Entrevista
 

 

 

 

Raúl Zurita

La Palabra en estado salvaje

 

Con LA VIDA NUEVA, el libro que aparecerà este mes, el poeta sale vivo del largo túnel que se propuso cruzar hace más de diez años y reivindica a la poesía como la gran trinchera de resistencia al ruido de la modernidad y el mercado.

POR HECTOR SOTO

 

El tono es mesiánico e intenso. Sus ecos resuenan como el clamor de los profetas. Pero Raúl Zurita en varios momentos desmiente ser un gran sacerdote de la poesía chilena, aunque admite no tener absoluto control sobre su voz y ser un simple intermediario de verdades anteriores y que lo superan. "Las verdades de la poesía -señala- son peligrosas, porque pueden destruir a quien las llama. Hay mucho aprendiz de brujo en este oficio. Hay mucho poeta maldito que desencadenó fuerzas que no pudo controlar y que termi`nó en el suicidio o la locura".
Personalmente, él estuvo al filo de esos abismos. Fue en los años 70 cuando se encerró en un baño para quemarse la cara con un fierro al rojo. Ese acto demencial de autodestruccìón y castigo fue necesario para él. Si la guagua no chilla al nacer, simplemente muere. Sintió que aquello era el comienzo de una larga travesía que algún día tendría que terminar.
La experiencia recién ahora está concluyendo, con la publicación de "La Nueva Vida". El libro será lanzado en la próxima Feria del LIbro y es un texto de 600 Páginas atravesado por experiencias personales, por sueños propios y ajenos y, sobre todo, por imágenes de ríos míticos y reales, de antes y de ahora, de aquí y de allá, que caen del cielo, que llegan al mar, que se abren como se abrió el Mar Rojo para salvar al pueblo escogido y que al final vuelven a ascender al paraíso para recomenzar el ciclo.
El techo de "La Nueva Vida" es cósmico y lleva inscritas experiencias personales y colectivas, fantasmas de apariciones y desaparecidos, citas bíblicas y tumbas, esplendores de la naturaleza y miserias de la humanidad. Es una obra de largo aliento que avanza de la oscuridad a la luz, del lamento al canto, y que llega a las librerías después de "Purgatorio" (79) y "Anteparaíso" (82), de "Canto a su amor desaparecido" (85) y " El amor de Chile" (87), y despué que su autor escribiera versos sobre el cielo de Nueva York (82) y sobre la corteza del desierto de Atacama (93).
Padre de cuatro hijos de anteriores matrimonios, casado con Amparo Mardones que es madre de otros dos, lector impenitente de clásicos -Horacio, Dante, Shakespeare- y de novelas contemporáneas -García Márquez, Carlos Fuentes, el primer Vargas Llosa-, Raúl Zurita es un hombre de pocas aptitudes para la vida práctica. Pronto dejará su cargo de agregado cultural en Italia -donde entendió que "mi primera responsabilidad era terminar " La Vida Nueva" - y no sabe muy bien cómo seguirá de aquí en adelante. Lo que sí tiene claro es que en este libro lo entregó todo y que no dejó ninguna carta a su alcance por jugar. Absolutamente ninguna.

¿Qué representa su último libro?
Me demoré casi diez años en escribir esta obra y casi veinte en concebirla. Creo que el hecho de haberla concluido me permite quedar en paz conmigo mismo. "La Vida Nueva" documenta un periodo de mi vida que ya pasó, que cronológicamente va desde poco antes de cumplir los 20 años hasta cerca de los 30, y que corresponde a una etapa en que tuve experiencias muy difíciles, muy terminales. Fue una época en que conocí muchas intensidades, pero también la penumbra total. Yo tuve una adolescencia muy corta. Antes de los 18 años pensaba que nunca me iba a ocurrir nada. Nada de nada. Me parecía increíble que si a mí me gustaba alguien, yo también pudiera gustarle a esa otra persona. Sentía que eso era demasiada coincidencia. Eso podía ocurrirle a otros, pero no a mí. Sin embargo, a los 20 me vi casado, con hijos, y muy metido en la actividad universitaria de esos años. Fue un frenesí de vida que me permitió sustraerme al fantasma del inmovilismo y una cierta timidez que siempre arrastré y que, hasta hoy, nunca he podido superar completamente. Sé controlarla, sé manejarla, pero ahí la tengo. En septiembre del 73 yo tenía 22 años, estudiaba ingeniería en la Universidad Santa María y a partir de ahí se desancadenó todo. Viví situaciones límites. Algunas de ellas están presentes por primera vez en mi nuevo libro. Fue como si una voluntad ajena a mí -¿Dios?, ¿la fatalidad?- me hubiese hecho cruzarlas. Cuando a uno todo se le derrumba, cuando nada queda en pie, yo no sé qué es lo que hace que podamos sobrevivir hasta el otro instante y hasta el día siguiente.

