Mauricio Wacquez

 
 

 

 


LA ÚLTIMA NOVELA DE MAURICIO WACQUEZ:
EPIFANÍA DE UNA SOMBRA

Brian J. Dendle
Universidad de Kentucky

Revista Chilena de Literatura (Stgo.) No 60 (abril 2002)



En realidad, los cambios para un niño tienenuna significación
azarosa ya que, o los vivecomo episodios que rápidamente se
olvidan, o adquieren tal magnitud que se solidifican en el corazón,
se enquistan en forma de abscesoque sangra durante toda la vida
(Epifanía de una sombra, 57).


¿Quién deja algo de lo que ha amado si el escondite del amor no
es el afelpado y cálido pecho sino la oscuridad del miedo,
la reticencia de la mendacidad, el oro de la duda?
(Epifanía de una sombra, 146).


El novelista chileno Mauricio Wacquez (1939-2000) pasó gran parte de los dieciocho años que precedieron a su muerte escribiendo el manuscrito de La oscuridad, narrativa ambiciosa que recrearía, en una ficción apenas disfrazada, la experiencia intelectual y sensorial de la vida del autor. Wacquez había publicado antes en Chile los relatos contenidos en Cinco y una ficciones (1963) y la novela Toda la luz del mediodía (1965), ambas obras de un aprendiz literario, y Excesos (1971), breves narraciones que merecieron el elogio de Julio Cortázar. Las novelas que Wacquez publicó después de establecer su residencia en España en 1972 figuran entre las obras experimentales más interesantes que se han escrito en español en los últimos cincuenta años. Paréntesis (1975) presenta en una sola oración-paréntesis, de unas ochenta páginas, el fluir de conciencia y los recuerdos siempre cambiantes de cuatro amantes, con un ligerísimo matiz hacia el final de una voz narrativa como magister ludi. Frente a un hombre armado (1981) es una novela sumamente ambiciosa, con su complejidad temporal, geográfica y lingüística, la inversión de los papeles sexuales y el desafío de todo tabú de orden sexual, su brillante pastiche de la novela francesa del siglo XIX, su exploración del sueño, el mito y la obsesión, y su poderosa presentación de la dialéctica del poder, ejercido en el sojuzgamiento y la violencia sexuales. Ella o el sueño de nadie (1982) es un tour de force del intelecto, un elaborado juego de espejos en el cual un narrador privilegiado explora y comenta las perspectivas cambiantes de sus personajes. La novela póstuma Epifanía de una sombra (Santiago de Chile, octubre de 2000), la primera parte de la inacabada trilogía La oscuridad, confirma que Wacquez es uno de los escritores más interesantes del idioma español del siglo XX.

Epifanía de una sombra está dividida en gran número de secciones, sin numeración ni títulos de capítulos, separadas por ornamentos tipográficos. Estas secciones recrean, sin orden cronológico pero como una onda expansiva de una complejidad cada vez mayor(1), episodios de los primeros veinte años de la vida de Santiago de Warni (un apenas disfrazado Mauricio Wacquez; Warni es también el apellido del protagonista de Frente a un hombre armado), como niño en la región vinícola de Colchagua, como interno en el colegio de los maristas y como adolescente descubriendo diversos ambientes santiaguinos: la vida artística e intelectual de la capital chilena, su burguesía, sus burdeles, su universidad. La perspectiva de este Bildungsroman poco convencional e inacabado es de especial complejidad: la recreación existencial del pasado por un narrador sexagenario que escribe en tercera persona, dejando paso en raras ocasiones y de manera casi imperceptible a un comentarista-narrador en primera persona(2). Estos saltos, sutiles pero deslumbradores, en la perspectiva narrativa recuerdan a las transiciones similares usadas en la novela experimental Paréntesis. En la versión publicada de Epifanía de una sombra hay leves indicios de una estructura: Santiago está pilotando un Cessna al principio y al final de la novela; las grotescas combinaciones sexuales de Santiago, Andrés y la mulata argentina Renée (109- 17) están seguidas de una sección donde se discuten brevemente las combinaciones del basquetbol (118- 19); una sección que evoca la conversación y las costumbres de unas prostitutas (353-57) precede a otra sección donde se satirizan de manera comiquísima el habla y los usos de la burguesía santiaguina (357-69). Sin embargo, sería arriesgado emprender un análisis demasiado coherente de la estructura de Epifanía de una sombra: el texto publicado no corresponde exactamente al texto mecanografiado que leí en casa de Mauricio Wacquez en diciembre de 1999 (por ejemplo, si mal no recuerdo, algunas escenas referentes a la vida de Wacquez en Calaceite han desaparecido); Wacquez sufrió una embolia en la primavera de 2000; no sabemos si la estructura final fue aprobada por Wacquez, establecida por su compañero y secretario Francesc García Cardona o impuesta por los editores.

