Proyecto Patrimonio - 2007 | index | Raúl Zurita | Autores |




UN VASTO DESIERTO*

ENRIQUE SAINZ

Publicado en Revista Casa de las Américas, Cuba, nº 246, enero-marzo 2007.

* Raúl Zurita: INRI, prólogo: Alejandro Tarrab, La Habana, Fondo Editorial Casa de Las Américas, 2006. Premio de poesía José Lezama Lima.

Un vasto desierto, paisaje de la desolación, un cielo estrellado e infinito encima, y un mar interminable, espacios en los que acontecen hechos inconcebibles, van integrando este libro de Raúl Zurita, relevante poeta chileno, autor de varios poemarios, nacido en la capital del país en 1950 y Premio Nacional de Literatura en 2000. Acaso la poesía latinoamericana nunca haya cantado el inmenso dolor de tantos y tantos asesinados como lo hace INRI (2003) en sus páginas intensamente dolorosas, hondamente conmovidas. Poesía de aliento cósmico y de una fuerza expresiva que le viene del horror de la historia sufrida durante la dictadura de Pinochet, de la tortura y el crimen que padecieron los chilenos durante las monstruosas depredaciones de la represión brutal del régimen. Ante semejantes actos de la mas absoluta y ciega bestialidad, la naturaleza toda se transforma y el libro comienza entonces diciéndonos: “Sorprendentes carnadas llueven del cielo”. Los días claros, los amores no realizados plenamente, el mar y sus peces, dan inicio a una poderosa elegía que no deja lugar para los bellísimos paisajes tradicionales, la alegría, los colores de la vida y de los sueños, una elegía fantástica colmada de mutaciones delirantes, de hechos que rompen cualquier discurso convencional de la poesía contemporánea, incluso la más osada y novedosa, con Huidobro y Neruda, otros dos grandes de la poesía chilena e hispanoamericana, como sus más cercanos antecedentes. Poco a poco van apareciendo los gestos humanos, en primer lugar las “despedidas truncas”, y se oyen inauditos acontecimientos, “extrañas mañanas soleadas”, “Se oye el cielo”, el orden natural trastornado, inconcebibles hechos que obedecen a la violenta ruptura que han sufrido las incontables vidas humanas por el crimen atroz de las fuerzas represivas sobre la población del país, actos desencadenantes de una sucesión apocalíptica, con frases muy similares a las del texto bíblico del fin de los tiempos. Nos dice el poeta: “Oí un cielo un mar alucinantes, oí soles / estallados de amor cayendo como frutos, oí / torbellinos de peces devorando las carnes rosa de / sorprendentes carnadas”.  La totalidad ha sido trastornada y se han roto los límites y confundido el decursar de la naturaleza ante la desarmonía que ha significado la muerte violenta de hombres y mujeres y niños. Recordamos entonces los textos del Salmo 18:7 y de Marcos 13:25, donde se nos dice que fueron estremecidos los cimientos de los cielos, elocuente señal de que la conducta humana rompió los limites de lo tolerable.

Viviana oye llover sorprendentes carnadas de hombres, asombrosas frutas humanas cosechadas de extraños campos. Viviana es ahora Chile. Oye frutas humanas llover como dorados soles reventándose en las aguas.

EI poeta va escuchando extraños sonidos, los ruidos de la voracidad, y oye ademas espacios amorosos, y  consternación, perplejidad, desamparo, cadáveres que caen desde las alturas al mar, arrojados desde la inmensidad del cielo hacia los peces que los devoran, Cristos asesinados:

Caen sorprendentes Cristos en poses extrañas sobre las cruces del mar. Sorprendentes carnadas llueven del cielo: llueve un último rezo, una última pasión, un último día bajo los hosannas del cielo. Infinitos cielos caen en raras poses sobre el mar.

La Vida ha sido asesinada, y con ella fue asesinada también la Verdad, nos dice este libro en la intensidad de sus imágenes ardientes, violentas, dolorosas. La Verdad fue igualmente humillada en la persona del Cristo de nuevo sacrificado en los hombres y mujeres que sufrieron el odio de las fuerzas represivas. El fuego, elemento purificador y a su vez fuerza devastadora del fin de los tiempos, como nos dice el apóstol Pedro en su segunda epístola universal (3:7 y 10), irrumpe en las aguas del mar y crea una escena absolutamente apocalíptica, en la que se oye un cántico de esperanza, de promesa redentora:

He allí el mar quemándose. Viviana oye cielos ardiendo entre las llamas del mar, zarzas que no se consumen, hijos de impresionantes zarzas que arden sin quemarse entre las llameantes olas.

