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Rodrigo Ramos Bañados | Autores |









El desierto no se explica. El desierto nos lee.
Aproximaciones a la rugosidad de Atacama

(Texto para ser presentado en Primer Encuentro Imaginarios Desérticos)

Por Rodrigo Ramos Bañados


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I. Los fósiles y la infancia

Cuando niños, subíamos al cerro cerca de Antofagasta con un puñado de amigos, a la caza de fósiles. Mirábamos aquellos restos incrustados en la roca y, de inmediato, nos conectaban con los dinosaurios, con una profundidad temporal que los relatos domésticos jamás contemplaban. Después, ya en casa, enfrentábamos a algún familiar con aquella piedra y le dábamos una doble reflexión, un contragolpe de evidencia para cuestionar su dogma. El mundo no venía de Adán y Eva —les decíamos—, sino que había algo mucho más atrás, mucho más lejano. Y el desierto, ese paraje donde en apariencia nada había, nos estaba dando la única respuesta posible: el tiempo se escribía en capas, no en palabras.

El poeta Juan Malebrán, nacido en Alto Hospicio y radicado hoy en Cochabamba, evoca en una entrevista reciente esa misma brújula infantil. Los descampados suelen ser lugares estupendos y este, especialmente en invierno, cuando la camanchaca hacía lo suyo, era un espacio dado para el disfrute. Hace un par de días, desvaríos de la memoria mediante, recordamos nuestras primeras andanzas en San Agustín de Huantajaya. Supongo que alguien habrá mencionado la mina o quizás cómo, pero una tarde llegamos ahí y, ante la falta de linterna, avanzamos boquerón adentro guiados por el tanteo de las piedras. Las cosas iban un poco así. Un alegre grupo de niños decididos a curiosear este o aquel cerro y pasar las tardes en medio del pampal".

Las viejas salitreras yacen como neumáticos desechados al borde de la Panamericana: universos circulares que el sol calcina a diario, hasta que la goma pierde su nombre y se vuelve resto puro —una forma que el desierto va desdibujando sin prisa, como quien borra una palabra para escribir otra encima.

Un viejo de las salitreras recuerda que, durante su infancia, la mejor ceremonia era perderse en los cerros. Allí, dice, nacían las mejores historias. No porque las encontraran, sino porque el paisaje parecía dictarlas: bastaba el silbido del viento sur, las huellas de antiguas caravanas, la disposición oblicua de una piedra o los destellos metálicos del cielo sobre el horizonte para que algo empezara a tejerse. El descubrimiento y la invención se daban la mano en ese umbral; la aridez no era un vacío, sino un lenguaje de señas.

Y así, lo mismo que las salitreras, los neumáticos y los huesos de los animales, el relato queda a la intemperie, expuesto al sol, desgastándose lentamente hasta convertirse, quizá, en el próximo vestigio que el niño, ya adulto, encuentre, y aquel vestigio vuelva a cantar su historia. Porque en el desierto, todo lo que se deshace es también una semilla.

Esa exploración temprana —esa búsqueda de lo digno de sorpresa, de un escondite, de una chispa mineral que brillara en el polvo— es el germen de todo. Un germen que, con los años, deriva hacia otras incursiones menos inocentes: la científica, que diseca y cataloga; la industrial, que perfora y devora la geografía para convertirla en salitre o cobre; la arqueológica, que resignifica los vestigios; la astronómica, que se expande hacia el cielo. Pero todas, en el fondo, participan de la misma ceremonia: adentrarse en la rugosidad del desierto para arrancarle un signo, sin saber que, en ese forcejeo, quizá es el desierto quien nos lee a nosotros.


II. La escritura y la herida

El desierto no se explica. Se camina. Se contempla. Se padece. Quien escribe sobre él intenta ponerle palabras a esa inmensidad que parece vacía, pero que está llena de ruinas, de sal, de huesos y de miradas que vigilan desde la nada; sabe que el desierto es una escritura. Y la escritura, dice Juan José Podestá (Tocopilla, 1979), es la rugosidad del desierto.

