.............. ANTONIO SKARMETA


[ A PAGINA PRINCIPAL ] [ A ARCHIVO SKARMETA ]


 

La Cenicienta En San Francisco
(Continuación)

 

-Lástima -dije-. Esto podría haber dado para largo.
-Quizás vaya a Chile -dijo-. Puedes darme tu dirección. Te llamaré por teléfono. ¿Tienes teléfono?
-Sí -dije.
Al tratar de recordarlo noté con agrado que lo había olvidado totalmente. Al mismo tiempo se me hizo presente la casa, mi familia, el local del Instituto Pedagógico donde estaba estudiando, pero todo como un bloque confuso donde no podía distinguir detalles, los mismos odiosos detalles que, grabados todo el día en Santiago, me habían puesto los pies en un barco de carga, para venir a Estados Unidos, con el propósito de mandar al diablo el peso de la vida vacía y monótona de la patria.
Todo va muy bien entonces -dije en voz alta aunque hablando para mí-. Se podría empezar toda la historia de nuevo. Podría ser perfectamente.
-¿Qué dices? -preguntó Abby.
Había hablado en español. ¿A qué venía en ese momento contarle toda la historia?
-Chile -dije-. Estaba pensando en Chile.
-Chile -dijo ella-. Es divertido el nombre. ¿Dónde queda Chile?
Le pedí que se apartara  de la chaqueta, y saqué del bolsillo interior un libro.
-¿Qué es eso? -preguntó-. ¿Un libro tuyo? ¿Ya has publicado?
-No -contesté-. Este es un libro de Saint John Perse. Se llama "Anábasis". Quiero mostrarte algo.
Busqué entre las páginas del tomo un papel muy doblado que allí guardaba, que no lo había estudiado desde la misma noche que zarpé de Tocopilla. Cuando lo hallé, lo extendí sobre el suelo, aplanando con las palmas de las manos toda la doblada y arrugada superficie. Le hice una seña a Abby, pidiéndole que se acercara. Permanecimos de rodillas, ubicados estratégicamente de modo que la escasa luz cayese directa sobre el papel.
-Un mapa -dijo-. Es un mapa de América.
-De acuerdo -respondí.
Apunté con el índice a un lugar en el extremo superior de la hoja, y le pregunté:
-¿Reconoces esto?
-Viejo y loco San Francisco -dijo riendo.
-Atención ahora -dije.
Con la mano abierta empecé a descender lentamente, silbando entre dientes, hasta quedar a unos veinte mil kilómetros al sur.
-¿Qué es esto? -dije, mirándola a los ojos.
-Chile -respondió, absolutamente segura.
-No -dije-. Todo esto es Sudamérica. Ahora fíjate bien.
Trasladé el índice hacia la costa del Pacífico, y le señalé un montón de manchas cafés que se extendían alrededor de veinticinco centímetros.
Esto es la cordillera de los Andes. Cuando me levanto en las mañanas y voy a la Universidad, veo siempre sus montañas nevadas. Y aunque a veces ando cabizbajo y emputecido de cuadra en cuadra, no puedo dejar de echarles una mirada furtiva, y por un tiempo esas miradas me bastaron. ¿De acuerdo? Bien. Dime ahora. ¿Dónde está Chile en este mapa?
Abby me miró fijamente y puso su mano sobre mi espalda. Después ladeó el cuello y contemplo con una mueca meditativa el papel.
-Aquí -dijo golpeando con el puño un territorio verde y extenso.
-No, señor -repliqué-. Eso es la Argentina. Un gran país, Mira aquí.
-El mar -dijo.
Hizo un gesto de niña taimada y agregó:
-Mira Antonio, si ahí está el mar -indicó con un dedo el azul del Pacífico- y aquí la cordillera de los Andes, que tú ves todas las mañanas cuando caminas emputecido por Santiago, y aquí está la Argentina, entonces Chile está en la Argentina y tiene que ser esto que está aquí.
-No -repliqué-. Lo que estas mostrando es Mendoza. Una ciudad de Argentina.
-¿Has estado allí? -preguntó.
-Sí -dije.
-¿Y aquí? -señaló Salta.
-No -contesté.
-¿Por qué?
-No sé. Fíjate bien ahora.
Puse la uña del dedo central en el punto del mapa que decía Arica y la tiré hacia abajo dejando una frágil hendidura en el papel ajado por tantos ajetreos.
-¿Ves eso? -pregunté.
-Si -dijo.
-Chile.
-¡Eso!
-¿Qué esperabas?
-No sé. ¿Pero eso es un país? ¿Cuántos caben ahí dentro?
-Ocho millones.
-¿Ocho millones?
-Y holgadamente. Eso blanco que ves en esta punta también es Chile. Se llama la Antártida. Está llena de nieve. Hay focas, pingüinos y unos sesenta hombres.
-¿Has estado allí?
-No -contesté-. ¿Por qué?
-Se me ocurrió que podías haber estado. Pareces haber estado en muchas partes.
-No creas -dije-. Aún soy un provinciano. Me falta lo mejor. Nos falta lo mejor, todavía.
-¿"Nos" falta?
-Sí -respondí-. A los ocho millones. Nos falta lo mejor.




