Beatriz Alicia García
 
 



Gestación de mi experiencia poética


Beatriz Alicia García

            Quisiera iniciar estas líneas sobre mi proceso de escritura comentando cuál ha sido  mi relación con las palabras, cómo se ha dado mi relación con ellas. Los libros, y más adelante la escritura siempre estuvieron conmigo desde que tengo memoria. Desde que tuve la capacidad de escoger, elegí los libros. La escuela me impuso la música, mis padres las clases de dibujo. Y durante algunos años escogí las artes escénicas. Pero desde que aprendí a leer, o incluso antes, yo escogí los libros para siempre como compañeros, y más adelante la escritura. Por lo tanto mi relación con las palabras es algo inseparable de mí. Como el arte, las expresiones artísticas en general, son inseparables  de mí. No conozco otro camino, no he conocido otra manera de vivir. Ocasionalmente me he visto obligada a ejercer otro tipo de ocupaciones, trabajar en una tienda por departamentos, trabajar como secretaria para una empresa constructora, hacer publicidad a un evento de moda, ofrecer sellos de caucho en oficinas, entre otras. Pero nunca le entregué mi alma a esas ocupaciones temporales a las que me llevó la necesidad. Siempre supe donde estaba mi centro, para bien o para mal. No hubo poder persuasivo ni golpe que me alejase de él.

            Inicialmente la lectura y la escritura se convirtieron en un refugio contra las agresiones del mundo. Fueron mi trinchera. Desde allí combatía un mundo que me resultaba sumamente hostil. En el mundo de los libros habían niñas que morían de frío, niños que se perdían en el bosque, hadas buenas y malas, guerreros; pero como yo estaba habituada a mirar hacia adentro, a sentir e imaginar, aún las cosas más terribles que pudiesen ocurrir en los libros, no me daban miedo. Sabía que bastaba cerrar el libro, y ese mundo que sólo convocaba mi imaginación, quedaba atrás. Tenía mucha imaginación, pero no era tonta.

            Estar atenta al mundo, distraerme con las cosas que me rodeaban como yo me distraía, eso sí me creaba problemas. Ser silencioso y estar atento al mundo te hace raro ante los demás. Esa mirada esencial del poeta, que hace posible la trasmutación de lo existente o imaginado en palabras, ese modo de estar en el mundo. En la vida cotidiana es más importante hacer que ser, y eso no puede cambiarse, como no puede cambiarse el contexto en que naces y te mueves, hasta que eres adulto y puedes elegir, o tratas. Yo me empeñaba en ser. Yo no podía concebirme de otra manera, y eso determinó sin duda que más adelante mi modo de hacer algo fuera escribiendo. Porque a mí no me motivaban situaciones externas, era mi alma la que me movía, el modo en que mi interioridad se conectaba con ellas.

            Una vez explicado cómo se inició mi relación con las palabras explicaré un poco cómo se ha ido transformando con el tiempo. En la medida en que fui creciendo, y mi cotidianidad se fue complejizando, mi relación con las palabras cambió. Inicialmente escribir fue para mí un desahogo, una suerte de exorcismo. Al igual que leía para evadir la realidad o enriquecerla, porque también ha habido en mí siempre una avidez de conocimiento, una avidez de saber, y de buscar entender la realidad que me rodea, escribía también por las mismas razones. Escribir me aclaraba muchísimo las cosas, me permitía verlas con cierta distancia; aunque escribiera sobre mí misma o de las personas que yo quería, o las que no me gustaban. Llegó a convertirse en una especie de streap-tease emocional, que hoy me parece un tanto patológico. Primero un diario, que destruí varios años después en una crisis psicótica, luego cartas, cuentos, poesía y en los últimos quince años he intentado ir escribiendo reflexiones que tal vez puedan llamarse ensayos.

