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El diablo en la música
La muerte del amor en El gavilán, de Violeta Parra.

 Lucy Oporto Valencia
Ediciones Altazor, Viña del Mar, 2008


Por Jorge Polanco Salinas
Presentación Sala Viña del Mar, 25 de noviembre de 2008

 

Advertencia 

En esta presentación no intentaré dar cuenta del libro. Pese a que supuestamente debiera hacerlo como presentador, me parece que el libro leído en sí mismo contiene un nivel de análisis y ayuda al lector, que hace superflua mi guía. La capacidad analítica desglosada en el texto no necesita otras acotaciones, sino más bien alabanzas. Creo más interesante destacar algunos puntos que me parecen cruciales de  El diablo en la música, señalar ciertos rastros interpretativos que, como lector, me plantearon algunas reflexiones. En síntesis, no haré una presentación sino un comentario. Además, los temas aquí trabajados por Lucy son tan diversos, que este libro puede ser abordado por lectores provenientes de ámbitos distintos: música, psicología, literatura, política o filosofía, por citar los más evidentes. Varias son las relevancias que contiene este libro, y aunque es imposible agotarlas debido a sus múltiples ramificaciones -y eso lo enriquece aún más-, quisiera hacer visible sólo algunas.


Violeta Parra, una poeta de gran formato

Alfonso Alcalde describió a Violeta como una mujer que “hablaba como el choque de las rocas y cantaba también con los ojos que sacaba del fondo de su baúl con las entrañas del pueblo (…). Lo que pasa es que Violeta era de armas tomar. No como un sargento, porque hasta sus últimas días fue ingenua, aunque bastante incorrecta y blasfemaba contra el orden establecido, los casi casi, los más o menos, los que siempre viven haciendo equilibrios en la cuerda floja. Ella no”(1). Este “ella no”, que señala Alcalde, trae múltiples consecuencias, y la primera es que quien la lea o escuche no permanece inmune ante su rigor moral.  Por eso desde hace mucho tiempo he creído que una de las personas más indicadas para escribir sobre Violeta es Lucy Oporto. Varias son las razones para considerarlo de este modo.

El talante moral de la artista se condice con el temple de Lucy, a quien tuve el privilegio de conocer como compañera en la Universidad y después como amiga. Durante todo este período siempre me ha llamado la atención su vocación irrestricta por el conocimiento y su consecuencia ética. Incluso al grado de llevarla hasta las últimas secuelas. Quizás sea inadecuado en una presentación hablar en términos personales, pero la publicación de un libro es también una celebración, y uno puede permitirse algunos deslices íntimos. Es necesario alguna vez valorizar a las personas que uno admira, como a Lucy, de quien Armando Uribe Arce dijo, en una entrevista que le realizamos: “era la persona más analítica que había conocido”. Y todos quienes al menos la ubican, saben lo cierto de esta afirmación. Pero no sólo en el plano de su rigor intelectual (el libro que hoy presentamos es muestra de aquello), sino también de su inexorable consecuencia moral. Cuando Lucy me invitó a realizar la presentación, y de mucho antes, pensaba en ella como la persona más cercana al temple frágil y riguroso de Violeta, ese amor que está en las fuentes del conocimiento. De hecho recordé el título de un texto sobre Hannah Arendt: “Un corazón pensante”, porque creo que este rotulo podría asignarse tanto a Violeta como a Lucy. Y como todo corazón que realmente palpita, yace a punto del desgarro. Así se evidencia en las páginas más bellas de este libro.