La deuda a Proust es obvia y deliberada; de ahí, el recuerdo de la cortina en la casa de la madre de Nacho: “Aquella cortina azul es la madeleine que lo traslada a aquel momento” (328). Desde el principio de la novela, predominan los recuerdos sensoriales, especialmente los olfativos: “[Con referencia a los aromas en un jardín provenzal] Es curioso que Santiago se haya sentido siempre perseguido por los mismos olores, lo que quizás se debía a un sistema desconocido de selectividad afectiva que lo empujaba a buscar inevitables campos sensoriales, condicionamientos naturales instituidos por la memoria” (14). El orégano en la cazuela servida en un burdel provinciano transporta a Santiago a su niñez en Ñilhue y, en un salto temporal, a su vida posterior en Calaceite, España: “Aún no había separado la traumática imagen infantil de las delicias que el orégano le procuró en su vida adulta, en Italia, en Provenza, y finalmente aquí, en el pueblo, donde constituye uno de los mejores aderezos de la gastronomía” (356). Los olores no son siempre tan agradables; así, en un burdel: “el olor era demasiado repulsivo para sustraerse a su deleite; estaba lleno de feromenas, pies, sobacos, algo de pipí y alta concentración de testosterona” (332-33). El apareamiento de un semental con una yegua asume dimensiones mitológicas para Santiago ( “prefiguraba la raíz del mito”) y revela la importancia del olfato y del tacto como motivos de la conducta humana: “El olfato, entonces, y el tacto, serían para Santiago los verdaderos órganos diferenciadores, los introductores más pérfidos de la conducta humana” (218).

Recordando los olores de un tren regional, Santiago proclama su intención de escribir una narración que cubra la totalidad de la existencia, tanto de las plantas como de los hombres:

Todos los árboles, los hombres, las mujeres, todos los trenes -algo que viene, que está aquí-, todo el amor, las noches solemnes del amor en París, por los alrededores del bulevar Pasteur, todo el mar: el pálido Mediterráneo, el Canal, amarillo frente a Dieppe, el océano negro de Arcachon o Chiloé, todos los barcos, los aviones, que parecen ser una ficción del progreso pero que a lo más exacerban hasta el desatino nuestra ansiedad y nuestra inexcusable insatisfacción. Las plantas, en especial las criptógamas, de recatados sexos, las especies que pueblan la tierra, y también las flores, a veces aromas transportados por el aire tibio de las grandes magnolias grandifloras, del jazmín del Cabo, de las lilas y los pitosporos. Todo. El abanico de la amistad, abierto desde la idolatria a la traición, los viajes, los retornos, la maravillosa aventura de entender, la lucidez de la filosofía, y la historia, forma despiadada de hablar del tiempo, cuya ferocidad se enmascara en la impunidad del pasado. Parece que no hubiera culpables de los crímenes lejanos, que la muerte dada o recibida no fuera historia, apenas fuera periodismo. Y que los tiranos de antaño cuenten con la benevolencia de la posteridad sólo porque no son contemporáneos. Quiere contarlo todo. Pero, ¿cómo contarlo todo? Pretende hacer un acto tan inmemorial como contar lo que el mundo real, imaginario, violento, repugnante y díscolo le ha dado y es. Y no sabe contarlo, no puede contarlo, está a punto de dar un paso hacia una mutación alquímica y sólo ve palabras dislocadas en un mar de sensaciones extrañas a él, ya no suyas, sino de esa incierta memoria que nade le devuelve y al mismo tiempo se lo entrega todo: amordazado, tergiversado, todo colmado de imaginación cuyo límite es, al mismo tiempo, el centro y él mismo, encerrado en su costra, individualizado, aherrojado como suele decir la filosofía de la existencia. Inmóvil (11-12).