El desierto no es solo un escenario, sino un espacio productor, que dinamiza y conflictúa las relaciones entre humanos, animales y medioambiente. La planicie del baldío tensiona las miradas y los vínculos, porque desbarata la ilusión de diferencia. En cambio, restituye la antiquísima idea de que lo que está presente y configurado en lo pequeño lo está también en lo inmenso. El conocido "como es arriba es abajo" —todas esas reflexiones que han sido desplazadas por la necesidad de pensar lo nuevo, lo urgente, la diferencia— vuelve a cobrar peso en la llanura.

En este sentido, el desierto no es tanto una fuerza coercitiva o determinista, sino que, por el contrario, es una potencia natural —y humana— que nos sitúa en las preguntas: ¿puede haber algo en donde en apariencia nada hay? ¿Cómo el relato puede inventar y reinventar el desierto? ¿Cómo se cuenta? ¿Cómo nos interpela? ¿Cómo lo interpelamos nosotros? Me parece que el desierto opera como un espacio de total apertura, y en este ámbito es como la escritura. El arenal abre y no cierra. Eso es lo fabuloso. El desierto es una escritura. "Y viceversa", responde el escritor de Iquique, Juan Podestá, en una entrevista que le hice por su último libro.

Ciudades que aparecen y desaparecen. "Bajo Monte" —del cuento del mismo nombre en el libro Playa Panteón, de Juan Podestá—, un pueblo que se descubrirá en algún momento en alguna parte del desierto. O "Delica", otro pueblo que itinera en medio de las fronteras, de una novela inédita de este autor. Pueblos perdidos, olvidados con toda su gente. Pueblos que desaparecieron por un aluvión, porque no se siguió explotando el mineral, o por efecto de una matanza por parte del Estado, coludido con los empresarios, contra los obreros que reclamaban mejoras laborales.

A mis 18 años, en calidad de conscripto, medito sobre esto último: manejo de cifras. Unos afirman que en la Escuela 'Santa María' de Iquique hubo tres mil fallecidos, después de la carnicería ordenada por el coronel Silva Renard. Otros afirman que los muertos no pasaron de trescientos. Pese a la lectura de diversos textos y volúmenes, con mi padre nunca pudimos cuadrar la cifra de muertos de 'Marusia' y 'La Coruña', donde sucede lo mismo: no se determina con precisión la cantidad de víctimas de la represión militar. Lo mismo con las matanzas de 'San Gregorio' y la 'Plaza Colón'."

Del libro Sangre obrera en San Gregorio (de Jaime Alvarado)

Las cifras no cuadran, y quizá esa sea la única verdad que la aridez no disimula. La escritura del desierto no admite sumas ni promedios, ni los datos del archivo. Lo que la pampa inscribe no es el número exacto de víctimas, sino la persistencia de una pregunta que el viento sur no deja de formular, la misma que el viejo de las salitreras escuchaba en el silbido del desierto. El niño buscaba fósiles para encontrar una rendija hacia el tiempo profundo; el que busca hoy en los archivos de las matanzas no encuentra el dato, sino la herida que se niega a sedimentarse.


III. El cuerpo perdido

El desierto mata por el nombre, pero no borra. Antofagasta, la principal ciudad enclavada en el desierto chileno, ofrece en 2026 una infraestructura de primer nivel y una calidad de vida que, en promedio, equipara a la de las principales ciudades del país, aunque no al alcance de todos. Sus alrededores, sin embargo, son hostiles en el fondo de su ser. No hay agua para beber de manera natural; no llueve; y la radiación solar es una de las más altas del planeta. Por las noches, la temperatura desciende como un cuchillo. Si uno se pierde en el desierto, en los alrededores de Antofagasta, sin los medios adecuados, la esperanza de vida puede ser, con suerte, de tres días.

