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Donde el amor culmina
75 años de la muerte de Miguel Hernández (Orihuela, 1910 - Alicante, 1942)

Por Raúl Zurita
Publicado en revista Cuadernos, N°78


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Han pasado 75 años desde su muerte, pero esa medida es equívoca: los tiempos de la poesía y los tiempos de la historia raramente coinciden y dejar morir a un ser humano. (la muerte es un hecho absoluto que, a diferencia de la vida, no admite graduaciones), negándole los medios que podrían haberle salvado, no es una muerte común, es un asesinato lo que nos vuelve a todas sus testigos directos. Porque no se mata a un hombre una sola vez, se lo mata infinitas veces, se lo asesina para siempre en cada instante y en cada lugar de la tierra. Son infinitos 75 años y a la vez es este mismo instante, es Orihuela. y son cientos de ciudades donde su muerte se encuentra con los ojos del que lo está leyendo, son miles de Miguel Hernández, son infinitos poemas, textos, cartas, que no alcanzaron a ser escritas. Son infinitas otras formas de morir y de vivir las que se estrellan haciéndose añicos contra esa única cárcel, contra esa única mañana, contra esa única muerte.

Frente a tanta muerte, opongo el poema máximo de la vida.

Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina..

Es el comienzo de "Hijo de la luz y de la sombra", el poema mayor de Miguel Hernández y uno de las más extraordinarios de la historia de la lengua castellana. Su escritura nos muestra la marca de un sueño pretérito anclado en lo más remoto de lo humano y de su perpetuación como especie, como legado, como humanidad. Dividido en tres partes. I. "Hijo de la sombra", II. "Hijo de la luz", y III. "Hijo de la luz y de la sombra", el poema se despliega como una imagen de la deriva que somos y de la sobrevivencia de todo lo existente filiado por la fusión del sueño y de la luz, del amor y de la noche.

Escrito en 1938, un año después de la publicación de los triunfalistas poemas de Viento del pueblo, acosado por la inminencia de la derrota del ejército republicano donde luchaba como soldado voluntario y por la angustia de la verdadera pobreza: no la de un adolescente de 14 años a quien su padre saca del colegio para que pastoree sus cabras, ni aquella del joven poeta que ansioso de reconocimiento se va a Madrid con sus únicos zapatos rotos y a menudo sin dinero para pagarse el tranvía, sino por la pobreza sorda, cerrada de la guerra, que no se mide por los bienes de los que se carece, sino por la dimensión de la angustia y de la culpa: mientras combate en el gran frente como soldado voluntario, en el frente pequeño muere su hijo de pocos meses a quien apenas ha visto. La transfiguración de ese hijo en el hijo profundo que nace de la noche penetrada por el día, hace que el círculo de la vida y de la muerte sea un perpetuo alumbramiento.

Es entonces esa conjunción cósmica del padre, la madre y el hijo, enfrentada a la durísima derrota del presente, lo que hace que "hijo de la luz y de la sombra " sea para la poesía y la historia de España, como lo es para la poesía y la historia de sus ex-colonias Alturas de Macchu Picchu de Pablo Neruda, la imagen más vasta que un pueblo pueda entregar de su muerte, de su amor y de su sobrevivencia. En Neruda es el famoso "Sube a nacer conmigo hermano" de las Alturas, en Hernández, son los hijos muertos que se levantan y vuelven a la vida porque ahora su familia es la totalidad de la especie humana. Abierto como un gran arco, el poema nos muestra que cada uno de nosotros es el puerto de llegada de un río inmemorial de muertos donde los primeros pobladores del mundo continúan besándose en nuestros besos y nosotros en el hijo profundo que engendramos y que nos engendra en esa cópula del esposo con la esposa, que es la cópula de la luz y de la sombra, del día y de la noche, del alba y del mediodía:

Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas

Hablo y el corazón me sale en el alíento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.

La imagen es esplendente, lo muestra todo, lo ilumina todo en el mismo instante en que se cierra. Una de las condiciones más absolutas de la poesía es que no admite interpretaciones porque ella en sí es el límite de las interpretaciones. No existe un discurso más allá de ese conjunto de sonidos, imágenes, sentidos que se remiten unos a otros en una sincronía perfecta que choca contra el silencio infinito. No hay nada fuera de esas dos cuartetas que pueda aplicar lo que son esas dos cuartetas. Paralelos al mundo, los grandes poemas no admiten sino la emoción y la inferencia. Podemos imaginar entonces esa alba penetrada por la luz del modiodía y frente a ella un ser aún sin nombre que contemplando las estrellas de la noche evanescerse, comprende que ellas continuarán emergiendo y apagándose en los sucesivos amaneceres, pero que hay un amanecer que él ya no verá y hace el más trascendental de los descubrimientos, aquel que da inicio a lo humano: descubre la muerte, e inmediatamente después descubre el lenguaje que es, antes que nada, el conjuro que los hombres lanzan frente al hecho absoluta inexplicable, aterrador, de que debemos morir. El primero de esos conjuros es lo que hoy persistimos en llamar el poema.

Rodeado y acosado y por la muerte del hijo de meses y por la inminencia de la derrota, Miguel Hernández levanta esa gran proscripción del presente que es "Hijo de la luz y de la sombra", poniendo en su lugar una visión de la sobrevivencia que rompe con las fronteras que separan el pasado y el futuro, mostrándonos que, si el acto de escribir es una compensación frente a la insalvable desdicha, esa compensación solo puede tener eficacia si es una compensación desmesurada. Pero es en esa desmesura donde Miguel Hernández, retoma la gran herencia barroca de la poesía castellana, en todo su esplendor y en su exageración. Porque, ¿qué otra cosa es el barroco? ¿Qué otra cosa son la Fábula de Polifemo y Galatea, y las Soledades, sino formas extremas y sublimes de la exageración? Vivimos vidas a menudo trastocadas, nombramos las cosas sabiendo que mordemos el vacío y la proliferación de las palabras más que testimoniar su poder, testimonian su profunda impotencia e irrealidad.

Parte entonces de lo que conmociona de la poesía es precisamente la exageración heroica de su intento: suturar con las palabras las heridas de una derrota que no está en las palabras sino en la realidad, pero que solo la irrealidad de las palabras puede salvar. Es el cobijo de la lengua madre. Cuando todo, absolutamente todo está perdido, ella soñará los sueños que nos restituyen a la vida y la grandeza heroica, fundadora, de Miguel Hernández es la de haber entregado la vida para mostrárnoslos.

 

Fragmento del discurso "Conferencia inaugural Congreso Miguel Hernández". Alicante, Octubre de 2017



 

 

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