Mauricio Wacquez

 
 



EL COREANO


Han pasado diez años.
Levanto los ojos y la veo a usted tomada de la barra del troley. Sí, es usted: el mismo peinado, la misma lejanía en la mirada azul, sus olvidados ojos de astígmata. Eso posee vida en usted. Sus ojos brillan como la única zona intacta del rostro. Sin pestañas, sin cejas, aún conservan la dolorida tenacidad de antaño. Esa mirada me subleva por dentro, me crispa, aparto la cara y miro por la ventanilla.
A través del cambiante paisaje de la calle, la continúo observando, una joven memoria recoge su rostro detallado: el asombro de los párpados tirantes, el hueco que baja desde la frente, de piel rosada y brillante, la boca como un crispado ano lleno de ironía. Donde un día la sorprendí maquillándose, sólo hay ahora una escalonada catarata de piel injertada: sus mejillas sin vello.
Quisiera que recordara una cosa: la ventana de mi pieza en la calle Beauchef. Ventana y casa sólo existen ahora como un sueño de nuestra memoria: he visto el hoyo que han dejado en su lugar: los futuros subterráneos de un edificio. El parque se veía desde la cama al fondo de la pieza. No me va a creer, me refiero a nuestra pieza, mía y de él, antes de que usted llegara, recuerdo, con esos atuendos de gringa pobre. Pienso en la visión que aparecía al abrir la ventana en el verano. Él la abría al crepúsculo, sin encender las luces: los ciegos zancudos zumbaban en la oscuridad: no sospechaban el abrigo de la habitación. El parque, el parque sí, y más allá, entre los árboles, el lago que espejeaba los últimos fulgores del cielo. No sabe lo hermosas que eran esas tardes. Claro, en ese tiempo usted aún no conocía a mi padre.
También quiero hablarle de Valdivia. Cuando él llegó para buscarme. Ese día, yo había ido a Corral y volvía, casi de noche, en el último vapor. Imagine la esquiva luz del crepúsculo de verano, las enormes sombras sobre el río, las calles ágiles que subían hasta la casa. Piense en mi asombro, súbito pretexto para el llanto, al verlo sentado con su terno blanco. No quisiera caer en ociosas explicaciones. Su piel estaba bronceada y en sus besos sentí una sorprendida humedad. Esa noche, antes del viaje, lo vi desvestirse frente al espejo, ponerse su pijama de seda. A mi lado, junto a mi oreja, su suave ronquido despertó en mí otro recuerdo: la cara estompada de mi madre.
La maleta, camino a la estación, contenía a un lado, la ropa extranjera que él tenía, al otro, mi mezquino vestuario. Unas indecisas gotas de sudor vacilaban sobre su frente. Junto al andén me tomó la mano y me dejé llevar. Seguramente usted pensó alguna vez que para mí, Valdivia no tiene otro tiempo que el de ese día, ni otro rostro que ese que yo no me cansaba de mirar.
(Antes de que usted llegara: las olorosas plantas del corredor. Las azaleas, los rododendros, los juncos del jardín. Mis juguetes esparcidos por el patio.)
Él siempre trabajaba de noche, usted lo sabe. Debe conocer esos largos momentos frente al espejo en los que ni una arruga de la camisa, ni una desviación de la corbata de rosa, pasaban inadvertidas. ¿Recuerda el olor a lavanda? Salía por las rendijas de la puerta, invadía el pasillo, el comedor, sorprendía el suave perfume de los naranjos que maduraban en la sombra, al fondo del patio. A las nueve de la noche en punto, con las dos manos, levantaba el vestón, lo observaba meticulosamente antes de ajustárselo y volver a contemplarse en el espejo de luna. Sentado en la cama, con los pies que aún no tocaban el choapino del piso, yo, y no usted, admiraba esa brillante figura recargada de joyas, esa cabeza infinitamente repetida por los espejos de la pieza. En ese tiempo él también tarareaba las melodías que por la noche tocaría la orquesta.
Un beso. Una recomendación. Antes de partir recorría detenidamente la casa apagando las luces. Como si no hubieran tenido otro destino que el honrar su belleza, una a una, salvo la pequeña lámpara del velador, se extinguían haciendo que los pasos fueran más sonoros, más reconocibles.
Recuerdo las noches de verano, durante las vacaciones. La ventana permanecía abierta. Cuando oía golpearse la reja de la calle, yo apagaba la última luz para que entrara la noche. Y la noche entraba llenándome la boca de estrellas.
Tranquilamente, un insomnio se imponía a la exigencia del sueño. Los ojos abiertos en la oscuridad. Los últimos campanazos de una iglesia temblaban en el aire tibio. Yo estoy ahí, en el lugar que luego usted ocupó, mientras leía y esperaba. Yo no; con la sábana tapándome la boca, jugaba a producir encuentros imposibles.
La noche es lenta y sofocante. No hay posición cuando no se duerme: una y otra vez buscaba las zonas tersas y heladas de la cama. Pienso si usted ya nos miraba desde el futuro, si ya sus embrujados ojos lo habían visto, si ya me habían desplazado desde ese sitio donde comencé a morir.
Pero el alba, en el verano, no se hace esperar. Veo los árboles transparentes en la pantalla de la ventana. Siento el auto detenerse con repetidas aceleraciones del motor. Y la puerta que se abre y él que entra. Con los ojos cerrados sigo sus movimientos: cerrar la puerta, desvestirse, correr de agua en el cuarto de baño.
Usted conoce esos momentos.
Él viene, se detiene un instante para mirarme, para mirarla, dormir. Como ayer, la misma cortina vuelve a traslucir los reflejos del amanecer. La ciudad suena allá afuera como un trompo al que una cuerda cada vez más tensa -luces y colores encontrados- descubre y exalta, oscurece y limita. Me duermo a su lado, pegado a él como un gusano a la hoja, oyéndolo respirar y moverse. El mundo no era malo dentro de esas sábanas que olían a nosotros.