En tiempos donde no existían instrumentos satelitales, ni comunicación inmediata, ni vestimenta técnica, las muertes por perderse en la pampa eran moneda corriente. El archivo está lleno de esos nombres que el viento se llevó sin dejar rastro.

Francisco Mouat, en su libro El empampado Riquelme, recupera uno de esos casos con una precisión casi forense:

El 1 de febrero de 1956, Julio Riquelme Ramírez se subió a un tren en Chillán rumbo al norte, a Iquique. El viaje era largo: más de dos mil kilómetros, cuatro noches, cuatro días, trasbordo en Santiago, trasbordo en La Calera. El hombre era empleado del Banco del Estado, y ahora iba de padrino al bautizo de uno de sus nietos. El trámite estaba acordado: llegaba a Iquique en el Longino, el domingo 5 al mediodía, y ahí lo estarían esperando.

Cuento corto: Julio Riquelme Ramírez jamás llegó a la estación Iquique. Cuando ese domingo se bajaron todos los pasajeros del ferrocarril ordinario, en el vagón de tercera en el que venía Riquelme solo apareció su maleta de mimbre con restos de coca. Además, el relato confuso de testigos que decían haberle perdido el rastro por ahí, por la estación Los Vientos, cien kilómetros al sur de Antofagasta, en pleno desierto de Atacama.

¿Qué le pasó a Riquelme?

Riquelme apareció 43 años después, en el desierto, en enero de 1999, con todos sus huesos, cubierto de ropa y tendido al sol.

Como Riquelme, fueron muchos los empampados y las empampadas a quienes el tren dejó atrás. Muchos se bajaron a orinar, confundieron el silencio con la quietud del andén y no pudieron alcanzarlo. El desierto, mientras tanto, no ofrece explicaciones; solo devuelve los cuerpos cuando ha terminado de leerlos.


IV. El mesianismo

Los paisajes de la Biblia son, en su mayoría, desierto. Profetas, mesías y otros personajes abren mares, milagrean y discursean por los parajes secos de Palestina. ¿Por qué el desierto como escenario de lo sagrado? Quizá porque el arenal —como dice Podestá— abre y no cierra. En su inmensidad, todo puede ocurrir; en su vacío, cualquier signo se vuelve milagro. El desierto es el teatro visible de lo invisible.

Se trataba de una tríada conformada por los vértices del Cerro de la Cruz, una gran animita ubicada en la entrada de Chuquicamata y el corvo con los números 73 y 78, a sus costados, en la salida sur de Calama, cerca del aeropuerto. Se suponía que esta figura triangular fue creada por un grupo que hacía rituales subterráneos, a modo de ofrendas a una secta. Sus miembros formaban círculos humanos en el desierto para invocar espíritus de otras épocas".

La cita pertenece a la novela Testigos del cerro de la Cruz, de Bryan Saavedra, y traza sobre la geografía norteña un mapa de fuerzas ocultas. No es un relato aislado: el desierto, en su silencio abrumador, ha funcionado siempre como un espacio de búsqueda trascendental. No es casualidad que las monumentales tradiciones religiosas ubiquen en el desierto momentos clave de revelación: Moisés en el Sinaí, Jesús en el desierto de Judea, Mahoma en la cueva de Hira. En el norte de Chile, este arquetipo se reproduce con características propias, moldeado por la geografía extrema y la historia de violencia y abandono.

San Pedro de Atacama se ha consolidado, en las últimas décadas, como el epicentro del turismo espiritual en Chile. Sus paisajes de ensueño —salares, volcanes, lagunas altiplánicas y cielos considerados entre los más limpios del mundo— atraen no solo a turistas convencionales, sino también a buscadores espirituales de todo el planeta. El oasis atacameño ofrece retiros de meditación, yoga y conexión espiritual, donde gurús y facilitadores de diversas tradiciones —desde el yoga hasta el chamanismo— guían a los participantes en experiencias de transformación personal. La oferta es vasta: desde retiros de silencio de cuatro días hasta centros como la Eco Yoga Aldea Govardhan, en el Ayllu de Coyo.

