¿Nubes, ha dicho usted? Vamos viendo, pues. Todos los idiomas, los lenguajes, desde
todos los tiempos, han tenido que ver con la nube, o mejor, con las nubes. Desde la
simplicidad sabedora del habla popular, con sus giros expresivos o lugares comunes de la
vida doméstica, como desde aquella elevada y grávida del rango, de la autoridad, del
saber y las ciencias, y, claro está, desde la palabra virtual o perentoria de las creencias
religiosas. Tener que ver, decimos, y nunca mejor dicho, puesto que antes de hablar de
ellas, las vemos ahí, donde sucede que están el tiempo que tomaría saber qué vemos
cuando las vemos. Puesto que la apariencia de las nubes es función del punto de vista y
del ánimo del observador.

Las nubes encarnan, entre tantas cosas, la altura, o mejor, la elevación, e incluso más
claramente que pretende hacerlo el cielo, puesto que a través del itinerario diario de la
luna y el sol, el cielo sólo nos deja en claro que es… infinito. Ellas en cambio están ahí,
como al alcance de la mano, según se vea. Y si de decir se trata, o sea, de armarse de
palabras, hay uno de estos modos de decir, entre aquellos a los que aquí hemos aludido,
que se funda en aquella palabra corpórea al mismo tiempo que huidiza, aquella de
sentidos permeables, de significados magnéticos que no es otra que la palabra de la
Poesía. Ella sabe convocar las significaciones de todos los otros usos de lenguaje a cuenta
de unos destellos de sentido que dicen más de lo que dicen cuando dicen lo que dicen. Las
nubes dan que hablar a nuestra imaginación. Buscan redimirla de la inmediatez escrutable
de lo real.


Tomando en préstamo un término de la geología, e incluso de la sociología, la
meteorología, esa ciencia de los cielos inmediatos, hace justamente poesía cuando
nombra con giros metafóricos las diferentes formas de las nubes. Así llama “stratus”
(estratos) aquellas más bajas que con presagios de humedad y lloviznas, simulan capas
dilatadas y chatas. O cuando da el nombre de, “cumulus”, (cúmulos) a unos copos
abultados, de perfiles netos y clara prestancia. O incluso “cirrus” (cirros), aquellas nubes
altas, formadas de cristalillos de hielo; término éste que, tomado del latín, significa “rizo
de cabellos”. Sin olvidar aquellas llamadas “nimbus”, (nimbo), o sea el círculo luminoso
que rodea la cabeza del emperador en algunas medallas romanas. Cuatro entidades
distintas que en las alturas suelen entrelazarse a la vista y entretejer también sus
nombres: “cumulonimbos”, aquella nube que presenta la más alta extensión vertical,
asociada a fenómenos meteorológicos impetuosos: tempestad, rayos, tornados.


Hablar de nubes es ir tras la palabra, las palabras, sólo que éstas no se las encuentra en
otra parte que en los recodos de cierta mirada. Y ya sabemos que mirar da que pensar. Así
no fuere más que el tiempo de una pestañada cuando no aquel de un flujo de memoria.
Hinchadas y níveas, grises y sombrías, amenazantes y tormentosas, negros nubarrones
que hablan de temor, de duda, de ansiedad o depresión; cuando no pluralmente
matizadas y tendidas a lo largo del canto del horizonte sobre un asomo de luz solar.


Las nubes van y vienen, vienen y van… El viento aviva o aligera su tranco. Ellas pasan sin
escapar a nuestra vista que entonces las detiene en ese vuelco de nuestra atención que
les acuerda formas y sentidos, espejismos emocionales, intimidades complacientes de
nuestra imaginación y deseos. Es a causa de este giro de una mirada personal que las
nubes han entrado en el arte por el acto de fijar en un destello terrenal sus veleidades
aéreas. Que lo digan si no los siglos de pintura mural o sobre tela y trípode.

¿Nubes, decía usted…? Veamos: el cielo se muestra ahora bien provisto y algunas
personas, a diferencia de otras, creen que no hay mejor para sacar buenas fotos, ya fuere
de cielos fijos o en movimiento. Hay hoy día un arte de la foto, como lo ha habido de la
pintura, sólo que en el arte fotográfico el protagonista en mayor medida que el fotógrafo
son las nubes mismas. Las hay dignas de ser por sí solas retratadas y el arte de éste será
entonces su capacidad para darles protagonismo dentro del encuadre, sea éste fijo o en
movimiento. Cuestión de segundos o minutos de exposición. No hay otras condiciones
ideales para tomar buenas fotografías que las que se ofrecen, cámara en mano, al ojo del
artista.