Muchos que la admiramos esperábamos la publicación de uno de sus textos. Esta primera entrega testimonia su ruta afectiva e intelectual y, a la vez, nuestra historia reciente. Porque como su mismo nombre lo indica, hay una lucidez llevada hasta el final, una labor filosófica que enrostra la mala conciencia y los autoengaños, como una lucerna que busca iluminar la oscuridad del presente histórico.  Asimismo lo señala Lucy al referirse a una concepción de la vida insensible, donde lo que importa es la conservación, dejando fuera la aspereza de hacerse cargo de la lucidez. Frente a esa mirada indolente, Lucy opta, y plantea una de sus tesis más interesantes, que desnuda también el proyecto filosófico que tal vez haya albergado su búsqueda vital e intelectual: “¿no sería pertinente, quizás, pensar una filosofía y un arte que obligasen a la comunidad a hacerse cargo de su sombra, aún a riesgo de colapsar?”(2).

Esta concepción filosófica recorre el libro, en un diálogo fructífero entre las dos pensadoras, puesto que Violeta interpela a la filósofa en todos sus planos. Violeta es la creadora por excelencia: en el ámbito de la escritura, las artes visuales con sus arpilleras, la música y, sobre todo, destaca Lucy, en su carácter prospectivo, como si viniera del futuro a mostrarnos la “tragedia chilena”. Para escribir sobre Violeta se necesitaba estar a la altura, y eso lo ha logrado con excelencia Lucy, porque también tuvo que desplegar toda su formación con el fin de dar cuenta de El gavilán, como interprete musical en guitarra, filósofa y, por encima de todo, una gran lectora, leyendo a partir de las exigencias que impone la obra. Eso quiere decir, en otras palabras, que Lucy lleva a cabo una exégesis basada en el amor por Violeta. Y esta es, quizás, la paradoja interna que habita el texto, pues si bien se habla de una muerte del amor que hace imposible la vida, la misma autora demuestra que es posible al realizar una lectura como ésta. Las últimas páginas de El diablo en la música contienen una escritura poética de alto nivel, que sólo pudieron llegar a redactarse por el compromiso con la obra estudiada. En varios momentos, el texto presenta una voz que pareciera confundirse entre Violeta y Lucy. Sin perder autonomía, incluyendo referencias a Girard, Jung, Uribe, Adorno, o las interesantes derivaciones acerca de la interpretación musical -que en sí mismas merecen una lectura aparte de los músicos-, Lucy piensa a partir de Violeta. Hay un diálogo entramado en que la lectura ilumina sobre los pasajes musicales y, con ello, sobre la obra de Violeta y la historia de Chile.

Allí es donde comparece otra de las relevancias de este libro. Usualmente, los estudios de filosofía en Chile remiten a la estratosfera, donde pareciera que en “este terreno de la realidad” no ocurriera nada. Cuando se habla de la catástrofe, sólo se toma en cuenta Europa. Pero lo que ha sucedido en el país se deja de lado, una especie de sutil indolencia y colonialismo y, por qué no decirlo también, un acomodo en las parcelas ganadas, prevalecen. Por eso no ha habido una tradición filosófica en Chile. A diferencia de la poesía, en que pervive una remisión constante, una urgencia de pensamiento poético referido al país. Quizás por ello Lucy haya optado por reflexionar acerca de Violeta, debido a que la poesía obliga a pensar desde la exigencia, a partir de la urgencia de  Chile. No por chauvinismo, sino porque sencillamente es lo que nos ha tocado vivir. Lucy, aquí, elabora un pensar surgido en el riesgo, en el abismo del colapso, ejercitando un genuino pensamiento filosófico.

Alcanzar el desarrollo de un pensamiento propio, es sumamente difícil en filosofía. La mayoría de las veces los estudiantes y profesores se quedan parafraseando a otros autores, y el pensamiento, más que reflexión, se transforma en información. En esta perspectiva, es necesario puntualizar la independencia filosófica de Lucy, otorgada tras un arduo trabajo proveniente de los distintos estudios realizados en el último tiempo.  Por ejemplo, sus lecturas acerca del cine, especialmente -en el contexto de El gavilán- de la filmografía de Fassbinder; textos publicados en la extinta revista Racontto, donde aborda igualmente la muerte del amor conjugada, en aquellos textos, con el supuesto crecimiento de la Alemania de posguerra, así como la simbología de algunos documentales y películas precisas. O, por citar otro ejemplo, el trabajo suyo sobre la extensión del fascismo en la postdictadura, a partir de los ensayos de Armando Uribe Arce. Al mencionar esos textos anteriores, quiero destacar el periplo de Lucy en el actual ensayo filosófico, un largo trayecto decantado como crisol en El diablo en la música, donde uno puede mirar hacia atrás y fijarse en la madurez reflexiva alcanzada.

