Del muerto yo desconfiaba.
Es decir, oí muchas veces su nombre, leí una
que otra cosa suya, sabía que en la plaza de su
pueblo le habían levantado una estatua y que algunos se dolieron de su muerte y hablaron de pérdida nacional. Además, la viuda presidía todos
los años una romería a su tumba.
Pero a la romería no fui por estos motivos,
sino por otros: 1) me invitó el Reverendo Padre
Las Casas (auto grande, azul, raudo como chalupa
ballenera); 2) el camino es una maravilla de potreros en flor, de alamedas y viñas, retenes y
parroquias, montañas rosadas, aguardiente al amanecer; 3) porque iban conocidos, al menos una
veintena de tipos peligrosos; y 4) presentimiento
de algo tremendo, una desgracia, crimen entre
sábanas.
Esto último sucedió.
Vivía yo en el Parque Forestal, frente a la Fuente Alemana, séptimo piso. El Reverendo me pasó
a buscar a las ocho. Salí dormido a abrirle la
puerta y le invité a sentarse en el living. Caminando adelante de él resbalé y se me cayeron los
pantalones del pijama. Me quedó mirando asombrado. Por arremangármelos se me enredaron más
en los tobillos y anduve tropezando con los muebles. El Reverendo se acercó al balcón y encendió un cigarrillo. No me dijo nada. ¿Por qué no
se sirve una copa?, le dije. Todo está ahí. Hay
vino, Reverendo, hay vino. No se preocupe, respondió echando humo.
Entré en el baño y me metí en la ducha fría. El
primer golpe de agua me dio la ausencia psicológica esperada: altura, nubes, aire, águilas, cordillera. Al prolongarse me fue dejando en el cuerpo
primero y, después, en la boca, en los ojos, en la
nuca, la sensación de algo incompleto, algo olvidado, inoportuno, feo. Paré el agua de un manotazo, salí del baño, me asomé al dormitorio: estaba vacío. ¿A qué hora se iría?, no sé. ¿Estuvo
allí alguna vez? Debió estar. Por alguna razón la
seguía buscando yo en las mañanas. Aunque bien
pensado ese gesto era automático y podia repetirse en cualquier parte. Volví al baño chorreando
agua, salpicando las paredes, dejando pozas en
el piso y me colé sigilosamente, pero, al cerrar la
puerta, observé con el rabo del ojo que el Reverendo me espiaba desde la sala y me había vuelto
a ver rabón. Ahora mojado. ¿Qué iba a pensar?
¿Que le estaba mostrando el poto adrede? Me dio
una rabia. Me sequé, me afeité con prisa, me vestí y volví a aparecer frente a él. Esta vez hice
alarde de mis pantalones apretándomelos fuerte
con la correa. ¿Vamos?, dije en tono cortante. Vamos, me contestó. Le dejé pasar. Nos sonreíamos.
Afuera, para subir al coche se dobló en dos, le
crujieron los huesos, se puso los lentes y arrancó
el motor. Nos movimos como un enorme y suave
ataúd azul por el parque solitario. A esa hora, tan
cristalina y al mismo tiempo empañada por la misma claridad, como una copa húmeda, sentí el vacío de la noche en vela y esforzada. Estornudé
y me estremecí. El Reverendo aceleró. Pasamos
velozmente por la Alameda y, al llegar a la Estación
Central, torcimos por una calleja y el auto se detuvo. Vamos helados, dijo el Reverendo, nos podemos enfermar. Así es, respondí. Para que no nos
enfermemos, dijo mostrando con un fruncimiento
de los labios una cantina. Le seguí en silencio.
Entramos. Se sacó los guantes y los puso en el
mostrador. El tabernero le miró con curiosidad.
