Luis Alberto Tamayo (1960) es profesor de Educación Básica y escritor de larga trayectoria, con más de treinta años dedicado a la literatura y a su labor docente, reflejado en su atípico trabajo de cuentacuentos. Ha publicado alrededor de quince libros y recopilaciones de relatos y libros ilustrados infantiles. Pero, asimismo, ha incursionado en el cuento para adultos, obteniendo varios galardones literarios en diversos concursos nacionales.
El libro que ahora comentamos, Nos cuesta la vida, está integrado por diez cuentos de variada extensión. Se advierte en este conjunto de relatos un esmerado trabajo estilístico, una acuciosa elaboración de lenguaje que, en obras anteriores, se manifestaba más espaciadamente. Esta variedad temática, esta diversidad de historias, le otorga a este trabajo antológico mayor consistencia y valor literario. El nivel de los textos es muy homogéneo. Es posible que en un par de relatos el desenlace y la progresión narrativa se debilite en el cierre. Pero la mayoría de los textos se sustentan en anécdotas bien estructuradas, aportando claves sutiles que confluyen en una historia bien contada y clarificadora.
Un crítico aseguraba que si un lector da vuelta la última página de un cuento pensando que continúa y no hay más historia, el cuento ha fracasado irremediablemente. En los textos de este libro no me ha sucedido tal percance.
Tamayo, a lo largo de los relatos, incluye brochazos analíticos de los personajes tratados, cual hábiles pinceladas de interpretación sicológica, sin sucumbir jamás en la narración omnisciente, estilo actualmente descartado en el cuento moderno. El autor, por su oficio de cuentacuentos, posee la experiencia de articular sus anécdotas con soltura y un lenguaje cercano que transporta al lector a determinadas atmósferas reconocibles y verosímiles.
En el primer relato, Atardecer en sepia con piscina y álamos, expone el drama de una pareja de abuelos que ya en edad de descansar del tráfago de una vida, se deben hacer cargo de nietos pequeños a causa de la separación de sus padres. Situación tratada con delicadeza, sin recursos sentimentales, logrando una ambientación convincente que retrata un acontecimiento familiar muy común en nuestras vidas.
En El día que vuelva Mariela, la historia se sustenta en un personaje ambiguo que ha abandonado un domicilio, dejando como único recuerdo el retrato de un gato, reconocible por un desfile de personajes, entre varones y mujeres, que retornan una y otra vez a la casa habitada por un nuevo sujeto, preguntando por una tal Mariela. Joven que ha dejado un vacío irremediable para todos esos amigos que la recuerdan y la buscan infructuosamente, alterando la existencia del nuevo arrendatario.
Es un cuento muy bien estructurado, en donde el funcionamiento de los diferentes tramos narrativo adquieren una funcionalidad notable. Elementos que cobran sentido en el plano anecdótico, debido a la unidad general del relato.
Los Sáez es un cuento ambientado en un recinto escolar, temática conocida por el autor por su labor docente. Es una trama simple y que se mantiene gracias a la habilidad de Tamayo para exponer experiencias juveniles un tanto intrascendentes.
En cambio en Mi hermano cruza la plaza, cuyo argumento de carácter político, muy usual en otros trabajos del autor, trata del exilio y el abandono forzado del hogar de un hermano mayor perseguido por la dictadura. Es un texto breve y significativo.
Soldado de terracota es un microcuento que obtuvo el primer premio en el Concurso Santiago en 100 palabras en año 2012. Es un minicuento que logra mantener la unidad, la intensidad y la originalidad de principio a fin. Relata la huida de Li Piang Hua, soldado de terracota, desde la exposición efectuada en los subterráneos del Palacio de La Moneda. Figura estrambótica que deambula por la ciudad y finaliza viviendo en la Pintana. “Es noche. En un pequeño patio junto a un triciclo y dos balones de gas, Li, ejecuta una silenciosa danza; blande su ballesta apuntando a la Luna. En sus oídos, canto de bambú acariciado por el viento”.
Luis Alberto Tamayo en gran parte de sus relatos emplea el estilo indirecto libre que le permite eludir la omnisciencia narrativa. Mediante este recurso el autor consigue interactuar con sus personajes en forma imperceptible, soslayando incurrir en explicaciones innecesarias.
La interralación de estos diversos elementos escriturales conlleva a que el lector se sumerja en un estado de visualización panorámica en un tiempo y un espacio determinado.
En resumen, un libro de cuentos que enriquece la trayectoria literaria de un autor imprescindible en la narrativa chilena.