Sin embargo, este polo de espiritualidad también tiene un "lado oscuro". Como documentan diversos reportajes, la soledad, los traumas y los vacíos personales crean "seres dependientes" de figuras de autoridad espiritual. La línea entre la búsqueda genuina y la manipulación sectaria es, en ocasiones, muy delgada. Denuncias como las de "El Arte de Vivir", la ONG del gurú Sri Sri Ravi Shankar, donde mujeres latinoamericanas reportaron abusos, evidencian que el desierto no está exento de los peligros que acechan a cualquier movimiento espiritual. San Pedro representa, entonces, la versión glamorosa y mercantilizada del mesianismo desértico: un espacio donde el "guía espiritual" se vende como experiencia turística, pero donde también pueden anidar dinámicas de poder y abuso.

En el extremo opuesto del espectro —muy lejos del yoga y los retiros de lujo— se encuentra el caso de Juan Limón, quizás el ejemplo más perturbador de líder espiritual surgido del desierto nortino. Su historia, que conmocionó a Chile en 2013, presenta paralelismos inquietantes con la novela de Saavedra y con los rituales que menciona: círculos en el desierto, invocaciones, geometrías secretas.

Juan Francisco Díaz Cuba, de 32 años, era conocido en Antofagasta como "Juan Limón" —apodo que surgía porque, según decían, era "tan feo como chupar un limón". Vestido con capa negra, lentes oscuros y un pañuelo que jamás se quitaba, este personaje se instaló en el Portal Galicia, un centro comercial del centro de Antofagasta. Llegaba cerca de las cinco de la tarde, cuando los estudiantes salían de los liceos, y se quedaba conversando con ellos hasta la medianoche. Con el tiempo, Juan Limón se convirtió en un confidente y "apoyo"  para jóvenes que sufrían bullying, problemas familiares o depresión. Según una exintegrante, Amelia, "como son todas personas con depresión, en vez de tirarse para arriba, con el ambiente terminan echándose más para abajo".

Pero la influencia de Juan Limón fue mucho más allá del apoyo emocional. Obsesionado con la saga Crepúsculo, decía ser inmortal, tener genes vampíricos y haber sellado un pacto con el diablo. Llevaba a sus seguidoras —especialmente niñas de entre 12 y 14 años— al cementerio, donde realizaban rituales en mausoleos subterráneos y jugaban a la ouija. El desenlace fue trágico: dos niñas se suicidaron en septiembre y octubre de 2013. Una de ellas tenía dibujada en su rostro la pirámide con el ojo que todo lo ve; la otra tenía el mismo símbolo en la pared de su habitación. Un tercer joven sobrevivió porque se le cortó la cuerda.

Según el testimonio del sobreviviente, Juan Limón les decía: "Si no nos suicidábamos, él iba a hacer justicia con su mano, nos iba a matar". Era el líder, decía que era nuestro profesor". Al menos 75 menores de siete establecimientos educacionales participaron del grupo. La investigación de la PDI finalmente descartó la existencia formal de una secta, y Juan Limón negó su participación en los hechos. Pero el caso dejó una herida profunda en Antofagasta. El desierto, decíamos, es el teatro visible de lo invisible: ahí donde Podestá ve escritura y Saavedra ve geometría oculta, Juan Limón trazó su propio signo —la pirámide con el ojo que todo lo ve— sobre el cuerpo de dos adolescentes. Si el niño que busca fósiles arranca un signo a la roca, aquí el signo se le impuso a la carne. El desierto, una vez más, terminó leyéndonos.


V. El sonido y la memoria

A esa hora de la tarde los cerros adoptaban las tonalidades de un damasco. Luego, al anochecer, la tierra se volvía color berenjena. Las casuchas de los inmigrantes habían trepado hasta bien arriba del cerro. Después se expandieron como chicles generando una línea de casas que podía verse desde cualquier parte de esa ciudad sin bosque… Al abrir la puerta de la casa no era la selva del Cauca, sino era el desierto que te abofeteaba.

