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Distopía Chicha, una breve lectura
de "La Biblioteca Hundida" de Rodrigo Ramos Bañados

(Editorial Electrodependiente, 2026)

Por José Pérez Montaño

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Marsias, sátiro, poeta, músico…, hereje. Las ninfas, presuras, se reúnen en lo profundo del bosque. La pelea promete ser legendaria. En la esquina derecha, con su toga dorada, se encuentra Apolo, dios de la luz, la profecía, la verdad, la música, la poesía[1]; en la esquina izquierda, con una especie de taparrabos marrón, Marsias, el mortal. Ambos avanzan al centro. Las reglas son simples: Apolo enfrentará su lira contra la flauta de Marsias, sin poderes, solo habilidad musical; el ganador podrá hacer lo que desee con el vencido. Apolo, adelantándose cientos de años a Hendrix, toca su lira en posición invertida. Marsias, sin poder imitar a Apolo, es vencido[2]. Así, Marsias se convierte en el primer poeta en desafiar a los dioses, a la autoridad, al poder, y también es el primer poeta en ser silenciado —más específicamente, en ser torturado y desollado como castigo correctivo—.  

 



En el principio era la palabra, recuerdan y repiten —o, quizá, repiten para pensar que recuerdan— todos los domingos en las iglesias alrededor del mundo. Es una palabra, un logos, que es acto y esencia, que se crea a sí misma y que de paso en siete días crea todo lo demás —pensemos en el Iluvatar tolkiano como un equivalente de la literatura de fantasía—. Frente a este logos divino se encuentra el animal parlante, el heredero de Marsias, el hereje.

Si de una palabra creadora hablamos tenemos que hablar de Homero. Montaigne, al recordar a Homero, se sorprende de que un poeta capaz de dar vida a tantos héroes y dioses no sea considerado el mismo un dios[3] —no es difícil imaginar que alguien diga lo mismo de Tolkien o de Stan Lee—. El animal parlante, el hombre que también crea con las palabras se convierte en el rival de los dioses, y el acto del poeta, de los literatos y escritores, se convierte también en el acto más sacrílego.

Ray Bradbry, uno de esos magos de la palabra, uno de esos pecadores, de esos herejes, cuando le preguntaban cómo es que escribía el respondía: partiendo de un Qué pasaría si[4] —alguien más sarcástico o menos empático habría respondido que con lápiz y papel—. Sabiendo esto, no es muy difícil imaginar que para crear una de las distopías más emblemáticas de la ciencia ficción, Bradbury, se preguntaría algo como: ¿Qué pasaría si la desconfianza, el recelo, el temor que se le tiene a la palabra escrita se lleva al extremo?, ¿qué pasaría si los bomberos de ese mundo en lugar de apagar incendios los provocan?, ¿qué pasaría si los libros fueran vistos como algo peor que una droga, que una escopeta cargada, si fueran prohibidos y quemados? El resultado, por supuesto, sería “Fahrenheit 451”, un futuro en donde ya no se lee y el pensar diferente se paga con el fuego.

De la misma forma, no resulta tan descabellado pensar en un Rodrigo Ramos Bañados sentado frente a su computadora preguntándose: ¿Qué pasaría si hubiera una biblioteca en un campamento?, ¿qué pasaría si ese campamento estuviera en la frontera entre Chile y Bolivia?, ¿y si ese campamento, ese barrio, estuviera dominado por los narcos?, ¿y si uno de esos narcos creara y financiara la biblioteca? Resultando en tres palabras, una primera línea: “La Biblioteca Hundida”.

En “La Biblioteca Hundida” Ramos nos transporta al barrio de un campamento en la frontera de Chile, conformado por personas expulsadas, exiliadas, de la ciudad —en nombre del progreso, como siempre—, y como no podía ser de otra forma, controlado por narcotraficantes. En esta frontera de la frontera la idea de la palabra como algo transgresor parece haber dado una vuelta demás. Las letras parecen haber aceptado su condición de ilícitas y se han aliado con el narco. El resultado es una biblioteca fundada y financiada por el Culebra, líder narco, una biblioteca con ventanas raibanizadas y edificada al más puro estilo de los cholets alteños, una biblioteca cuyo interior ha sido diseñado por un experto en habitaciones temáticas para moteles: La Biblioteca Chicha.