Epifanía de una sombra es una novela de Chile. Santiago (Wacquez) recrea su niñez: la burguesía rural y feudal a la que pertenecían sus padres y parientes; la mentalidad cerrada de la vida de provincia; sus numerosas enfermedades (tifus, meningitis, endocarditis reumática) que le condenaron a más de un año de cama(3); la frialdad de sus padres (su padre tenía sesenta años cuando nació Santiago Waquez)(4); el cariño que recibía de las nanas; la dura vida del internado sin calefacción; sus lecturas poco sistemáticas, sobre todo de novelas francesas del siglo XIX. La pubertad trae una sexualidad creciente: sus primeras erecciones y eyaculaciones; sus cópulas con criadas. Los años posteriores de la adolescencia (sus útimos años en el colegio, su vida universitaria antes de su salida para Europa al final de la novela) se presentan en tonos menos negros. Santiago lee La montaña mágica, Sartre, Tolstoi, Camus, Malraux, y da sus primeros pasos vacilantes como escritor imitando la prosa sobria de Reader’s Digest. Explora con entusiasmo los burdeles santiaguinos con su amigo Andrés; seduce y es mimado por universitarias (las chinchillas), por quinceañeras de la clase media en la playa de Zapallar y por mujeres maduras, como su tía Louise; aprende arte y música clásica en compañía de la cuarentona María; tiene una relación sensual con su compañera de vuelo Claudia; tiene una amistad instructiva con el vicerrector Diógenes Castillo (Luis Oyarzún); observa desde una perspectiva satírica e ingenua las poses de la “élite” literaria como los anticuados jubilados y cincuenteros y el superficial Lafourcade ( 73-77, 372-73, 380-83 ); recuerda los bares santiaguinos y las canciones y bailes de moda en los años 1955-1960 ( 345-48 ). Las alusiones poco frecuentes a la historia chilena ofrecen un contexto casi irrelevante para la narrativa: el terremoto de 1906 que debilitó la estructura de la casa ancestral; la participación de sus hermanastros en el Movimiento Nacional Socialista de Chile de González von Marée en los años 30; la oposición de su familia a la Reforma Agraria de Frei; los intentos de la Unidad Popular de confiscar haciendas; el apoyo dado por sus parientes a la represión pinochetista.

El amor que Wacquez sentía por Chile es evidente en Epifanía de una sombra: su enumeración afectuosa de plantas, árboles y animales chilenos; la disquisición sobre la geología chilena cuando Santiago lleva a Diógenes en avión a Concepción (397- 99) (5); su afición a cabalgar a pelo por el campo ( 184) (6). Santiago, estudiante universitario, se enamora perdidamente de la capital de Chile:

Con la ventanilla abierta, Santiago husmeó la noche santiaguina, ese olor a cuero y bencina, a consuelos denegados, la ciudad que nunca exhibía su verdadera cara. El aire tibio inundaba el interior del coche, amalgamaba a los presentes en una atmósfera y una locura comunes. Sin intención y de forma intermitente, Santiago supo que se había enamorado irremediablemente de aquella ciudad pero que nunca podría contárselo a nadie (326).

El sexo domina Epifanía de una sombra. Gran parte del sexo descrito es el de un adolescente enfermizo que descubre su propio cuerpo así como el de los otros. Se indican las dimensiones de penes en estado de erección. Santiago satisface a numerosas mujeres de distintas edades, desde la Cati, de trece años, hasta las maduras burguesas santiaguinas. Santiago constata satíricamente la preferencia de las vírgenes chilenas por el amor ad retro, conforme a las creencias católicas de éstas ( 78-79, 370 ) (7). Santiago el estudiante e incipiente filósofo asiste a una orgía organizada por un artista adinerado (384-86); no obstante, la descripción de la juerga es casi somera, sin impacto emocional sobre el lector. Aparte de su relación con Claudia -volando en el Cessna están “hundidos en un vértigo jadeante, estremecidos por la sinrazón de existir, pero vivos y jóvenes como semidioses” (379)- Santiago desprecia a sus compañeras. Desdeña la capacidad intelectual de las lolitas que frecuentan La Chatelaine ( pero Santiago adoraba el olor de las jóvenes, “porque el buen olor lo aproximaba a todos los motivos estéticos que estaban en juego en aquel grupo social” [348]). El menosprecio que siente Santiago hacia sus amigas maduras es a la vez adolescente y puritano; las divorciadas burguesas poseen una “inexplicable capacidad de inmundicia, una calidadde ser puercas que no se compadecía con el afán señorial de cada una” (361). (Notamos que la descripción de las amigas de su hermana Rosario sigue inmediatamente la descripción de una visita a un burdel).

Otros episodios sexuales trascienden la curiosidad y la jactancia de un adolescente para evocar un mundo de horror, un mundo que corresponde a las dimensiones míticas de violencia, dominación y subyugación sexuales reflejadas de manera tan impresionante en Frente a un hombre armado. La penetración vaginal de la bailarina argentina Renée perpetrada simultáneamente por Andrés Aránguiz (“Gran Pichula Blanca”) y por Santiago es retratada de una manera grotescamente pornográfica en su obsesión por los detalles físicos y su voyeurismo (110-17). En el internado, un chico mayor (Vidaurre Leal) sodomiza ferozmente al joven Mina Amenábar y luego lo golpea salvajemente con una tabla llena de clavos (151-60). (Como comentario irónico sobre las relaciones entre el colegio de los maristas y los terratenientes poderosos, es la víctima, y no el violador, quien es expulsado del colegio (8).