Extraños días arden cayendo sobre el mar, asombrosas carnadas santas que caen y cantan sobre los pastizales ardidos del mar. Viviana es hoy Chile. Oye emerger cantos de entre las llamas de las aguas, escucha el cielo santo ardiendo de amor sobre las incendiadas rompientes. Escucha el INRI de su amor santo subir ardiendo sobre las praderas incendiadas del Pacífico.

Los muertos son también frutos para la resurrección, para una nueva vida, un nuevo nacimiento, como en el final de la Divina comedia y en los últimos capítulos de Apocalipsis, la sobrevida del Cristo que resurgió de los infiernos. Leemos estas líneas preciosas:

Fueron arrojados. Como prendidos de extrañas semillas, campos arados cubren el mar.

Se suceden las imágenes increíbles, desordenadas, misteriosas, de un peculiar vigor en sus posibles interpretaciones. De nuevo sonidos que llegan desde una lejanía que no es física, sino espiritual, una distancia que nos revela que estamos ante hechos incomprensibles y por ello reales en una dimensión desconocida. Diríase que la creación gime en el sufrimiento de los sacrificados, de los despojados de la vida. Las experiencias del poeta recuerdan las de los profetas del Antiguo Testamento cuando escuchaban o veían los signos de la revelación divina hablando con ellos, diciéndoles de diversas maneras que habría de ocurrir o que tendrían que hacer ellos para llevar un mensaje a sus semejantes. Veamos esta estrofa de una grandeza conmovedora como pocas, sin paralelo en la poesía contemporánea en nuestra lengua:

Escuché un campo interminable de margaritas blancas. Se doblan por el viento. Oigo el gemido de los delgados tallos al doblarse. EI sonido es chirriante, agudo. Cuando el viento cesa vuelve el silencio.

Después nos dice:

Bruno. Sólo es una línea blanca que cae y se / levanta. Arriba de la línea todo es negro y abajo / también. Antes está la playa, lo sé, después, el mar I hasta el horizonte y luego el cielo. La noche es I una caja cerrada negra, abajo la línea de la I rompiente suena y es blanca. II Bruno era mi amigo”.

Los asesinados rinden sus cuerpos ante el peso de la muerte. Un solitario y temeroso conejo sufre el horror del crimen y muestra las huellas sangrientas en su cuerpo, todo un simbolo de la indefensión y de la ruptura de lo que podríamos llamar la imagen natural. Se establece entonces este singular paralelo entre el “pequeño conejo encandilado” y Susana, cuyo cadáver es todo un símbolo de la impiedad y de la muerte impuesta, del crimen deshumanizado:

Bruno era mi amigo. Susana es ahora miles de Susana. El silencio me devuelve a un camino de asfalto al lado de las montañas y al pequeño conejo encandilado, inmóvil. [...]

Casi no pesa. Sus incisivos suavemente enrojecidos parecen chirriarle a la luna. Susana tiene los dientes apenas rojizos. Su boca abierta le enseña los dientes apenas rojizos a la luna, como un chirrido.

El amor, las “cartas devastadas de amor” que el poeta escribe, establecen un contraste en apariencia insuficiente frente a semejantes crímenes, pero más tarde esa fuerza colosal contenida en esos textos dictados por el amor, habrá de redimirnos del horror y podrá traemos la resurrección y el recomienzo de la vida más allá de la muerte. Contra la arrasadora violencia de los asesinos, contra el desolado vacío que va dejando, esas cartas de amor sufriente, de amor reivindicador de la esperanza, parecen incapaces de resistir, pero al fin nos traerán un nuevo amanecer.

“Las palabras de amor son leves”, nos dice el poeta. Y más adelante: “Yo lloro una patria enemiga”. Poco después leemos: “Se dirá también de una patria sorprendente e inesperada”. El paisaje nevado de Chile está en el fondo de estas imágenes, sus montañas inmensas y su mar en llamas, el negro cielo estrellado, paisaje de la soledad, el desamparo y el olvido, pero también paisaje de la creación divina que canta la presencia de Dios y posee el significado de su grandeza, ahora mancillada por la transgresión de los crímenes incalificables que se han cometido contra la criatura humana. “Mauricio, Odette, Maria, Rubén”, tantos y tantos sepultados en inmensos valles en los que cae la nieve, aquellos hombres y mujeres por los que las montanas dejarán oír su piedad, su tristeza (“Mañana vendrá el deshielo y oirán la piedad de / las montañas, oirán el vendaje rosa de la nieve / que llora desde los lagrimales color sangre de / todas las montanas, de todos los ríos y deshielos”).

