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ENTREVISTA A RAÚL ZURITA:

“TODOS LOS POETAS EN EL FONDO TRABAJAN CON LO MÁS RADICAL Y LO QUE ESTÁ MÁS AL LÍMITE DEL LENGUAJE”


por Concepción Rey Ruiz y Julio Espinosa Guerra
www.deriva.org/ - 19 de enero 2006


Es invierno, hace dos años atrás. En nuestra casa se está alojando Raúl Zurita. Afuera aún es temprano y acabamos de llegar con una barra de pan, algo de queso y mermelada, además de leche. Raúl nos espera despierto, escribiendo sobre la mesa. En esta casa, como en otras más de muchas en Madrid, compartimos el piso tres personas diferentes. La calefacción es a través de un brasero eléctrico que hay bajo la mesa, pero Zurita se conforma con un par de cafés para pasar el frío mientras transcurre la conversación. Afuera se comienza a sentir el ajetreo de una calle dedicada a la venta de puertas y ventanas, algo natural en un barrio obrero de Madrid, como Ciudad Lineal:

- Raúl, ni tú ni tu obra son muy conocidos en España. Háblanos un poco de ti y de cuáles son tus primeros acercamientos a la poesía.
-
Bueno; finalmente todo es biográfico. Mi primer acercamiento se debió a una casualidad: mi abuela y mi madre son italianas, son inmigrantes. Yo viví con ellas, porque mi padre había muerto cuando yo tenía dos años. Mi abuela era una persona que vivía con nostalgia vital, y la forma que ella tenía de satisfacer su nostalgia era contándote permanentemente Italia: sus pintores, Da Vinci, que sé yo... pero por sobre todo vivía hablándonos desde La Divina Comedia. Y la contaba como cuentos. Yo tenía tres años, cuatro años y no tenía realmente idea de lo que me estaba hablando. Esa fue la primera idea de lo que era un poema. Después fui a un colegio público. Los liceos públicos en esos tiempos eran buenos y eran para gente sin recursos; era mi caso: yo era hijo de madre viuda, con dos hijos y que mantenía a su madre. Era una situación tremendamente precaria. A mí me gustaban las matemáticas y me gustaba dibujar, pero siempre tenía en alguna parte esta idea del poema, una cosa como una palabra rara, extraña.

Después estudie ingeniería pero ya la poesía era mi pasión: ahora ¿por qué seguí estudiando ingeniería y no salí para estudiar literatura? Porque paradójicamente toda mi formación literaria se la debo a ese tiempo en ingeniería. En la escuela de ingeniería suele suceder que hay un grupo absolutamente radicalizado por el lado humanista (entre comillas) y esos eran mis amigos. Más tarde conocí a Juan Luis Martínez, como a los diecinueve o veinte años, que también fue algo decisivo. Él era como ocho o nueve años mayor que yo, y ahí me entró una especie de pasión...

- Tu poesía, y en concreto Purgatorio, tiene algo formalmente matemático, ¿de dónde viene eso?
- Creo que toda esta cosa de la forma viene porque me apasionaban las matemáticas. De verdad es que me gustaban mucho, de una forma independiente. Creo que se dio de manera natural una simbiosis. Esto sobre todo está en Purgatorio, debido al hecho de estar estudiando ingeniería. Ella me dio una idea de la estructura, una idea muy concreta de eso: construir un puente, un edificio, una carretera, que implica dibujar una estructura, diseñar un proyecto, por así decirlo. Yo entré a la poesía no con poemas sueltos, no con poemas aislados. Como en el año setenta escribí un poema que se llama “Áreas verdes”, que está en el Purgatorio, y ahí se me armó una cosa que sentí era una serie, una especie de serie que se estaba construyendo, y que tenía que ver con una rama de las Matemáticas. Pero eso no fue tan consciente entonces; lo que sí era consciente con Juan Luis Martínez era la típica soberbia – él tenía veintiocho o veintinueve años y yo, veinte – de que queríamos hacer cosas que no se hubiesen hecho: ¡mira qué ingenuidad!: descartábamos a Nicanor Parra, descartábamos a todos los que leíamos con la facilidad asombrosa que da la absoluta inocencia de esa edad. Entonces me pasó una cosa que ni te la cuento... Fue todo al principio: leí la Residencia en la Tierra de Neruda y me dejó absolutamente impactado. Después escribí y los poemas me salieron igualitos a los de la Residencia. Después descubrí a Enrique Lihn, y me salían igualito a Lihn. Así que era desesperante, era una angustia: pasada la euforia de los cincos primeros minutos me daba cuenta de que no había una voz, que no tenía nada, que esos eran prolongaciones y llegué a ser bastante excelso en el arte de la Residencia... Pero cuando escribí una serie de poemas cortos por el año setenta, que era Purgatorio, entendí que había encontrado algo, algo que sentía que me pertenecía.