¿Un aperitivo?, me preguntó el Reverendo, arrugando los ojos y mostrando sus dientes amarillos
de caballo. El tabernero siguió mirándonos sin
pestañear. Tenía una enorme cabeza rubia, sucia,
como un zapallo, y unos ojos colorados sin pestañas. Qué chaqueta, pensé mirándosela, y lo imaginé echándose al suelo y rodando para sacarle
lustre. Excelente idea, dije. Pone una botella de
pisco y no te sigas haciendo el getón, dijo el Reverendo. El cantinero movió la cabeza, como con
lástima, y obedeció.
Nos bebimos la botella en silencio. Nada se
movió en el bar. Las moscas dormían sobre las
mesas de mármol o pegadas al papel engomado
que colgaba de las ampolletas; el aserrín, mojado,
lodoso, se esponjaba sin ruido. Una mujer muy
ancha, de espeso pelo negro, yacía sobre la espalda de un hombre cuya cara húmeda de vino
descansaba de perfil sobre la mesa. Respiraban
muy bien, con un estertor que venía de la nariz,
bajaba, subía nuevamente y salía golpeándoles la
boca entreabierta. Despertaba una mosca y volaba
desde un escupitín volteado hasta una escoba y
luego a un balde junto a la puerta y se quedaba,
y nos quedábamos pensando en el vaho del vino,
vaho morado, tibio, dormido.
El Padre hizo una leve reverencia sin perder
la teja negra y me invitó a salir. La sensación de
ausencia había desaparecido, en cambio, del vientre al bajo vientre descendió la antigua presión
y ahora fue suave, dormida, como un prolongado y acariciante calambre que provocó una incómoda
erección. Noté que el sol me iba dando en el
regazo. Los carabineros indicaban el rumbo de la
romería desde la plaza del pueblo y el público,
civiles y uniformados, hombres, mujeres, niños,
avanzaba lentamente por la acera acercándose al
Teatro Nacional. Nadie vino a saludarnos, diríase
que llegamos como invisibles. El sol nos daba de
plano; reverberaban los romeros vestidos de negro. De las espaldas, del pecho, de los sombreros
y pantalones emanaba cierto calor provinciano,
dominguero, que turbaba a las moscas. Se hablaba
en voz muy baja. Un carabinero de alto rango nos
miraba como raspándonos con su bigotillo rubio.
A su lado distinguí a Meza y, junto a éste, a un
señor muy pequeño, delgado y albino quien, a
juzgar por el respeto con que le hablaban los demás, debía ser el alcalde.
De pronto, sonó una clarinada y, luego, un redoble de tambores. Las gentes del pueblo se habían alineado a lo largo de la calle principal y le
abrían paso a una columna de niñas colegialas,
vestidas de blanco, que marchaban detrás de un
esbelto guaripola. El ritmo marcial, el escándalo
de los platillos y las cornetas, nos abrió el apetito. El Reverendo, tieso, el sombrero pegado al
pecho, arrugando la cara y estirando la boca, saludaba el paso de la bandera. Un hombre largo
y flaco, vestido de negro, con lentes de oro apretándole la nariz, canoso y arrugado, en posición
firme, saludando a la bandera, siempre se ve bien;
yo, en cambio, reflejado en la vidriera de una pastelería, me veía despreciable: flaco también, pero
con algo de raído, aire familiar, desolado y, además, burlón y preocupado.
Entramos todos al teatro, las autoridades, las
niñas, la familia del héroe, los amigos, y nos recibió un fuerte olor a naftalina y tablas mojadas en
la sombra, olor a teatro vacío domingo por la mañana, boca sombría que nos tuvo un momento
inmóviles, como tomándonos el gusto antes de tragarnos o escupirnos.
Habló el alcalde en voz sumamente aguda. Creí
notar cierto enojo en sus palabras. Luego, disertó
el jefe de las fuerzas armadas. Un sujeto moreno,
gordo, sudando, se acercó al piano en seguida y
creímos que se lo iba a echar al hombro para
llevárselo, pero no, se puso a tocarlo primero con
delicadeza, después con entusiasmo y, al fin, con
desesperación. Quisimos aplaudirle, pero en las
veladas fúnebres no se permite, de modo que
cuando el pianista pasó a mi lado le di una palmadita en signo de aprobación.