¿Qué lo sostuvo cuando se vinieron abajo su identidad y su futuro, sus certezas y sueños?
Yo pienso que fue la poesía. Es extraña, sin embargo, mi relación con ella. Ciertamente, uno es quien escribe. Pero tiendo a pensar que la vieja intuición platónica de las musas, que se apropian de tí y te hacen escribir, no es tan arcaica. Tengo la sensación, cada vez más fuerte, de ser un simple intermediario de un diálogo del cual apenas vislumbramos ciertas claves, y que es un diálogo de Dios consigo mismo. Un gran soliloquio del cual nosotros, los seres humanos, captamos sólo algunos fragmentos y que no podemos tener la pretensión de entender. Ya es bastante que a veces la poesía pueda verbalizarlos.

LA POESÍA Y SUS MISTERIOS


¿Qué tan incierto o imprevisible es escribir poesía?
Emprender un poema o un párrafo es algo muy misterioso. A mí me aburre escribir artículos o ensayos, si bien me he visto haciédolos. Y me aburre porque sé lo que va a pasar, por muy seductor que sea el encantamiento de las palabras. En el artículo sé adónde debo ir y qué tiene que ser. En la poesía , en cambio, no tenemos la menor idea hacia dónde vamos. Cada palabra es una lucha contra las tinieblas y contra el silencio que sofoca. La poesía es lucha, es un permanente y dramático arrancar palabras desde el vacío, donde cada palabra va remitiendo trabajosamente a otra. Cuando tú sientes que el poema está terminado, experimentas una sensació de genuino asombro, porque nunca supiste cómo y dónde iba a terminar. Después, como en la reconstrucción de los sueños, le podrás dar un orden y descubrir su causalidad. Pero la creación misma es ingobernable y misteriosa, frente a la cual lo único que le cabe al poeta es mantener una cierta disposición. Yo la mantuve, y con mucha perseverancia. Hubo muchas veces en que, sentado a escribir desde las 6 de la tarde, me iba a acostar a las 7 de la mañana sin haber logrado nada.

¿El poeta tiene que negarse a sí mismo?
Al final, en cierto sentido sí. En último término la mala poesía es mala porque casi siempre quien la escribió impuso su voluntad y sus deseos, que siempre son inferiores al misterio de la creación pura, que es más amplia, más vasta. Es cierto eso de que con buenos sentimientos y la racionalidad que se le quiera imprimir al poema son muy poca cosa en relación a las fuerzas que el poeta puede liberar y que él ni siquiera puede sospechar. Esta dosis de descontrol absoluto finalmente está en todo gran arte. El arte es mucho más que la expresión de los sentimientos, aun cuando dentro de su vastedad también esté incluida la expresión de los sentimientos y emociones.