En la sección “El desierto” el paisaje es de una aridez reveladora: piedras, arena, un muro de cal, un “barco herrumbroso y negro”, elementos de enorme carga simbólica que el propio autor nos revelará en la explicitez de algunos momentos, como este:

El desierto grita, el puerto reseco grita, el mar de piedras grita azotado por el viento. Mireya le pone flores a la tripulación de un barco herrumbroso y negro. Cada flor tiene un nombre y se doblan juntas como pañuelos despidiéndolo. Mireya dice que es la madre de un barco de desaparecidos arrumbado en el desierto. Dice que el barco es Chile, que una vez fue un barco de vivos, pero que ahora surca el mar de piedras con sus hijos muertos.

El viaje imposible, un país detenido porque sus hijos han muerto, no pueden hacer sus vidas y se hunden en la muerte. El barco se hunde en el desierto, el gran naufragio en la vasta soledad, mientras se pregunta el poeta ante hechos tan inconcebibles como los que esta mirando, homólogos, en su desestructuración del mundo natural, de los crímenes que los desencadenaron, igualmente desestructuradores en el orden de las jerarquías de los valores éticos:

Quien diría de un país con una cruz hundiéndose en el desierto. Quien diría de la noche sepultándose en la mitad del día. Quien de una tumba clavada en medio del día lleno de sol.

Pero entonces, emergiendo de esa escena sin esperanzas y que parece definitivamente devorado por la nada y el vacío, con un mar de tierra en el que Mireya pone flores plásticas que simbolizan la imposibilidad de la vida, se oye el clamor de las piedras, rememoración del pasaje bíblico (Lucas 19:40), signo de una sobrevida que veremos florecer en las páginas subsiguientes, en las secciones “Flores”, “Rompientes”, “Bruno, Susana”, “Una ruta en las soledades”, en las que va in crescendo un júbilo renacido que vuelve como un nuevo día, cuerpos y montañas en ascenso, hacia las alturas, en evidente contraste con el descenso de segmentos anteriores. La imagen del barco en el desierto puede ser rememoración de una experiencia vivida por el poeta en las primeras jornadas de las acciones represivas de la tiranía, cuando fue detenido y hecho prisionero en un barco junto a cientos de otros prisioneros. Asimismo, las estrofas finales del libro han de leerse como una experiencia histórica después de restablecida la democracia en el país, pasada ya la pesadilla espantosa de los asesinatos y los desaparecidos. Nos dice Alejandro Tarrab en el prologo del poemario: “INRI de Raúl Zurita simboliza este nacimiento nuevo de las almas y los paisajes, el otorgamiento de una identidad permanente para todos esos cuerpos anónimos que fueron arrojados a las fosas comunes de la geografía chilena”. Texto de ascendencia bíblica, de sabor apocalíptico, en cuyos versos finales retorna la esperanza y el orden natural se restablece, un nuevo país reinicia su existencia desde la alegría. Veamos este momento de la sección “Una ruta en las soledades”:

Y se trazará una ruta en las soledades. Una nueva marea nos subirá sobre la tierra verde y saltando de júbilo las cumbres mirarán las llanuras y la muchedumbre de nuestros cuerpos levantándose encrespara las llanuras igual que olas rizando el océano. Porque se dibujo un camino en las soledades y como un sueño que pasa moviendo los pastos emergieron meciéndose los infinitos pastos de nuestros brazos saludando el nuevo cielo. La playa nueva, el mar nuevo que se abría liberando las encerradas montañas y era la tierra sacando de sus ijares a los muertos.

Este poemario nos conmueve en su trágico recuento del dolor y el sufrimiento de los que padecieron la cruenta tiranía de Pinochet. Elegía en forma de cantata en la que podemos escuchar múltiples voces y en la que presenciamos la ruptura del orden de la naturaleza por la acción de la injusticia, inmolación de un pueblo asesinado que habrá de renacer para mirar de nuevo al futuro. Poesía representable en la riquísima simbología que la alimenta, surgida de la experiencia histórica concreta de un país sometido a la más despiadada violencia. Poesía de la muerte y de la esperanza.

 

 

 

Proyecto Patrimonio— Año 2007 
A Página Principal
| A Archivo Raúl Zurita | A Archivo de Autores |

www.letras.s5.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez S.
e-mail: osol301@yahoo.es
Un vasto desierto.
INRI de Raúl Zurita.
Por Enrique Sainz. Publicado en Revista Casa de las Américas, Cuba, nº 246, enero-marzo 2007.