Y, entonces, subió al escenario una mujer vestida
de luto.
La observé con asombro: llevaba alrededor algo
como un velo de ánimas que de golpe convirtió
al teatro en una monumental sesión de espiritismo.
¡Las ánimas, las ánimas, le dije al Reverendo,
las ánimas! Guarde silencio, me advirtió ceñudamente. La mujer se quitó el velo negro que le tapaba el rostro y comenzó a hablar con un ritmo
nervioso. No entendí lo que decía, pero me comunicaba una profunda ansiedad. Temblaba y yo
temblé también. Los dedos crispados estrujaban
el velo. La voz subía de tono. Gritaba ya. Una secreta conmoción iba apoderándose del público. Las
niñas gemían. Alguien se puso de pie. La mujer
suspendió una frase en la mitad, hizo un ruido
extraño con los labios y empezó a bajar del estrado ayudada por el alcalde y el jefe militar. Los
tres sollozaban.
Pasó a mi lado, muy cerca, tocando casi mis
piernas con las suyas y el velo de los espíritus
se me enroscó en la cara: fue como un hálito
familiar y antiguo, ciertas flores que conocí en
algún hall frío, verde, de verano, en alguna galería de vidrio frente al puerto y en el mausoleo
tranquilo, caliente, dominado por el pasto seco,
mirándome en silencio con sus varias lagartijas,
sus diarios viejos, sus tarros vacíos y sus corolas
amarillas y su agua podrida a mis pies. Duró unos
segundos ese contacto y en el escalofrío que
siguió sentí más amplio, más oscuro y húmedo el
ámbito del teatro.
La viuda fue a sentarse al extremo de la primera fila y ya no pude verla.
Empezó a subir al escenario Meza; digo empezó
porque no alcanzó a llegar al final de la escalerilla: se detuvo acezando, sin poder avanzar o retroceder. Se levantaron algunas de las autoridades
y le empujaron, primero con dulzura y, después,
con ansiedad y violencia. Un empujón colectivo
le permitió llegar al centro de proscenio. Meza
sudaba y se ahogaba. Miró con sus ojos pelados,
se pasó un pañuelo sucio por la frente, suspiró
varias veces y comenzó a hablar.
La viuda dejó de sollozar. Parecía tranquila detrás de los uniformes militares. Yo intenté comunicarme otra vez por encima, o por debajo, de la
voz de Meza que salía ahora opulenta desde su
pecho tremendo, apretado por un dique de botones.
Pero el velo se había apaciguado. Traté de imaginar las facciones. Lo poco que había visto en
ese súbito revuelo de ánimas y temblores correspondía a mis temores: unos ojos de mirada distante, orgullosos, ardientes, una frente vaga, el
perfil indeciso, la boca delgada, crispada, sensual.
No me fijé en otra cosa. Los dedos, tal vez,
largos, duros, fieros. La voz insistente, marcada por ritmos de convicción más bien agresiva pero elegante. Y un algo indefinible, un poco de burla:
como si la comunidad con las ánimas le diera
cierta superioridad.
No sé con exactitud qué hacía el héroe. Leía
la página de un diario, sujetándola con las manos
de color limón; leía otros recortes, muchas hojas
de papel, muchas cosas, sobres, cartas, libretas.
y, mientras tanto, desde la calle llegaba un rumor
inconfundible: los niños que venían a ver a algún
murciélago y para quienes la romería era un insulto y una estafa contra su domingo.
