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Viajero de la larga y angosta faja
El viaje en la poesía de Tomás Harris

Por Alan Vargas Mariscal



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El viaje está íntimamente ligado con el descubrimiento. Durante el siglo XVIII el héroe nacional de la marina británica era Robinson Crusoe; desplazando populares hazañas de corsarios y marinos como Drake o Sir Walter Raleigh. La exitosa historia de Defoe comenzó con un navío zarpando desde un puerto ingles en 1704. Durante la travesía, un marino escocés llamado Alejandro Selkirk, fue abandonado por 4 años y 8 meses en una isla deshabitada cerca del archipiélago (hoy llamado) Juan Fernández, frente a la ciudad chilena de Valparaíso; a causa de un supuesto desacuerdo con el capitán del galeón de apellido Pradling. En 1709 Selkirk fue rescatado por el capitán Wood Rogers, quien en 1712 publicó sus aventuras, mismas de las que Defoe se valdría para engendrar el personaje de Crusoe.

La fama y heroicidad de Crusoe sobrepasaron las de Alejandro Selkirk, aun cuando el escocés haya vivido en carne propia las inclemencias de la intemperie y la crueldad de la fauna silvestre. El personaje de Defoe, aunque ficticio, vivió el otro viaje, aquel cuyo vehículo es el lenguaje. El descubrimiento en esta empresa se encuentra en el trayecto. El anhelo de descubrir es el anhelo mismo de viajar. Cuando Ulises parte de Ítaca, se enfila en una legendaria odisea, su valentía y bravura se unirían a su ardiente deseo de descubrimiento.

La poesía de Tomás Harris, es también una crónica de viaje. Sus poemarios son una travesía cartográfica, se componen como unidad que transita sobre una geografía difusa. Las ciudades se transmutan, van y vienen como organismos vivos, son observadas y a la vez incognoscibles, pues estas mismas migraron al futuro y ahora las vemos como un patético recuerdo SciFi: 

"(…)
Y así seguimos nuestra derrota hacia el culo azul,
mientras el tebano murmuraba
de regreso a lo más profundo del Hades,
la Comala de la Galaxia,
entre sus colmillos sangrientos:
un hombre sin fortuna, pero con un nombre para el porvenir."

Cipango, puerto exótico y abundante: la premonición de las Américas. Es el lugar mítico que puede ser cualquiera: desconocido y transparente. El descubrimiento no yace en las costas divisadas después de meses de travesía, sino en altamar. Cuando observamos la ciudad provinciana latinoamericana, nos encontramos con su holograma: sueño de desarrollo sobre vigilia de misticismo vejado. Las tierras conquistadas por Colón siguen palpitando entre edificios de concreto o catedrales de cantera, todo el tiempo estamos enfilando a lo desconocido, viajando por las mismas calles al encuentro de valles paradisiacos. Jugando a las escondidillas:

“(…)
estas que ves frente a tu cuerpo todavía tembloroso,
pálidas y desmembradas,
a punto de apagarse para siempre al primer soplo
de verdadera pasión
son las últimas ciudades de Sudamérica:
Cipango, Tebas,
Argel, Tenochtitlan,
perros son esos que ladran en las esquinas
contra el miedo;
(…)”

El viaje-tránsito en Harris es temporal y espacial ─la fuerza resultante en la intersección de estas dos dimensiones es un campo semántico de ficción y épica: igual que la gravedad en la teoría de la relatividad general─. Elementos antiguos coexisten con referencias modernas; evidencia del dinamismo cultural, globalizante:

“I.
He seguido pacientemente el decurso
de los minuteros de la muerte,
siempre implacables, de izquierda a derecha,
como quien espera el Año Nuevo o la Pascua de Resurrección,
la hora nona fijada para el instante del ajusticiamiento
del veterano en la Guerra del Golfo,
un muchacho de Tebas, USA,
de no más de 30 años,
condecorado
por su heroísmo tras la batalla binaria,
verde gris en la TV;
(…)”

La balada del bombardero de Oklahoma es en realidad un réquiem que celebra el sueño americano, por fin cumplido. La poesía en Harris desborda, comienza a mutar de forma imperceptible, extendiéndose por referencias-caminos diversos en un ánimo incesante de salir de si e intervenir la realidad. Violentando las fronteras del poema, este se convierte en una especie de aleph donde cabe todo de todas partes, viaja recolectando, como lo hicieron los viajeros del siglo XV trayendo especies, mirra, y piedras preciosas de oriente a occidente.

Nuestro narrador nos deja pistas para el viaje: migajas de pan que se hinchan de connotaciones, de significados: las zonas de peligro, el Hotel Amapola, Cordelia o la ciudad de Tebas,son coordenadas geográficas para encontrar el camino que atraviesa este árido páramo: Putámerica. La ciudad es una presencia fuerte en toda su obra poética, Chile es un protagonista recurrente:

"Así como largas y angostas fajas de sangre
Así como largas y angostas fajas de semen
Así como largas y angostas fajas de tinta"

El mar es también parte de la escenografía. La ciudad latinoamericana es el puerto desconocido a donde llegan todos los viajeros. Nosotros somos los que nos quedamos, aferrados. La sociedad se construye ciudades, las ciudades narran su historia en poesía:

"Orompello data del paleolítico superior de la ciudad"

Leer un poemario de Tomás Harris, muchas veces, es  leer una novela de viajeros. Como Robinson Crusoe tal vez.

El año pasado la editorial Filodecaballos publicó “Los sentidos del viaje”, antología de la obra de Tomás Harris, realizada por Cristián Gómez y José Molina. Una introversión en la poética del autor, pues el orden de los libros está dispuesto de manera inversa a la cronología de aparición: Las dunas del deseo (2009), Lobo (2007), Tridente (2005), Ítaca (2001), Cipango (1992) y Crónicas Maravillosas (1997). Un viaje a la semilla por la obra de Harris en una sofisticada edición.



 


 

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El viaje en la poesía de Tomás Harris
“Los sentidos del viaje”. (Antología) Filodecaballos 2013.
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