La editorial Electrodependiente de Cochabamba acaba de publicar la más reciente novela del escritor chileno Rodrigo Ramos Bañados (Antofagasta, 1974). El libro ya está a la venta en las instalaciones de la editora en Cochabamba y en otras librerías de Bolivia.
Primero quiero agradecer a la editorial Electrodependiente por la invitación a presentar este nuevo título de su colección de narrativa. Quiero agradecer a Mauro Gatica y Patricia Requiz, la pareja al mando de este proyecto editorial boliviano-chileno, por sumar esta novela a su catálogo; pero, también, por todo el trabajo literario, editorial y librero que vienen haciendo desde hace unos buenos años. En este orden de cosas, el agradecimiento debería extenderse a Rodrigo Ramos Bañados, el autor de La biblioteca hundida, por haberse jugado a publicarla en Cochabamba.

Segundo, quiero disculparme con los compañeros electrodependientes y con Rodrigo por no haber preparado un texto de presentación más serio. Me disculparán, pero no voy a mentir: estoy con una resaca dolorosamente feliz. A nadie debería sorprenderle porque anoche (26 de marzo) Bolivia ganó su primer partido de repechaje para el Mundial de fútbol de este año. En una remontada sin precedentes, se impuso 2-1 a Surinam en Monterrey, un resultado que nos ha condenado a prolongar la ilusión y la angustia hasta el martes 31, cuando juguemos nuestra particular “final” contra Irak. De hecho, al autor de la novela que presento lo conocí unas horas antes del partido, mientras intentaba domar la ansiedad previa al juego en México. Me lo volví a encontrar unas horas después, cuando la euforia por el triunfo ya se había materializado en litros de cerveza circulando a sus anchas por mi golpeado organismo. Es verdad: acabé celebrando la conquista boliviana entre chilenos, Rodrigo y un par de poetas más (de quienes aún no revelaré sus identidades). Esto, en el mes de marzo en que los bolivianos recordamos nuestro mar cautivo, debería ser motivo para que me acusen de traición a la patria, me exilien y despojen de la nacionalidad.
Cuento esto para disculparme por no compartirles una lectura más comprometida, pero también para reivindicar una hermandad que, aun con una pizca de demagogia, es genuina. Los que saben de libros y de literatura lo podrían contar mejor: las letras bolivianas tienen una incontestable deuda con los circuitos editoriales, literarios e intelectuales chilenos. Voy a citar algunos ejemplos. Gabriel René Moreno, uno de los mayores historiadores, críticos literarios y bibliógrafos bolivianos, hizo su vida profesional y publicó gran parte de su obra escrita en Chile. En Chile también se publicaron originalmente tres de las obras cimeras de lo que se conoce como la narrativa de la Guerra del Chaco. El volumen de cuentos Sangre de mestizos (1936), de Augusto ‘El Chueco’ Céspedes, y las novelas Chaco (1936), de Luis Toro Ramallo, y Aluvión de fuego (1935), de Óscar Cerruto. Mientras las dos primeras fueron impresas por la editorial Nascimento, la tercera se lanzó bajo el sello de editorial Ercilla, ambas chilenas. Parece curioso, pero es verdad: Chile, el país que nos ganó la Guerra del Pacífico, acabó publicando algunos de los libros más influyentes sobre la Guerra del Chaco que perdimos con Paraguay. No sé si hubiera algo de culpa en ese gesto, pero lo que sí hubo (y hay) es un reconocimiento y espaldarazo encomiable del mundo editorial chileno hacia la literatura boliviana.
A este recuento incompleto habría que añadir una constatación: la circulación de escritores entre uno y otro país. Sin necesidad de remitirnos al siglo XIX o inicios del XX, solo hay que recordar que en Chile viven y escriben autores bolivianos contemporáneos como Marcia Mogro, Yuri Soria Galvarro, Janina Camargo o la tempranamente desaparecida Emma Villazón. Mientras que en Bolivia hacen de las suyas chilenos ya bolivianizados, aun contra su voluntad, como Juan Malebrán, Mauro Gatica, Gabriel Entwistle o el también desaparecido Juan Araos, quienes viven o han habitado y publicado aquí, o alguno como Bartolomé Leal que escribe desde Chile y publica en Bolivia.