He puesto mucho en duda eso del “me pertenece”, pero me obsesionaba, me angustiaba mucho, y leí un libro que fue clave, un libro de Gonzalo Millán. Ya le habían publicado, muy tempranamente, un libro que se llama Relación personal, y yo leí ese libro y al leerlo, me dio una especie de angustia y de envidia, porque era un tipo más o menos de mi edad, que había escrito un libro que es maravilloso, que sigo considerando maravilloso, y eso también fue algo tan fuerte que casi estaba obligado a encontrar algo que me expresara, porque ya no podía más de angustia.

Y así empezó, y así se armó.

- Tu obra está llena de referentes geográficos chilenos. ¿Por qué la geografía y por qué esa importancia?
- Mira, voy a responder también cronológicamente, porque después he pensado muchas cosas, pero al principio, cómo fue... Yo no tenía nada de paisajístico, era un tipo que había nacido en Santiago, que después se fue a estudiar a una universidad en Valparaíso y salvo encontrar el mar muy bonito, no tenía ninguna relación con la geografía. Y de pronto, en “Áreas verdes”, que fue escrito antes del Golpe, en el 71, entendí que ya nadie hablaba de eso. Quizá la culpa haya sido de Neruda, porque todos los poetas que yo conocía eran absolutamente urbanos. De pronto dije “qué bonito hablar de nuevo del campo de Chile”, pero fue como una frase, una idea. Lo encontraba loco, porque había leído a Juan Emar, había leído Diez de Juan Emar, que me fascinó. Entonces me di cuenta de que este tipo tenía algo de rural y que lo hacía extremadamente extraño; me pareció de una extrañeza muy bella hablar de los campos de Chile. Los campos de Chile derivó en ese poema, “Áreas verdes”, que no sé si es el mejor poema que yo pueda haber hecho –eso quién lo sabe– pero sí el poema más perfecto. Creo que es un poema que no puedes meterle nada. Me demoré como ocho meses en escribirlo, pero es perfecto; todavía lo encuentro alucinante. Después nunca he hecho un poema así, ni creo que lo vaya a volver a hacer. Pero fue eso, fue casi una fascinación por algo que yo no entendía, que encontraba que era muy extraño, sobre todo en esos tiempos, era plena época de la Unidad Popular, había una cosa mayor, yo mismo era militante comunista, pero la poesía que se hacía en ese tiempo la encontraba inflada. Me gustaba la música, pero los poetas los encontraba pésimos; entonces, fue una reacción a eso.

- Pero ¿qué pasa después?
- No soy creyente, para nada, pero hay algo que excede lo humano, y eso tiene que ver con los paisajes. Hay una frontera entre la Cordillera y tú que es indefinible, donde se juega casi toda la angustia del universo. Entonces creo que los paisajes son grandes telones en blanco y que en el fondo se van levantando con la pasión de vivir; es la pasión de vivir la que levanta las montañas. Tú te encuentras con ellas, ellas se encuentran contigo y cuando las miras algo de los millones de ojos muertos que la han levantado te saludan también cuando las ves. Entonces es la imagen de una rompiente sobre una roca, es la imagen probablemente más extrema de lo que podemos entender por la Pasión y el desierto. No es que sea un símbolo, pero sí: el desierto es un espacio en el que uno encuentra una extremada monotonía y sin embargo tiene infinitos colores; es aparentemente inofensivo, pero basta que tú te salgas del camino para que te pierdas y no vuelvas nunca más: está lleno de espejismos, está lleno de engaños: es lo más parecido a lo que milenariamente se ha entendido por el alma humana, es lo más igual que hay. Y además el color de nuestra piel – tú te vas al Paseo Ahumada, incluso aquí en Madrid, me da risa – el color de nuestra piel, los tonos de nuestra piel son los tonos del desierto, no hay nada más parecido a los colores de la piel humana que los colores del desierto: ni las selvas ni el mar, sino los colores del desierto. Entonces ahí se empieza a llenar de ecos para mí el asunto, ahí hay una cierta vastedad y además hay otra cosa: cuando estábamos en pleno Golpe, en plena dictadura, aterrados de miedo, de pobreza, en unas condiciones extremadamente precarias, sentí que había que responder con algo que fuera más fuerte, más bello que el dolor que se nos estaba causando: me surgió inmediatamente la idea de los paisajes, era algo mucho más...

