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JONATHAN FRANZEN Y LA EPOPEYA AMERICANA.

"Pureza", Jonathan Franzen, Salamandra, 2015, 704 páginas

Por Ramiro Rivas

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No sé si atribuirlo a los escritores, a los periodistas o a los críticos literarios, esa tendencia, cada vez más recurrente ante la irrupción en la escena literaria de un autor prometedor, en hablar de la gran epopeya americana, esa gran novela global y abarcadora de los Estados Unidos. Exigencia absurda, considerando la multiplicidad de estados del país del norte y la consiguiente disparidad de identidades. Pero se insiste en el tema machaconamente, como si desconocieran la obra monumental de William Faulkner, que ha retratado como nadie a su gente y una región como el profundo Mississippi. O escritores como F. Scott Fitzgerald, que desnudó una clase social vana y delirante. Por no mencionar al comprometido John Steinbeck, que fue capaz de denunciar los atropellos de los trabajadores del agro. La narrativa estadounidense está colmada de escritores que han desarrollado en sus obras esa panorámica del pueblo norteamericano. Por esto mismo resultan  un tanto pretenciosos los panegíricos y las críticas que la prensa le ha dedicado a la nueva novela de Jonathan Franzen (1959).

 



Se dice que en sus obras ha tomado como espejo referencial a Dickens. Admirador de la gran novela decimonónica, siempre ha anhelado escribir un texto con esas características. Ambicioso en sus proyectos creativos, ha publicado Ciudad veintisiete (1988), Movimiento fuerte (1992) y Las correcciones (2001). Con esta última novela obtuvo el National Book Award y fue finalista de los Premios Pulitzer y Pen/Faulkner, lo que lo dio a conocer mundialmente. Después vendrían Libertad (2011) y la que ahora nos ocupa, Pureza (Salamandra, 2015, 697 páginas).

Con esta novela ratifica su talento y esa ansiedad por transformarse en el gran narrador estadounidense que todos aguardan. Así lo confirma con este extenso relato de 700 páginas que se leen con agrado, pero que, no obstante, fácilmente se podrían haber reducido en 400 ó 500 páginas, sin perder su fuerza narrativa ni perjudicar las diferentes tramas que conforman la historia. En efecto, esta obra recurre en exceso a la reiteración de  ciertas situaciones, a insistir en los tics de determinados personajes y en explicaciones innecesaria al describir las relaciones entre los protagonistas de esta historia.

La novela se estructura tomando por separado a cada personaje (que no son más que seis o siete), asignándole casi un centenar de páginas a los más importantes, para muy entrada la trama  relacionarlos y contribuir a echar a andar ese engranaje que compacta la anécdota general. Uno de estos protagonistas lo constituye la adolescente Purity Tyler, llamada usualmente Pip, denominación tomada claramente de una obra de Dickens. Esta joven, que carga con una deuda universitaria y vive en una casa okupa por desavenencias con su madre, se gana la vida en trabajos menores. Hasta que descubre el verdadero origen de su madre, que ha suplantado su nombre y niega revelar el de su verdadero padre. Pero todo se va develando de a poco, descubriendo que su abuelo fue un millonario que le heredó una fortuna y su madre rechazó. Para poder ahondar en sus investigaciones, se involucra con un siniestro personaje, Andrés Wolff, un alemán de la ex R.D.A. que ha creado una organización tecnológica llamada Sunlight Proyect, dedicada a filtrar información secreta de diferentes países, una suerte de Julian Asange. De pasado oscuro, con un asesinato en la conciencia, hijo de padres colaboradores con la Stasi, se radica en Bolivia con su organización, conformada por un séquito de jovencitas que lo admiran como a un líder. Pip acepta trabajar con Wolff con el fin de completar sus indagaciones sobre su origen familiar.

En esta novela se insiste mucho en criticar la locura contemporánea: la hiperconexión tecnológica, la violación de los secretos de estado, la develación de la corrupción política y moral de los individuos. Temas candentes en la actualidad con todo lo que se ha destapado en la prensa.

En la contraportada del libro se presenta esta novela como una “trepidante historia cargada de humor, por momentos sombría, inquietante, osada e incisiva” y un sinnúmero de adjetivos exultantes. Pero al  leerla, lo que menos advertimos, es el  mentado humor, puesto que Franzen se esfuerza en rastrear el lado más oscuro en cada personaje, exhibiendo una galería de seres angustiados, anormales, cargados de culpas sin resolver, relaciones de parejas truncadas, agresiones verbales, personalidades paranoicas que reflejan un segmento de la sociedad muy especial.

Jonathan Franzen sabe lo que se espera de él: el gran escritor capaz de desenmascarar a la sociedad estadounidense. Pero eso no se consigue simplemente multiplicando las páginas hasta el infinito. Es de esos escritores que parecieran desconocer la síntesis, centrarse en lo vital de las relaciones humanas. Tanta palabrería, tanto diálogo inoficioso, esa manía por aclarar cada situación al lector, termina por causar más malestar que ayuda. No hay que despreciar la capacidad del lector, porque muchas veces resulta más perspicaz que el propio escritor. Basta con aportar claves, indicios, pequeños detalles, para que el lector rearme la historia y la complete.

Pero los grandes sellos internacionales saben promocionar a sus autores, incluyendo en sus contraportadas frases laudatorias de la crítica, como la de “The Toronto Star”, que afirma que “dentro de unas décadas, cuando queramos ver una foto de 2015, volveremos la mirada hacia Pureza de Jonathan Franzen”. Quizás se exagere, pero sí es un intento interesante por exponer con propiedad un cúmulo de personalidades desquiciadas y disfuncionales.

 

 

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"Pureza", Jonathan Franzen, Salamandra, 2015, 704 páginas.
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