-¿Estan tristes acaso? ¿No están contentos?
-No están contentos -dije.
-¿Por qué?
-Porque nunca están contentos.
-¿Por qué?
-Porque están empezando, por eso.
-¿Tú estás empezando?
-Seguro -dije-. Mira aquí. ¿Ves? El mar. ¿Cuánto mar crees que hay aquí?
-Más que en toda California.
-¿Cuántas veces más?
-Diez veces más.
Cogí una cerveza, la bebí hasta la mitad y le pasé el resto a Abby. Ella la rechazó con un gesto, la puse en un costado y nos dejamos caer sobre la chaqueta. Luego nos desvestimos, y entonces si, hicimos el amor nostálgica y alegremente, sin separarnos un momento, mirándonos las frentes, y las narices y las orejas, y el vello sobre las axilas, y yo a ella sus senos, y ella a mi ombligo y mis piernas y el pelo encima del sexo, y nos olimos la piel sobre los pómulos, y la espalda y el aliento empañado del olor a cerveza, y el sudor sobre las cinturas, y nos metimos los dedos entre el cabello y nos acariciamos las cabezas violentamente, antes de amar, y más dulcemente luego, cantando largas odas silenciosas al azar, y al sin sentido y a la muerte de lo que habíamos hecho, que la presentíamos próxima a medida que la luz del alba invadía los entretechos, y los objetos por primera vez mostraban la riqueza de su textura, apilados en los rincones, fríos, trastos de escombros inutilizables, maderas terciadas carcomidas, cajones de manzanas repletos de tarros y herramientas fuera de uso, ampolletas quemadas, botellas cubiertas de esperma, papeles de envolver grasosos, trozos de virutilla, cera endurecida ocupando una vasija con el asa quebrada, telarañas de epeiras construidas en forma de abanico colgando de la lámpara de lágrimas, que se inflaban levemente al recibir el soplo del aire frío que empezaba con el amanecer. Todas las cosas parecían reposar, apagadas, como seres humanos olvidados, y nosotros entre ellos, cubiertos de polvo mohoso del entretecho, tibios, abrazados, burlándonos pacíficamente del mundo al que pertenecíamos, con los más pequeños movimientos parecíamos estar naciendo, respirando por primera vez en el mundo, esforzándonos por brotar desde esa chatarra que nos acechaba, sin hacer ruido, apenas con los gruñidos roncos del acto de amor, que aquí y allá, especie de preguntas de los animales de una misma especie, salían de nuestras gargantas y eran pronto tragados por el empapelado café de la habitación. Cuando la luz ya había llenado con hiriente resplandor la habitación, y del gris había pasado a transformarse en un amarillo pálido, Abby pensó que ya serían las seis y que lo mejor que podíamos hacer era bajar al baño del departamento, pasarnos jabón por la cara y mojarnos la nuca y partir a buscar a los actores que ya estarían desayunando el mismo matutino alimento que empezábamos a notar que nos faltaba cuando las tripas nos sonaron al unísono, mientras nos vestíamos sin prisa y hábilmente. Nos sacudimos las ropas y tiramos las latas vacías por la ventana, que rebotaron en el empedrado de la calle haciendo un ruido de veinte mil diablos. Guarde el mapa dentro del libro de Saint John Perse, en una página que empezaba un poema diciendo algo así como que es "un tiempo de alta fortuna, cuando los grandes aventureros del alma, solicitan paso en la calzada de los hombres, interrogando a la tierra entera sobre su era, para conocer el sentido de ese muy grande desorden..." y no recuerdo qué otras cosas del mismo tamaño que me hicieron apretar el libro sobre la mejilla y guardármelo con prisa en el bolsillo para tomar la cintura de Abby y bajar silenciosamente las escaleras.