- ¿Hasta qué punto crees que la poesía – tanto tuya como chilena- fue un vehículo para elaborar unas vivencias tan traumáticas como el golpe de Estado de 1973 y la posterior dictadura?
- Fue la forma, por lo menos de ciertos individuos, que tuvimos de sobrevivir y enfrentarnos a ese espectáculo, que era un espectáculo realmente de horror. Entonces, creo detrás nuestro hay una poesía que nos mostró que los pueblos o comunidades pueden pasar por situaciones como ésa. Por eso yo amo a Neruda. Creo que Alturas de Machu Pichu es el más grande poema que se ha escrito jamás en lengua castellana, o sea, es más que Góngora, más que todos.

Cuando Neruda escribe el Canto General todavía no podía saber que todos los pueblos que allí están nombrados iban a pasar por terribles dictadores y a encontrar la muerte general, y sobrevivir a ella, así que en cierto sentido sentía que la poesía chilena era el “gran antes” por así decirlo, que indicaba que también iba a haber un “después”. Ahí descubrí a Neruda, lo descubrí en el sentido máximo de la palabra. Después de eso entendí que ese era nuestro “gran río”, que ese era nuestro Ganges, por así decirlo, que era nuestro Amazonas, y que ese río era previo a lo que nos estaba pasando y también a lo que iba a haber después, porque aunque uno no lo vea, va a haber un después. Entonces la poesía fue responder con demencia y belleza a una situación en extremo oscura y casi límite. En lo personal, para los que en esos momentos estábamos juntos, fue nuestro modo de poder concebir todavía un futuro.

- Y hoy, cuando supuestamente se han perdido las utopías y pareciera que se avanza sólo hacia un sistema, ¿cuál es la importancia de la poesía? ¿Cómo repercute esta historia que seguramente es una historia “oficial” en tu creación poética actual?
- Creo lo siguiente, creo, intuyo, que vivimos en un mundo que está cubierto como de una capa de ruido, de una atmósfera, donde se acumula todo el ruido de los mass media, del Internet, de los medios de comunicación, de los grandes espectáculos masivos. Eso es una cosa oleaginosa que cubre completamente. En medio de ese ruido, las palabras mueren, cierto, y la poesía es el arte más frágil porque depende precisamente de esas palabras que agonizan, cuya máxima representación es la que hace la publicidad, porque es cuando las palabras se distancian completamente de lo que dicen, está asesinando un modo de entenderse entre los hombres, que venía, desde ¡pucha!, desde la Iliada, desde el Génesis bíblico, desde el Éxodo, desde el Mahabarata, desde la Epopeya de Gilgamesh, desde todas las grandes épicas inaugurales. Pero eso también te crea una gran nostalgia, y la poesía es la única que puede dar cuenta de eso, o sea, comenzar de nuevo a contar otra historia. Es, un poco, lo que decía Rimbaud, en la Temporada en el infierno: “Cuando volvamos a ser los primeros en celebrar la nueva natividad sobre la tierra, el canto de los cielos, la marcha de los pueblos esclavos, no maldigamos a la vida”.

Yo siento que estamos atravesando la época que podemos llamar, un poco con cierta ampulosidad, la muerte de la poesía, o sea, cada poeta en el fondo carga con la muerte de lo que hace para llegar a un hipotético nuevo lado, a un hipotético otro lado, que estará o no estará, pero al mismo tiempo presiento, cierto, que este sistema, se va a derrumbar, que algún día las tarjetas de crédito, los autos, los sistemas bancarios se van a deshacer como pompas de jabón entre los dedos. Pero todavía no hemos llegado a eso, todavía no vislumbramos lo que es y qué va a emerger de nuevo una nueva historia, por así decirlo. Lo creo, casi como en un sueño, y que a veces he tenido la sensación de que todos lo poetas, después de Rimbaud, son una especie de Aeda, todos, todos, todos, estamos acumulando frases, poemas, pequeños cantos, para que venga un nuevo Homero y los recoja. Y que cuente un nuevo comienzo.

