No quiero
que mis muertos descansen en paz.
tienen la obligación de estar presentes
vivientes en cada flor que me robo
a escondidas
al filo de la medianoche
cuando los vivos al borde del insomnio
juegan a los dados
y enhebran su amargura.
«DOS DE NOVIEMBRE», Stella Díaz Varín
Todos los relatos dicen que Stella Díaz Varín fue una mujer de armas tomar. Poeta, feminista y bohemia, La Colorina murió convertida en un mito viviente. A fines de los años noventa, la periodista Claudia Donoso comenzó la aventura de conocerla íntimamente. Este libro, del cual ofrecemos un fragmento, es un concentrado de sus conversaciones.
Capítulo Once
Claudia Donoso: Stella, no lo puedo creer. Por favor, mira para allá.
Stella Díaz Varín: Sí, estoy viendo lo que tú estás viendo. ¡La luna! Y no es luna llena, es menguante, de un porte y de un color jamás vistos. No puede ser la luna. Es un efecto óptico. ¡Ah, no, yo no había visto nunca algo así! Para no hablar del joyerío en que estamos sentadas: Valparaíso.
—La otra vez te planteé que hiciéramos un libro de cocina en paralelo al de estas conversaciones. ¿Te parecería bien?
—A mí me da la sensación de que nos podríamos concentrar en el de cocina, y digo concentrar porque no sê qué va a salir de lo que hemos grabado para el libro de conversaciones y yo no quiero aparecer diciendo cabezas de pescado, que es lo que tú en mí suscitas.
—Yo tampoco tengo idea de qué va a salir, porque, como nos la llevamos comiendo y tomando vino, no hay pauta que resista, ¿no? Tú misma has dicho que el libro presunto es un justificativo para huevear con un mínimo de respaldo moral.
—Puede ser. Oye, qué maravilla. Hoy día estaba con el dolor más espantoso, tomando Kitadol a pesar de lo que dice la letra chica, que se me va a hacer arenilla el páncreas. Ahora me duele todo. Bueno, no importa.
—Con esto que estamos haciendo, las dos corremos el riesgo de quedar por debajo de la línea de flotación, no solo tú.
—Entonces no lo hagas, porque te voy a matar, y si me muero antes no te voy a dejar tranquila, y además serán mis amigos y las personas que, a diferencia tuya, me han leído los que te harán la vida imposible. Y ten cuidado, porque no soy yo a la que retratas, sino que te retratas a ti misma.

—No me estoy comparando contigo, pero tú tampoco has leído nada mío. A propósito, ¿dónde se pueden encontrar tus libros?
—En ninguna parte. Ni yo los tengo. Bueno, no nos encharquemos, porque se va a acabar la conversación y se va a acabar todo y yo no quiero. Volvamos a la cocina. Rebobino, rebobino.
—Lo que yo he observado es que tienes muy claro que no hay que mezclar sabores, mientras que hay gente que cree que cuantos más aliños le mete a la comida todo "queda más sabroso”.
—No, eso no hay que hacerlo, porque un sabor mata al otro y si pones tomillo no vas a echar orégano y si le echas laurel no le vas a agregar romero. Conozco gente que hace porotos con laurel: vomitivo. El laurel es para los escabechados, le da sabor a las perdices, a las codornices, a los pajaritos.
—Las personas que hacen de comer con recetas tienen pesas de todos portes para no equivocarse con las medidas, pero rara vez tienen mano para la cocina.
—La medida es a criterio, ni poсo ni mucho, porque aquí no vamos a estar dando dosis, dado que el libro que pensamos es para gente que no sabe tanto pero que le gusta cocinar. Para mí, los olores y los colores de las comidas son fundamentales. Es que los alimentos son muy lindos, las frutas son muy lindas. Es cuestión de que partas una naranja... Las arverjitas, puchas, son preciosas.
—¿Crees en la farmacopea de las plantas?
