Cada lugar contiene una manera propia de ser en el mundo, cada lugar es percibido de una forma particular por un sujeto particular. Cada aroma, cada sensación que emana de un valle, de un trozo de tierra, de una calle, de una casa, de una habitación, es una experiencia única. Quiero decir: todo es único. Y es parte de la misión del escritor el captar esa unicidad.
¿Qué es lo que capta Edesio Alvarado? ¿Qué tipo de mundo surge de su lectura? ¿Cuáles son sus características? Parte de la importancia de estas preguntas es, como bien lo describió Rosabetty Muñoz en el prólogo de la presente edición, que la escritura de Alvarado es situada, ya que describe la zona, el territorio y el paisaje desde el cual que proviene: el sur de nuestro país, las localidades habitadas por la estirpe que pervive, sostenida por la fuerza de su voluntad, en el fin del continente.

¿Cuáles son los elementos que le permiten a Edesio otorgarle vida a su ficción? Un sonido, una sensación o una visión. El ladrido de los perros, el fogonazo de un rifle o la tos de un caballo. La fuerza del viento moviendo los cuerpos, las embarcaciones y las casas. El reflejo de la luna en el agua. Sin embargo, lo más importante es otra cosa, es la persona, el sujeto social, la cultura que no solo habita y trabaja la tierra, sino que dota a esta de significado. Es el habitante de las islas del archipiélago cuando comenta sobre las luces que surcan el cielo: que estas son brujos, que después de dejar sus tripas guardadas, se visten con chayancos voladores, los cuales utilizan aceite extraído de cadáveres frente a una hoguera. Es el jinete que atraviesa la oscuridad, quizá mirando al mar, quizá pensando que puede aparecer el Caleuche. Es el vecino que coloca tijeras y agujas en las ventanas para estar protegido contra estos seres secretos, que pueden estar entre nosotros. Cabe mencionar que, cuando Alvarado en conjunto con otros escritores formó un grupo literario llamado El zócalo de las brujas, él mismo se otorgó el título de Gran Imbunche.
Pero el habitante del sur es mucho más, o, mejor dicho, se aborda a través de distintas capas de profundidad. Es el que se enfrenta al aislamiento, el que sobrevive en zonas donde importa poco quién sea el presidente, donde solo importa tener leña y comida para ver el día de mañana, donde solo importa con quién cosechas tu vida, donde realmente, a través del apoyo mutuo, surge la comunidad. Aunque esto no implica una caída en la idealización, o, como decía nuestro autor, en la metafísica o abstracciones innecesarias. Nuestra realidad se levanta sobre contradicciones, sobre situaciones difíciles de comprender, sobre el absurdo que envuelve las acciones que construyen nuestro devenir. Y es así que el retrato solo se puede completar a través de los vaivenes del vicio etílico, de la brutalidad innecesaria, de la discriminación revestida con las leyendas locales, de la corrupción, del egoísmo o de la potencia de una venganza irracional. Nuestro rostro no es ideal, sino que refleja la crudeza en la que fue forjado, sino que ostenta las cicatrices que obtuvo al transitar por el sendero, por la lucha por prevalecer, por recibir los ecos inmemoriales de raíces que se extendieron por la guerra, por la traición, por la confusión, por la ignorancia o por, simplemente, la implacable y violenta imposición del azar.
Y todavía el habitante del sur es más que eso: es quien se hunde en la impresión estética de la inmensidad, es quien a través de sus ojos puede traspasar la fronteras de la realidad, es quien puede hundirse en el gran vacío universal, es quien, a través de la conciencia de su finitud, de su intrascendencia, puede reforzar su volición, puede adoptar una actitud activa ante toda adversidad, ante la cárcel del permanente e ineludible ciclo que destruye toda creencia, toda expectativa, toda esperanza. En el sur de Edesio Alvarado, la estirpe acepta, sobre todo, su destino: prevalecer, ante toda duda y confusión, prevalecer, ante la violencia de la naturaleza y de las rencillas que pueden traspasar generaciones, prevalecer, ante el desánimo de uno mismo, prevalecer, ante nuestra propia transmutación en fantasmas acosados por su orfandad, prevalecer. Y es en ese impulso que se puede asumir la magnitud de una palabra que se repite en toda la obra de nuestro autor: frenesí. El sentimiento que concentra la exaltación vital en su grado máximo: frenesí.
