before Sunrise”, así como algo de “Los Puentes de Madison” de Clint Eastwood. En ese entonces, recién comenzaba a impregnarme en la obra de Raúl Ruiz, quien sostenía que si Chile era un país triste y melancólico, este lo comparó con Portugal, parafraseando al poeta Pessoa que decía que “los países profundamente alegres son los países melancólicos”.
Agrego también las palabras del filósofo italiano Nuncio Ordine, que defendía el derecho al conocimiento inútil. En estos tiempos donde todo es vendible, lo único que no nos pueden robar es lo que sabemos.
—Como periodista cultural, trabajas con la palabra desde otro registro. ¿Cómo se relacionan —o se contradicen— esas dos escrituras?
—Bien sabes que los artistas chilenos y del mundo viven dobles vidas. Mi profesión (y la confianza de mis jefes) me ha permitido encontrar un sistema donde puedo dedicarme a mis obligaciones y a la creación sin que sean contradictorias. Por mi pega, escribo mucho y todos los días. Cuando descubrí que el sueño de ser periodista cultural remunerado era complejo, eso no me obnubiló a seguir escribiendo ad honorem. Una pasión es una pasión, y también es una tarea que alguien debe asumir en la medida de lo posible. Como periodista cultural siempre me he preocupado del devenir de La Araucanía, viendo la nula prensa cultural en regiones y los pocos espacios para conversar sobre lo que se está creando. Ahora, desde Barcelona, escribo para CaoCultura, un sitio web creado por la poeta gaditana María Ángeles Robles, donde estoy compartiendo entrevistas de poetas con los que leo y comparto. Haití, Iraq, Perú y quién sabe qué otro poeta conoceré. Siempre es un complemento, pero es otro lenguaje. Me cuesta dejar de ser periodista, creo que eso también se impregna en mi poesía, sobre todo en estos poemas juveniles que al fin logran salir a la luz.
—¿Qué significa para ti haber obtenido la Beca de Creación Literaria 2025 en este momento de tu trayectoria?
—Vino como anillo al dedo. Portugal Blues era mi quinto intento burocrático por conseguir un fondo de cultura, y haberlo conseguido en el género de poesía fue un espaldarazo. Los fracasos anteriores dolían, pero era igual que mandar un cuento a las convocatorias de Araucanía en 100 palabras, una insistencia. Aquí podemos volver a Armando Uribe y cuestionarnos sobre cómo calificar una obra de arte bajo estándares de excel, pero es el juego al que nos sometemos. El deseo de todo escritor es no tener que pagar por publicar sus libros. El dinero permitió poder hacer la portada y el arte interior bajo la colaboración de Erica de Mello, arquitecta india con quien viví en Coimbra, y quien era la única que podía ayudarme a terminar el libro. En lo personal, obtener la beca fue lo que faltaba para que Portugal Blues no fuera otro borrador de libro guardado en la nube. Como tantos poetas, ya llevaba varios rechazos editoriales, así que agradezco al juez incógnito que confió en el alma del libro.
—Tu proyecto @diariosderaulruiz trabaja con archivo y memoria. ¿Hay un vínculo entre ese ejercicio y la construcción de tu poesía?
—Si Ruiz fuera un profeta, yo sería un magisterio del internet dedicado a interpretar y difundir la palabra del maestro. Como chileno, soy consciente de nuestra mala memoria, de nuestras contradicciones de la identidad nacional (atrapada actualmente en discursos fascistas) y del poco respeto al artista nacional. No es algo que se gane de por sí, pero Ruiz lleva 15 años muerto y aún nos sigue tirando los pies de la cama para despertarnos y tratar de reencontrarnos con la chilenidad, un concepto también manoseado y del que no nos hemos puesto de acuerdo. La cuenta de Instagram me ha permitido abrir un diálogo con otros chilenos, sobre todo porque de Ruiz se habla más de lo que se mira. Sé que no es tan fácil entrar a su obra, pero sus frases certeras como disparo nos despiertan. Yo llegué a Ruiz porque buscaba tener un referente chileno que no fuera cuico y que se dedicara al arte. Si bien eso habla de mi resentimiento (muy chileno por lo demás), impregnarme de su vida me ha permitido ir dando forma a mi método para crear mi arte. De Ruiz aprendí que nunca existirán las condiciones perfectas para hacer arte. Incluso cuando tuvo presupuestos millonarios dudaba de sus ideas. Finalmente, uno tiene que hacer lo que tiene que hacer dando la cara y pegando combos, sabiendo que nos pueden sacar la chucha, pero al menos habremos peleado. Eso mismo defendía Bolaño, otro de mis fantasmas ilustres, a quien vez que puedo le prendo un cigarro en la placa homenaje que tiene en el Raval.
—¿Crees que existe hoy una “poética del sur” en Chile, o las escrituras emergentes se desplazan hacia territorios más híbridos?
—Cito un meme. “Estoy ni ahí con Chile, yo soy de Temuco”. Hay un poeta local que cree que por venir de este territorio tan complejo uno solo tiene que escribir desde la ira, lo cual descarto en absoluto. Uno escribe de lo que aprende y siente. Aquí cito otro poeta y amigo, Diego Rosas, que dice que “el sur es gótico/ región de videntes”. Quizás me estoy enredando mucho pero si de algo nos podemos jactar es que si existe una poética, somos herederos de una tradición que parte con los pewma mapuche, para pasar luego a La Araucana, a los cisnes de Augusto Winter, al vapuleado e imprescindible Neruda, para llegar a la actualidad a escritores como Claudia Jara Bruzzone, Pablo Ayenao, Ricardo Herrera, Caro Quijón, Mora-Caimanque, entre otros, que siguen dando forma a esa poética desde sus inquietudes. Nuestros poemas, lo queramos o no, huelen a humo de leña húmeda, a mate sin azúcar, a luma de paco en protesta por derechos indígenas. Y en ese contexto podemos escribir de todo, pero con rigor. El desplazamiento es visible, así como los peñi que tuvieron que irse a Quinta Normal y buscar allí el suroeste, escriben desde las redes sociales, universidades y así. Lo cierto es que en regiones es difícil hablar de una poética, cuando lo importante es leer el poema antes de volver a la casa húmeda sin parafina. El respeto por la tradición se ha perdido, somos los mismos pelagatos yendo a las lecturas y no hemos sabido reconectar con la gente, que antes se aprendía de memoria poemas y encontraba belleza en donde hoy buscan entender o una respuesta.
—Si tuvieras que definir Portugal Blues en una sola imagen —no en un concepto—, ¿cuál sería y por qué?
Sabrá usted que el Blues es interminable
Que no habrá quién me explique
Los designios más profundos
Pensando la ruta de pueblos nuevos
Como segunda casa a la deriva
Esos son los versos iniciales en una de las libretas de ese período. Ay, la nostalgia, tan necesaria, tan destructiva. Pero tan reconfortante cuando uno se disocia mirando la ventana en busca de los dominios perdidos.
Fotografía superior de Orietta Gallardo