El administrador del teatro se acercó al alcalde
y le habló en el oído. El alcalde asentía, levantaba
los hombros, meneaba la cabeza. Se convenció de
algo seguramente porque escribió una nota y la
mandó con un bombero al orador. Este la recibió
y se la metió en un bolsillo sin leerla. Bajó el
bombero y Meza continuó hablando. En la calle
crecía el tumulto. El Reverendo sacó un despertador y me lo mostró. Las dos de la tarde, dijo,
este tipo seguirá hablando, no cabe duda. ¿Cómo
dice? Este tipo es una mierda, insistió. Cómo se
le ocurre seguir hablando. Lleva más de dos horas,
no hay derecho. No hay derecho. Que lo callen.
¿Quién puede callarle? Que lo callen es lo que
acabo de decir.
Se oían otras voces conminatorias, despreciativas, sarcásticas. Pero Meza seguía hablando, las
mejillas violáceas, los ojos turbios, la frente sudada,
los pantalones arrugados, los zapatos cubiertos
de tierra.
De pronto, se apagaron las luces del teatro. Todas las luces. Meza no se interrumpió. Las colegialas empezaron a reírse, pero luego se asustaron y las risas se transformaron en gritos. Corrían
algunas por los pasillos. Alguien gritó temblor y,
después, incendio. Meza alzó la voz y redondeó
con ímpetus sus oraciones, invencible, inagotable.
Se prendieron las luces. Y siguió hablando. Se
apagaron las luces. Habló más fuerte. Se prendían y
apagaban las luces ahora. Es el juicio final, dijo
el Reverendo. Pero Meza no se callaba ni amilanaba.
Sin embargo, la autoridad militar inició el éxodo.
Detrás de él salieron el alcalde, el juez, los profesores, las colegialas. El Reverendo se levantó y yo
le seguí. Se vació el teatro. Desde la calle vimos
como Meza, al fin, cerraba la boca, secábase la cabeza y la cara con su inmenso pañuelo y bajaba
del estrado caminando hacia nosotros como un
difunto cansado. En la calle se le hizo un vacío
insultante. Nadie le miraba. Sus amigos más íntimos le volvían la espalda. Se le trató como a un
apestado.
La romería se movió hacia el cementerio. Marchábamos a paso lentísimo: los vecinos nos observaban con curiosidad desde la acera, desde
las ventanas y puertas de casas, almacenes, farmacias y fuentes de soda. Seguramente les parecíamos negros gusanos, cebados en la espera estival,
pausadamente ansiosos de llegar al cementerio y
hundir nuestros hocicos en la tumba privilegiada.
Había quienes agitaban pañuelos y sonreían alzando las cejas como preguntándonos algo pero
sin decir palabra.
En el cementerio hicimos una ronda junto a la
tumba del héroe y, mientras meditábamos, desprevenidos, Meza se adelantó, se encaramó sobre el
mausoleo, se alisó las arrugas del vestón, nos
miró con odio y comenzó a hablar. Señores y Señoras, dijo, y habló ya sin parar con su voz jugosa, sin pestañear, sudando a chorros, rodeado
de moscas. Nadie podía moverse, ni devolver sus
horrendas miradas, ni gritarle. Pareció que hablaría para siempre. Pero, entonces, sucedió algo
extraño que fue como el anuncio de algunas cosas inexplicables que ocurrirían después: la viuda
lanzó un punzante alarido que mantuvo durante
unos segundos y un romero se acercó a Meza y,
tomándolo de las piernas, lo remeció hasta botarlo al suelo y, una vez en el suelo, trató de cubrirlo con tierra y yerbas secas, enterrarlo. Nadie
prestó mayor atención a esa violencia. Se había
cumplido con el rito anual y nos dispusimos a
salir del cementerio.
Afuera, el Reverendo llenó su auto de gente rara.
Me limité a observar, sin decir nada. Partimos.
No sé si debiera ir, dije en voz baja. No veo por
qué no, dijo el Reverendo. No estoy invitado.