En este punto, quiero destacar que la narrativa de Alvarado se alimentó de los distintos episodios por los que atravesó en su vida. Hay un patrón de descripciones, sobre todo en sus personajes varones, que son evidencia de que su prosa reflejó su propia experiencia. Un ejemplo de esto es el cuento “La noche del terror”, publicado en Venganza en la montaña (1959). Quiero detenerme en un párrafo en específico, que dice: “Un especialista muy experimentado me había diagnosticado una rápida progresión hacia la neurosis. He aquí la serie de factores cuantitativos que anotó entonces mi cuadro clínico: abandono culpable de mis propios estudios de Medicina; un amor descabellado con una erotizada mujer bastante mayor que yo; derrumbamiento de todas las creencias alimentadas hasta mi juventud; hábitos desorbitados y nocturnos; excesos alcohólicos y sexuales frecuentes; continuas insuficiencias económicas; percepción consciente de mi facultad artística; crecimiento casi patológico de mi emotividad; choque inevitable con la mentalidad burguesa y administrativa al uso; y luego, cuando un poderoso vuelco de conciencia individual y social me señaló el borde del precipicio, intenso trabajo intelectual y político, y un obsesionante temor a no poder salir adelante en mis personales empresas.” El protagonista de este relato establece, además, que la ciudad no le permitía reconocer su ser profundo, sumergirse en sí mismo, por lo que retorna al sur, en donde “todo concita a mirarse por dentro hasta la última huella del alma”, en donde “el tiempo habla de una manera tan intensa que es imposible no escucharle”.
Similar es la descripción del personaje de Gonzalo en la novela El desenlace (1966), el cual abandona sus estudios de Ingeniería Química después de vivir un amorío con la dueña de una pensión, una mujer mayor que él, a la cual le recitaba versos de Neruda y Whitman, con la cual huyeron y vivieron aprendiendo de Lope de Rueda y de Pirandello, relación que no funcionó y que precipitó su errancia y su búsqueda de un destino en el sur austral de Chile.
Al final, todos los caminos terminaban en el mismo lugar, en el mismo paisaje, en los mismos parajes inhóspitos, donde la voz resuena de manera singular, donde los pasos nocturnos le otorgan otro peso a la vigilia.
¿Por qué creen que los personajes de Alvarado, que se basan en su experiencia, asumen la necesidad de establecerse en las tierras de las cuales él provino?
¿Edesio escribió sobre el desierto nortino? ¿Sobre la agitación de la capital? No, todos sus personajes habitan y enfrentan los archipiélagos, las fronteras y la agitación del mar. Todos sus personajes quizá enfrentan lo mismo que ustedes.
Edesio Alvarado, es menester mencionarlo, no siempre vivió en Calbuco, pero Calbuco siempre habitó su interior. La verdad, en este sentido, se puede resumir en unas pocas oraciones: la letra surge de la sangre. La sangre surge de la tierra. Y el vínculo conforma un pacto que nutre toda conciencia, toda noción del ser: solo escribirás del paisaje donde tu existencia fue dotada de forma, donde fue dotada de voz. ¿Pueden escuchar esa voz? ¿Pueden conmoverse ante el coro que se esparce con el viento que mueve las aguas de Calbuco? Yo escucho esa voz, yo puedo conmoverme. Yo espero que me acompañen en este viaje y, que en la última hora del crepúsculo, nos podamos reconocer, no solo por haber leído las mismas palabras, sino porque estas nos permitieron dilucidar que teníamos las mismas cicatrices, que nuestro corazón palpitaba al mismo ritmo, que, siendo marcados por el llamado que solo se escucha en los últimos lugares del mundo, entendimos, comprendimos, que somos hermanos.