          Cuando entramos al departamento lo hicimos con cierto mesurado alboroto de modo que Winslow y Suzie si estaban ocupados, tuvieran tiempo al menos para subir la sábana o para peinarse. Golpeamos en el dormitorio de Suzie y la vimos sola, durmiendo, la mano bajo la almohada y respirando apaciblemente. Sobre el velador había un mensaje de Winslow para mí comunicándome que iría a decirle a su madre que se iba a México, que me acordara que partíamos a las ocho de la mañana, que iba a conseguir unos dólares y comprar un neumático de segunda mano para llevar de repuesto, y que Suzie era algo muy serio y solicitaba a Dios que la bendijera, y que bendijera a Abby, y que no permitiera que se quedase dormido mientras llevaba el coche al garaje. En tanto leía el mensaje, Abby había ido a la cocina y apareció con un par de manzanas que procedimos a masticar sin lástima, no sin antes haberle sacado lustre con la colcha de la cama, hasta dejarlas convertidas en un par de cosas bellas y brillantes. Después de darle un par de mordiscos, caminó hasta el espejo y comenzó a trabajar con cierta torpeza en el arreglo de una chasquilla.
.......... -Es el peinado de Cenicienta -dijo-. Viajaremos vestidos. No llegaremos a Sacramento a la hora, como para cambiarnos en el teatro.
.......... Yo la miré hacer masticando sin cesar la manzana, hasta que ella hubo terminado y cogiendo una maleta de la que se asomaba una tira de raso rojo, me invitó a que la siguiera y bajamos las escalas, y nos introdujimos en su auto, un Chevrolet del 54 cuidado con esmero. Se puso al volante, y echó a andar el coche por las calles de San Francisco, respetando las solitarias luces de los semáforos como si no llevase prisa alguna, como si de repente hubiese deseado demorar el viaje, o cambiar de ruta, ir hacia el Mirador en la cumbre de la colina, y quedarnos allí besándonos y charlando a borbotones lo que quedaba por decirse, y que ahora , atendiendo a los sentimientos que comenzaban a cogerme, presumía que iba a quedar callado, abortado sobre los tapices escoceses del asiento delantero del Chevrolet que implacable subía Laguna Stret, rumbo a la Avenida Broadway. De pronto se detuvo en una esquina y golpeó dos veces la bocina; una cara sonriente se asomó a la ventana y la misma cara sonriente apareció cinco segundos más tarde, vestida con malla negra, un frigio anaranjado y un jubón de terciopelo granate finiquitado con encajes dorados en las mangas y rodeándole el cuello. El muchacho abrió los brazos como saludando al mundo, aspiró el aire profundamente y lo retuvo inflando toda su estampa, y luego se inclinó ante Abby haciendo un saludo cortesano, y caminó airoso hasta el coche acarreando un maletín de viaje, y dijo "Buenos días" con acento irlandés y me estrechó la mano y tarareando una balada isabelina se ubicó en el asiento trasero e indicó a Abby una dirección. Más adelante recogimos a dos muchachas vestidas de un negro riguroso, que durante gran parte del viaje fueron repitiendo parlamentos, sin darles entonación alguna, y tratando de ajustarse unas narices de cartón retorcidas como un puñado de serpientes. Abby me pidió que me acercara y me dijo quedamente al oído una especie de frase