            Hoy pienso que no es sano emocionalizar constantemente lo que a uno le ocurre, y hacer de un mal rato una tragedia griega, porque si no no se escribe un buen poema. Me parece que eso me ocurrió durante demasiado tiempo. Todo lo que me ocurría tenía que correr a escribirlo y era algo profundo e importante. Tal vez me quería más a mí misma en ese entonces y valoraba más y mejor lo que me ocurría. Ahora me parece que lo que había detrás de ello era un gran miedo, una forma inmadura de asumir los propios sentimientos y emociones, que al magnificarlos los mataba, los transformaba en otra cosa, los volvía irreales. Como si te psicoanalizara de manera constante un niño. Termina uno directamente en un psiquiatra. Quien con frecuencia tampoco sabe como sacarte de ese hueco de emocionalidad extrema.

            Entonces llegó un momento de mi vida en que tuve que separarme de mí. Entonces me puse a trabajar con el cuerpo, inicié clases de danza y me dediqué plenamente a ello, abandonando la escritura un tiempo. Fue difícil, doloroso, pero necesario. Cuando digo separarme de mí, quiero decir separarme de mi yo que se había  polarizado hacia mi alma, hacia mi yo interior, y no me dejaba vivir en el mundo cotidiano, el mundo de todos los días. Cuando tuve que salir a la calle muy joven, a trabajar en ocupaciones desagradables, que nada tenían que ver con libros, arte o literatura, entendí de manera sumamente cruel, cuál era “la realidad”, aún no me repongo de ese choque violento. Luego de esta época cambia mi escritura, empiezo a sentir la necesidad de escribir también de otras cosas además de mí misma, de lo que sentía. Afortunadamente. Porque en el fondo lo que había en mí era un gran vacío. Empiezo a sumergirme en el alma colectiva, porque entendí que no podía seguir aislándome, que eso me había hecho mucho daño. Y eso que yo había entendido también se plasmo en mi escritura. Me di cuenta, porque antes no lo había concientizado, no me era posible; que no era una genio incomprendida por un mundo hostil, sino que las cosas que a mí me pasaban le pasaban a muchas personas, pero que las asumían de otra manera. Descubrí también, algo que la mayoría de los adolescentes saben, pero que yo poco había tenido en la adolescencia, lo agradable que podía ser hacer cosas en grupo si yo quería. De Allí surgieron mis poemas urbanos. Sigue siendo importante para mí escribir sobre las situaciones que me producen sentimientos, pero ya no utilizo las palabras como una suerte de morfina contra el dolor.

II

            Tanto una actitud como la otra han marcado mi escritura y mi vida. Por una parte la necesidad de aislarme, la necesidad de silencio y de paz, de ir hacia adentro, y por la otra ir hacia los demás, formar parte de la sociedad que me rodea. Para mí es muy claro cuando veo los libros de poesía escritos hasta hoy, desde el primero, Música de fondo (1983-1987), hasta los brevísimos textos de Visa negada (2001-2002). Es bastante ezquizoide. Parecieran escritos por dos personas diferentes. Mis libros o textos urbanos, como Ciudad oscura (1987-1989), Propósitos y olvidos 1992-1998, Mudanzas (1993) A la caza de un blade runner (1994-1998) o Garbache (1998-2000) son bastante directos e irónicos, y se han gestado en experiencias muy concretas, reales, mi época de ir a las discos, mis enamoramientos, mis amigos, mis colas en los bancos, y cosas así. Me parecen flashes, como algo muy parecido a las fotos o el cine. Sin pretensiones literarias o filosóficas. Los logros literarios que pudieran tener se los ha dado el oficio, estos veinte años de darle al bolígrafo, a la máquina de escribir. Este tipo de textos los motivaba la necesidad de compartir experiencias vividas como parte de un colectivo, con las alegrías y el fastidio o el hastío que esto produce.

