Gracias a mi amiga y admirada poeta Sharon Rodríguez, y en el marco del XXIX Festival de Poesía del Sur Andino “Enero en la Palabra 2026” —que este año ella y un grupo de amigos organizaron tras recibir el carguyo—, pude leer el libro de poemas de Noraya Ccoyure titulado Canto de ballena negra (Alastor Editores, 2023).
Sus poemas me llevaron inmediatamente a pensar en las migraciones del campo a la ciudad en el Perú, las cuales han sido analizadas por sociólogos, antropólogos, poetas y narradores como estrategias de supervivencia y resistencia familiar ante la pobreza rural y urbana. Las migraciones no solo desplazan cuerpos y fuerza de trabajo, sino también imaginarios, deseos y nuevas formas de habitar la sensualidad. Hay en este libro, también, un guiño a poetas que han cantado bellamente estos temas, me refiero a Leoncio Bueno, Domingo de Ramos, Carolina Fernández y Roxana Crisólogo.

Teófilo Altamirano (1992) sostiene que "la ciudad y el campo para los migrantes [...] aparecen como un solo mundo complementario... Este tipo de movimientos [es] cada vez más necesario como nuevas estrategias sociales y económicas" (p. 45). En cambio, Aníbal Quijano (1977) analiza la migración en el contexto de los cambios sociales y la emergencia del "grupo cholo". El autor describe la aparición de barriadas como una respuesta a un "Estado crónicamente incapacitado para conducir los cambios económicos y sociales" (p. 105), y analiza cómo los migrantes en Lima quedaban fuera de la economía formal, creando sectores poblacionales marginalizados pero con una organización propia.
Ahora bien, desde las primeras avanzadas de los años cuarenta en Perú, y en el ámbito de nuestra literatura posteriormente, hay poéticas y lenguajes que han explorado cómo las migraciones del campo a la ciudad transformaron no solo el paisaje urbano, sino también la afectividad y el erotismo. Autores como Oswaldo Reynoso, José María Arguedas y Miguel Gutiérrez capturaron esta "erótica del desborde" donde el cuerpo migrante reclama un espacio en la ciudad.
Oswaldo Reynoso, en Los inocentes (1961), describe la belleza de los jóvenes de barrio, hijos de migrantes, con un lenguaje poético que sacraliza lo marginal: "Era bello. De una belleza morena y profunda. Tenía en los ojos la luz de los arenales y en la boca el sabor de la fruta madura"
Canto de ballena negra despierta todo lo dicho líneas arriba, pero son otras las percepciones y la construcción del poema. La voz poética explora la memoria, el dolor urbano y la redención a través de imágenes marinas y de la cotidianidad peruana. El poemario, dividido en tres secciones: Varamientos, Cantos azules y Playa desierta, construye una simbología múltiple en torno a la ballena. Esta se presenta, por ejemplo, como un salvador varado en la indiferencia urbana, como el conocimiento de los orígenes o como la paz espiritual. Asimismo, evoca la obsesión y la meta inalcanzable de la novela Moby Dick, de Herman Melville; o la prueba de aislamiento, soledad e introspección profunda de la tradición bíblica de Jonás. Finalmente, el cetáceo simboliza la fragilidad del ecosistema y la destrucción de la Pachamama. Todos estos elementos orbitan el centro poético de un libro doloroso, pero revitalizador en sus silencios, que avanza sutilmente hacia la construcción de un renacimiento.
La primera parte del libro abre con "Varamientos", poemas sobre violencia urbana como "Cordel de ropa" (madre e hijo muerto), cito:
El sol de Lima con sus enormes ojos
. . . evapora el encuentro entre mi vecina y su hijo,
los manantiales clandestinos
. . . . . . . no sobreviven en la ciudad. (p. 16)
La poeta retrata una Lima sombría, húmeda y áspera, donde los personajes cotidianos —la vecina, el jardinero, el niño sicario, las trabajadoras de limpieza— se convierten en figuras trágicas. Estos cuerpos aparecen detenidos en un tiempo límite, como ballenas encalladas en la ciudad. El varamiento no es solo físico, sino histórico y emocional: se trata de existencias atrapadas en ciclos de pobreza, violencia y olvido.
