TAN, TAN..., sonó el golpe en el vidrio de la ventana, y, luego, hubo un prolongado silencio.
Tan, tan, tan... Ahora los golpes fueron más decisivos, un poco precipitados, y el silencio que siguió, más hondo, como si el ruido de los postigos y el tembloroso eco de los vidrios hubieran impuesto una pausa de alarma.
Tan..., tan..., tan..., tan... El solitario que golpeaba se impacientó y comenzó a remecer el marco de la ventana mientras trataba de mirar a través de los visillos.
Adentro se oyó crujir la cama. Juan Luis se volteó en la oscuridad y, abriendo los ojos, miró alrededor en las tinieblas. El toque de los nudillos contra el vidrio le había sonado, de súbito, como un tremendo clamor. Angustiado, preguntó:
—¿Quién es? ¿Quién está allí?
Después estiró el brazo y buscó a tientas el botón de la lámpara en el velador. Desde afuera, una voz, que no reconoció de inmediato, le respondió:
—Juan Luis, levántate... Soy yo, Mario. Levántate.
—¿Qué pasa? ¿Qué quieres?
—Levántate, anda a la casa, la Elisa está sola... Yo voy a avisarle a mi tío Ramón y a la tía Ester.
—¿Avisar? ¿Avisar qué? —Juan Luis se había levantado y, tropezando en sus propios zapatos que estaban al pie de la cama, se acercó a la ventana y abrió un postigo—. ¿Qué te pasa? ¿Qué andas haciendo a esta hora?
—Se murió el papá —contestó el otro, y se le quedó mirando por la rendija. Juan Luis le devolvió la mirada en silencio. Mario llevaba una bufanda de vicuña en el cuello y con ella se tapaba hasta la nariz. Andaba sin sombrero, y, como de costumbre, lucía el pelo cuidadosamente engominado. Había algo de absurdo en la expresión de su cara adolescente —en lo que alcanzaba a verse de su cara—, una falta de seriedad o, acaso, una incongruencia entre su pelo negro, sus grandes ojos pardos luminosos y fríos, y la voz conmiserada, frágil, que salía con un vapor a través de la bufanda.
Juan Luis se acercó aún más a la ventana y, arrugando el ceño trato de olerle el aliento. Mario lo siguió mirando con expresión impávida. Parecía no llamarle la atención ni el silencio de Juan Luis ni la expresión desconfiada con que le recibía, ni su pelo revuelto, ni la cara agria de niño trasnochado.
—Se murió —dijo al cabo de un rato, como si de repente se acordara de algo que venía a decir por mandato de otros. Y después de decir eso, le miró las piernas con mayor desparpajo aún. Se había fijado que Juan Luis dormía en camiseta y que, del vientre para abajo, estaba desnudo. Juan Luis frunció la boca para decir algo, pero notando la mirada del otro se tocó el estómago con la mano derecha y bajándola lentamente se puso a rascar el pubis.
—¡Mmm..., qué cosa! —dijo— ¿Y para dónde vas ahora?
—Voy a avisarle a los tíos.
—¿A pie?
—No hay taxis; estuve buscando un taxi, pero no hallé ninguno. En esta ciudad de mierda todo el mundo se acuesta con las gallinas.
—¿Por qué no buscas en la estación? Anda hasta Mapocho, ahí hay taxis.
—¿Y si no hay? Voy a perder el tiempo. Podría no haber taxis. A esta hora no llegan trenes, todo el mundo se ha ido a acostar.
—¿Qué hora es?
—No sé. Dejé el reloj en la casa.
—Espérate. Voy a ver mi reloj —Le volvió la espalda y caminó hacia el velador. Mario, con la misma mirada estupefacta, le observó el trasero desnudo, las piernas flacas, peludas.
—Me voy, tengo que avisarles a los tíos. Anda al tiro para la casa, porque la Elisa está sola con mi mamá.
—Sí, sí, ya voy. Me visto y me voy.
—Hasta luego.
—¡Oye! ¿A qué hora se murió tu papá?
Mario no respondió; se alejó con su paso corto, muy medido y atravesó la calle. Sólo se oía el golpe metálico de sus tacos en la vereda, y Juan Luis pensó que esos tacos se los ponía para verse más alto. Buscó los calzoncillos y los pantalones que estaban en el suelo y se vistió con ademanes lentos, adormilado aún. Se puso un calcetín y un zapato, y se interrumpió. Se quedó mirando por la ventana, que oscilaba entreabierta. Algo se advertía en la calle que, sin razón, le hizo pensar en el fondo de un estanque. Todo se hallaba detenido, como moldeado en hielo: la luz de los viejos faroles, la sombra de los gigantescos plátanos orientales sobre el pavimento gris, la bóveda rojiza del cielo sobre la mole negra del San Cristóbal y, lo más notable, algo como el presentimiento de las gentes que debían transitar allí y que se ocultaban rígidas, equívocas, esperándole a él con intenciones ocultas.