—¡Pero de todos modos!, si es medicina y sabiduría popular. ¿Cómo crees tú que he llegado a los ochenta años? Porque si hay alguien que ha vivido desordenadamente desde el punto de vista gastronómico, esa soy yo. Lo que pasa es que en mi juventud no les colocaban hormonas a las vacas, los pastos no tenían pesticida, es decir, estabas comiendo comida regia y natural. Todo el mundo comía lo mismo, los ricos y los pobres. En los campos de mi abuela, por ejemplo, los inquilinos mayores que alcancé a conocer tenían ciento ocho, ciento diez años de edad, y los viejos fumaban tabaco sembrado y cosechado por ellos mismos. Viejos con el bigote como el de Charly García, para un lado completamente blanco y para el otro amarillo. Y los tipos de ciento ocho años corrían en vaca y andaban a caballo galopando, subían cerros y peleaban con el demonio. Ellos decían eso. Yo tendría unos ocho años, me iba al cerro al anca con el Leonardo y pasábamos por unas laderas terribles en que cabían nada más que las pezuñas del animal. No me daba ni pizca de miedo, porque me sentía protegida y él me iba contando cosas. "En esta curva que viene me encontré con el diablo". "¿Y qué hiciste, Leonardo?" "Ah, le hice así!", me dice, da vuelta la cabeza y me hace una mueca, la misma que le había hecho al diablo para que se desbarrancara.
—Hemos vuelto a tu infancia y a La Serena. Todavía hacen alfeñiques ahí. Yo comí hace un par de años.
—Claro, y en esa época eran unos como mojones de nuez cubiertos de caramelo, y cada vez que podía corría adonde la Ceferina, una mujer que yo adoraba. Era muy grande y con unas patas enormes, y con su hermana eran dueñas de un despacho donde vendían frutos del país, nueces, camotillos y otros dulces que eran de una repostería totalmente española. La Ceferina era soltera, independiente económicamente y muy forzuda. Se iba a las medialunas a domar toros. Le agarraba un cacho al toro y lo daba vuelta. Cocodrilo Dundee es una alpargata al lado de ella.
—Creo que este es el momento para que hagas un alcance sobre la papaya.
—¿La papaya? Una papaya diaria te disuelve los câlculos biliares, у además es el mejor cicatrizante y te limpia las venas, así que adiós colesterol. Y te saca los callos de raíz. Le cortas el potito verde y le salen unas gotitas blancas como de leche. La gente del norte se echa unas gotitas en los callos en la noche, se envuelve las patas con un trapo y amanece sin callos.
—Pasemos a las propiedades poco conocidas de elementos de uso corriente en la cocina. ¿Cuáles de ellas destacarías?
—Las del perejil. Te comes un atadito diario y adiós problemas renales. Es diurético y limpiador y te saca el olor a pescado de las manos. El vinagre, el limón, el perejil y la sal son para mí elementos antidubsin, antisépticos geniales. Si tienes una herida horrorosa, te pasas un limón y sanseacabó. Eso lo sabían los antiguos, ¿porque cómo crees tú que Aníbal atravesó los Alpes? A puro limón, sal y vinagre, el conchadesumadre.
—Acabas de emplear el término antidubsin, que pertenece a tu elenco de palabras personales, como ñaunau, ñaunansesen, dapsindipsin, dupsindapsin, jamásmente, nuncаmásmente. ¿Tienen alguna función específica?
—Son pequeñas rasmilladuras del lenguaje que uno usa para no decir cuestiones que duran cinco minutos. Son palabras comodín como el arrenquín, el trabajador que en las construcciones sirve para todo, tanto para un estucado como para acarrear las carretillas de ripio.
—No sé si a ti te pasa, pero uno de los recuerdos felices de la niñez es el de uno en la cocina mientras la gente grande preparaba de comer.
—Sí, porque en la cocina había personas que hacían las cosas con cariño. Pero eso era cuando había tiempo para cocinar, cuando en las casas vivían muchos niños, muchas viejas, mamás y papás. Pero ahora las mujeres trabajan en las oficinas, así que no van a estar cocinando como antes, cuando todo era con mucha mano de obra. Imagínate lo que sería ahora hacer manjar blanco, que tienes que estar horas revolviendo la leche con una cuchara de palo. O hacer conservas, que era una ceremonia de horas pelando tomates y duraznos en la cocina.
—Además del comer está el dar de comer.
—Me encanta esa expresión, porque no es para uno, sino para los demás. Estando sola no como, prefiero morirme de hambre. Es muy triste comer solo. Los cavernícolas no comían solos cada uno en un rincón, comían juntos alrededor del fuego.
—Háblame sobre los Cacharpas, unos personajes de La Serena que una vez nombraste y que me parecieron muy misteriosos.
