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Luciérnagas en La Serpiente: el colectivo Sedimento ilumina
Temuco con su primera muestra de arte mapuche

Por Xabier Aguirre Delgado
Temuco, 20 de junio de 2025

Colectivo Sedimento · Bar La Serpiente, Temuco · 13 Lunas / Mary Kvla Kvyen



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El sábado 20 de junio, en vísperas del We Tripantu, poesía, fotografía, pintura y canto se encontraron en un bar histórico de la ciudad para dar vida a 13 Lunas (Mary Kvla Kvyen), una obra colectiva que nació de la amistad y creció como las luciérnagas: de a poco, hasta llenar el espacio.


El sábado por la noche, mientras Temuco se preparaba para recibir el We Tripantu —el año nuevo mapuche, el retorno del sol—, el bar La Serpiente abrió sus puertas a algo que no se había anunciado con carteles ni fanfarria: una primera muestra de arte mapuche contemporáneo que dejó la sala llena y a más de uno con los ojos húmedos. La convocatoria la hizo el colectivo Sedimento, y lo que ocurrió adentro fue difícil de clasificar: no era solo una exposición, no era solo un concierto, no era solo el lanzamiento de un libro. Era todo eso a la vez, y algo más.

 



Un colectivo que nació entre luciérnagas a orillas del Cautín

Sedimento no tiene acta de fundación ni estatutos. Tiene una noche de verano, un río, y dos luciérnagas que de pronto se convirtieron en muchas. Así lo recordó el poeta Leonel Lienlaf, figura tutelar de la escena literaria mapuche y maestro de ceremonias de la velada: el colectivo nació de las reuniones de amigos, de los carretes en casa, de caminar por los bordes del río Cautín hasta encontrar esas luces pequeñas encendiéndose en la oscuridad.

"Empezaron a aparecer muchas luciérnagas, y este trabajo ha sido también como las luciérnagas, en el sentido de que se han ido incorporando. Se ha ido formando un colectivo también por esta especie de rueda que empieza a circular."

El grupo ha pasado por varios nombres antes de asentarse en Sedimento, y su composición ha ido creciendo de manera orgánica: el poeta Iván Antilef, la cantante Angélica Llancafil, el fotógrafo Patricio Saavedra, el artista visual Alex Mellado y Pamela Molina, entre otros. Lo que los une no es un manifiesto sino una amistad y una convicción compartida: que el arte mapuche contemporáneo tiene algo urgente que decir, y que puede decirlo desde la autogestión y desde la confianza mutua.

La elección del lugar tampoco fue al azar. El bar Don Claudio —conocido en otro tiempo simplemente como "La Serpiente"— tiene décadas de historia cultural en Temuco. Lienlaf lo evocó con afecto y con memoria: "Antiguamente los poetas, en los años 90, se reunían acá. Ahí recuerdo alguna vez con el Guido y los otros poetas que se juntaban a tomar vinito y a conversar. No estamos haciendo nada nuevo, sino recordando y conmemorando a los que también pasaron por aquí y crearon comunidad y crearon barrio".


La escenografía: intervenir el espacio desde adentro

Antes de que sonara la primera palabra o nota, el espacio ya hablaba. Patricio Saavedra, fotógrafo y director de facto de la muestra —aunque él prefiere repartir el crédito—, diseñó una instalación que surgió de una observación precisa: el bar tenía un letrero luminoso de cristal que normalmente publicitaba una marca de cerveza. Saavedra vio ahí una oportunidad.

"Lo que hicimos es duplicar en tamaño ese letrero y colocar una foto dentro, en vez de la publicidad. Yo lo mandé a hacer en Santiago porque en Temuco nadie podía hacerlo. Es un objeto de diseño, está diseñado para esta obra."

Las fotografías que habitaron el espacio durante la noche tenían su propia historia. Varias giraban en torno al tiuque, ave de rapiña que aparece tanto en los campos del sur como sobrevolando ciudades, y que en esta obra funciona como símbolo del desplazamiento entre mundos. Una imagen en particular mostraba al tiuque casi disuelto en la niebla densa -trukur en mapuzugun- en la comunidad donde vive Saavedra. "Es la niebla total que hay donde yo vivo. Está totalmente desvanecido el tiuque. Es el mismo árbol, sí", describió.

Otra fotografía concentró miradas y preguntas a lo largo de la velada: el hijo de Saavedra, retratado con una máscara o Kollong —personaje festivo y trasgresor de la cultura mapuche. La imagen nació el mismo día en que fue asesinado Camilo Catrillanca. "La máscara se cayó de la pared cinco minutos antes de que me avisaran. Dije: hay algo que está pasando. Y después dije: tenemos que hacer algo con eso, retratarlo. ¿Y con quién más que con mi hijo, con amor? Y también decir que detrás de una máscara mapuche hay personas. No podemos estar matando mapuches porque son una máscara. Son humanos".