Otro aspecto relevante consiste en la filosofía de la música que se desprende de sus reflexiones. No es frecuente en el ámbito filosófico que la música constituya un objeto de estudio, a pesar de la importancia que revistió en la antigüedad, como en Platón o Pitágoras, por ejemplo. Theodor Adorno, no obstante, es el filósofo que más colabora con Lucy en sus análisis, al contrastar las observaciones del alemán sobre Schönberg y Stravinski respecto de Violeta. Aquella discusión recalca la peculiaridad de El gavilán como tragedia chilena. Tanto en su carácter prospectivo, que permite engarzar a Violeta con Salvador Allende, como en la muerte de la comunidad que lleva implícito; violencias de las cuales el suicidio es un gesto significativo y terrible; muestra del dolor y la soledad máxima, en que la supuesta comunidad debe asumir su responsabilidad. Recuérdese que incluso –como decía una crónica de la época tras la muerte de Violeta- “en la misma carpa por la que tanto luchó, sobre el escenario de sesiones preciosas del canto chileno, como en un gran final de una tragedia griega, colocaron su ataúd”(3). Este relato corrobora lo señera que es la interpretación de Lucy sobre El gavilán, ubicando la obra al nivel de una tragedia clásica.

Por otro lado, los comentarios acerca de la interpretación musical, que aparecen en diferentes momentos del libro, permiten observar la exigencia de un pensamiento musical.  Lucy indaga en la necesidad de profundización de los interpretes acerca del significado de la puesta en obra, criticando de pasada tanto el analfabetismo funcional como la idea de una música pura. Esta última niega la historia y la partitura, culminando en una entelequia sinsentido, casi risible, agregaríamos. Respecto de los interpretes, Lucy analiza lo que ha significado tocar música en un contexto neoliberal, que requiere de los músicos convertirse en una mercancía más, otorgando primacía sólo al ámbito técnico y la competencia que trae consigo el espectáculo. Una obra como El gavilán obliga estar a la altura, compenetrado en la hondura de sus significaciones. El lector observa el legado de la alquimia en su posición, donde el sujeto que toca la pieza debe estar involucrado con ella, casi como si fueran una.

Asimismo, destaca en su trabajo lo que la autora denomina “epistemología concertacionista”. Esto quiere decir, “una determinada concepción acerca de cómo acceder al conocimiento de la realidad, a partir de la capacidad de gestión”(4). El máximo gerente en Chile de esta epistemología que reduce la vida a la autogestión es la Concertación, que constituye una muestra más de cómo el neoliberalismo no es sólo una concepción económica, sino más bien una forma de vida que desarma la posibilidad de la comunidad,  al provocar que los individuos se preserven convertidos en mercancía. Aquí es donde se engarza el plano político, aunque desde ya el libro aparece entreverado por una posición política clara, no en el sentido de un partido, sino de una posición frente al Chile actual. Lucy no se queda en la neutralidad: destacando la dimensión prospectiva de Violeta, con el rasgueo homicida de fondo, muestra el anticipo del neoliberalismo y el fascismo implícito, prolongado en los regímenes de la Concertación. Insistimos en esta idea de la epistemología a la que se refiere Lucy, al sostener que la vida se comprende bajo preceptos que la alteran completamente. El problema principal no  proviene de la repartición de la riqueza o el acceso a ella, sino –como se desglosa del libro- de las implicancias morales que conlleva: falta de amor, disolución de la comunidad, carencia de dignidad y sentido de la vida, concebida como un bien transable más. El mundo es visto a la luz de lo cuantificable y vendible, clientes y consumidores, como artículos de mercancías en que desaparece la posibilidad de la vida. Esa crítica es fundamental, porque no basta cambiar las condiciones económicas; preexiste un aparato ideológico que traspasa al neoliberalismo, implicando que hoy, por ejemplo, suene anacrónico usar el término “pueblo”. Las grandes avenidas han quedado vacías, y esa comunidad que dejó solos a Allende y Violeta, se han convertido en consumidores y clientes. Triunfo pleno del capitalismo y el gavilán. La crítica radical proviene aquí del plano moral, el cuestionamiento a una mirada en que no sería posible ni siquiera el amor, tal como Lucy advirtió anteriormente en su artículo sobre Fassbinder.