¿Cuántos están invitados? ¿Lo sabe usted? ¿Lo
sé yo? ¿Lo sabe alguno de estos señores? No lo
sabe nadie. Es la costumbre, exclamó alguien desde el asiento de atrás. No tiene usted por qué
preocuparse. El doctor estará encantado de recibirlo. ¿Es doctor? No lo sabía. Claro que es doctor. Pero si no me conoce. Usted no parece captar el sentido de esta romería. Permítame, dijo un
individuo mirándome aviesamente. ¿Cómo dice?
Esto no es una romería si no aparecen gentes
como usted. ¿Qué tengo yo? Cómo le dijera para
que me entendiera.
Me encogí de hombros. Si estos sujetos me consideraban un alma en pena, ya saldrían del error.
Que a Meza trataran de enterrarlo, bien merecido
se lo tenía. Si la viuda llamaba a gritos en la romería, era cosa de ella. En cuanto a mí, deseaba
que se me dejara tranquilo.
No se me dejó.
Los espíritus son como moscas, una vez alterados no te dejarán en paz, te perseguirán zumbando, chocando contra ti en la oscuridad, tocándote con sus cosas heladas. Igual que moscas.
La casa del doctor era grande, alta y fresca como en verano: vi la sala repleta de gentes de negro, con la copa en la mano, mirando atentamente
hacia la puerta por donde entramos. Una vez que
cruzamos el umbral se volvieron para otro lado y
reanudaron sus conversaciones y choques de cristales. Como si nos esperaran y no nos esperaran.
Como si quisieran asegurarse de que veníamos,
de que habíamos llegado y, por el momento, nada
más.
Me llamó la atención el ligero amueblado de
esa inmensa pieza colchagüina. Me llamó la atención porque, sin duda, lo reconocí: unos pocos
muebles de mimbre muy viejos, un piano y un arpa,
macetas, retratos de gentes obviamente muertas
arreglados en serie, respetando algún orden o jerarquía. Y por las amplias ventanas: corredores oscuros, frescos agobiados por el peso de antiguas
enredaderas y, afuera, árboles, parrones, muros de
adobe, flores. ¡Qué aleteo de verdaderas brisas de
verano, de pájaros oscuros que volaban en silencio de un muro a otro muro y picoteaban furiosamente los retratos! ¡Qué inmensa y suave presencia de la siesta estival tendida sobre rojas gallinas! Por la sala, sintiendo acaso la picazón del
verano, corrian algunos perros empujando sillas y
ladrando.
No sé quién fue el primero en protestar, pero
sí sé que Meza, en el comedor, se había puesto de
pie y hablaba. Nadie dejaba de comer, no se le
escuchaba, a pesar de que su voz era colérica y
que sus insultos se habían tornado directos. Se
refería a ofensas personales: una traición que descubrió tardíamente y un odio cultivado con lentitud
y cuidado.
Junto a mí, inclinada un tanto, no para oirme
sino como para descansar su cabeza en mi hombro, la viuda seguía atentamente mis gestos.
No, decía, no es eso lo que quiero decir, usted
decididamente trata de confundirme ¿qué me importan a mí las palabras de Meza, quién es el doctor
para censurarme? Y esos parientes ¿qué son para
que traten de golpearme? ¿Y los amigos de Meza,
quién los llama, quién los forma en romería, año
tras año, y los arma de piedras contra mí? Ya lo
sé que usted no quería venir y seguramente no
querrá volver a verme. Pero yo quería venir. Sí no
me atrevía era por otras razones. Quería verla.
Aunque no sabía si usted iba a estar aquí. No tenia la menor idea. Parece raro, lo sé, pero le digo
la verdad. No sabía que estarías aquí. Te lo juro.
Y quería verte ¡Dios mío! ¡Cómo quería verte!
Se había hecho un silencio general en el comedor y todos nos escuchaban sin perder palabra de lo que decíamos. Comían con cierto disimulo, se miraban unos a otros, nos daban rápidas, hipócritas ojeadas.