Dirán que esta relación de nombres y de libros no viene al caso, pero, a mi entender, sí que viene. Porque La biblioteca hundida es una novela que habla, precisamente, de la capacidad de la palabra escrita para crear y movilizar comunidades a su alrededor. Su narrador es un joven padre divorciado que habita en un campamento de Alto Hospicio, en el norte chileno. Junto a su amigo de toda la vida, un narcotraficante que mueve droga entre Chile y Bolivia, monta una biblioteca que sirve como obra social y tapadera de sus negocios non sanctos. El proyecto es un capricho de lo más arbitrario que quiere rendir homenaje a la biblioteca donde la madre del narco, solo identificado como “El Culebra”, aprendió a leer. Ni a él ni a su amigo les interesan demasiado los libros, la lectura o la cultura escrita. Pero se comprometen con la creación de la biblioteca porque de esa manera materializan el reconocimiento hacia su lugar de origen y su pertenencia a una comunidad integrada por trabajadores, migrantes, traficantes, yonquis e indigentes. De buenas a primeras, no tienen mayor interés en los cenáculos literarios e intelectuales. Lo suyo es la sobrevivencia y la joda, aunque, de a poco, se van apropiando de los libros disponibles en los estantes del repositorio, hasta volverlos parte de sus experiencias y negocios cotidianos. Así se entiende que ni El Culebra ni su amigo sean los protagonistas de la historia. Tampoco lo es la joven boliviana que es socia del narco y se ocupa de los negocios sucios en Santa Cruz. Si hay una protagonista excluyente en el relato, no es otra que la llamada “biblioteca chicha”. La mole kitsch, diseñada a la manera de un cholet alteño, es la protagonista de La biblioteca hundida, lo que, a su manera, equivale a decir que la protagonista de la historia es la comunidad que se articula alrededor de la casa de los libros.
La novela de Rodrigo Ramos no intenta ser una vitrina de alarde bibliófilo. Habla de escritores y de libros, sí, pero no en un afán de pedantería o erudición literaria. Lo hace para sugerir cómo los lectores de Alto Hospicio se vinculan con la palabra escrita a partir de sus propias vivencias: el narcotráfico, la música urbana o el desierto. Tampoco es una narconovela que explote los códigos de crimen y sangre propios de este subgénero, más allá de que narre episodios delincuenciales. Por su tono, esencialmente lúdico, La biblioteca hundida es un socarrón relato sobre un proyecto absurdo levantado en un sitio que a casi nadie le importa, un punto perdido en el desierto del norte chileno. Y es, también, una excursión para nada turística a través del circuito que comunica al norte chileno con Bolivia, un país con el que tiende a tener más vínculos que con Santiago de Chile. El libro viaja de Alto Hospicio a Oruro, Cochabamba y Santa Cruz sin mayores trámites ni rodeos. Son viajes de negocios, pero que tienen también algo de familiares. Los afectos se tejen sobre las carreteras, en alojamientos y boliches lejos de sus casas. Esto se cuenta sin atisbos de romantización o de nostalgia, con la franqueza de la palabra cruda y desenfadada de chicos que no tienen mayores aspiraciones que hacer dinero con negocios ilícitos o migrar al exterior.
Este viaje entre el norte chileno y el oeste boliviano es el rasgo que confirma el espíritu fraternal y comunitario de la novela. El desplazamiento a través de las fronteras entre ambos países es el que constituye y comunica a los personajes. Es verdad que alrededor de la biblioteca hay una comunidad incluyente, donde chilenos, bolivianos, venezolanos o colombianos conviven sin mayores prejuicios, unidos por la marginalidad y la pobreza. Pero hay, además, otra comunidad, una más amplia: la que se configura en torno a la droga que se trafica entre Bolivia y Chile, dos países que, en la novela, literalmente, se hacen y son hermanos. Así pues, no resulta tan gratuita la divagación con que comencé este comentario. La publicación de La biblioteca hundida se inscribe en una larga tradición de hermandad literaria entre Chile y Bolivia. Es un testimonio vivo de su vigencia. Eso que en el texto son paquetes de pasta base de cocaína, pueden ser también libros, autores y lectores que se mueven impunemente entre uno y otro lado de la frontera que el actual Gobierno chileno quiere cerrar. Confío en que no lo logrará. Mientras haya autores como Rodrigo y editores como Mauro y Patricia, empeñados en llevar y traer libros, consagrados a traficar con la palabra escrita, no vamos a dejar de leernos y de reconocernos.
¿Cómo no vamos a reconocer a los autores, editores, libreros y lectores chilenos como hermanos, si algunos de ellos incluso se emborracharon conmigo, y con los bolivianos, para festejar nuestro veintiúnico éxito futbolero la noche del 26 de marzo? Y cómo no van a querernos los chilenos a los bolivianos, si hasta, en un gesto supremo de hermandad, “decidimos” perder ante Irak el partido final del repechaje para acompañarlos, y acompañarnos, en un nuevo Mundial que no jugaremos y solo veremos por tele.
Una versión de este texto fue leída en la presentación del libro La biblioteca hundida, de Rodrigo Ramos Bañados, el 27 de marzo en Cochabamba.