            Algo más complejo me resulta explicar los otros, los poemas más de alma, los poemas de pacto con el silencio. Intentaré hacerlo. Hablar de ellos es hablar desde la carencia, desde el vacío. Una forma de explicarlos que me parece  cómoda es ubicándolos por temas, hacer el inventario de males. Porque evidentemente con mayor frecuencia me motivan a escribir las cosas que me hacen sufrir. Y son las grandes carencias que han motivado a todos los poetas a través de la historia. En el fondo qué hace interesante a la Odisea, por lo menos para mí, no es su lado épico, la hazaña y la astucia de Ulises para volver a casa y a los brazos de Penélope. Eso se parece mucho al argumento de las telenovelas. No. Lo que a mí me conmueve tanto de la Odisea como de la Ilíada, son los sentimientos que se ponen en juego. Lo que mueve a Telémaco a buscar a su padre; los sentimientos de Calipso hacia Ulises, sabiendo que debe dejarlo ir. De esos asuntos miserables que esta hecha la vida de uno, y que sanamente exorcisamos a través de la lectura y la escritura.  Cómo es el proceso en que ese tipo de sentimientos se convierten en poemas. Generalmente hay algún catalizador. En varios de mis libros este catalizador fue enamorarme, y especialmente desenamorarme. Tal es el caso de algunos textos de Música de fondo (1983-1987), Dones de tu cuerpo (1992-1995), Acto de fe (1996), El libro del exiliado (1998-1999). Esto equivale a decir que determinada experiencia con la persona amada que me producía alguna emoción se convertía en poema. Momentos de algún modo epifánicos, que por alguna razón que ignoro, me conmovían, me daban placer o me hacían sufrir, y cobraban mayor importancia que los otros. Digamos, un abrazo de esos que te quitan el aire, un instante en el que te sientes la persona más amada o deseada de la tierra. Una hermosa noche, un bello despertar, una mirada de ojos brillantes, cosas así. Entonces iba y las escribía. Pero con mayor frecuencia, el catalizador no era algo agradable. El catalizador era la soledad, el miedo, la decepción, la confusión. Darme cuenta que X ya no me deseaba o ya no me amaba, o que sólo había sido un objeto de deseo o de distracción. Entonces me ponía a escuchar alguna música tristísima, y lloraba o no lloraba, pero me ponía a escribir uno o varios poemas. La música fue muy importante para mí durante mucho tiempo. Así como el cigarrillo o a veces el alcohol. Marcaban la batuta. Eran el director de orquesta. Puesto que sin prender un cigarrillo y paladear el guayabo, quién se iba a poner escribir un poema. Había que ambientar, como en el teatro. Y claro, como yo era de pocos amigos y especialmente amigas, a quién le iba a contar el guayabo, a la página en blanco, por supuesto. Pero había que crear el ambiente, el ánimo en que eso debía decirse, escribirse. Y si era de los poemas “felices”, era muy distinto. Se trataba de dejarle a la memoria su feliz tarea. Como se baja o abre un archivo en la computadora. Tráeme la cara de fulano con esa sonrisa bella cuando nos vimos ayer, o cuando nos despertamos esta mañana. La memoria me abría el archivo y entonces a partir de esa imagen surgía un determinado sentimiento, que buscaba plasmar en el poema. Me he referido primero a la temática amorosa porque quizá en ella es más fácil ver el proceso de escritura. Se  siente algo y se trata de ser lo más fiel posible a la hora de expresarlo con palabras. Y en el caso de guayabo, se busca aliviar ese vacío que la ausencia de la persona amada deja. Esa ausencia se llena con palabras.

            Otra temática reiterativa en mi escritura ha sido la soledad. La soledad vista desde distintas ópticas. Siempre he visto la soledad como un estado inherente al ser humano, especialmente en mi caso que siempre la busqué y siempre la sentí conmigo. Porque como ya expliqué siempre he preferido la soledad al aullido del mundo. Siento que siempre hablé desde la soledad. No sólo porque estuviera sola, como evidentemente lo he estado durante mucho tiempo. Sino porque aún cuando estuviera acompañada, como a veces lo estoy, cuando escribo lo hago siempre desde la soledad, desde la parte mía que se siente aislada. Como si estuviera en una barca en medio del mar, sola, o en medio de un desierto. Así me sentí durante mis peores crisis psíquicas. Era entonces una elección mía, incluso dejaba de hablar, no quería. Después, cuando me drogaban con antidepresivos, no me era posible articular palabra. Mi aislamiento era mayor, peor.