De Ciudad Berraca 

"Mi madre es de Yungay", dice el poeta Juan Malebrán. "Hubo ríos, ñachi y matorrales desde pequeños". Por lo tanto, el verdor del valle cochabambino —donde vive ahora— nunca le ha sido ajeno. "Lo que sí resultó completamente distinto fue el trópico —la selva del Chapare—. Todo es potencia y ritmo, voracidad y hartazgo", escribió el poeta cruceño Raúl Otero Reiche. Y gran parte de eso se traduce en ruido. Mucho ruido. La selva suena, y cada emisor sonoro, por diminuto que sea, seguro tiene un nombre. Cada flor, arbusto o enredadera, también. Y así no se puede: mientras intentas averiguar cómo se llama la araña que acabas de ver justo donde ibas a sentarte, otra pandilla de bichos impronunciables te llenó de ronchas y, ojalá, no de huevos. Es fascinante, sin duda, especialmente en relación con la idea de la naturaleza como protectora. No es que en el desierto tengas un valor especial, pero en medio de la selva uno termina de asimilar que no le importas ni en lo más mínimo".

El desierto, en cambio, no te abofetea con ruido; te abofetea con ausencia. No hay nombre para cada piedra, ni cada grano de arena reclama tu atención. La pampa no te devora como la selva —con su voracidad de bichos y enredaderas—, sino que te disuelve lentamente, como la sal en la lengua. La selva te ignora en medio del exceso; el desierto te observa en medio del vacío.

En una conversación, el poeta Juan Carreño —que toma su bicicleta y visita de vez en cuando a sus amigos del norte— señalaba que las torres de alta tensión son los árboles del norte, y el sonido que emiten, sus insectos. Es una imagen que condensa todo: el desierto no carece de vida, sino que la ha traducido a otro idioma. El zumbido metálico de la corriente reemplaza al canto de los grillos; los postes de hormigón y acero se alzan donde otros vieron bosques. La rugosidad del desierto, esa escritura de la que habla Podestá, también tiene su fonética: el silbido del viento, el crujido de la sal bajo los pies, el rumor lejano de los transformadores. No es silencio; es otro tipo de ruido, uno que no se nombra porque aún no hemos aprendido su gramática.

A propósito de viento, unos versos de Mario Bahamonde: “El viento viene cantando su gran romance viajero. Dile que siga viajando hasta que encuentre el sendero”.

La poeta Zuleta Vásquez, escribe

Un insecto escondido en la tierra,
de riguroso pensar de hombre,
de rabia hecha palabra
y negras se harán a las rejas con tierra.

No hay camino,
se ha borrado,
y me sigue palpitando la vida
a la que haré un lazo,
que denso revolotea
a su muerte.

El desierto de noche es silencioso, pero a veces las oquedades permiten el eco. O mientras más el desierto se acerca al mar, más sonido sube. Como si la inmensidad, al rozar el agua, recordara que también hubo un tiempo en que fue fondo marino, y que la sal que ahora cruje bajo los pies es el fantasma de un océano que se fue. El sonido, entonces, no es intrusión, sino memoria. El mar que ya no está sigue sonando en la arena, y el que camina sobre ella —si presta atención— escucha, en cada paso, el rumor de lo que desapareció. Cuando encuentro un fósil de un antiguo caracol en medio del desierto solo me trae el sonido del agua.


VI. La palabra y el cuerpo

Atacama es el nombre que los españoles le dieron al territorio habitado por comunidades indígenas a su llegada, en el siglo XVI. La interrogante persiste: ¿cómo o por qué razón los ibéricos le dieron ese nombre, que usamos hoy, y que suena bien al oído por esas cuatro A y esas cuatro consonantes?

Podemos introducir Atacama en la centrífuga del mercado, como una marca de ropa de deporte y aventura, al igual que Patagonia. Y claro, ya tenemos Atacama Resort, Atacama Trekking, Atacama Lodge o Atacama Mining Service SAP —un asco—, y Atacama hasta con k, estilo bar, para hacerla más chora dentro del híbrido turismo nocturno de San Pedro. La palabra se vende, se estira, se deforma. Suena bien, y por eso rinde.