—Esos eran los Muga y los Puga, una familia a la que le decían los Cacharpas, no sé por qué. Eran una especie de tribu donde todos estaban casados con todos, una mafia horrorosa, elemental, primitiva, y si se trataba de sacarle el cuero a un burro vivo ahí estaban ellos y se lo sacaban entre todos. Eran areneros y pasaban corriendo a pata pelada con burros cargados de áridos y la gente cerraba las puertas cuando los sentía venir. Una vez fui al río a investigarlos. Tenían el timbre en un árbol y adentro de las casuchas había hasta alfombras persas. Las mujeres eran verdaderas gitanas, con unos ojos negros y pestañas de cuatro metros que seducían a los jueces y a los secretarios de los juzgados. Los Саcharpas no entraban a las casas, no asaltaban, sino que extorsionaban y eran dueños de las casas de putas de La Serena, de La Nora, de Las Motores, a la que le pusieron así porque estaba frente a los motores eléctricos que le daban energía a la ciudad y que sonaban toda la noche. Las niñas de Las Motores eran preciosas, y el judío Waissman, que era dueño como quien dice de un mall, porque vendía desde bicicletas hasta calcetines, sacó a una del prostíbulo y se casó con ella.
—Volviendo a los trucos domésticos, ¿cómo se hace para conservar frescas las flores en los floreros?
—Aspirina, pues, hombre, y las varas hay que cortarlas en escorzo, en diagonal. Haces dos cortes en la base del tallo. Y otra cosa: para conservar hortensias y achiras, metes los tallos en agua hirviendo.
—No creía que fuera posible hacer durar las hortensias.
—Te lo juro, hermana, y después así las bichas mirándote, porque el agua hirviendo las sella. A las flores que le pongo a mi mamá siempre les echo una aspirina.
—Te he visto cortar jazmines del cabo por las calles.
—Siempre me ando robando flores, y las pongo en un florerito lindo de cristal verdadero junto a una foto de mi mamá que tengo en mi pieza arriba de mi cabeza sobre un estante, y ese es su altarcito. Ahora te diré otra cosa: a mí las flores me gustan en su mata. No me gustan cortadas, pero cuando tienes un departamento de cemento sin ni un dios que te guarde, bueno, lo menos que puedes hacer es poner cada vez que puedas unas flores hermosas de colores... Échame otro poco de vino, me encanta que me...
—Que te escancien.
—Sí, Ganimedes. O Ganímedes.
—El copero de los dioses.
—¡Ah, te acordaste! Oye, esto es de locos. ¿Dónde se ha visto a un par de gallas que, tragediosas y todo, se mandan a cambiar de Santiago, se meten a un departamento en Valparaíso, sin música, sin nada, y miran por la ventana y cocinan y conversan cinco días seguidos? Porque no es que sean amigas, no más. No son amantes ni tampoco son madre e hija... Entonces, ¿qué son?, porque verdaderamente lo que tú y yo hacemos no tiene nombre.
—¿Qué será, crees tú?
—Hay un imán. El imán patafísico... Estoy enamorada.
—Yo sé que estás enamorada.
—En este momento estoy enamorada. Es que es hermoso. Y cuando te enamoras, ¿cómo te enamoras? Desde la pajarilla, y eso es Platón en el sentido del verdadero tuétano.
—¿Te da vergüenza?
—Me parece una bendición. Y si soy capaz de estar enamorada, es un don. Y no lo estoy soñando. Yo creo que es la primera vez que estoy lo que se llama enamorada, cosa terrible, porque toda mi vida he estado en guardia diciéndome yo soy yo, no dependo y no voy a dejar que nadie se infiltre.
—¿Qué es lo que te conmueve de él?
—Me conmueve su pensamiento, me conmueve su manera de andar, me conmueve su torpeza, me conmueve su inmadurez, me conmueve la estupidez de este crío ridículo que podría ser mi nieto. Y lo increíble, lo que nunca antes me pasó, es que me erotiza, y yo no soy una vieja verde. Soy una mujer escueta, ascética y renuente.

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Claudia Donoso nació en Santiago en 1955. Durante tres décadas ejerció el periodismo en diversas revistas particularmente en el ámbito cultural. Es autora del libro de testimonios "La manzana de Adán" —con fotografías de Paz Errázuriz—, de la novela "Insectario amoroso" y del volumen "Enrique Lihn en la cornisa". También ha realizado dos exposiciones individuales de collages.