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F A L T A
(Víctor Hugo Díaz. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2007)

Cristián Gómez O.
The University of Iowa

 

Esta es una poética del detalle. De la sutileza y del detalle, aunque en principio no lo parezca. Es la estética –valga la redundancia– de aquello que falta, de lo ausente.

Díaz (Santiago, 1965), personaje ubérrimo avecindado en los tráfagos de su ciudad natal, ha demostrado especial oído a los mundos posibles que en ella residen. Con esto quiero de partida desautorizar (de ser posible) cualquier idea del poeta como un insecto con potentísimas antenas receptoras. Denominador común de estas imágenes del poeta en tanto índice atmosférico del alma o del ritmo de la ciudad/país (generalizaciones que suelen gustar de la metonimia), es obliterar la labor misma del poeta en tanto creador, de pasar por encima de ese cedazo que necesariamente es el lenguaje (y, por extensión la ideología) del poeta.

Quede claro entonces que todo aquello que podamos leer sobre la ciudad o sobre ciertos personajes que pueblan la ciudad, pasan primero por la perspectiva de Díaz. Esto, que pareciera de Perogrullo, suele relegarse a un segundo lugar, como si la experiencia literaria tradujera una experiencia real o de primera mano, y la orfebrería y el entramado que en paz descansen. Es particularmente pertinente recalcar esto en libros como el de V.H. Díaz, en el que se despliega primariamente una ficción comunicativa y referencial y cuyo acento (pareciera) que está en el mensaje: allegados, happy hours, marcas de automóviles que especialmente antaño significaran algo parecido al status.

Sin embargo, si el libro se sostiene es precisamente por aquello que no está expuesto a simple vista, por aquello que falta, leit motiv de la forma y el fondo en este libro.

La aventura formal de este libro tiene la ¿virtud? de transparentarse para actuar por omisión y sutileza: los detalles de los que habláramos en un principio se enraízan en un lenguaje, como hace mucho dijera Pound, cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades. Es el caso, por ejemplo, de un poema como “Corte en trámite”, texto que cierra el libro pero, como veremos más adelante, no lo “redondea”. El sintagma Corte en trámite es una frase de uso tristemente célebre en Chile y que remite a la posibilidad más o menos inminente de que algunos de los servicios básicos, como el agua, el gas o la luz, le sean cortados al consumidor que no cumpla con el pago de sus mensualidades. En el poema de Díaz, sin embargo, “corte en trámite” si bien nos introduce en la atmósfera del Chile actual, de las morosidades cotidianas y los malabarismos en que se incurre para mantener la condición de ciudadano, también connota otras posibilidades semánticas, como por ejemplo, y fundamentalmente, “la cuerda de seguridad a punto de cortarse” (47). Aun cuando no se aleja demasiado con esta frase del “rumbo” trazado en el título del poema (la cuerda de seguridad nos refiere al mundo de los obreros de la construcción, de las condiciones laborales precarias en medio del boom inmobiliario santiaguino), la bidimensionalidad de ese corte nos remite en cualquier caso a una inseguridad, a la falta de amparo y protección.

En este sentido, no es menor que el símil con que se compara la cuerda en cuestión sea la autobiografía, de la cual se destaca no la construcción de un sujeto, sino su distancia de los otros. O si se quiere, la construcción del sujeto pasa por la diferenciación de los otros. No extraña, entonces, que la comparación de la autobiografía como un proyecto inconcluso en su precariedad, se extienda a la lógica del asaltante que busca cumplir con una ley del mínimo esfuerzo (asaltar en tres plazas, ojalá cercanas entre sí), en lo que es una obvia, pero contundente referencia a esas condiciones de posibilidad, a saber: la economía neoliberal en su estadio transnacional en el Chile de principios de siglo, que en última instancia son también el tema y la retórica de falta (así, con minúsculas, que es como Díaz titula el libro).

Si, como se nos dice en el epígrafe con que se abre el libro, “Lo único terrible sucede a plena luz/a ojos de todos”, la imagen de ese andamio en un edificio en construcción, cuya cuerda de seguridad está a punto de cortarse, no puede ser más elocuente. De hecho, hay en este libro una ida y vuelta permanente entre lo que vemos y lo que no vemos, entre aquello que de tan evidente se nos oculta y aquello que a pesar de estar oculto es, oxímoron de por medio, evidente. En “Día de celebración” asistimos a todo lo que ocurre con posterioridad a la ceremonia, pero se nos escamotea esta última; en “Palas” la actividad económica y/o arqueológica guarda su necesaria contraparte con toda exhumación de cuerpos que en Chile remite necesariamente al hallazgo de los cuerpos de los detenidos desaparecidos, i.e., todo documento de cultura es necesariamente un documento de barbarie, para ponerlo en términos de Benjamin y sentenciar el origen para nada inmaculado del vendaval neoliberal. O en palabras de Eduardo Galeano, al que nadie cita en estos tiempos, se torturó al pueblo para que los precios pudieran ser libres. V.H. Díaz, a propósito de lo mismo, decía en un libro anterior: “Ahora que las escenas de pobreza/pasaron de moda en poesía”.