¿Qué pensaron estos españoles, que no eran mucho de pensar, al ver este manto de desierto cruzado por minúsculos valles? La interrogante, quizá, se la respondieron los habitantes ancestrales de esos lugares, quienes no necesitaban escribir para dejar huella o marcas. Pero los conquistadores escribieron, y al hacerlo hurtaron la voz indígena —porque los tipos no eran muy creativos: de hecho, bautizaban todo con nombres de santos y santas— para definir ese territorio como desolado, en el mejor de los casos.

He encontrado que Atacama, etimológicamente, podría venir del quechua: tacama (pato negro, en referencia al yequ de la zona; vale agregar que también hay un pisco peruano con ese nombre) o pat'acama (reunión de gente). Y del kunza: tecama (tengo frío), por el frío nocturno del desierto, deduje; o acca tch-cámar sájnema (yo voy al pueblo). Por territorio, quizás el kunza da en el clavo. Atacama bajo cero —o bajo efecto, que suena a nombre de fiesta electrónica psicodélica— es una realidad. Digamos: mientras más se sube el cerro, en este caso los españoles, más se recagaban de frío. Son varias las metáforas que relacionan el frío con la soledad. Bajo estas raíces etimológicas, los invasores escribieron por primera vez la palabra, y con ella bautizaron un desierto que no terminaban de entender.

Esta búsqueda del origen de la palabra Atacama cobra sentido después de leer el libro Poema de Atacama, de Daniel Jesús Ramírez y Eliana Hertstein, que reflexiona con un ensayo y poesía en torno al sentido y las posibilidades de la existencia en el desierto de Atacama. Poema de Atacama es, en el fondo, una instalación poética, lúcida, que como tal invita a la reflexión.

Aquí nacimos y aquí nos morimos, en medio de un horizonte gélido y el otro afiebrado. Atacama, después de todo, se ha hecho artificialmente habitable. Los de aquí (como uno) nacieron y se acostumbraron a habitar su costa desértica; es hallable en las caletas y campamentos mineros —desde las salitreras hasta los actuales—, con sus autarquías. Genera una cultura única, resiliente al clima y a los vaivenes de la historia. Sin embargo, está donde a los habitantes costeros se les conoce como changos.

Esa vida costera, sin embargo, no es solo memoria reciente. La arqueología lo confirma con hallazgos que desdibujan la línea entre el mito y el registro. En Ojanaza —una localidad al sur de Pisagua, ya mencionada por exploradores, geógrafos y mineralogistas en la década de 1890—, el Estado chileno, tras la Guerra del Pacífico, buscaba controlar y cartografiar los nuevos territorios. "Hablan ya en 1890 de un lugar donde hay pueblos antiguos con tumbas, con maravillas y tesoros", comenta Pablo Méndez-Quiros, doctor en Arqueología Prehistórica.

Allí, el registro corresponde a ocupaciones mucho más recientes, aproximadamente entre el año 1000 y 1500 d. C., justo antes del contacto con los españoles. "Estamos hablando de borrón y cuenta nueva, nada que ver con Chinchorro", aclara. Un poblado espectacular, con muchas áreas, una verdadera aldea costera con arquitectura, conjuntos de viviendas y vastas acumulaciones de ocupación. El sitio, que probablemente se sustentaba en un afloramiento de agua hoy desaparecido —"hay un lugar que tenemos detectado donde probablemente haya sido una fuente de agua que haya permitido sostener a toda esta cantidad de gente"—, presenta una conservación excepcional.