CONTRA LA MODERNIDAD


La poesía parece ser la más frágil de las expresiones artísticas en el contexto de la modernidad.
Sí. El lenguaje de esta época -las comunicaciones, la publicidad, el imperio de la informaciòn, el mundo del espectáculo- produce un gran rumor, un gran ruido, una especie de secreción aceitosa que chupa todo lo demás. Lo que realmente naufraga y se pierde en este escenario son las palabras, el hablar. Eneste sentido la poesía es la más frágil de todas las artes. Pero, por otro lado, es la única que ofrece una trinchera de resistencia real y definitiva a ese rumor. Esto me hace confiar en que pronto veremos poetas de una magnitud impensable. Porque la nostalgia de la comunicación con C mayúscula se hace cada vez más fuerte. El gran arte -sea la tragedia griega o el Renacimiento- es siempre una respuesta a la época. Lo que pinta el propio Miguel Angel, tan asociado a primera vista a motivos religiosos, no es la presencia de Dios en el mundo, sino, por el contrario, el momento en que Dios abandona la historia humana. De ahí esos cuerpos tan retorcidos y convulsionados. La poesía podrá ser la más quebradiza de las expresiones artísticas , pero también es la única con fuerza para recuperar la energía de la comunicación y el sentido primigenio del lenguaje en su sentido más arcaico. La poesía es lenguaje en estado salvaje. Lenguaje que no está dominado por la voluntad humana y que expresa verdades que el entendimiento nunca podría cubrir o abarcar.

A partir del año 86, desde que conoce a Amparo, su vida cambió. Dejó atras muchos infiernos. Ahora bien, Borges dice que no sabe si se escriben novelas en el infierno, pero de lo que sí está seguro es que no se escriben novelas en el paraíso. ¿Hasta qué punto la estabilidad que ha ganado le priva de uno de los insumos de su obra?
Es complicado responder y la frase de Borges es genial. Porque es cierto: el dolor fue insumo de mi obra. Incluso más, el espacio del arte está entre nuestra infelicidad real y el vislumbre del paraíso. Ese es su dominio. Si hubiêsemos sido absolutamente felices, nadie hubiera escrito sinfonías ni una puta línea de poesía, porque la vida misma sería arte. Pero, por otro lado, el dolor y el sufrimiento son hechos absolutos. No son a medias. El que sufre está expulsado del mundo, está, solo. El mismo Borges, en un poema sobre Cristo, dice "Qué me importa que Él haya sufrido si yo sufro ahora". El dolor no tiene salida. Pero, por otra parte, toda expresión de arte es en el fondo la de alguien que se ha decidido a participar en el mundo de una u otra forma, aunque é,l no lo sepa. Y aunque termine peor. Crear, escribir un poema, es decirle sí, al mundo. Y ese acto ya conlleva una cura. Ahí ya hay un principio de recuperació. Desde el puro dolor es imposible crear.

¿Ve una absoluta incompatibilidad entre modernidad y poesía?
Sí, para mí entre ellas existe la tensión máxima. Son como los dos extremos irreconciliables de una polaridad que antes tuvo otros ejes. En la Grecia clásica la brecha existente separaba a los filósofos de los poetas. En otras épocas se separó el cuerpo del alma. La modernidad, tal como las viejas filosofías, genera la ilusión engañosa de que puedes dominar el mundo. Y la poesía es exactamente lo opuesto: es la desnudez de la incomprensión total y del no-dominio.

¿Es más fácil o más difícil hacer poesía en una época como la nuestra, que ha visto la caída de muchas utopías?
Yo casi celebro, casi en un sentido estético, el derrumbe de las utopías en cuanto plantea al poeta el desafío de partir de cero. Sin duda que el entorno es más arduo y más duro. El reto ahora es más titánico.

¿Cómo ve la situación de la poesía y de la literatura en general en la actualidad?
Hay, me parece, una crisis de autores. A mi juicio, en la segunda mitad de este siglo ha entrado a escena una literatura menor, ganada por el ruido y la seducción del mundo contemporáneo. Es difícil que hoy podamos toparnos con otro Dostoievski. A lo mejor podría salir de la Europa del Este o de los países de la periferia, pero difícilmente del Viejo Mundo. Borges, que era muy inteligente, decía que la prueba más efectiva de la decadencia de la literatura estaba en que un autor como él había llegado a ser bastante famoso. Lo que hacía Borges era satisfacer la nostalgia de la gran literatura. Quien lo lea tiene derecho a sentirse inteligente y en contacto con las grandes vertientes del gran arte. Fue un escritor sintomático: sin duda que el más inteligente, el más sabio y el más lúcido de los autores, pero de los autores menores

 

Revista PAULA, Noviembre de 1994

 

 

 

 

 

 

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