Pienso: "Tomaría la botella de encima del botiquín..." ¿Cómo lo hizo? Dígame. Tomó la botella del velador y simplemente... Usted no me mira. Por momentos su mano como una garra se crispa sobre la barra del troley. Pero no sospecha que todo el pasado, su belleza mutilada y perdida, se hallan en juego en este instante. Las diversas coloraciones de su rostro -del bronce al rosa, del blanco amarillento de los párpados al quemado, casi negro, de la barbilla- bien valieron aquellos siete años. ¿No lo cree ahora?
Pienso: "Tomaría la botella de encima de la mesa..."
Las grúas sobre los edificios en construcción son arañas increíbles, que juegan un lento ajedrez sobre la ciudad. Desde que he vuelto podría contarle mi matrimonio. En las noches de insomnio, pegado a mi mujer que duerme, vuelvo a pensar en usted, la imagino, la sueño. Reconozco que esa revisión no sucede sino en las imágenes del pasado, revueltas con rostros extraños, con lugares que falsean nuestra relación. El dormitorio, donde me llevaron con los otros, tenía una lámpara roja que vigilaba durante la noche. A través de los siete años soñé mirando esa ampolleta de sangre y oyendo el viento que rondaba los muros del reformatorio. Mi sueño repetido al infinito: usted frente a mí, de espaldas a mí, cara a la batea.
De súbito, usted apareció entre nosotros. No nos dimos cuenta. Y con usted, los gritos de esos esquivos hermanos que yo cuidaba, paseaba, alimentaba.
La tarde y el perfume de los diego de la noche afirmados en las pilastras del corredor. La hora sofocante se aplacaba con chorros de agua sobre el patio. Desde mi pieza, en la oscuridad, oía batir los huevos en la cocina antes de la comida. Uno de esos atardeceres decidí matarla a usted.
Pero todo amor es imaginario. Por eso me repito que usted y yo tuvimos las mismas monedas en la mano, pagamos el mismo precio. ¿Recuerda? Yo me había negado a sacarlos al parque; usted debió soportar toda la mañana sus llantos y sus gritos. Durante el almuerzo, usted se fijó en esas tempranas espinillas que tenía sobre mi frente. Prometió una rápida curación.
Pienso: "Tomaría la botella, el algodón, la aguja de crochet, frotaría aplicadamente sobre la piel inflamada." Sentado sobre la tapa del silencioso, cierro los ojos, porque, me dice, eso sirve incluso para prevenir nuevos rebrotes. Entonces me embadurna los párpados, al principio el nitrato de plata forma una película húmeda sobre todo el rostro. Usted me sopla, sonríe, me revuelve el pelo.
(Recuerdo que ese día -¿es necesario decirlo?- llegaron los obreros municipales a destapar la fosa. Los chuicos enmaderados con el ácido quedaron alineados en el corredor hasta el otro día.)
La quemazón apareció primero en los flancos de la nariz y en los párpados. Veo el parque y los árboles, árboles así, ramas así, y la avenida Beauchef que aún recuerdo como si la mirara. Una costra arrugada, en partes tirante, ese terciopelo opaco que hace resaltar mis dientes, mis ojos húmedos, mi pelo amarillo.
Durante el recreo, un semilleo de rostros se aglomeran en la puerta de la oficina.
— ¡Coreano! ¡Coreano!
Frente al retrato de Bernardo O'Higgins, la señorita me tomó la temperatura.
— ¿Está tu papá en la casa?
— Duerme todo el día.
— ¡Ah!, ¿sí?
— Trabaja en la noche, con una orquesta.
— Dile que pasaré a hablar con él antes de las siete.
El vidrio del retrato refleja, sí, el escozor, el fuego negro que se pega, la sangre seca y endurecida de la minuciosa costra que apenas respeta los ojos, la boca, de este antifaz.
Caído de boca, sobre la cama -luego de eludir todo encuentro al llegar- siento que la frescura de la almohada mitiga el ardor de la piel. Cierro los ojos, bordeo blandas zonas del jardín en las que el pasto húmedo, un nuevo presentimiento de esa ansiada frescura, las gotas estáticas y brillantes del rocío sobre las hojas, me bañan. Chorros de agua sobre el polvo fino que no pueden juntarse como si fueran aceite y vinagre.
Me atrevo a mirarla de frente, meticulosamente. Escudado tras los diez años que hicieron del niño que yo era un hombre inidentificable, puedo mirar esos sellos que un día le dejé como testimonio de que siempre podría reconocerla.
Un cielo de nubes se inclina sobre la ventanilla, se tiñe de limaduras de sol. La primavera que se mete así en los huesos como un cuerpo extraño. Fosforescencias de nácar, envolvente, que tapiza los cerros y desciende del cielo: la luz amortiguada de septiembre.
Y bien, estamos aquí, al fin, frente a frente. Deseaba este encuentro. No ha sido fácil. Usted sabe, primero los siete años de reformatorio, luego los tres pasados en esta ciudad donde la mitad de la gente busca a la otra mitad sin encontrarla.
Tirado sobre la cama, aún continuaba escuchando el grito de mis compañeros ¡Coreano! ¡Coreano! Como si con él me hubieran puesto de golpe fuera de todos, me sintiera horriblemente extraño en el mundo de los hombres.
Él aún dormía y usted no me había visto entrar. Durante los interrogatorios insistieron mucho en esos detalles. ¿Qué podría decirles? ¿Qué la vi salir al patio, caminar colgando la ropa sobre los alambres?, ¿que nunca me habría imaginado que iba a levantarme, me iba a arrastrar al corredor y caminar hasta donde usted estaba?, ¿que la vi de espaldas, frente a la batea donde habían puesto el ácido, frente a la ventana que le reflejó a usted mi negro rostro de coreano y le hizo decir Dios antes de sentir el golpe y caer, la cara sumergida, confundida, revolcada en el ácido? ¿Les podía decir esto? No. Un obstinado silencio me acompañó desde entonces. Usted y yo nos separamos. Sin embargo, recuerde un detalle: al despertar bruscamente con sus gritos, él no pudo reconocer a los seres que lo habían amado.