            Otra temática que ha aparecido en mis textos es la muerte. Para mí es inexplicable por qué a los catorce o quince años me dio por pensar en la muerte. Nadie que yo amara había muerto, ni tampoco había ocurrido cerca de mí una tragedia o algo así. Pero me preocupaba, reflexionaba sobre ello. Luego sí, algunas personas cercanas han muerto y les he dedicado poemas. Sigue siendo un tema que me preocupa, sobre todo desde que perdí personas muy queridas. Supongo que por ello practico budismo, y lo asumí como filosofía de vida. Porque es una filosofía que asume la muerte de un modo menos trágico. Por otra parte, siempre pensé mucho en mis antepasados. En casa hay muchos álbumes de fotos y una de mis distracciones de infancia y juventud fue estar horas viendo fotos. Entonces yo pensaba en los abuelos, los abuelos que no conocí, que nunca me cargaron, porque habían muerto cuando yo nací. Y los veía en aquellas fotos sepia o blanco y negro. Y siempre eché mucho de menos al abuelo que escribía, Luis Martín, el padre de mi padre. Entonces mi tío Martín, hermano de papá, me prestó algunos escritos suyos, cartas, fragmentos de un diario, reflexiones. Y así veía, tías abuelas, bisabuelas, con sus maridos. Siempre le he tenido mucho respeto a las personas mayores y a los muertos. Respeto y afecto. Las personas mayores porque las relaciono con la sabiduría y con la muerte.

            Otra de las temáticas que me llevan a escribir es el sufrimiento, el propio y el ajeno. Además del desamor o la soledad, que a veces me han hecho sufrir, también me lleva a escribir la injusticia. Cuando algo me cabrea o me entristece, a veces, me siento y lo escribo. Escribo sobre la crueldad del mundo, la maldad del mundo, lo que yo concibo como tal. Escribo sobre las cosas que no entiendo, las actitudes que no entiendo y me hacen infeliz. Cosas así. Esos son los poemas propiamente de exorcismo, de desahogo. No suelen ser los mejores.

            Otra constante en mi escritura es la reflexión sobre la escritura misma, sobre el oficio de escribir. Siempre he sentido esa necesidad. Tal vez sea un modo de justificarme ante mí misma o ante los demás. O sencillamente otro modo más de reflexión, otra forma de crecer, de enriquecer mi proceso de escritura, viendo cómo lo veo. Deformación profesional de Licenciada en Letras. Hago conmigo lo que hago con los textos de otros escritores.

                        Ahora bien, otro punto que me parece importante, porque en mí ha variado bastante, es ya la parte compositiva de libro. De qué modo hago un libro, le pongo título y lo cierro. Mis libros se han ido agrupando por época, temática o afinidad de forma. Es decir, en determinado momento lo que estoy viviendo va motivando determinados textos. Algunos los escribo y quedan tal cual. Acto de fe está lleno de textos así, quedaron tal cual como fueron escritos. En determinado momento los voy revisando, los voy modificando, a los que no quedan tal cual. En un momento dado los cierro, a veces les pongo epígrafes, a veces se los dedico a alguien. Este es el proceso más difícil, saber cuando un libro se acabó, se cerró. Otros libros, como los amorosos, los cierra la vida. El sentimiento que los motiva muere, o decido echarle tierra encima, y no pensar más de manera habitual en él.  Así también hay poemas que se mueren, o mejor decir que no nacen. Que después de varias revisiones siento que no expresan bien lo que quiero expresar con ellos.

            Hay una diferencia muy marcada entre los poemas urbanos y los otros. Me doy cuenta que para mí es mucho más importante el lenguaje y la forma en los no urbanos, los que van más hacia la interioridad, hacia la expresión de sentimientos. Eso no significa que no cuide la forma en los urbanos, pero el lenguaje que utilizo es más sucio, más bizarro, más parecido al lenguaje cotidiano.

            Lo que está bastante claro para mí es que mi escritura siempre surgió desde la necesidad. Siempre que me siento delante de una hoja es porque algo se ha venido cocinando dentro de mí, o algo se cocinó de manera instantánea, y pidió ser escrito. Siempre. No soy de las personas que se ponen horario para soltar la mano, para llamar a las musas. Sólo lo hice cuando participé en dos ó tres talleres literarios porque formaba parte de la dinámica.

Beatriz Alicia García

2002

Obras en Proyecto Patrimonio: El Libro del exiliado (1998-1999)
..........................................