¡Cómo quería verte, sólo Dios lo sabe! Pensaba
en tus pasos sin sentido, en tus ojos siempre mirándome con asombro, en tu cara al despedirte, antes de alejarte cargando a tu hija. Pero te juro,
no tenía idea de que iba a encontrarte aquí. Creía
que habías muerto.
Meza continuaba su oración con voz mesurada,
rebosante de odio. Le miré con curiosidad. Se dirigía a mí: le vi más delgado, la cara verdosa, con
ese color sucio, polvoso de las gentes en las romerías, los ojos amarillos, grandes, la boca roja,
gruesa. Me culpaba de las inmensas dificultades
y muertes recientes. No entiende, decía, en su soledad de rícachón sensual, masturbador de ángeles y demonios por igual, cree esconderse de nosotros, no entiende que no puede ni podrá engañarnos. Se las llevamos contadas en los dedos, cada
una y todas sus traiciones.
Te escribí cuando nos fuimos de Santiago. No
recibí ninguna carta. Mentira.
Recordaba alguna mención a una casa de color
azul junto a un mar tropical, la arena llameante en
la noche y desconocidos que llegaban a tu puerta
a golpear con la culata de sus fusiles. Tu marido
estaba ausente y tú gritabas mi nombre, implorabas llorando, los otros seguían dando golpes tratando de derribar tu puerta, hasta que al fin se
iban.
La pobreza, las humillaciones de todos nosotros
se las debemos a él. ¿Quién es él para despreciarnos, para insultar a nuestros huasos, para burlarse
de nuestras mujeres y de nuestro ejército?
Te veía mucho en la cara de otras mujeres, tú
sabes como es eso, de repente miras, te están
mirando y ves tus ojos en los ojos de una persona
extraña, te sonríen y te quedas vacío, contrariado.
El doctor estaba hablando ahora y con una copa
en la mano brindaba contra el cura a quien llamaba maestro simulador, arribista, figurón y falso
pope. Otros quisieron brindar y hablaron. Meza no
cejaba, en varias oportunidades pude oirle y reconocer sus insultos.
El doctor describía una ocasión en que, por infidencias de terceros, se impuso de un aborto y
ese aborto cayó como una tempestad de arena
sobre la alegría de la familia, y la joven deshonrada fue asediada por criminales hermanos, tíos y
primos. Y el campo, decía el doctor, cambió de
súbito, como en los incendios lejanos cuando hasta
el aire que respiramos se hace colorado y caliente
sin que veamos llamas ni humo. El traidor escondió la cara, huyó ¿por qué? pregunto ¿por qué?
Se golpeaba con los puños sobre la mesa, se
ladraba, se mordía, volaban vasos.
Hay que irse. No podemos esperar demasiado.
Tratarán de matarte.
Meza se agigantaba, pero también se empequeñecía: ahora le veía más negro, menos redondo,
los ojos suavemente envenenados, haciendo sutiles
aros con las manitas, invitándome dispuesto ya a
asesinarme.
Tienes algo de joven otra vez, algo que te pasa
por la frente, por los labios, como entonces cuando
sonreías sorprendida y burlándote y te recogías
en la sombra de la almohada, gimiendo. Te acordarás que se abrió de repente una puerta y se
asomó esa mujer pariente tuya y nos vio, o más
bien dicho te vio a ti acostada, con las medias y
los tirantes aún puestos. Y el sol nos dio encima
al abrirse la puerta y alumbró ese pedazo de la
cama, una sola línea dorada, ancha, sobre tus piernas y tu vientre. Y yo salté sobresaltado. Ahora
tienes las caderas más amplias, no las reconozco.
Habrá que salir escondidos. Imposible, están acechándote.
