El sábado 20 de junio, en vísperas del We Tripantu, poesía, fotografía, pintura y
canto se encontraron en un bar histórico de la ciudad para dar vida a 13 Lunas
(Mary Kvla Kvyen), una obra colectiva que nació de la amistad y creció como las
luciérnagas: de a poco, hasta llenar el espacio.
El sábado por la noche, mientras Temuco se preparaba para recibir el We
Tripantu —el año nuevo mapuche, el retorno del sol—, el bar La Serpiente abrió sus
puertas a algo que no se había anunciado con carteles ni fanfarria: una primera muestra
de arte mapuche contemporáneo que dejó la sala llena y a más de uno con los ojos
húmedos. La convocatoria la hizo el colectivo Sedimento, y lo que ocurrió adentro fue
difícil de clasificar: no era solo una exposición, no era solo un concierto, no era solo el
lanzamiento de un libro. Era todo eso a la vez, y algo más.

Un colectivo que nació entre luciérnagas a orillas del Cautín
Sedimento no tiene acta de fundación ni estatutos. Tiene una noche de verano, un
río, y dos luciérnagas que de pronto se convirtieron en muchas. Así lo recordó el poeta
Leonel Lienlaf, figura tutelar de la escena literaria mapuche y maestro de ceremonias de
la velada: el colectivo nació de las reuniones de amigos, de los carretes en casa, de
caminar por los bordes del río Cautín hasta encontrar esas luces pequeñas encendiéndose
en la oscuridad.
"Empezaron a aparecer muchas luciérnagas, y este trabajo ha sido
también como las luciérnagas, en el sentido de que se han ido
incorporando. Se ha ido formando un colectivo también por esta especie
de rueda que empieza a circular."
El grupo ha pasado por varios nombres antes de asentarse en Sedimento, y su
composición ha ido creciendo de manera orgánica: el poeta Iván Antilef, la cantante
Angélica Llancafil, el fotógrafo Patricio Saavedra, el artista visual Alex Mellado y Pamela
Molina, entre otros. Lo que los une no es un manifiesto sino una amistad y una
convicción compartida: que el arte mapuche contemporáneo tiene algo urgente que decir,
y que puede decirlo desde la autogestión y desde la confianza mutua.
La elección del lugar tampoco fue al azar. El bar Don Claudio —conocido en otro
tiempo simplemente como "La Serpiente"— tiene décadas de historia cultural en Temuco.
Lienlaf lo evocó con afecto y con memoria: "Antiguamente los poetas, en los años 90, se
reunían acá. Ahí recuerdo alguna vez con el Guido y los otros poetas que se juntaban a
tomar vinito y a conversar. No estamos haciendo nada nuevo, sino recordando y
conmemorando a los que también pasaron por aquí y crearon comunidad y crearon
barrio".
La escenografía: intervenir el espacio desde adentro
Antes de que sonara la primera palabra o nota, el espacio ya hablaba. Patricio
Saavedra, fotógrafo y director de facto de la muestra —aunque él prefiere repartir el
crédito—, diseñó una instalación que surgió de una observación precisa: el bar tenía un
letrero luminoso de cristal que normalmente publicitaba una marca de cerveza. Saavedra
vio ahí una oportunidad.
"Lo que hicimos es duplicar en tamaño ese letrero y colocar una foto
dentro, en vez de la publicidad. Yo lo mandé a hacer en Santiago porque
en Temuco nadie podía hacerlo. Es un objeto de diseño, está diseñado
para esta obra."
Las fotografías que habitaron el espacio durante la noche tenían su propia
historia. Varias giraban en torno al tiuque, ave de rapiña que aparece tanto en los campos
del sur como sobrevolando ciudades, y que en esta obra funciona como símbolo del
desplazamiento entre mundos. Una imagen en particular mostraba al tiuque casi disuelto
en la niebla densa -trukur en mapuzugun- en la comunidad donde vive Saavedra. "Es la
niebla total que hay donde yo vivo. Está totalmente desvanecido el tiuque. Es el mismo
árbol, sí", describió.
Otra fotografía concentró miradas y preguntas a lo largo de la velada: el hijo de
Saavedra, retratado con una máscara o Kollong —personaje festivo y trasgresor de la
cultura mapuche. La imagen nació el mismo día en que fue asesinado Camilo Catrillanca.
"La máscara se cayó de la pared cinco minutos antes de que me avisaran. Dije: hay algo
que está pasando. Y después dije: tenemos que hacer algo con eso, retratarlo. ¿Y con
quién más que con mi hijo, con amor? Y también decir que detrás de una máscara
mapuche hay personas. No podemos estar matando mapuches porque son una máscara.
Son humanos".

Leonel Lienlaf: la voz que sitúa y que recuerda
La presencia de Leonel Lienlaf le dio a la velada una dimensión literaria e
histórica que fue más allá del rol de presentador. Lienlaf es una de las voces más
reconocidas de la poesía mapuche contemporánea, y esa noche llegó directo desde Angol,
donde el día anterior había presentado el libro de Rafael Pichún, preso político mapuche.
