¿A qué clase de balance puede referirse esta Rendición de cuentas, del poeta Galvarino Santibáñez (Mejillones,1959), radicado en Suecia desde hace más de cuatro décadas? Estamos ante un libro de poemas —cuidadosamente editado en la Colección Pleamar de Pampanegraediciones, que además cuenta con un prólogo de Patricia Bennett Ramírez y un epílogo de Daniel Rojas Pachas— dividido en tres partes: “Hoja debida”, “Otredades” y “Plan de fuga”. Conviene advertir que no es fácil dilucidar si estas no son más que las secciones de un poemario o constituyen una trilogía publicada en un solo volumen, y que este pequeño enigma bien puede ser parte de la juguetona ambigüedad con la que, junto a otros recursos, este poeta exige magistralmente que su lector se mantenga atento y participante. En cualquier caso, a juzgar por las fechas de algunos textos, se trata de una obra de largo aliento.

Veamos “Hoja debida”, donde debida puede leerse tanto refiriéndose a una deuda (de la que se da constancia agradecidamente) como a un deber (el escriturario, por supuesto). Y como si esto no fuese suficiente, al ser la poesía algo que se escucha, esta Hoja debida se transforma en Hoja de vida (hablo de lo que estoy viviendo). Lo normal sería esperar que el contexto inmediato —el que se infiere de las combinatorias en el texto— fuera el camino para desambiguar estas posibilidades, pero el poeta Santibáñez es lúdico por naturaleza y su lector ha de estar atento a los juegos de palabras, asociaciones libres, alusiones, ironías y hasta parodias que le saldrán al paso en esta parte y a lo largo de todo el libro.
En relación con “debida” veremos que las tres posibilidades se mantienen. Como deuda, al leer advertiremos que en la mayoría de los poemas hay referencias a la poesía de habla castellana, desde las jarchas a los poetas contemporáneos, podemos leer: “Tú escribes un poema, también yo. Es el mismo poema, el mismo texto:/ tú borras un verso a un millón de años de distancia del mío/ y ese versículo aparece como una serpiente en mi poema” (19). Galvarino Santibáñez vive en Suecia y necesita conservar su lengua materna. La citas y alusiones a la obra de estos poetas le son necesarias para reafirmar una raíz que le es fundamental y que lo habita y lo lleva a manifestar su deuda con ese mundo. Como buen poeta de la diáspora no olvida su origen. Siente el deber de saldar esa deuda mediante su propia escritura poética y la acción de esto y su resultado también constituyen su “Hoja de vida”.
“Otredades” está llena de alusiones al lugar donde el poeta reside y escribe sus versos pero también a su país natal, mirado ahora desde la lejanía y el recuerdo. La ironía tan peculiar en este poeta no deja cabida a ninguna clase de sentimentalismo. Hay, eso sí, una mirada crítica, como si siempre se estuviera subrayando una cierta inconformidad tanto con respecto al país de origen como el de acogida, de modo que esta circunstancia siempre queda al desnudo. No en vano “Otredades” comienza con un largo poema titulado “Cartas en el asunto” en él puede leerse en su sección XI: “De qué transformación/ social o personal me habla usted. //Usted se deshilacha. / Usted se pudre. //Viviendo a los cuarenta/ una vejez por adelantado/ en una casa de reposo/ donde infancia, juventud y ancianidad/ se trenzan y confunden/ en el Abrazo Apocalíptico del Bienestar” (73). En este “Usted”, al que la voz se dirige y que, sin lugar a duda, es un testaferro de un “Yo”, se aprecia una falta total de amargura o resentimiento que quizá serían comprensibles debido al tema (el exilio por convención es doloroso y no está exento de rencores). Lo plañidero no tiene cabida porque estamos ante un poeta cuya actitud crítica y notablemente lúdica lo lleva por otros caminos, donde el distanciamiento garantiza nuevas y necesarias significaciones, en las que no faltan unas buenas dosis de autoironía. Así, en el poema “La pantalla es una herida”, leemos: “Soy un feto/ Saco la cabeza del televisor uterino/ Éxito:/ Me reencarno en un telespectador nórdico” (120). Y en la página siguiente: “Yo fui fusilado/ contra una pantalla. /Me tocó el paredón/ de la Carta de Ajuste” (121).
También hace parte de “Otredades” el acercamiento a un buen número de poetas y escritores contemporáneos con los que dialoga. Entre otros, Enrique Lihn, Gonzalo Rojas, Nicanor Parra, César Vallejo, Borges, Pessoa, Celan. Esta parte obedece al título “Actos de presencia” y tiene un epígrafe muy sintomático: “Si estás en la Palabra, tienes Patria” Estos diálogos, plasmados en la lectura y en la propia escritura, son para el ánimo del poeta Santibáñez como una isla en medio de un mar de desarraigo.
La tercera parte, “Plan de fuga”, donde aparecen unas cuantas páginas en prosa, marca una acentuación de la disconformidad, manifiesta ya en el epígrafe de Paul Celan que la precede: “Negro se abre el portón, yo canto:/ ¿Cómo pudimos vivir aquí?”. Los primeros poemas se titulan “Baladas”, en ellos la presencia de la autoironía es notable: “El espejo de la casa/tiene una raya/en el centro/La partidura del dueño/va por dentro” (131) que recuerdan un dolor semejante al que se expresa en la conocida frase “La procesión va por dentro”; es decir, hay una gran pena que no se exterioriza. Sintomática es la última estrofa de estas baladas: “Te ves más viejo que nunca/ en este espejo recién comprado” (133).
El tema de la muerte no es ajeno a este “Plan de fuga”, sobre todo en los poemas de “Rondó”, que comienza con un sintomático “[recado a Francisco de Quevedo] “A los cuarenta/ la muerte nos sorprende con el primer agarrón// A los cuarenta y siete/ nos empieza a correr mano (aunque no delante de todos)” (149). En “Plan de fuga” también se intercala la prosa. Así, en “Pasacalles encontraremos una suerte de poética que subraya una búsqueda no exenta de humor:
La literatura bien puede llegar a ser una venganza. La literatura bien puede ser la intérprete de la locura; la literatura bien puede ser todo un malestar orgánico organizado en signos afásicos, en dislalia compulsiva; puede ser las últimas llamas de un fuego sofocado por la sociedad establecida, en donde huele siempre a quemado, aunque no sea bueno preguntar de dónde provienen esas cortinas de humo (138-139).
La visión poética tan propia de Galvarino cerrará el libro con otro texto en prosa: “José Donoso traductor” (189-198), donde bajo el disfraz de una larga nota literaria, se produce una doble parodia: por un lado, se tocan los gustos estéticos y la obra del gran escritor chileno; por otro, al género y a la voz que se emplean al hacer este comentario. En este último aspecto, se puede concluir que Galvarino Santibáñez, una vez más en este libro, ha asumido, desde una risueña y sabia claridad, que el lenguaje es la casa del ser (Heidegger).
Y deja ante nosotros, sus lectores, una obra que nos mantiene despiertos y pensantes con su placentera y aguda singularidad.
Santiago, 20 de junio de 2026