Escritos en su mayoría durante los últimos años de Pinochet, los cuatro libros interconectados de Cipango abordan el terror de aquellos tiempos en un recorrido por los callejones de Concepción. La segunda ciudad más grande de Chile fue devastada por el terremoto de este año. Concepción es una ciudad dura y, a ojos de Harris, también es francamente demoníaca. Es una "ciudad de carne" repleta de mujeres locas que gritan y cadáveres; ratas azules, torturadores y cuerpos atrapados en el hielo; todo ello entremezclado con un sinfín de referencias históricas, literarias y cinematográficas, incluyendo Tenochtitlán, el Holocausto, Melville, Poe, Genet, Cervantes y James Bond.

«Cipango» era el nombre que Marco Polo le dio a Japón, y la metáfora central del texto es la creencia de Colón de que, al desembarcar en América, en realidad se encontraba en el Lejano Oriente. Esta confusión de lugares se repite a lo largo de Cipango, donde los horrores del Chile de Pinochet se fusionan de manera intrigante con los horrores de la colonización europea, como en estos versos de «Diario del terror sellado en una botella»: «Entramos en el Bósforo / mar de Sudamérica... / en la bodega del barco hay cajas... / y sé que de ellas salían cuerpos».
La poesía chilena más relevante de la década de 1980, incluida sin duda la de Harris, confrontó sus realidades políticas y sociales evitando dogmas fáciles. Harris lo logra recontextualizando el presente como parte de la continua cadena de violencia que la confluencia del poder militar, la expansión colonial y el neoliberalismo siempre han generado. Sin embargo, a pesar de lo grotesco de Cipango, Harris mantiene un registro formal y tonal de contención constante. La mayoría de los poemas son estrofas de una página, y la voz logra admirablemente no dramatizar en exceso ni minimizar las horribles realidades que presenta: «Me cosieron la boca y los ojos / me inyectaron coca-cola en las venas… / ahora no puedo seguir hablando por todos / todos ustedes desaparecieron tras ese halo de luz / el resto se disolvió en cenizas».
En el fragmento citado anteriormente, «disuelto» es la traducción de «desaparecieron», que significa, en español, «desaparecido», una palabra con una carga simbólica enorme en el Chile actual, dadas las miles de personas que desaparecieron durante el régimen de Pinochet. Habría tenido mayor impacto si se hubiera traducido literalmente. En otros pasajes, Shapiro optó por no traducir términos como «barrios» y «la negra». Estas decisiones parecen forzadas, y en este último caso se oculta una compleja discusión sobre la raza al evitar uno de esos incómodos enfrentamientos que, al menos en mi opinión, hacen que los problemas de traducción sean tan interesantes. Pero estas son preocupaciones menores en una excelente traducción que, en general, logra captar tanto el sonido como el contenido de esta poderosa e imprescindible obra.