Paseábamos en la oscuridad, de un lado al otro
en la inmensa pieza, un poco acosados por los
perros. Dándose de golpes contra el piano, luchando rabiosamente, enredándose en el arpa, distinguíanse apenas el Reverendo y el yerno del doctor. Habían caído sobre restos de comida y era
curioso verles con pedazos de carne y mayonesa
en la cabeza. Desde el comedor venían otros ruidos de combate. Peleaban casi todos los vestidos
de negro entre copas y botellas que se hacían
astillas en el suelo. Un mantel teñido de sangre se
agitaba en el umbral de la puerta.
¡Ah esos pinos en la tarde lluviosa, esa tarde última, cuando partía el camión y tú mirabas llorando desde la ventana y yo mantenía fija la vista
adelante! Había algo de íntimo, de tibio, como un
brasero, allá adentro, en esa salita de una sola
lámpara, alfombrada a medias, tú hincada en el
sofá viéndome partir para siempre. No supe exactamente cuando te casaste, pero supe cuando murió el héroe y le hicieron su estatua. Después creí
que tú también habías muerto.
Se pegaban todos contra todos en el suelo, dando tumbos, chocando contra las paredes, rompiendo vidrios y muebles. Fue el momento de salir.
Pero me siguieron.
Ahora estábamos bebiendo en el pueblo. Más serenos, más recelosos, mucho más resentidos.
Bajo los velos de la viuda había descubierto una
peligrosa verdad: la romería se completaba conmigo, no cada año, por más que ella tratase de
que así fuera y encontrase siempre el doble necesario, sino este año, esa tarde, esa noche.
El cura pasaba de un aposento a otro observando de lejos las mesas. Al verme hacíame señales
con las cejas, con los ojos y la boca. Quería irse
o confesarme. Le habían pegado mucho. El doctor,
mientras tanto, mantenía a su familia muy junto
a él: bebían en silencio, con desesperanza y no
perdían palabra de mi conversación. La amenaza
era muy cierta, esa cantina era un lugar de luz
violeta, que flotaba entre pipas de vino, húmedo,
casi brumoso, y donde las voces asumían acentos
subterráneos y los transeúntes llegaban desde la
calle en tinieblas a despachar lentas botellas y a
buscar con mirada ladina algo en que clavar sus
mohosos cuchillos. Nuestra conversación provocaba una ira general. Seguía así:
Era y es inútil, tú sabes bien; esa noche que tú
decidiste partir ¡qué poco tiempo habíamos tenido
juntos y cómo habría de penarnos eso a través de
los años! Cometiste un error imperdonable. ¿Cómo pudiste creer que yo iba a traicionarte? ¿Traicionarte así? Te juro que me llevaron directamente
a casa y me dejaron allí. ¿Por qué? Tú estabas
con esas dos ancianas poetisas de pelo postizo
que te abrazaban y besaban en el rincón de las
cantoras. ¡Con qué desprecio me dejabas a un
lado y me entregabas a los sablistas! Y después
me arrastraste borracho y me desnudaste a tirones
y me pegaste. Y fue una noche entera que pasé
a tu lado, despierta, acariciándote, porque te dormiste y ni siquiera pudiste hacer el amor.
¿Qué noche? No hables así. Todo era una aventura criminal, tú sabes que no tenía derecho a
nada ¿Cómo se puede llamar a un amor que sucedía de repente en pueblos lejanos, en un hotel
de corredores orinados, con la puerta trancada por
una silla, tú siempre medio desnuda, nunca desnuda entera, quejándote, tu familia buscándote con
perros por las calles?
Dormiste toda la noche con tu cara en mi cuello. ¡Qué te vas a acordar!
Estaba realmente enfermo, es cierto, ya no recuerdo el año, y entonces sí me traicionaste bellamente, en gran estilo, no en pequeño estilo burgués. No podrías comprender. Me casé porque.
No hace falta decir por qué. Nada ha cambiado.
Recuerdo un beso casto y santo que te di en la
frente cuando volviste después de tantos años.
Éramos una copa dentro de otra copa en la mañana de sol con las ventanas abiertas frente al
parque.