- INRI, tu último libro, publicado aquí por Visor, indudablemente está ligado a esta experiencia. ¿Cómo incide esta visión de mundo en INRI dónde surge, cuál es la necesidad que te lleva escribirlo?
- Surge en un momento muy concreto, cuando Lagos, Ricardo Lagos, presidente de Chile, en los primeros días de enero, creo que del 2001, reconoce oficialmente que cientos y cientos de desaparecidos jamás serán recuperados porque han sido arrojados al mar, a las cordilleras, a los ríos, a los lagos de Chile, a los paisajes. Todos lo sabíamos, pero el ser dicho así, oficialmente, fue tan fuerte que inmediatamente me surgió la imagen de estos cuerpos cayendo, y me puse a escribir así, de inmediato. Me demoré un año exacto en ese libro. Fue casi lo que se llama una catarsis, o sea, es un libro donde no tuve prácticamente ninguna falsa partida. De repente, terminada una parte, sabía exactamente lo que seguía, no me había equivocado, era eso. Fue un libro escrito en un año, pero en un año donde pasaron muchas cosas de la que casi ni me di cuenta. Porque estaba en eso, estaba escribiendo. Fue entonces cuando por primera vez tuve la sensación de que un libro me salía casi dictado, que mi voluntad no intervenía mucho.

- Quizás la acumulación de todas las vivencias, una mezcla de fantasmas, de sueños, de esperanzas...
- Yo creo que era todo lo que había vivido, todo. Entonces, además me di cuenta de otra cosa... Perdona que me ponga un poco teórico o historicista, pero resulta que antes ya habían dicho eso. Está en el origen del primer poema escrito en castellano en América. Hay una parte en La Araucana donde Ercilla está de guardia. Ha habido un tremendo combate. Los mapuches han sido derrotados en esa batalla. Entonces de repente, entre los muertos ve alzarse una sombra y piensa que es un enemigo que quiere infiltrarse al campamento, que los va a matar, pero se trata de una mujer, y esa mujer está allí buscando el cadáver de su amado. Está oscuro. Él sólo la escucha, pero no sólo la escucha, sino que se compadece y cuando llegan las primeras luces del alba, es el mismo Ercilla el que ayuda a esta mujer a buscar el cadáver de su esposo. Cuando lo encuentran, en medio de los gritos de ella, llama a unos soldados y van a dejar el cuerpo al límite del emplazamiento, para que venga su pueblo y lo pueda recoger. Cuatrocientos años más tarde los países, nuestros países, no tuvieron siquiera esa compasión que se permitió el poema, el devolver el cadáver para ayudar a recordarlo. Yo creo que ese poema ha tenido casi como misión, aunque esa palabra sea fea, cumplir con al menos el entierro de tantas y tantas y tantas y tantas y tantas y tantas y tantas víctimas que no han tenido, ni siquiera, la posibilidad de una sepultura, y la poesía lo hace simbólicamente en nombre de esas sociedades que no han podido o no han querido hacerlo: entierra a las víctimas y creo que INRI es un libro que cumple con ese ritual, porque al menos desde un punto de vista simbólico, les da sepultura. Todos estos paisajes serán, son sus cementerios, y los paisajes: son los ríos, las montañas, también al acogerlos, se permitieron una bondad de la cuál los hombres no han sido capaces.

- Pareciera que en toda tu poesía y en INRI también, existe la necesidad de nombrar lo impronunciable, lo tremendo y por tremendo que pueda llegar a ser, lo inaceptable. Si es así ¿para qué? ¿Desde cuándo esa cosa?
- Son las cosas que a mí me han conmovido. Ya como arte, un poema puede ser, tener tres líneas y decirlo todo. Tengo varios ejemplos, algunos poemas de Ungaretti, algunos haikus, que en tres líneas revelan el Universo, que me maravillan y me sobrecogen; no son muchos, pero algunos son. En lo personal, será por este asunto de la Divina Comedia de mi abuela y los artistas que a ella le gustaban, que a mí los tipos que me han alucinado son esos que pareciera que en sus obras se niegan a reconocer el límite de sus posibilidades. Miguel Angel, ¿quién más?, el mismo Dante, Shakespeare, que lo hizo con una liviandad infinita, liviandad, me refiero en el sentido de que él lo hacía como si fueran pájaros.