Ojanaza se vincula con los desarrollos culturales de Arica para esa época, incluyendo textiles, corales y cerámicas pintadas, y dialoga con la tradición de los kamanchacas o kamanchangos, grupos costeros locales que conectaban con el interior y con el norte. Hay todo un entramado de estos grupos locales, con conexiones que se extienden hacia Arica y Antofagasta. Hay que pensar que la costa es un lugar superconectado. "Nos cuesta mucho imaginar la navegación en el pasado, pero evidentemente que había navegación", reflexiona. La costa no era un límite, sino una vía.

Los otros echaron raíces en el interior. Lo común entre los de la costa y los de adentro es siempre la escasa agua y el mantenerse dentro de una comunidad solidaria que pueda sostener la vida. Fuera de los márgenes nos "empampamos" —nos convertimos en momia—, o sea, nos traga el desierto.

La solidaridad y la organización en un primer paso —no me metería con el concepto de fraternidad, porque el interés económico, egoísta, es la principal razón del poblamiento de estos parajes— generan la semilla de la supervivencia. Hoy esto es visible en el florecimiento de nuevas caletas costeras. Esa misma comunidad desértica, sin embargo, está también llena de luchas internas, económicas y sociales, cuyo común denominador ha sido la muerte violenta.

La única razón de que Atacama sea habitable es la económica.

El desierto de Atacama, bajo la bandera chilena, ha sido dividido, marcado y cuantificado por sus riquezas. Números para sumar millones de dólares por la extracción, y números de fallecidos por las reivindicaciones sociales —matanzas varias y campos de concentración— y por la exposición a los procesos industriales, con el consiguiente efecto contra el medioambiente. Los números han sido y son la comprensión del desierto de Atacama para el Estado chileno. O sea, el desierto es aritmética. Cálculos que se siguen sacando en Santiago o en la sede de una multinacional en Australia. Cada hectárea del desierto de Atacama tiene un precio. Vale.

No hay que dejar que el ventarrón de arena tape las huellas de la memoria de Atacama.

Atacama es un cuerpo dolorido. Un cuerpo que puede ser el de una lagartija sobre una piedra, o el de un ser humano migrante buscando el cobijo del sol y del frío; persiguiendo agua entre las piedras y la camanchaca, o buscando a otros u otras para poder sobrevivir y quedarse. El cuerpo del obrero olvidado del salitre, o de las adolescentes asesinadas en Hospicio. Cuerpos olvidados, sembrados en un cuerpo dolorido. Y a la vez, la tierra dolorida por una maquinaria parásita que se instala, extrae y se marcha, dejando la cicatriz del relave.

Antes de la invasión europea, el kunza era la lengua utilizada en el territorio Lican-Antai para la comunicación, la denominación de la geografía local, las estrellas y los distintos paisajes ecológicos. Los españoles tradujeron el idioma y lo llevaron a la escritura. La escritura creó realidad y globalizó el territorio. Los números llegaron con la Revolución Industrial y el capitalismo, y se mantienen hasta hoy midiendo cada centímetro de este cuerpo dolorido bautizado con la musical palabra: Atacama.


VII. Las mujeres y la palabra

Hay que remontarse a finales de 1800 para desmadejar esta historia. Antofagasta era un caserío. En este contexto surgieron tres mujeres hoy ignoradas "por la torpeza del machismo, situación que no comparto; por las pequeñas envidias y por ignorancia", afirmaba el desaparecido Sergio Gaytán Marambio, ensayista e investigador.

Gaytán presentó en 2022, el libro “Tres mujeres esenciales de nuestro norte", donde se refirió a Eloísa Zurita Arriagada viuda de Vergara, a Zoila Esmeralda Marina Zenteno Urízar —quien literariamente usó el seudónimo de "Vera Zouroff"— y a la poeta Dinka Ilic.

La primera, Eloísa Zurita, fue destacada cronista de diarios como el ABC, La Vanguardia o El Mercurio de Antofagasta, además de benefactora y considerada como una suerte de socióloga. "Nació en Cobija. Si bien hay dudas sobre su fecha de nacimiento. Ella está considerada como la primera feminista del Norte de Chile. La suya es una vida muy interesante, pues es transversal a hechos y visitas en Antofagasta". En 1906 atravesó la masacre del martes 6 de febrero —conocida como la de la Plaza Colón—, defendiendo el punto de vista de los obreros. "Por esas cosas del destino, tres días después su marido, Adolfo Vergara Quinteros, fue asesinado. Es ahí donde planteo la tesis de que fue víctima de muerte selectiva, pues la ciudad mantenía toque de queda", decía Gaytan.

