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González Cangas, Yanko: Metales Pesados

El Kultrún, Valdivia, 1998, 72 p.

Leonardo Piña Cabrera
Santiago, Septiembre 6 de 1999.

 

Siguiendo el mandato de la denominada línea etnográfica radical, la más rupturista de las corrientes interpretativistas, González Cangas en Metales Pesados, hurga en las calles de la gran urbe por los sueños y desvelos de sus habitantes más olvidados, esto es, sus transhumantes jóvenes, quienes, articulados por aquél como originales sujetos de estudio, hurgan en él, por el ojo y lápiz que los mira y escribe retornándole con ello, el gesto de la observación/interpretación de que son objeto. Se vale para ello, del espacio abierto por la reunión de esfuerzos venidos desde la antropología y la poesía, obviando así, la necesidad de responder al estatus científico de la una con la estética y profundidad de la otra, y sin que ello signifique ligereza en su tratamiento y/o falta de rigor escritural en su puesta a punto sobre el papel.

Así las cosas, la pregunta instalada por el ya muerto poeta Juan Luis Martínez en torno al hecho de qué se observa cuando uno se observa observar, viene claramente dibujada en la solapa de sus textos, en especial si se tiene que tras los vidrios de sus prismáticos agazapada está la imagen del Otro interpelando al Uno en la idea de sacudirse el rol de informante clave que nunca solicitara. En la forma de notas a pie de página, entonces, o con el eco del desgano y/o incertidumbre, manifiesto o no, de las respuestas que muchas veces se obtienen en terreno, las voces de sus ficcionados personajes cobran vida al punto de inquirir por el sentido de la propia del autor y, por su través, también por la de sus lectores.

A la par de ello, el no resuelto cuestionamiento acerca de la posibilidad/imposibilidad del acto cognoscente que consigo traen las Ciencias Sociales, y que en el libro viene de la mano de las muchas citas que incorpora, sin ser menor, por supuesto, queda en entredicho por la sensación de respuesta que su no formulación trae. Si consigue o no aprehender lo real, si algo de ello trasuntan las páginas de su esfuerzo, queda relativizado por el alcance de la imagen del antropólogo retornando al sitio que lo viera irse: "/ -a este respecto le contesta Mediano, una de las voces de su singular etnografía- es cierto que nos rascamos el paquete en la pura esquina/ pero para qué andar gritando/ para qué picarla de engomado/ tu anduviste igual/ ¿qué de las 3 de la tarde en adelante?/ puro echarte en la solera/ entonces/ para qué funar esta movía/ para qué funarnos/ para qué picarla de aahh/ somos los más locos/ a todo hendrix/ no pasa/ ahí no maís/ para qué cartelear a tus sociates/ qué/ te dan monedas/ te mueven motes/ te caen mejores zorras/ el lafurcade regala tu libro en cuánto vale el chou?".

Situada la duda en torno al asunto de la observación, planteado el (des)encuentro y golpeado casi por el Otro culturalmente diferente que, abrumado por su presencia, crudamente le deja caer su malestar ("... Es decir/ no me cuesta nada sacarte una lonja húmeda por Buzón Preguntón/ Es decir no me cuesta nada enterrarte el tenedor/ ... "), el autor, antropólogo y poeta, o más bien, antropólogo poeta, se defiende, no sin antes morderse el labio de la boca que otrora amasara las palabras de su destierro: "Ya que en los canales hiervo con el tarrerío de jureles/ -responde aún con el ruido fresco de la puerta cerrada, en su cara- quién piensa volver a remasticar La Conserva de la Esquina?/ no espero para nada/ que me salven los que una vez llenaron de neo los pulmones/ pensaron que llegaría pidiendo agua/ ardiente de vereda en vereda/ como si fuera yo/ el único cabrológico de la Tormi/ no sapa dana con el arrastrerío/ Me quedo solo al final de la panamericana/ Otros serán el busco mi destino/ los sujetos de mi observación participante/ la reconocida equivocaión de mi ojo ciego".

Más pausado, y con el desasosiego de los propios dolores aprendidos en la pura esquina, González Cangas ensaya su salida a la luz de las palabras de Mary Shelley que a la postre le sirven como título de un poema: "Quien Añade Ciencia Añade Dolor". En éste, como en otros, sus palabras pulsan los látidos del hombre o mujer que todo antropólogo/a (o poeta) calza consigo, y que a fuerza de formación disciplinaria, ha ido olvidando:

"El LOGO se inyecta entre la tribu/ nada tiene que grabar/
sino su sombra/ nada tiene que mirar/ sino su ombligo/ el
/LOGO
no usará el pretexto de la Observación Participante para
chuparse todo/ La estrangulación de sus pulmones será hoy el tope/ para confesar lo
abierto del cedazo/ la tremebunda torsión
.. . . . .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . .. .. .. .. . /del iris
Nunca la manada ordeñó tanto zipeproles/ que el LOGO
sorbió cual orilla eu playa/ objeto-sujeto/ todo en Emperaire con arcadas muy licuado:/ la
horda manda/ seguir al último candil de noite/ la horda inclina por fin su lengua/ y
descifra al precario traductor que aquí yace
BUITREADO"

 

 

 

 

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