 

 

Leonel Lienlaf: la voz que sitúa y que recuerda

La presencia de Leonel Lienlaf le dio a la velada una dimensión literaria e histórica que fue más allá del rol de presentador. Lienlaf es una de las voces más reconocidas de la poesía mapuche contemporánea, y esa noche llegó directo desde Angol, donde el día anterior había presentado el libro de Rafael Pichún, preso político mapuche. Para él, algo importante está ocurriendo en la escritura mapuche de hoy.

Sobre el libro de Antilef fue a la vez cálido y exigente —como quien habla de un amigo con quien se ha discutido y se admira. Lo describió como un libro de paisajes, de emocionalidad, de textos que funcionan como cuadros: "Son espejos y ventanas que nos llevan a ver nuestras propias esencias del ser. Hay mucho territorio en este texto, y no es territorio cliché, ni de la política, ni de la antropología, ni de la crítica literaria. Hay territorio en la visión, en el ser de cada texto".


Los poemas: trece textos para trece lunas

Iván Antilef, originario del Lof Rowe Koyam en la comuna de Pitrufquén, leyó trece poemas de su libro Desviaje —uno por cada luna de la obra colectiva. El libro es el resultado de diez años de tránsito: por territorios de Wallmapu, por países de América Latina, por ciudades y comunidades que dejaron sedimento en su escritura.

El concepto que lo articula todo es el desviaje, que Antilef explicó con claridad en conversación posterior a la lectura: "Es la persona que está presente de un lado, pero su pensamiento, su esencia, está en otro territorio de donde él es. Como el mismo tiuque, cuando lo vi en la ciudad dije: ¿qué está haciendo acá?". El tiuque —que aparece también en las fotografías de Saavedra— se convierte así en el hilo invisible que cose la muestra entera.

Sus textos transitan entre el mapuzugun y el español, entre la memoria de los antiguos y el insomnio de la capital. En "El silencio del lof", el cuerpo es camino antiguo, rastro de otros pasos que no aparecen en los libros. En el poema dedicado a la figura del tiuque, hay una pregunta que resuena en toda la sala: "¿Quién es el más irreverente en esta ciudad, tú o yo?". Y en uno de los versos más directos de la noche, sobre el alambre como frontera impuesta: "Antes del alambre, el viento no tenía dueño. Cruzaba los cerros sin pedir permiso. Ahora el viento duda, se enreda en los cercos".


Angélica: el canto como territorio que nadie puede colonizar

Si los poemas de Antilef anclan la obra en la palabra, la actuación de Angélica la llevó a un lugar donde las palabras ya no alcanzan. Su interpretación —performática, dijo ella, más que un concierto estructurado— combinó canto, identidad y la presencia física de sus dos hijos mayores en escena. Antes de comenzar, habló del cuerpo como territorio: "Especialmente las mujeres. Un territorio no colonizado, no utilizable y no usurpable. Y desde este territorio se parieron esas dos hermosuras".

Su voz recorrió el espacio con una potencia que arrancó aplausos sostenidos y algunos silenciosos. Angélica explicó que lo suyo está arraigado en el maternaje y en el legado de las mujeres de su linaje, y que la expresión artística, desde la comprensión mapuche, es un don heredado: "Se expresa, se manifiesta con mucho orgullo. Cuando dentro de esta comunidad se ponen a disposición estos saberes y estos dones, no hay ni una posibilidad de que no salga algo lindo, algo colaborativo".

Sobre el carácter autoorganizado del colectivo fue contundente: "Nos hemos atrevido desde la autoconfianza a poner sobre la mesa la improvisación y la espontaneidad como un valor. Y eso es algo que no es tan tan tradicional, tan tan chileno, eso de que todo tiene que estar programado con anterioridad".

Al final de la velada, ella fue quien señaló la coincidencia que nadie había planeado: Antilef trajo a su abuela en un poema; ella trajo a su abuela en su canto; Pamela habló de su madre y de la de Lienlaf. "Creo que nuestras abuelas están en este lugar, súper potentes", dijo en voz baja.

We Tripantu y lo que viene

La fecha del 20 de junio no fue casualidad. El We Tripantu —el año nuevo mapuche, que marca el momento en que el sol comienza su regreso— le otorgó a la muestra una carga simbólica que los integrantes del colectivo sintieron como propia. Las trece lunas del calendario mapuche no solo dan nombre a la obra: la estructuran, la respiran. Y la luna trece, según reveló Antilef, es Angélica.

Sedimento no termina en La Serpiente. El colectivo tiene previstas nuevas presentaciones de 13 Lunas: una en la Pontificia Universidad Católica y otra en el marco de un congreso de comunidades y pueblos indígenas organizado por NAISA, un espacio de reflexión sobre la producción de conocimiento indígena. "Estoy contento con el lugar, con el equipo. Es un tremendo equipo y eso es genial", dijo Antilef.

Alex Mellado lo resumió con sencillez al final de la noche, ante un espacio que comenzaba lentamente a despedirse: "De alguna forma nos encuentra con la realidad más allá de los formatos tradicionales. Así que muy contento y orgulloso de estar aquí con ustedes".

Las luciérnagas, como dijo Lienlaf al principio, al principio son dos. Después son muchas.

 

 

 

[Las dos primeras fotos son de Patricio Saavedra, la tercera de Felipe Caro]

 

 

 

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