A este respecto, una nota: el fin de la experiencia como una posibilidad de redención de “lo poético” en contraposición a las limitaciones de la existencia cotidiana, implica necesariamente que este libro se escribe desde la derrota. En consonancia con lo expresado por Patricia Espinosa en la presentación del libro, creo que en este último volumen de Díaz se asume tanto formal como temáticamente que la derrota histórica que significaran los regímenes autoritarios también constituyó (y constituye) una derrota literaria: puesta entre paréntesis la comprensión de la Historia en el presente, precisamente gracias a la transnacionalización del capital y la creciente separación de los signos de sus referentes, en una especie de autorreferencialidad de significantes que es como ha sido definida la postmodernidad por Jameson, falta exhibe y esconde las realidades a las que alude para subrayar el hecho de que algo, dramáticamente a veces, falta: “Llena la garganta de palpitaciones/casi invisible como el rastro/que dejan los pájaros en su paso por el aire” (12). Esta “realidad” a la que el poemario alude oblicuamente se hace evidente un par de versos más adelante, probablemente de los más decidores (y logrados) del conjunto: “Coronas o plantas de invernadero/que evitan marchitarse bebiendo por la herida/y envidiando longevidad a las flores de plástico” (12). Se podrían entregar más citas que abundaran al respecto, pero lo que nos interesa señalar aquí es una evidencia que nos parece palpable tanto en el libro de Díaz como en otros de la última década en la poesía chilena, cual es la inextricable relación entre Historia y escritura manifiesta en Díaz como una especie de causa (no tan) ausente, que entra y desaparece de la escena con igual frecuencia: siguiendo todavía el planteamiento de Fredric Jameson, la Historia no actúa aquí como un supuesto “referente” o “contexto” previo al texto; por el contrario, nuestra única posibilidad de acceder a ella es a través de su previa textualización, lo que no significa, sin embargo, la tachadura del referente ni la disolución de la Historia, como cierto post-estructuralismo quisiera concluir.

El modo o los modos en que este tipo de textualización opera dentro del libro de Díaz es variado, pero creemos que responde por sobre todo a la necesidad de asumir la complejidad del momento histórico presente, dentro de las distintas alternativas formales que el autor poseería para sacar adelante el embrollo: por una parte, Díaz ya había mostrado en sus textos anteriores y lo vuelve a demostrar con éste, que la salida a los conflictos sociales y políticos con los que lidia, no la buscará en una agenda “cultural” ni en repertorios académicos que han hecho suya cierta idea de la marginalidad (marginalidad estimulada paradójicamente desde el centro), ni tampoco intentará apoyarse en una defensa nostálgica de la poesía como refugio inmaculado de la subjetividad, ya sea a través de (la defensa de) la tradición poética o del intento de la recuperación de un pasado puesto a propósito fuera de la historia.

Muy por el contrario, en este libro la opción por el silencio cobra un especial significado. Al ser incapaz de acceder a una totalidad, la fragmentación discursiva se traduce en alegorías que mantienen entre sí relaciones de contradicción, contrariedad y complementariedad. Estas producen una clausura semántica (Greimas y Court, 1979), en la medida en que todo signo encuentra su contrario, desplazando el significado desde lo dicho a lo no-dicho: y aquí nos encontramos con Díaz otra vez, que utiliza este recurso para (o tal vez deberíamos decir: es su único, brillante y desesperado recurso(1)) encontrar la salida formal que le permita, entre el fragor neoliberal de un Chile que ha abandonado la etapa del capital patrimonialista para ingresar de lleno en el período del capital flotante y transnacional (Cárcamo, 2007), atacar esas contradicciones en su representación ideológica, en ese silenciamiento que constituye su propio inconsciente político, el cual se administra (o se reprime) a través de esas salidas formales que mencionábamos recién, a saber: el poema “Camaro rojo”, por ejemplo, nos pone en presencia de un signo de doble significación que muestra y esconde el panorama –ideológico y referencial– al que alude.