A lo largo de la novela se extiende el misterio del “crimen atroz,” el asesinato acompañado de mutilación genital y anal del “ Vicho” Olavarrieta, el hermoso adolescente amado hasta la obsesión por mujeres y, según se explica más tarde, por hombres (“el más deseado, el más buscado por señoras y estudiantes, por rusas y gitanas” [258]). Vicente Olavarrieta, como Alexandre en Frente a un hombre armado, asume en la imaginación febril de Santiago dimensiones oníricas y míticas: “esa figura del efebo desnudo que mira el espejo de agua e intenta ser dios” (146); “esa tez impecable, diferente a todas, que lo distinguía como un sueño mítico” (339); (la opinión de la madre de Santiago) “hijo del demonio debía ser, un idílico efebo demencial” (400). Al principio, el lector ingenuo atribuirá el crimen al desquiciado y degenerado Bautista, quien se había hecho crucificar durante la visita de los misioneros a Ñilhue. Es el monstruoso Bautista quien, babeando, en una escena de horror, posee analmente al Santiago convaleciente a través de las rejas de su habitación (88-90): “El [Santiago] sentía los churretes de esperma bajándole por las piernas, aposándose en las baldosas, estaba lleno de coágulos y manchas oscuras y sentía, sin siquiera saber nada, que lo que acababa de ocumr era un gran paso en el conocimiento, un peldaño que lo iniciaba en el trágico camino de lo milagroso” (90). Más tarde, un narrador no identificado (que no puede ser Santiago) describe cómo se acerca una persona desconocida (que debe ser Vicente), en estado de erección, a la habitación de Bautista y de su compañero mentalmente retrasado, el Serraño: “Los preliminares debían ser desmañados; él se
entregaba totalmente desnudo; y ese contacto encabritaba al hombre santo, lo ponía en contacto con el universo de Dios” (307). El Serraño es una persona infernal: “Criatura del Hades, ángel transgresor, víctima entre las víctimas, el Serraño llegó hasta allí para ser utilizado, humillado, bajo el verduguillo de niños infernales” (33). Sin embargo, este universo monstruoso de la violencia y la obscenidad desaparece cuando se revela el verdadero culpable, el joven voyeur locamente celoso Wenceslao Iturriaga. En una especie de anticlímax, la pesadilla cede el paso a la “normalidad” de la vida cotidiana cuando Santiago, hacia el final de la novela, hace una visita amistosa al joven Wenceslao recluido en un asilo para los perturbados mentales juveniles.

Otro “crimen” asocia el primer amor con la explotación sexual y, finalmente, los excesos del régimen pinochetista. A los nueve años, Santiago se aloja con sus primos ignorantes y rústicos en la casa de campo “Los espinos"(9). Santiago está enamorado de su prima Beatriz Arlegui, de quince años, la cual mantiene una apasionada relación sexual con Octavio (“Tavín”), su hermanastro de trece años. A Tavín lo sodomizan sus primos Pascual y René. Estos tienen el proyecto de librarlo a otro primo, el Lalo, el cual posee un miembro viril de tamaño enorme. Santiago, consumido por el odio y los celos(10), debe decidir entre dos traiciones: la denuncia de Beatriz a su abuela o la denuncia de las actividades nocturnas de los primos a Beatriz. El apareamiento de la adolescente Beatriz con su joven hermanastro tiene para Santiago las dimensiones espantosas de un rito religioso: “Quiso morir, como también participar de aquel rito atroz” (248). Para Santiago, Tavín representa una belleza arquetípica, librada al mal y a la violencia: “Lo vio como un ente superlativo, como un arquetipo de lo bello, de lo bueno, de lo valiente. Allí, desarmado, sin ningún amparo, entregado a la violencia y al mal, no se defendía, entregaba su cuerpo joven a quien quisiera tomarlo” (251). No obstante, el verdadero horror se encuentra en la historia de Chile, en el destino de Beatriz. A la edad de treinta años, Beatriz, denunciada por una tía, murió a consecuencia de salvajes violaciones y torturas en el Estadio Nacional en septiembre de 1973 (224-26).

“La oscuridad” representa la muerte en sus diversas formas. Las tres semanas que pasó Santiago en el hospital a los seis años con una meningitis provocan la primera meditación sobre la luz y la oscuridad:

Tantos días, tantas noches lo vio en esa postura yacente, inmóvil, arrebatado por una noche sin orillas, entregado a las tinieblas como un poseso, renuente a todo, a vivir la juventud, los días luminosos y la luz mayor, la pubertad: sí, se ha escondido en la verdad final, en la oscuridad de la muerte o la locura, sería un baldado, un retrasado, un desecho de la verdad. ¿Post tenebras lux? (62).