En la segunda parte: "Cantos azules" profundiza en la memoria familiar. Palabra y cuerpo evocan la profundidad del mar. La introspección como el poema "Carta para un pelicano" que no es sino el dolor, el reencuentro y la cura con el padre cito:
Recién comprendo que el dolor
hundió tu cuello en el río,
haciendo de nuestro hogar
un buche amargo
(donde el único alimento
eran piedras y plumas muertas)
recién comprendo el porqué
de tus violentos graznidos
durante la repartición de la comida,
de tu obsesión con el vientre de mamá:
eran poses de tirano para ocultar
. . . . pasado de huérfano… (p. 44)
Finalmente, el libro cierra con “Playa desierta” que no es sino un espacio de transición donde el cuerpo de la mujer se fusiona con la geografía (la arena negra, el río, el lodo) para explorar el erotismo, el trauma infantil y la búsqueda espiritual. Asimismo, la reflexión sobre ese misterioso oficio que es y sigue siendo la poesía y la escritura en sí. Cito algunos versos:
El joven GIRASOL se estremece de raíz
patalea se eriza patalea
anhela conocer el diluvio que lo amamanta
en la oscuridad:
entonces, estira su tallo y sus pliegues apuntan hacia el norte
su cabellera verde recorre los delgados muslos
y el vientre de BETANIA
se expande por debajo de su vestido
roza su piel aprieta sus manos
—con delicioso furor— (p. 50)
Un halo de fuego emerge de los amantes
se extinguen se extinguen
se extinguen y los grillos a su alrededor
tornándose negruzco polvo: (p. 51)
O estos versos donde la poeta parece sugerir que el lenguaje no nos alcanza, pues las palabras suelen ser limitantes para la inmensidad del dolor o del deseo. Sin embargo, en esa misma limitación reside nuestra única salvación; aunque el verbo sea incapaz de capturar la esencia de lo que sentimos, es el acto de nombrar lo que nos permite sobrevivir. Al articular el vacío, la autora transforma el silencio en un refugio habitable, demostrando que, si bien la palabra es imperfecta y finita, es también el hilo invisible que nos sostiene sobre lo inefable. Cito:
Mi escritura es el fondo de una piscina,
una piscina de medianas longitudes
con losetas duras,
con relativa profundidad
una alcantarilla que me
permite sentir los pasos del mundo
un refugio cavernoso
de agua y silencio (p. 71)
Leer Canto de ballena negra de Noraya Ccuyure, me lleva a reafirmar, y no sin sorpresa, que la poesía es lo que nos pasa. Creo que es otra forma de pensar la vida y el mundo. He sentido el dolor de mi ciudad revivir en mí con imágenes de sangre. Me he sentido, como sus “argonautas amarillos”, abatido por la indiferencia y la muerte. Pero también he participado de ese ritual de salvación en la memoria familiar donde sanamos cicatrices emocionales. Percibo ritmos serpentinos en la construcción del poema, así como la reflexión y los lenguajes de una ballena redentora de la libertad en un espacio opresivo. Son poemas escritos con claridad e imágenes cromáticas. Leer este libro nos permite redimirnos, tal como lo ha hecho la poeta Noraya en su construcción del poema siempre íntima.
Canto de ballena negra es un libro armónico, donde la poesía funciona como un sistema vital atravesado por el agua, el cuerpo, la ciudad y la herida. Nuestra poeta construye un universo lírico en el que lo íntimo y lo colectivo son uno. Este hermoso libro no busca la belleza como ornamento, sino como una forma de resistencia ante la violencia, la pérdida y la memoria. Me atrevo a decir que es un libro de amor. Yo me he encontrado en estos poemas.
San Jerónimo – Cusco
Febrero de 2026