 

Para Gerard Augustin
Saint-Cloud, marzo 1968.

 



Excesos /Mauricio Wacquez.

Santiago : Universitaria, 1971. 108 p.

Estos excesos sólo lo son en apariencia. Porque en realidad presentan una de las aventuras de lenguaje más escuetas, mas despojadas, menos excesivas de la actual narrativa hispanoamericana. En realidad eluden todo exceso, toda parafernalia, todo barroquismo que pudiera agregar joyas o fuegos a la minuciosa economía de sus páginas. No es Blake o Swedenborg —uno invocado, sugerido el otro- quien pudiera definir la carne, la naturaleza o el color dé estos textos, ya que en verdad más que el sueño, el profetismo o la videncia, los habita la muerte. Wacquez escribe desde la memoria, acaso la única materia que nos defiende de la muerte: la que con su consoladora persistencia finge una forma de resurrección para nuestro morirse cotidiano.
Pero es sin embargo el peso de la misteriosa, de la turbadora sonrisa de la muerte lo que otorga a estas páginas su tono mesurado, esa rara vez hallada dignidad literaria que las sitúa limpiamente entre el silencio y el desden. Para lectores indecisos, cabe aun una variante conjetural. Estos cuentos hablan casi siempre de un niño, el mismo niño, que empeñosamente reconstruye las muchas muertes de la infancia, el terror infinito, la lucha vacilante y oprobiosa hacia la identidad. En los últimos tramos del combate el niño advierte tal vez que no ha ganado nada, que no ha perdido nada. Que simplemente llega desde sus abrumantes, sus memoriosas ruinas hasta la fatigada vida de los otros abierta delante de el como una vieja y calida pradera, como un verano interminable.


ALBERTO COUSTE

de la contratapa


 


 

 
 

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