Nada hay en una lengua, nada hay en el griego, nada hay en el italiano, nada hay en el inglés, nada hay en el castellano, para que sea escrita la Ilíada, y nada hay tampoco en el ser humano para que pueda hacerlo, o sea, nada hay en la lengua castellana ni nada hay en un tipo que se llama Neftalí Reyes para que pueda escribir esos poemas, nada hay en el inglés ni en un tipo que se llama Shakespeare para que pueda escribir los sonetos ni nada hay en el italiano ni en un tipo que se llama Dante para que pueda escribir la Divina Comedia, sin embargo esas obras fueron escritas. Eso es increíble, porque el lenguaje no acepta, no da eso. Entonces, esas grandes obras que a mí me conmueven son obras en las que se produce un milagro impresionante, algo que no era posible y sin embargo está ahí. No era posible escribir “Alturas de Machu Pichu”, y sin embargo están ahí.

Muchas veces he sentido que lo que uno precariamente hace, es, por supuesto, una brizna, algo insignificante, frente al vendaval de lo no dicho. El poeta es un tipo que tiene unas peleas físicas, pero físicas, no una pelea mental, sino física con un muro, con el cuál tú te golpeas, que es el muro del silencio. Tú luchas contra eso; es contra ese muro que te quiere arrebatar las palabras que tú quieres coger, las palabras que el otro te quiere sacar, entonces se trata casi de una lucha por extraer de esa infinita barrera que es lo impensable algo de vida, todavía algo, una palabra, una coma de vida. Todos los poetas en el fondo, trabajan con lo más radical y lo que está más al límite del lenguaje. Incluso de la palabra mesa se puede extraer algo que todavía diga algo más, sabiendo que estamos absolutamente rodeados por lo impensable... En el siglo XX se descubrió la penicilina, llegó el hombre a la luna; en otros han hecho otros descubrimientos... Pero bien, cuando alguien descubrió el microscopio, vieron en el agua santa pejereyes y sapos, y por supuesto condenaron al instrumento como un instrumento diabólico, porque era impensable. Hasta que vinieron otros y descubrieron otro modelo y ya eso pudo encajar. Es desde allí que me pregunto cuál será lo impensable del tiempo en el que nosotros vivimos, lo que ni siquiera es... Entonces el poeta está ahí en el límite de eso tratando de encontrar una luz en un sitio que está lleno de vericuetos, de caminos falsos.

- La lucha del poeta sería entonces la lucha de querer constantemente decir lo indecible.
- Lo indecible, algo que no está. Los astrónomos, los astrofísicos tienen una paradoja alucinante: el noventa por ciento del universo en el que vivimos está compuesto de lo que ellos llaman “materia oscura”. Es algo sobre lo cuál ni siquiera cabe preguntarse nada, porque no se sabe nada: no se sabe ni siquiera cómo preguntar y, sin embargo es ese noventa por ciento que no se explica, la única cosa que puede explicar la consistencia del universo donde vivimos. Y es algo que es una materia de la que no se sabe nada de nada, donde todas las leyes que funcionan se borraron, no existen, no existe ni nuestro concepto de tiempo... nada. Y sin embargo... Con el lenguaje es algo así, las palabras son como las pequeñas puntas de un diálogo general que es infinitamente más vasto de lo que nosotros alcanzamos a imaginar y a preguntarnos. Excede nuestra pregunta. Muy apasionante pensarlo o angustioso pensarlo en un mundo sin dios, porque dios no es la respuesta. Si fuera la respuesta sería demasiado precaria. Más precario todavía que lo humano.


Raúl acaba de apagar el último cigarrillo cuando salta la grabadora automática. El tren a Alicante sale en dos horas, así que debe arreglar su maleta para irse. Afuera la niebla se ha levantado y las bocinas de los coches no paran de sonar. Madrid no se ha detenido mientras nosotros hablábamos de poesía. Y seguro que es bueno que sea así.

 
 

 

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Entrevista a Raúl Zurita:
"Todos los poetas en el fondo trabajan con lo más radical y lo que está más al límite del lenguaje"
Por Concepción Rey Ruiz y Julio Esinosa Guerra.
Fuente: Deriva.org
19 de Enero de 2006