convencional de despedida, que me hizo apartarme un poco molesto e inmediatamente poner el brazo sobre sus hombros al notar que temblaba tratando de sonreír. Le dije que se quedara quieta y no se preocupara, que la vida tenía más vueltas que una oreja, y que clase de Cenicienta era si se iba a poner así cada vez que un animal como yo abandonara la partida. Pero lo cierto es que esta vez tampoco resulté convincente, porque me dieron ganas de apretarla y echarme a llorar como malo de la cabeza, pero me puse firme, y aunque no boté una sola cochina lágrima, me salió abundante líquido por las narices, que no tenía ninguna importancia porque me lo limpie con la manga con un gesto displicente y pasó como un resfriado perfecto.
..........
Al llegar al puente de Berkeley, la carretera se bifurcaba y tuve que apearme para agarrar el camino a casa. Saludé con un gesto al príncipe y a las hermanastras y caminé unos metros por el puente con Cenicienta, y miramos el agua a nuestros pies, y encendimos un par de "Camels" entre sonrisas nerviosas y luego, refugiándonos tras una columna, nos acariciamos hasta ponernos rojos, y entonces el maldito príncipe tocó la bocina. Acompañe a Abby hasta el coche; se metió en él; puso primera; el vehículo se movió lentamente e hizo el ruido típico de cuando le meten segunda. Vi cómo le metieron tercera, y lo miré un buen rato más. Después agarré el camino del puente con prisa, para llegar caminando a Berkeley antes de las ocho e irme a México con mis camaradas. Pronto advertí que la caminata iba a ser larga, he hice señas agitando el pulgar a los automovilistas para que me adelantaran siquiera un par de kilómetros, pero no hubo un solo hijo de perra que me parara, excepto un bus que venía detrás de un jeep al que le había pedido auxilio y que frenó con gran estrépito, y bufó como un buey abriendo sus puertas a presión. Trepé de un salto, y un conductor negro me esperaba ofreciéndome un boleto.
......... -No tengo dinero -dije.
.......... Me dí vuelta los bolsillos y se los mostré. El negro se largo a reír como si fuera el mismísimo dueño del mundo, y me dijo que pasara y me sentara cómodamente e hiciese igual como si estuviese en casa, y yo le agradecí, y el negro se fue riendo todo el camino, hablándome cosas ininteligibles y oteándome de cuando en cuando por el espejo retrovisor, y jajajeándose más fuerte cada vez que lo hacía, hasta hacerme reír y hacer reír a un obrero situado en el asiento posterior al mío, que inició un dialogo entre carcajadas con el chofer, que lo hizo reír a éste más fuerte, y al ver tanta risa, yo que soy más tentado que Juan Maula, me largué a reír con esa risa que a veces da sin que podamos controlar, expresando la satisfacción por el mundo y ese estado de beatitud manifiesto en el pichí que se te cae por dentro de los pantalones y que tratas de evitar apretando los músculos, pero que no lo conseguirás, porque tu alma entera se está volcando, y lo único que cabe hacer, es llamar a todo eso como uno sabe que se llama, y orinar a pata tendida, como un honesto ciudadano.


 fin

Imagenes: Alejandro Lagos, en La Bicicleta.


 

 

 




[ A PAGINA PRINCIPAL ]
[ A ARCHIVO SKARMETA ]

letras.mysite.com , proyecto patrimonio , Antonio Skarmeta : La Cenicienta en San Francisco : Cuento.

mail : letras.s5.com@gmail.com


proyecto patrimonio te invita a enviar tus sugerencias y comentarios