La costumbre de la luz condiciona, es cierto, la percepcion y el error. La lógica no le ayuda, con su majestad, a dirimir las cosas profundas. Por ejemplo, las vicisitudes que esa mujer vive junto a su hijo moribundo. La costumbre de la luz es por tanto una mala costumbre. AI verlo ahí, vuelto de la oscuridad, lo cree contaminado para siempre, con los ojos abiertos pero ciegos, velados al espectro, a su frívolo intermedio cromático, ojos cuya percepción aberrante, deformada, perversa en su intención y en su fin, serán incapaces de reproducir el mundo humano porque la vida, el amor, el verde arbóreo, por ejemplo, son fruto de una dispersión de la luz, de un derroche de la energía, de un infinito desgaste y movilidad. Mientras la oscuridad, que todo lo contiene -ese espectro del negro al negro- se niega a perder su autarquía. Los colores están allí, sin verdadera razón, sin que a esa dispersión, la vida en fin, con su compulsión de arco iris, no deje de parecer un desatino. El negro, conserva, encierra, aprisiona en su tiniebla los horrores de la contingencia, de lo imperfecto, del más y del menos. No es la luz, como propone la teología, el agente penetrante, la agudeza, el contorno, la idea, la inteligencia, sino el vasto tremedal donde florece la rosa fétida, donde todo está analizado, desmontado en suntuosos contrarios, en estados de ánimos, en conjeturas absurdas y animales execrables.

Del negro al negro evoca un escenario vacío entre dos horizontes, un erial en el que la materia transita errante y sin objeto. Allí lo dejamos todo, vislumbramos algunas cosas, unas más consistentes que otras. Vagamos infinitos por ese instante, un fogonazo de piedra, creemos, y no una repentina animación de la materia, un espasmo, un sobresalto irrelevante de la eternidad sideral (63)

Cuando Santiago recobra la salud, se produce "una verdadera epifanía, la epifanía de la sombra" (63) (11). La luz -la vida de todos los días- puede engañar: "Conocía lo engañosa que es la luz, el desierto al mediodía" (87); "El sueño representa el irreparable olvido y, en esta tierra, despertar es recordar, vivir es volver tercamente a la luz, contrario y complemento del olvido que es morir" (170). "La oscuridad", profundamente arraigada en nuestra sique, está relacionada con el mal, el deseo sexual, el inconsciente, lo irracional: (12)

El pobre Príapo, víctima de la claridad de ser hermano gemelo de Apolo, idesterrado!, aherrojado a ser dios de los huertos, el pobre Príapo cuya deformidad atentaba contra los principios dictados por un empíreo cruel, que repudiaba la oscuridad contenida en el alma, en los sueños, en los deseos de muerte que inflama el amor de los amantes. ¿Por qué había de plegarse a las severas normas de lo racional cuando la oscuridad es una instancia mucho más intensa clavada en el corazón del deseo? ¿Y por qué no entonces dirimir la alternativa eligiendo las proposiciones del mal, una especie de liturgia que englobara a todos los descontentos de la belleza, del amor, de la luz? (236).

La muerte y la sexualidad se asocian en la descripción de la muerte accidental del estudiante Juanano Ansaldo(13):

Aquel frágil muchachito ingresó esa noche en el misterio de las aguas someras, sin saber que lo que dejaba atrás era la esencia misma de lo incomprensible ... ¿Sabes lo que pensé cuando estábamos viendo morir a Juanano en el camino? ... Pues yo pensé en su sexo, en la forma como él se uniría a la muerte general ... desde ese día el sentido menos aparente de la existencia se me ha convertido en una tontería, en un juego macabro, en que lo único que nos salva, ahora, es el sexo (376-77).

Las pasiones pertenecen ai mundo de la oscuridad. “El amor” es obsesivo (“las horribles obsesiones del amor”, 12), doloroso (“Beatriz representaría la primera noticia del dolor puro, el medio eslabón que lo uniría a la nada, como un testimonio del amor desdichado”, 24) y complejo: “Las altemancias de víctima y verdugo en una misma alma prueban lo fútil de las ideas que exigen comportamientos unívocos y dejan de lado los momentos en que en nuestro corazón nos entregamos a la sevicia o la protervia” (16). Santiago emplea los ardides de un cazador, no solamente para atrapar peces y animales, pero también para atraer a Vicente Olavarrieta con promesas de vuelos en el avión de su tío (14). El poder sobre los otros ofrece un peligroso placer:

El deleite de detentar el poder es lo único que justifica el asesinato. Debe haber algún espasmo, algún cielo incomunicable, que los poderosos ocultan esmeradamente en los pliegues más inextricables de sus conciencias. Lo único cierto es que, aparentemente, el poder da más vida y que la trampa en la que Santiago tenía al Vicho Olavarrieta le procuraba tal embeleso que casi le parecía indecente ... Uno, el sometido, la presa, como una profunda herida al aceptar algo deslumbrante que no era capaz de rechazar; el otro, el amo, sabiendo que toda trampa es en el fondo una forma embozada de conjurar los propios miedos (176)

Wenceslao prefiere el odio al amor: "Por lo menos éste se alimenta de sus propios instintos y busca una salida, el crimen o la libertad. Pero los lazos del amor, la abnegación, constituyen sórdidos deberes que obnubilan la voluntad y nos hacen renunciar desde la partida"(71). Los celos convierten a los hombres en monstruos: "Los celos, ella también los comprendía, esos accesos irracionales de violencia asesina, de los que ni los dioses escapaban, podían perfectamente convertir a los hombres en monstruos, independientemente de los motivos que pudieran aducir" (357). Santiago tiene impulsos asesinos que derivan de su pasado enfermizo:

Lo cierto es que las plegaduras que presentaba la personalidad de Santiago -inquieto desde siempre por los detalles de un pasado que no asumía y condenado a exorcizar un presente en el que ya no había enfermedad ni movimientos nocturnos, ni siquiera tendencias al asesinato- eran tan cerradas que sus verdaderas emociones salían en momentos muy infrecuentes... (87).