Los efectos de La Biblioteca Chicha en el barrio no se hacen esperar demasiado. Las personas se prestan/roban libros de la biblioteca, a veces los leen, luego los venden a los comerciantes de la feria de pulgas que a su vez los revenden a los académicos y adinerados de la ciudad. Con el apoyo del dinero no tan limpio del Culebra los libros son repuestos sin problemas y con rapidez. Hay tanta abundancia de libros que se crea un cementerio de libros en las afueras del barrio, es más los dealers de pasta base empiezan a aceptar libros a cambio de producto. Sin embargo, no es la relación con lo ilegal o el tráfico de libros lo que más acerca a “Fahrenheit 451” con “La Biblioteca Hundida”. En realidad, es en el efecto que tiene la biblioteca de Rodrigo Ramos en la opinión pública, en como piensan los políticos, los moralistas y esas (supuestas) gentes de bien lo que entrecruza ambas obras.

¿Una biblioteca en un barrio lleno de narcos y drogos? No, dicen los moralistas y las gentuchas de bien. Una biblioteca debe de estar donde se aprecien los libros, dicen, cerca de una universidad, dicen. Todo mientras afirman, con máscaras de preocupación y compasión, que los pobres y delincuentes están mejor con iglesias, centros de rehabilitación y escuelitas técnicas. Pero de pobres el barrio de “La Biblioteca Hundida” solo tiene calles sin pavimentar, con agujeros por todos lados, sin luces, casas con techos en mal estado y un problema de viejos socavones que hunden los diferentes edificios del campamento; porque dinero, comida, aparatos electrónicos la pasta base los trae con abundancia. La gente del barrio es pobre porque los políticos y la gente de bien dice que deben ser pobres, y los mantiene lejos e ignorados, y por eso, justamente por eso, se deben evitar a los delincuentes que leen alta literatura, a los pobres y drogadictos ilustrados.

Es en ese punto, en la segregación selectiva y en el control mediante la ignorancia y el olvido en que Ray Bradbury y Rodrigo Ramos se encuentran. En el mundo distópico de “Fahrenheit 451” no fue por iniciativa del gobierno que empezó la prohibición de los libros, los políticos simplemente vieron que era provechoso el odio y el recelo que estaba surgiendo hacia la palabra[5]. Somos todos iguales gritaron, olvidándose que solo hemos sido hechos iguales. Los frágiles egos de los grupos y subgrupos de personas exigían al mismo tiempo que no se los ofendiera[6]. ¿A los gringos les irrita “La cabaña del tío Tom”?, quémenla. ¿La gente de color se enfada con “Los tres negritos” de Agatha Christie?, también quémenla[7]. Debemos ser como espejos, todos con la misma imagen, todos igual de vacíos, la felicidad está en no poder compararnos, en que no se nos pueda señalar de ninguna forma.

Tanto en “Fahrenheit 451” como en “La Biblioteca Hundida”, los libros, las palabras, los mundos que contienen son armas letales, tan letales como lo podría ser la droga; porque tienen la capacidad de que cuestionemos, de que soñemos, de cambiarnos.

 

 

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Notas


[1] Constantino Falcón Martínez et al., Diccionario de Mitología Clásica (Madrid: Alianza, 2013), 97.

[2] Constantino Falcón Martínez et al., Diccionario de Mitología Clásica (Madrid: Alianza, 2013), 419-420.

[3] George Steiner and Miguel Ultorio, Lenguaje y Silencio: Ensayos Sobre La Literatura, El Lenguaje y Lo Inhumano (Barcelona: Gedisa, 2006), 54-55.

[4] Ray Bradbury, “Introducción. Bailando, Para No Estar Muerto,”, en El Hombre Ilustrado (Buenos Aires: Minotauaro, 2018), 11.

[5] Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (Chile: Debolsillo, 2011), 99.

[6] Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (Chile: Debolsillo, 2011), 68-69.

[7] Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (Chile: Debolsillo, 2011), 69.



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Jose Carlos Pérez Montaño Bayá (Bolivia, 1992) es licenciado en Filosofía y Letras, amante de la literatura, el anime y los videojuegos. Sus textos han aparecido en revistas como Ecos Literarios, explorando con humor y agudeza los absurdos de la vida cotidiana.


 

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