Paralelamente, Eloísa Zurita organizó desfiles para los Veteranos del 79 (Guerra del Pacífico), fundó la primera sociedad de socorros mutuos y logró construir en el Cementerio un mausoleo para que sus socias fueran dignamente enterradas. En 1909 ya formaba parte de la Logia Teosófica "Destellos"—Gabriela Mistral habla de esta logia, pero con el nombre "Destelles"—. "Con estos antecedentes se construye una imagen enorme; sin embargo, los hechos trágicos la persiguieron. A la muerte de su marido se le sumó el fallecimiento de su hija Lindaura, violinista, a los 17 años".

Para Gaytán, la literatura nortina nacía con Zoila Esmeralda Marina Zenteno Urízar —hija del primer gobernador de Antofagasta, Nicanor Zenteno—, quien publicó su primer libro en 1916 bajo el seudónimo de "Vera Zouroff". "La literatura en Antofagasta nace con voz de mujer y con rasgos feministas. Sabella y Bahamonde, los patriarcas, son contemporáneos a ella". El tema en la literatura de "Vera Zouroff" es esencialmente la mujer en el desierto.

Dinka Ilic, en tanto, nació en Antofagasta en 1889. Desarrolló su primera etapa en Chuquicamata, donde publicó un libro, y luego se introdujo en la novela y la dramaturgia. "Indistintamente en su obra muestra paisajes nortinos y de la costa; por ejemplo, tiene un canto al amor". "Dinka Ilic incluso ganó un premio cuando la municipalidad hacía concursos de literatura. Eran otros tiempos. Ella ganó con una obra de teatro titulada 'Campamento', que es de corte social. Dinka Ilic logró una temática más social que Vera Zouroff, aunque ambas fueron feministas", concluyó Gaytán.

"Darle sentido al desierto" a través de la palabra ha sido una expresión usada para ensalzar el trabajo de poetas y escritores del norte —y de otros lugares—, pero el desierto, por sí solo, no es un baldío que necesite ser rimado. Más bien, necesita ser escuchado y esa habilidad, de escucharlo, se consigue en la niñez, con los juegos infantiles.

Gabriela Mistral escribe este poema sobre el Desierto, desde la mirada de quien llega.

Ahora ya vamos a entrar
Al país del desconsuelo,
A la costra que pardea,
Al pobre abuelo desierto.
El dios de los pastos verdes
Que hizo los huertos tacneños,
Nos dio por su voluntad
La pelambra del desierto,
Y esta calavera monda
Y este crepitar de fuego.
Fuerte también mi heredad
Y yo no me los reniego.
Desiertos viví y morí;
Me los tuve y me los tengo
Y de ser fiel, todavía
Tu salada arena muerdo.
Sosiega de una vez, cierra
Los ojos, llama tu sueño.
Yo te iré canturreando
Canción que dice el Desierto.
Tú duerme hasta que él se queda
Solo con todos sus muertos.

Mistral ve el desierto como "país del desconsuelo", como "costra" y "calavera monda". Pero las mujeres de Antofagasta —Eloísa, Zoila, Dinka— escribieron desde otro lugar. No para darle sentido a un vacío, sino para inscribir en él la memoria de los vivos y los muertos, para tejer redes de socorro, para alzar la voz en medio de la masacre, para nombrar lo que el silencio oficial quería borrar. Ellas no rimaron el desierto; lo habitaron con palabras que aún esperan ser escuchadas.

Porque el desierto no necesita que le pongamos sentido. Necesita que no olvidemos a quienes lo escribieron antes que nosotros.

 

 





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