Los enlutados se habían puesto a pelear nuevamente, ahora en la calle, una calle de adoquines
y piedras sueltas, con un farol azuloso y una carretela inmóvil y su caballo durmiendo. Se oyó un
ruido de espolines de pacos y se esparció un intenso olor a botas recién lustradas. El Reverendo
se había ido. Se fueron también los romeros de
Santiago. Quedé solo, cercado por esa gente lenta
que me esperaba en el pueblo desde hacía años
para llevar a cabo su minúscula venganza. Fueron
cerrando el cerco cada vez más y la luz de la cantina se hizo amarilla mientras el cielo en la calle
poníase morado y empezaba a gotear. Sentí los
primeros golpes. Intentos. Como lluvia que comienza. Tú tranquila, endurecida de pronto, sabías como salir. Habías botado el velo. Desafiante, mirándoles cara a cara, primero a tu suegro, el doctor,
después a tus cuñados y siempre, siempre, al
héroe escondido, empezaste a gritarles verdades
y yo veía tus ojos iluminarse con odio, tu garganta temblando, tu cuerpo entero que crecía junto al
mío, a punto de enroscarse en mí frente a la expresión aguardentosa de ellos. Peleen, mierdas.
Me seguían por todas partes. Caían sillas. Recibí
un golpe veloz, cortante, en los dedos. Explotó
una victrola de vientre granate. Bailábamos. Solos.
Tú, con la cabeza apoyada en mi cuello, en un
silencio asombroso, tan intenso, llorando un poco,
sin mirarnos, cargándonos uno al otro, como si te
llevase muerta y me ayudaras, besándonos. Nadie,
nadie sino esa gente de negro callada, sorprendida, rabiosa, observando nuestros pasos, sin moverse, esperando que cayéramos del círculo oscuro
a sus pies para matarnos.
Era el momento de partir. Había estado solo
mucho tiempo. Te encontraba después de años de
simular y creerte muerta. Ibas a desaparecer pronto y no nos veríamos nunca más. Te habías casado
de nuevo. Tu marido nos buscaba también y la
trampa iba cerrándose. El doctor y sus hijos estaban en el suelo, olvidados de nosotros, sangrando
vino. Soñaban ya en la romería del próximo año.
Salimos a la calle perseguidos a poca distancia
por los matarifes y los perros; corrimos tropezando
hasta llegar a la plaza. Vimos una victoria, subimos
al pescante, agarré las riendas y comencé a dar
huascazos hasta que los caballos se pararon en dos
patas y emprendieron un furioso galope. Galopamos por todo el pueblo, pasamos varias veces por
la plaza donde el Reverendo y sus compadres nos
hacían señas y nos gritaban invitándonos a una
cantina muy iluminada. Nosotros seguíamos corriendo, yo dando huascazos y alaridos, tú callada, esperando. El cielo amaneciendo. Los asesinos
se quedaban atrás, tiraban piedras, insultaban,
caían, iban desapareciendo.
Con la aurora, blanca y verde sobre la plaza,
llevé el coche al paso hacia el barrio de la Estación, allí nos bajamos y caminamos hasta un hotel
tenebroso: una escalera, un hombre durmiendo en
camiseta, unos niños botados, un brasero, vidrios
rotos, el viento barría el pasadizo de tablas. El
hombre pasó una gruesa cadena por los barrotes
de la puerta de calle, apagó la candela y se fue
a acostar.
La cama era estrecha. La abriste de par en par,
como una ventana, y nos precipitamos desnudos.
Meza, dijiste, acostumbraba tomarme en brazos
y corría conmigo por las arboledas; poco antes de
morir ya sabía que me odiaba y me quería, además hablaba de matarte.
Yo creía que estaba muerta, te lo juro.
Meza asomó el rostro por el tragaluz y,
una vez más, las autoridades empezaron a taparlo
con pesadas coronas.