Para él, algo importante está ocurriendo en la escritura mapuche de hoy.
Sobre el libro de Antilef fue a la vez cálido y exigente —como quien habla de un
amigo con quien se ha discutido y se admira. Lo describió como un libro de paisajes, de
emocionalidad, de textos que funcionan como cuadros: "Son espejos y ventanas que nos
llevan a ver nuestras propias esencias del ser. Hay mucho territorio en este texto, y no es
territorio cliché, ni de la política, ni de la antropología, ni de la crítica literaria. Hay
territorio en la visión, en el ser de cada texto".
Los poemas: trece textos para trece lunas
Iván Antilef, originario del Lof Rowe Koyam en la comuna de Pitrufquén, leyó
trece poemas de su libro Desviaje —uno por cada luna de la obra colectiva. El libro es el
resultado de diez años de tránsito: por territorios de Wallmapu, por países de América
Latina, por ciudades y comunidades que dejaron sedimento en su escritura.
El concepto que lo articula todo es el desviaje, que Antilef explicó con claridad en
conversación posterior a la lectura: "Es la persona que está presente de un lado, pero su
pensamiento, su esencia, está en otro territorio de donde él es. Como el mismo tiuque,
cuando lo vi en la ciudad dije: ¿qué está haciendo acá?". El tiuque —que aparece también
en las fotografías de Saavedra— se convierte así en el hilo invisible que cose la muestra
entera.
Sus textos transitan entre el mapuzugun y el español, entre la memoria de los
antiguos y el insomnio de la capital. En "El silencio del lof", el cuerpo es camino antiguo,
rastro de otros pasos que no aparecen en los libros. En el poema dedicado a la figura del
tiuque, hay una pregunta que resuena en toda la sala: "¿Quién es el más irreverente en
esta ciudad, tú o yo?". Y en uno de los versos más directos de la noche, sobre el alambre
como frontera impuesta: "Antes del alambre, el viento no tenía dueño. Cruzaba los cerros
sin pedir permiso. Ahora el viento duda, se enreda en los cercos".
Angélica: el canto como territorio que nadie puede colonizar
Si los poemas de Antilef anclan la obra en la palabra, la actuación de Angélica la
llevó a un lugar donde las palabras ya no alcanzan. Su interpretación —performática, dijo
ella, más que un concierto estructurado— combinó canto, identidad y la presencia física
de sus dos hijos mayores en escena. Antes de comenzar, habló del cuerpo como territorio:
"Especialmente las mujeres. Un territorio no colonizado, no utilizable y no usurpable. Y
desde este territorio se parieron esas dos hermosuras".
Su voz recorrió el espacio con una potencia que arrancó aplausos sostenidos y
algunos silenciosos. Angélica explicó que lo suyo está arraigado en el maternaje y en el
legado de las mujeres de su linaje, y que la expresión artística, desde la comprensión
mapuche, es un don heredado: "Se expresa, se manifiesta con mucho orgullo. Cuando
dentro de esta comunidad se ponen a disposición estos saberes y estos dones, no hay ni
una posibilidad de que no salga algo lindo, algo colaborativo".
Sobre el carácter autoorganizado del colectivo fue contundente: "Nos hemos
atrevido desde la autoconfianza a poner sobre la mesa la improvisación y la
espontaneidad como un valor. Y eso es algo que no es tan tan tradicional, tan tan chileno,
eso de que todo tiene que estar programado con anterioridad".
Al final de la velada, ella fue quien señaló la coincidencia que nadie había
planeado: Antilef trajo a su abuela en un poema; ella trajo a su abuela en su canto;
Pamela habló de su madre y de la de Lienlaf. "Creo que nuestras abuelas están en este
lugar, súper potentes", dijo en voz baja.
We Tripantu y lo que viene
La fecha del 20 de junio no fue casualidad. El We Tripantu —el año nuevo
mapuche, que marca el momento en que el sol comienza su regreso— le otorgó a la
muestra una carga simbólica que los integrantes del colectivo sintieron como propia. Las
trece lunas del calendario mapuche no solo dan nombre a la obra: la estructuran, la
respiran. Y la luna trece, según reveló Antilef, es Angélica.
Sedimento no termina en La Serpiente. El colectivo tiene previstas nuevas
presentaciones de 13 Lunas: una en la Pontificia Universidad Católica y otra en el marco
de un congreso de comunidades y pueblos indígenas organizado por NAISA, un espacio
de reflexión sobre la producción de conocimiento indígena. "Estoy contento con el lugar,
con el equipo. Es un tremendo equipo y eso es genial", dijo Antilef.
Alex Mellado lo resumió con sencillez al final de la noche, ante un espacio que
comenzaba lentamente a despedirse: "De alguna forma nos encuentra con la realidad más
allá de los formatos tradicionales. Así que muy contento y orgulloso de estar aquí con
ustedes".
Las luciérnagas, como dijo Lienlaf al principio, al principio son dos. Después son
muchas.
[Las dos primeras fotos son de Patricio Saavedra, la tercera de Felipe Caro]