Allí se nos muestra, a través de una descripción de un modelo automovilístico(2) más o menos asentado en la memoria de los que fueron niños en los setentas, cuya sola mención era sinónimo de cierto status social, un Camaro que es a la vez símbolo de libertad y (contradictoriamente) de encierro:

                                   Amplio, cómodo y para dos
                                   aunque no va a ninguna parte
                                   corre a doscientos en carretera
                                   por donde se fuga de noche en sueños. (20)

La aparente contradicción se explica porque el poema gira en torno al coa penitenciario, que por “Camaro rojo” entiende el camastro en el que los reos pueden mantener relaciones sexuales con sus respectivas parejas con (relativa) intimidad. Así “Los Días de Visita/van a dar una vuelta por las calles del barrio” (20), en el que el proceso semántico no se contenta con reproducir una cierta comprensión de la realidad, sino que se relaciona con ella a través de un universo simbólico (en este caso, el Camaro, pero también nociones comunes como la dicotomía encierro v/s libertad), re-presentándola gracias a una imaginería que termina evocando un universo carcelario que no termina con los límites de la propia cárcel. Del mismo modo, el conjunto completo se beneficia de este modelo de escritura en que la reiteración de la ausencia es una especie de quita y pone contrapuesto a lo efectivamente dicho: las relaciones de producción que aquí se
re-producen no pasan por el desenmascaramiento ni de una falsa conciencia ni tampoco por la repetición del modelo de la teoría del reflejo (realidad→autor→poesía), sino que en su contradicción interna, el texto y la imagen ideológica (de la realidad) que él expone, no transitan en un sentido unidireccional. Muy por el contrario, los significados se mueven en múltiples direcciones, en tanto no se trata aquí sólo de homologías entre (si vamos a decirlo con brocha gorda) el libro y su contexto; más bien existe la posibilidad de que el libro se maneje como una respuesta, una reacción simbólica de rebeldía ante ese acontecimiento histórico (la derrota que significa la instalación neoliberal como sistema ordenador de los intercambios en la sociedad chilena y latinoamericana) que es para la primera un subtexto, pero también un dilema.

Cuando a todo lo largo del libro vemos que la metáfora de la carencia, de la falta, nos conduce también a la idea de estar en falta, de haber cometido sino una imprudencia, un acto indebido, vemos que se intersectan allí tanto el imaginario neoliberal de una ciudad dispuesta para el tránsito (“Cruce peatonal”, p. 37), para la circulación tanto de los individuos como de las mercancías (y las imágenes y logotipos que las reemplazan a éstas), como la narración ausente de ese esquema neoliberal, los cuerpos de esos detenidos-desaparecidos (“el desierto está lleno de vida”, p. 40) que sin ser mencionados explícitamente, se muestran indelebles en las páginas de este libro.

Se me ocurre un último campo semántico para la palabra “falta” en el español de Chile. Faltan tantos minutos para que sea tal hora. O, por ejemplo, a la pregunta de ¿ya son las cuatro?, es común escuchar un “falta todavía”. Se me ocurre a propósito del poema que titula el libro y que empieza con algunas referencias horarias y la diferencia, mínima, en un principio, entre que sean las 5:00 de la tarde o las 5:05. En ese mismo poema, el cuerpo que se trasviste es más decorado que cuerpo, es más el vestido que quien lo lleva. Se confirma así el dictum vallejiano, citado en uno de los primeros poemas del libro, según el cual “Cuando miro a través de la ventana/ no veo el paisaje, sino el vidrio” (14). La representación que se torna sobre sí misma es esa conciencia de su incapacidad para alcanzar esa totalidad que es, ya lo dijimos, su dilema y su subtexto, su referente y su causa ausente. “Sólo falta el cuerpo” (45), se nos dice. En poemarios anteriores (Lugares de uso, 2000), Díaz ya había ensayado en torno a la descomposición del cuerpo social y la compensación utópica de su recomposición. Hoy, “víctima y verdugo que abrió la puerta a los roedores”, echa en falta semejante posibilidad. Y, sin embargo, armado ahora de un renovado arsenal de pertrechos poéticos, falta viene a reiterar nuestra confianza en las posibilidades de lo poético.

 

NOTAS

(1) Valga aquí una aclaración: al decir “su único, brillante y desesperado recurso”, no quiero dar a entender que Díaz como autor carezca de recursos estilísticos; por el contrario, creo que la fragmentación escritural de estos poemas es una muestra de la lucidez autorial a la hora de resolver los problemas irresolutos que el nivel referencial le plantea.

(2) El Chevrolet Camaro, producido por la General Motors, fue lanzado al mercado norteamericano en 1966. Tiene características que lo asemejan al Ford Mustang (con el cual estaba planeado para competir) y al Pontiac Firebird. Para los estándares de la época, era un auto “compacto”.

 

BIBLIOGRAFÍA

1.- Díaz, Víctor Hugo. falta. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2007.

2.- ----------------------. Lugares de uso. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2000.

3.- GREIMAS, A.J. y COURT…S, J. (Trad. Enrique Ballón Aguirre y Hermis Campodónico Carrión / Enrique Ballón Aguirre, trads.) (1979 y 1986): Semiótica. Diccionario razonado de la Teoría del lenguaje, vols. I y II. Madrid: Gredos, 1982 y 1991.

4.- Cárcamo-Huechante, Luis. Tramas del mercado: imaginación económica, cultura pública y literatura en el Chile de fines del siglo veinte. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2007. 

5.- Jameson, Fredric. Tomás Segovia traductor. Documentos de cultura, documentos de barbarie. Madrid: Visor, 1989.

 

 

 

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