Santiago es capaz de crueldad y de violencia: "Santiago sabía que rozaba la crueldad y que a veces lo dominaba una frenética violencia, un instinto natural al daño, una hermosa incitación al dolor" (119).

El estilo de Epifanía de una sombra es variado. En gran parte erudito y literario en su expresión -y Santiago, como Wacquez en su conversación, emplea palabras francesas dentro del texto español-, Wacquez reproduce también el diálogo de la clase baja, como el de las nanas y el de las prostitutas santiaguinas. A veces, Wacquez revela una vena satírica ausente en sus obras anteriores; así, la descripción de la visita de la madre de Santiago a la casa de su hija:

Misía Amanda entró en el living de todos los livings Ley Pereira de El Gold, el tresillo, la Tabriz azul de mamá, y en una esquina, el acceso abierto al cmedor, algunos preceptivos Pacheco Altamirano, procedentes de la pinacoteca del marquesado, muchos cuadritos y una chimenea con los abrumadores objetos "monos" de las jóvenes parejas de la clase media.

¡Mamá!, exclamó al pie de la escalera la mejor de las hijas.Aunque arregladita, con el collar de circonio, no se podía evitar la inmarcesible cara de pava que la adornaba en la vida diaria.Se acercó a su madre para darle un besazo, que su madre evitó con un tournemain y salvó in extremis su cuidadoso maquillaje, reemplazándolo por un ósculo dado por ella en la marquesal frente, y evitando, esto sí, el chorreo de babas que su dilecta primogénita prodigaba en cuanto alguien sin escrúpulo se ponía a tiro (359).

Tomaron la expedita limusina Citroën 480 CM de la marquesa y en un periquete dieron con sus huesos en el palacio du Pic. Allí, los chambelanes, mayordomos, ujieres, palafrenos, valets de pied y de chambre las depositaron en la Galerie de Miroirs que ellos llamaban más llanamente el living (360).

Epifanía de una sombra termina con la salida de Santiago para Europa. En las últimas secciones de la novela se hace patente un sentimiento elegíaco de pérdida, del reconocimiento del fin de la adolescencia:

Y de pronto se sintió extraordinariamente cansado, entregado a una negatividad que le cerraba las puertas y lo angustiaba. Había abandonado un mundo irrecuperable, su mundo, y urgido por lo novedoso del cambio no se había percatado de que lo había perdido. Los ámbitos sagrados: su nana, la tierra, el ritmo monocorde de la sangre, a veces, a la caída del sol (388).

Aunque el narrador recrea las emociones de Santiago, sobre todo desde la perspectiva de un niño y de un adolescente, acompañadas por las reflexiones filosóficas del Santiago sexagenario, se ofrece un resumen de la historia familiar: la juventud del padre de Santiago en Francia y su llegada a Chile desde Argelia (historia que coincide con la del padre de Wacquez) (55-59). Hay también indicios de la vida posterior de Santiago que iba a ser desarrollada en los dos tomos siguientes de la Trilogía. La noticia del monstruoso asesinato de Beatriz en 1973 forma un epílogo al relato del primer amor de Santiago; Santiago discute su amor por Beatriz con su amigo Claude en Normandía (298). Wacquez-Santiago ofrece también detalles de su vida en los años 90 en un pueblo español no identificado (Calaceite): la zona rural del Bajo Aragón en invierno (21-23); la visita de un embajador (¿Jorge Edwards?) (84-86); el impacto de la droga y de la prosperidad en el pueblo, las dificultades económicas de Santiago (102-05); referencias a la vegetación y a los aromas del valle del Ebro (363-64).