Desde este plano comparece una concepción ética en la discusión filosófica de Lucy. A menudo planteada como una exigencia, una necesidad que adquiere tintes de exclamación. Por eso hablamos de una paradoja que habita el libro, la muerte del amor es, en su reverso, una búsqueda, tal como se escucha en Violeta cuando canta la traición o interpela la injusticia cometida ante los indefensos. No hay vanagloria o un ensalzamiento frente a los despojamientos del mundo. La cita de Violeta con que termina el libro al modo de un colofón o como un mensaje lanzado al futuro -que ciertamente son los próximos oyentes o lectores-, da cuenta de la intima necesidad que subyace en su recorrido: “Cuando siento que hay una persona sensible o que le nace un sentimiento al ver lo que hago, me quedo tranquila”(5). Ante esta referencia, creo necesario insistir en que, a pesar de la advertencia de la muerte del amor, perdura en la escritura del libro una esperanza encaminada hacia el futuro. La recurrencia del tritono en El gavilán no es sólo la marca de la ira, la impotencia y el desconsuelo consiguiente que culmina en un agudo y disonante dolor, como imagen de un inenarrable sufrimiento recalcado, además, con el rasgueo homicida. Asimismo es el lugar en que el silencio del trauma habla a medias y el amor puede posarse, quizá como teología negativa o como la paradoja de los poetas místicos. Así lo muestra Lucy en las últimas páginas, cuando Violeta encarna uno de los pajaritos de las arpilleras, descansando al lado de Cristo crucificado. Ese pajarito, que es Violeta misma y la motivación última de la que emana este libro, es la contraposición del engañoso y ladino gavilán. Es también la ternura desplegada por Violeta frente a un cantor a lo divino que no podía seguir cantando después de la muerte de su nieta. Ante Violeta, este hombre quiso de todas maneras hacerlo; sin embargo no pudo continuar, sólo salió de su garganta un amargo gemido. “Tal vez, -expresa Lucy- la voz cascada del anciano cantor haya sonado como la difícil entonación del tritono”(6). Y tal vez, el mismo trabajo de Lucy esté marcado por dicho evento, por el rasgueo homicida del que ella quiere dar cuenta, pero también por recoger el sufrimiento del tritono, que se expresó en la propia muerte de Violeta. Su voz ronca y desgarrada, atravesada por la indignación y la traición, contiene una hondura poética que sólo puede emerger de una alta dosis de amor. En ese aspecto, el libro de Lucy está a la altura, porque en la búsqueda insaciable de justicia, quienes la lean percibirán que están frente a una reflexión de gran formato, como destaca Lucy de Violeta, y como se merece su escritura poética. Porque también Lucy Oporto es una persona de gran formato.

 


NOTAS

(1) Alcalde, A. Toda Violeta Parra, Ediciones de la flor, Buenos Aires, 1981, pp.15-16.

(2) Cf. Oporto, L. El diablo en la música, p. 86.

(3) Cf. Correa, R., citada por Alcalde, Op. cit, p. 51. 

(4) Cf. El diablo en la música, p. 53.

(5) Cf. Idem, p.209.

(6) Cf. Idem, p. 180.

 

 

 

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Lucy Oporto Valencia
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