La publicación de Epifanía de una sombra es un acontecimiento de gran importancia para la literatura chilena. Epifanía de una sombra es un texto de una profundidad y una complejidad extraordinarias. En un nivel, el de “la luz,” ofrece un comentario interesante sobre los ambientes sociales y literarios del Chile de los últimos años de la década de 1950 con todo su provincianismo. Los retratos satíricos de la familia de Santiago-Wacquez (los terratenientes feudales de escasa educación y cultura, la burguesía pretenciosa santiaguina) revelan un sentido de lo cómico que desgraciadamente no tuvo expresión anterior en la carrera literaria de Wacquez. En un nivel más profundo, Epifanía de una sombra es una exploración de “experiencias límites” (146), un universo de degradación, de sexualidad animal, de explotación de otros (15), del crimen, del instinto. El Santiago adolescente sufre la intensa atracción de “la oscuridad” (la muerte, lo irracional), que radica en lo más profundo de él mismo, aun cuando escoge “la luz” (la lucidez). En muchos aspectos, Epifanía de una sombra recuerda no solamente la memoria proustiana del tiempo perdido, a la cual se añade una sexualidad cuya expresión había estado prohibida para una generación anterior de escritores, sino también los romans d’adolescence franceses de los primeros años del siglo XX (16).

Santiago confiesa la seducción ejercida por los escritores Radiguet y Rimbaud, “esas figuras de negros ángeles umbrátiles” (227); a esas influencias francesas neo-románticas debemos atribuir ciertos excesos retóricos del joven Santiago y su predilección por la belle phrase (17). Epifanía de una sombra es en gran parte autobiográfico (18): la familia de Santiago, su niñez en una región vinícola, sus enfermedades, su experiencia en el colegio de los maristas son idénticas a las de Wacquez (19). Sin embargo, dos episodios importantes de la novela sugieren la ficción más que la memoria recreada: la muerte de Beatriz, que ofrece una denuncia demasiado fácil del régimen de Pinochet, y el asesinato sádico de Vicente Olavarrieta, proyección, quizás, de los deseos asesinos del propio Santiago.



 

 

NOTAS

(1) La estructura caprichosa del texto está comparada con la construcción y la reconstrucción de la casa en Ñilhue: “Las casas desfilan por la memoria: como narrador no tengo intención de que la melancolía de la primera casa imponga un orden estético, ni siquiera nostálgico. Aquí todo es de quita y pon. Es preferible este sistema, que no ayuda, es verdad, a una perfecta inteligencia del texto, pero que permite expresar los bandazos que da habitualmente la memoria” (14).

(2) Así: “En casa de Reynaldo, su mujer, que antes había servido en las casas, los recibió con aquel amor que nunca he vuelto a conocer, abriendo su casa como una forma de abrir su corazón, su carne” (253).

(3) En sus principios, en 1983, La oscuridad fue proyectada como novela de la “enfermedad‘‘: “Proyecto una novela sobre la enfermedad. Yo he estado la mitad de mi vida enfermo, y la enfermedad además es el punto más simbólico de la vida” (Interview with Carles Barba).

(4) Cf: la autobiográfica “La casa” en Excesos. Beatriz Arlegui aparece en “La casa” como una prima de trece años amada por el narrador de la misma edad. En Epifanía de una sombra Beatriz tiene cuatro años más que Santiago. Me tiene intrigado la declaración que hizo Wacquez a Claudia Donoso: “Mi primer amor se murió a los catorce años y te juro que desde ese momento en adelante no he aprendido nada nuevo, excepto datos. Esa experiencia fundó para mí un reino que no existía, el reino del amor y de la muerte, y toda esa dialéctica
la aprendí de un golpe” ( “El impulso escéptico”, 49 ).

(5) Cf: el texto que escribió Mauricio Wacquez para Chile Espectacular (Barcelona: Lunwerg Editores, 1996).

(6) El caballo como centauro tiene connotaciones míticas para Wacquez: “Animal bifronte, factótum de la realidad, el centauro constituye la figura mito de la especie humana. Todos lo llevan en sus sueños y le temen al amanecer” (240-41). Cf: también la presentación del centauro como “sombrío sueño mítico” en Frente a un hombre armado, 217-18.

(7) Práctica cultural confirmada por Wacquez al autor de este ensayo en diciembre de 1999. No obstante, Wacquez era capaz de exagerar en la conversación.

(8) Nótese también la descripción divertidísima de la visita de Misía Amanda al colegio alemán el Verbo Divino y su negativa a pagar la matrícula elevada. Santiago comenta el escepticismo religioso de su región: “Pero Santiago, por fortuna, había nacido en Ñilhue, en un país enormemente hipócrita en eso de burlar las acechanzas confesionales e imponer unas normas tan republicanas como era posible, un país nacido sin demasiadas frustraciones medievales y mucha libertad, inclusive desde los tiempos de la conquista del continente”(94).

(9) Cf: la importancia de la casa de campo “Périer” en Frente a un hombre armado.

(10) El amor da a Santiago la sensibilidad y la lucidez: “El amor es una revelación trágica, unilateral y, las más de las veces, secreta, sin demostraciones altisonantes ni exhibiciones inútiles. Santiago estaba atrapado, pero el hecho de saberlo le daba ciertas ventajas para interpretar los signos de valores similares” (223).

(11) Cf. La explicación que profirió Wacquez: La oscuridad, porque es la única realidad que prima finalmente en este negocio en el cual estamos en la vida humana. ¿Por qué la oscuridad? Porque la oscuridad es la verdad. La vida no es más que un chispazo entre dos oscuridades. Entre la vida prenatal y la muerte. Por eso es que el primer tomo se llama Epifanía de una sombra, la aparición de una sombra en el espacio" ("A lo mejor, no")

(12) En una entrevista con Faride Zerán, Wacquez emplea el concepto de la "luz", definida por San Anselmo, para ejemplificar su oposición a la irracionalidad, como la de su formación religiosa con los maristas: "Para mí es el mundo de la irracionalidad. Y como este mundo de la irracionalidad existe, yo sé que me pierdo la mitad del mundo, de lo irracional, de la superstición, etc. Pero, como decía San Anselmo, mi mentor en filosofía, yo vivo en el lado de la luz" ("Los guiños de Mauricio Wacquez").

(13) La muerte de Ansaldo simboliza también los años de esclavitud intelectual que Chile iba a sufrir bajo Pinochet. Ansaldo representa “la mejor tradición intelectual de Occidente, la tradición de libertad, cosa que muy pocos chilenos han apreciado en su justo valor. En los últimos años han tenido que pasar por la experiencia de la libertad cautiva para que aprecien los beneficios de ser libres. Libres para pensar, para crear, para amar” (376).

(14)Cf. el papel de Diana la cazadora como divinidad protectora de “Périer” en Frente a un hombre armado

(15) Cf: la denuncia de la fuerza como mal absoluto en el último párrafo de Frente a un hombre armado: “Para Juan se confirmaba sin embozos que la fuerza es sólo fuerza, que, fuera de la imaginación del sueño, no puede pensarse como complemento o adorno de la delicia, que finalmente la fuerza no se propone sino como mal absoluto, ineludible, para huir del cual debió urdir un futuro en el que todos los peligros, al tiempo de amenazarlo, se vieron exorcizados” (250).

(16) Pienso en Les Faux-monnayeurs de Gide, en que el tío Edouard tiene el mismo papel de guía intelectual de la juventud que tiene Diógenes (Oyarzún) en Epifanía de una sombra. A veces también, en su intento de recrear y de juzgar el pasado, Epifanía de una sombra recuerda la autobiografía gidiana Si le grain ne meurt. El texto de Wacquez tiene, claro, una complejidad y una profundidad mucho mayores que las de sus precursores franceses.

(17) Así, el tren El Flecha es “dueño de la crueldad que sólo tiene la belleza” (10); Los jeans de Renée son “repugnantes como toda belleza perfecta” (106). Un desayuno de mariscales en el Parque Forestal produce un estado de gracia: “Escarcha de sol en la garganta, oro en la arena, la vertebración de aquellas maravillas permitía deslindar un mundo insignificante, que se agotaba en sí mismo, de los portentos que poblaban quietamente los lugares de origen. El agón volvía intacto a transponer las figuras de la heráldica privada. Eran miles de metamorfosis oníricas. Aquellos ritos, insignificantes comuniones con el agar y el vino, darían como resultado un estado de gracia parecido a la epifanía serena de los días” (391).

(18) Cf. la declaración que hizo Wacquez a Elsa Arana Freire con referencia a su obra antes de 1977: “No concibo la novela sino como la biografía del escritor, a cualquier nivel que se dé, desde los niveles más fantásticos de la imaginación o del sueño hasta los más realistas de la crónica” (‘‘¿La impostura de un escritor?’)

(19) Numerosos episodios forman parte de la experiencia de Wacquez. Por ejemplo, Wacquez confirmó al autor de este ensayo el suicidio de Gonzalo (“un domingo por la tarde, triste como sólo pueden ser los domingos en Santiago, desolados, fríos, oscuros, derrotados, inútiles, aciagos y míseros como una mala broma”, (82), la consecuencia de los esfuerzos de un psiquiatra de poca competencia para “curar” al estudiante de su homosexualidad.


BIBLIOGRAFÍA

Arana Freire, Elsa. “A lo mejor, no”. El ciudadano ilustrado 1 (noviembre-diciembre 2000): 8-9
“¿La impostura de un escritor?” [Periódico no identificado de Caracas, 1977 o más tarde], 98-99.
Barba, Carles. “Mauricio Wacquez: ‘La incomunicación del amor moderno me parece positiva”’. El Correo Catalún, 3-111-1983.
Donoso, Claudia. “El impulso escéptico”. Apsi 245, 28-111-1988 a 3-IV-1988. 47-49.
Wacquez, Mauricio. Epifania de una sombra. Santiago de Chile: Editorial Sudamericana, 2000.
Frente a un hombre armado. Barcelona: Bruguera, 1981.
Zerán, Faride. “Los guiños de Mauricio Wacquez”. La Epoca, 14-IV-1991.



 

 
 

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